Pedro de La Gasca, hombre de letras (I)

Nació en el lugar de Navarregadilla, perteneciente a Santa María de los Caballeros (Ávila), hacia 1493, siendo bautizado en la iglesia parroquial de Barco de Ávila a los nueve días de su nacimiento. Sus padres pertenecían a una familia de hidalgos acomodados próxima al cardenal Cisneros. Su padre, Juan Jiménez de Ávila García, era descendiente de los Cimbrones y García extremeños, primo del Cardenal Cisneros y Señor de Navarregadilla; y su madre María González Dávila Gasca, bisnieta del caballero castellano Gil González Dávila, Señor de Puente del Congosto (Salamanca).

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Boceto y retrato de Pedro La Gasca. Valentín Carderera (1847)

Los primeros años de su vida los pasa en Barco de Ávila, pero debido a las circunstancias familiares (enfermedad de su padre), Pedro es llevado a vivir a Puente del Congosto con su abuelo materno, Pedro García Gasca, señor de la villa. No habiendo en la villa “dómine” que se encargara de su enseñanza, a los diez años vuelve a El Barco de Ávila, donde estudió Humanidades con el Bachiller Minaya, en compañía de sus hermanos: Juan, Francisco y Diego. Durante varios años se formó con el Bachiller, el cual, complacido de la inteligencia de su discípulo, aconsejó a sus padres que le llevaran a Salamanca a continuar sus estudios de la carrera eclesiástica, a la cual se veía llamado.

Poco tiempo estaría el joven estudiante en Salamanca, pues al ir su padre a consultar a un médico la dolencia crónica que padecía, su mal se agravó y hubo de ser trasladado en una silla de manos de Salamanca a Navarregadilla, donde murió poco después (1513). Diego González Dávila, hermano de su padre, fue a Barco a consolar a su cuñada y a poner en orden los asuntos familiares, y contentado de la inteligencia de sus sobrinos Pedro y Diego, los llevó consigo a la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares, donde Pedro estudió durante once años, manifestándose como un alumno sagaz, intrépido, enérgico y fidelísimo al Rey, como demostró luchando en el bando realista en la guerra de las Comunidades. Tras realizar excelentes exámenes, fue el segundo alumno que se graduó  con el título de Maestro en Artes y el primero en conseguir el título de Maestro en Teología, con aplauso unánime de profesores y alumnos.

Desde que se graduó en Alcalá, Pedro de La Gasca firmó siempre como el «Licenciado La Gasca», sin adoptar nunca los apellidos que le correspondían, Jiménez de Ávila y García y González Dávila, al igual que sus hermanos. Quizá adoptara este apellido al elegir los apellidos que más le gustaban, como era costumbre, por afinidad a la familia materna o considerarlo de mayor abolengo que el Ximénez de Ávila.

Posteriormente pasa a estudiar en Salamanca Derecho Civil y Eclesiástico, pese a su frustrada idea de realizarlo en Italia (invadida por Francisco I) dio probadas muestras de su prudencia, sagacidad, tacto y energía que le granjearon la admiración de todos. Por su valía es nombrado Rector de la Universidad de Salamanca (en el curso de 1528-1529), y Vice-escolástico, cargos que simultaneaba con el de Subcolector Apostólico, elegido por el Nuncio Pogio. El acierto con el que desempeñó su cargo en la Universidad se plasmó en los Estatutos que él mismo realizó y que se mantuvieron durante muchos años. Fue elegido Rector del Colegio de San Bartolomé en dos ocasiones, donde se licenció en Cánones (1531).

Acabados sus estudios, fue ordenado sacerdote comenzando su carrera eclesiástica en la propia Salamanca, pero la influencia del cardenal Juan Pardo de Tavera le lleva a ser nombrado Juez Metropolitano en la Catedral de Toledo y Vicario en Alcalá de Henares (1537). Sería en el propio Toledo donde conoce personalmente a Carlos V, el cual le favorece y autoriza para que se haga cargo de un difícil proceso de sacrilegio en Valencia que el Consejo de la Inquisición que no acertaba a resolver, nombrándole Oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición, teniendo que abandonar el resto de sus cargos. Tras más de dieciocho meses de laboriosa investigación, entregó todo el proceso minuciosamente ordenado y resuelto a justicia, lo que le valió la admiración de los varones del Consejo de la Inquisición, e incluso la del propio emperador Carlos, quien le llamó a su cámara para oírle personalmente todo lo referente al caso.

Su primer cargo político fue el de Visitador de los Tribunales, Justicia y Hacienda de todo el Reino  de Valencia en 1541, a petición de las Cortes de Monzón, un cargo reservado a los allí nacidos. Durante estos años (1542-1545), Pedro de La Gasca se dedicó a comprobar la labor de los funcionarios, la recaudación de impuestos y el respeto a los poderes reales, así como aplicar los juicios de residencia a los ministros de justicia y ocuparse del adoctrinamiento de los moros, adquiriendo durante su desempeño un notable conocimiento de las funciones gubernativas.

A pesar de ser un hombre de letras, las circunstancias hicieron que La Gasca mostrara que debajo de su hábito sacerdotal había también un valiente guerrero, heredero de los antepasados de su familia. En 1543 se tuvo constancia, de manera secreta, que el corsario otomano Barbarroja y los franceses planeaban desembarcar y saquear las costas valencianas y la islas baleares. El pánico cundió entre los caballeros que intentaban organizar la defensa, con Fernando de Aragón (viudo de Germana de Foix), duque de Calabria y Virrey de Valencia, a la cabeza, pero aparece en escena Pedro La Gasca, echándoles en cara su cobardía y mostrando que era posible una defensa fortificando las playas e islas con los medios de los que disponían. El plan se traza según las exigencias de La Gasca y los intentos de Barbarroja de desembarcar son duramente rechazados por las defensas realizadas, obligando a los berberiscos a desistir de sus intentos de asaltar las costas levantinas.

Pedro de La Gasca es aclamado como un hombre providencial, volviendo a Castilla en 1545.

Las noticias de revueltas sucedidas en Perú, con la rebelión de Gonzalo Pizarro, sublevado contra las Leyes Nuevas y el gobierno del virrey Blasco Núñez Vela, muerto en la batalla de Añaquito, hizo que se reuniera en el verano de 1945 el Consejo de Indias con el príncipe Felipe (el Emperador se encontraba en Alemania) para adoptar una solución al conflicto. Entre los miembros del Consejo estaban los cardenales Tavera y Laoisa, el obispo de Sigüenza (Consejo Real de Castilla), el presidente de la Chancillería y varios nobles, debatiéndose entre dos posturas: la de enviar a un ejército para reducir la rebelión por la fuerza, y poner a un militar con experiencia al mando; y la de enviar a un hombre de letras, negociador, que consiguiera la obediencia por la vía de la persuasión y los halagos. Se optó por la segunda opción, y parece ser que fue el propio Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, quien propuso el nombre de Pedro La Gasca como la persona más capacitada para encomendarle la difícil tarea, diciéndole al príncipe Felipe: “Señor, Gasca tiene aún más carácter y energía que yo”.

Tras mandar un emisario al Emperador para darle cuenta de lo sucedido y acordado por el Consejo de Indias, Carlos V, orgulloso con el desempeño de La Gasca en los asuntos encomendados anteriormente, no solo aprueba su nombramiento, sino que escribió de su puño y letra una carta (fechada el 17 de septiembre de 1545) manifestándole su complacencia por su nombramiento como Presidente de la Audiencia del Perú, estableciendo que abandonase todos sus cargos  y realizase su salida hacia el Perú lo más pronto posible.

 

La iglesia de San Andrés

La iglesia de San Andrés está situada extramuros de la ciudad de Ávila, a pocos metros de la basílica de San Vicente, en el barrio de los canteros. Fue construida en el segundo cuarto del siglo XII, entre el 1130 y 1160, pese a que para algunos autores la consideran la más antigua y levantada hacia el 1100, mientras que para otros es posterior al arranque de las obras en San Vicente y San Pedro. Al igual que otros templos abulenses, la primera referencia documental la encontramos en la carta del cardenal Gil Torres en 1250. Sus reducidas dimensiones (29,75 m. de longitud interior, 15,65 m. de anchura y 11,45 m. de altura máxima en la nave central) hacen que se erigiera en pocos años, lo que se manifiesta al observar una gran unidad en el estilo constructivo, de románico pleno. Durante el devenir de los siglos se ha ido transformando tanto el interior como el exterior (sacristía, espadaña, armadura…), siendo intervenida en varias ocasiones (años 30 y 60 del siglo XX principalmente), con distinta fortuna.

 

El templo tiene una sencilla planta de tres naves, con triple cabecera, sin crucero, con una capilla mayor con arquerías murales ciegas con decoración y formas de clara influencia del norte peninsular (en concreto, del segundo maestro de San Isidoro de León). La capilla absidal de la Epístola cuenta con un arco polilobulado, de clara influencia islámica, al igual que algunos capiteles e impostas, o la propia cubierta de madera, solución utilizada habitualmente en el ámbito islámico. Las actuales cubiertas fueron reemplazadas ene l siglo XV. La torre, de sección cuadrada, tiene tres cuerpos, cada uno en progresión más pequeña, el primero de granito y el resto de arenisca, siendo el campanario una reforma de los años 60.

La fábrica está constituida por aparejo cuasi isódomo, de granito ocre y ripio, alzado sobre un zócalo de grandes sillares de granito de sobre un metro de altitud, al igual que otros templos románicos abulenses. Las portadas se sitúan a mediodía y poniente, mientras que en el muro norte permanece cegada una puerta gótica que daba paso a la sacristía, hoy desaparecida. En el caso de la portada oeste, se sitúa entre la torre y dos machones de sillares de granito, bajo una pequeña ventana, y protegido por un pequeño tejaroz que sobresale un pie. La portada, en arco de medio punto, está rodeado de una imposta ajedrezada con cuatro arquivoltas decrecientes, que descansan sobre columnas cortadas, y sus capiteles se decoran con hojas y animales fantásticos: grifo, paloma y arpía, muy deteriorados. La decoración se completa con un baquetón y una roseta de ocho puntas inscritas en un círculo en cada una de sus dovelas.

En la portada sur, donde inicialmente existieron dos portadas, las columnas y capiteles se conservan en mejor estado, distinguiéndose dos leones agachados, pero el arco externo está constituido por piezas lisas. Una espadaña clásica en ladrillo, que recuerda a la de Santa María de la Cabeza, corona la portada, mientras que en la portada norte continúa desnuda, con un diminuto vano.

De la cabecera se deduce que no tuvo un plan definido de construcción, dando como resultado distintos tipos de ábsides. Mientras que el central es muy profundo —y con arquerías murales—, los dos laterales son meras hornacinas, principalmente el de la Epístola, con el arco polilobulado relacionado con San Isidoro de León. En el exterior tiene una arquería ciega, con dos arcos sobre columnas, con capiteles historiados en un estado de conservación bastante pésimo. Bajo las ventanas y arquerías existe una cornisa de tres baquetas, sobre la cual se sitúa una imposta ajedreada.

En el interior, la capilla mayor continúa la misma estructura que el exterior, repitiendo los vanos ciegos y arquerías, pero con unos capiteles historiados, de gran calidad y con un gran repertorio de motivos diferentes. Las bóvedas de cañón y horno se abren tras un arco triunfal y un arco fajón sobre columnas ménsulas. El ábside lateral izquierdo tiene u altar barroco; y el lateral derecho el ya citado con el arco con cinco lóbulos sobre capiteles sin columna. En el resto del templo, arcos doblados apoyados en pilares cruciformes separan las naves.

A partir del siglo XX se acometieron varias restauraciones, excesivas en su mayoría de la mano de Arenillas Álvarez, que afectaron y transformaron los muros y portadas, así como la torre, superponiéndole un vasto campanario. Tras la última restauración, acometida entre 2008 y 2010 por la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, se han solventado problemas estructurales y humedades, devolviendo parte del esplendor inicial del templo.

El 23 de junio de 1923 es declarado Monumento Nacional.

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Fuentes

Enciclopedia del románico pgs. 173-180

https://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_de_San_Andr%C3%A9s_(%C3%81vila)

http://www.arteguias.com/iglesia/sanandresavila.htm

http://www.arquivoltas.com/24-Avila/02-AvilaSAndres.htm

http://www.fundacionpatrimoniocyl.es/textos01.asp?id=517&bmbi=BI

http://www.avilaturismo.com/es/galeria/item/36-iglesia-de-san-andr%C3%A9s

El cenotafio de los Santos Mártires Vicente, Sabina y Cristeta

El cenotafio de los Santos Mártires Vicente, Sabina y Cristeta, en la basílica de San Vicente en Ávila, es una de las joyas de la escultura románica funeraria española. Está situado en el transepto del templo, a un lado del brazo sur, con forma de nave de templo basilical y protegido por un baldaquino del siglo XV levantado sobre cuatro columnas, con tejadillo a dos aguas en la zona central y otros dos a un solo agua en los laterales, decorados con escamas y un San Miguel en la cúspide. En él están representados los escudos de las máximas autoridades civiles y eclesiásticas de la época: Castilla y León, el Papa, la catedral y el obispo don Martín Vilches.

La autoría del cenotafio es atribuida al maestro Fruchel, de origen borgoñón, el mismo que diseñó el trazado actual de la catedral de Ávila. Una obra maestra realizada hacia finales del siglo XII que, a día de hoy, y tras una profunda restauración, se puede contemplar la policromía original al haber sido retirada una capa de pintura blanquecina que la cubría (2007).

La zona central o parte alta del cenotafio está decorado con diez escenas, cinco por cada lado, que representan el juicio, martirio y muerte de los Santos. Comienza el relato en el ángulo nororiental en dirección opuesta a las agujas del reloj. En la zona inferior y en los cuatro ángulos se representan los doce apóstoles, agrupados de manera par, salvo en la cara que está representada la Epifanía. En los laterales de la zona inferior emergen cuatro arquillos polilobulados con capiteles y columnas perfectamente tallados. Sobre cada columna del interior, se levantan tres figuras —una por cada columna—, como conocidas como «ora et labora».

En el frontal anterior, orientado hacia el altar, observamos una Epifanía o adoración de los Reyes Magos (donde faltan los Apóstoles): el rey Melchor, arrodillado, ofrece su presente mientras Gaspar y Baltasar esperan tras él. La Virgen, sedente y coronada, sostiene al niño sobre su rodilla izquierda, girado hacia el rey. A la izquierda de la Virgen aparece un San José con pose ausente, con la cara apoyada en la palma de su mano izquierda y la derecha sobre un bastón en forma de tau.

En la parte posterior del cenotafio contemplamos un Pantocrátor flanqueado por dos de los tetramorfos: el águila de San Juan y el toro de San Lucas. Debajo, un doble vano trilobulado y, entre ambos, la rosa juradera, sostenida por un atlante a modo de columna. La rosa es dorada, perforada en el centro de sus pétalos y centrada entre dos arcos trebolados con radios distintos. Cabe destacar que esta rosa juradera era una de las tres en toda Castilla, junto a San Isidoro de León y Santa Gadea en Burgos, destinados a tal fin.

Fuentes

RUIZ AYÚCAR, Eduardo. Sepulcros artísticos de Ávila. Ávila, Institución Gran Duque de Alba, 1985.

http://roble.pntic.mec.es/~jvelayos/pagsvic.html

http://viajarconelarte.blogspot.com.es/2013/03/avila-ii-san-vicente-i-cenotafio-de-los.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Cenotafio_de_los_santos_Vicente,_Sabina_y_Cristeta

La muralla de Ávila (y sus múltiples usos)

Ay, qué murallas tan altas,

Ay, que remanso de nieve,

Ay, qué niña tan bonita

dichoso el que se la lleve

(Jota popular)

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Nuestra muralla es el emblema, orgullo y pasión de nuestra ciudad. Con casi tres kilómetros de recorrido, nueve puertas y 87 torreones, todos los abulenses nos sentimos identificados con el monumento, construida en tiempos remotos para la defensa de nuestros antepasados y la llevamos en el corazón exportando y proyectando su imagen a cada rincón del planeta, ya sea a través de reproducciones en miniatura, nombres de comercios, empresas, logos, el Murallito o manifestaciones artísticas y/o fotográficas, pues si de algo podemos presumir, es que la muralla queda estupenda en fotos y cuadros, en cualesquiera de sus lienzos, sobre todo cuando nieva y sale en la televisión abriendo informativos.

La muralla se configura como un gran cinturón que abraza a la ciudad hasta casi asfixiarla, una obra magnífica que nos ha llegado hasta hoy con un aspecto inmejorable, rejuveneciendo a cada año que pasa, siendo un joyero extraordinario que guarda en su interior un casco antiguo que todavía es un diamante por pulir, pero pese a toda la afluencia masificada de turistas que claman por sus subir a sus muros… ¿cuántos de vosotros, abulenses, habéis subido a la muralla?

No nos cansamos de admirarla, eso está claro, pero si subir a ella y por ello pocos lo hacemos, solamente cuando es absolutamente necesario, como cuando unos vienen amigos de otra ciudad y les explicamos o inventamos la ciudad desde las alturas, o cuando queremos ligar y buscamos un lugar idílico y romántico donde pasear con nuestra pareja – y que no tenga escapatoria –.  De hecho, no conozco todavía a ningún abulense que salga a dar una vuelta “por el adarve de la muralla” y mucho menos el increíble caso de dos conocidos que se encuentran arriba por casualidad. Hago constar que la entrada para los abulenses es gratuita, si llegan a cobrarnos… pues eso, que suban los turistas, nosotros ya lo tenemos todo muy visto.

Como testigo mudo e inmóvil de la ciudad, la muralla ha visto el devenir de su historia y su uso ha sido transformado con el paso de los siglos, pasando de fortaleza que evitaba ser asaltada por huestes de bárbaros, a usos turísticos y recreativos. Todo niño abulense que se precie ha jugado en el paseo de El Rastro a subirse a las piedras junto a la muralla bajo atentas observaciones del peligro que ello conllevaba y haciendo caso omiso de ellas seguro que ha podido comprobar la veracidad de estas advertencias, luciendo inclusive algún recordatorio cutáneo del lugar. Éstos niños, cosas que tiene el tiempo, crecen y pasan a ser ellos los que den e impongan la prohibición de subirse a las piedras – “En esa piedra me caí yo” – a sus hijos, sobrinos y animales de compañía, creando un bucle infinito que pasa de padres a hijos por los siglos de los siglos.

 Pero si hay algo que nos gusta a los abulenses son los espectáculos pirotécnicos en la muralla, aunque digamos que siempre es lo mismo. De hecho, es lo que esperamos, año tras año, el día de la Virgen del Pilar y el día de la Santa con gran ilusión. Bueno, quizá con ilusión no, pero es algo que todo abulense de pro espera ver, ya sea desde el recinto ferial, Fuentebuena o los Cuatro Postes. Durante el espectáculo pirotécnico – y musical –, es típico que durante los cohetes artificiales simulen que incendian la muralla y siempre, por regla general, tradición o estupidez, hay alguien que dice: ¿y si la incendian de verdad? Seguro que lo han oído. Eso y ¿ya no hay fuegos artificiales en el Grande? Donde también era tradición que la ceniza cayera sobre algunos afortunados abulenses que clamaban al cielo bendiciendo tal suerte.

Además, y para no movernos de nuestro fotogénico lienzo norte, con su hierbecita verde, su espadaña y sus humedades, cuando nieva se transforma en una improvisada pista de culoesquí, donde centenares de nosotros acudimos a participar en una multitudinaria guerra de bolas de nieve, hacemos ángeles y muñecos de nieve o nos tiramos por la loma a velocidad endiablada sobre improvisados trineos, plásticos o rodando hasta dar con nuestros huesos en el helado suelo acabando exhaustos, calados y con leves signos de hipotermia pero felices, pues la felicidad se compone de pequeñas cosas como estas.

Ávila no se puede entender sin su muralla, y debemos seguir reclamando su figura y su importancia, ya sea con actividades como “abrazar la muralla” – en un esfuerzo colectivo de abulensidad –, consolidarla como muro de las lamentaciones, acantonarnos toda la ciudad tras sus muros y proclamar la independencia o realizar un Gran Hermano abulense, amenazar con derribarla para darnos cuenta de su valor histórico, moral y sentimental o explotarla como reclamo del próximo film de Almodóvar.

Sea como fuere los abulenses no podemos escapar ni del embrujo ni del encanto de nuestra muralla, pero no debemos olvidar que si aún sigue en pie es porque no tuvimos dinero para tirarla.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

El rey pasmado

La película «El rey pasmado» (Imanol Uribe, 1991), ganadora de ocho Goyas, incluyendo mejor película y mejor director, está basada en el libro «Crónica del rey pasmado» de Gonzalo Torrente Ballester. Ambientada en la corte del rey Felipe IV, donde un increíble Gabino Diego encarna al rey español que, tras irse de picos pardos con el conde de la Peña Andrada (Eusebio Poncela), queda «pasmado» tras contemplar el cuerpo desnudo y con medias rojas de la mejor prostituta de la villa. Entonces el rey quiere ver desnuda a su mujer, la reina Isabel de Borbón (Anne Roussel), tejiéndose una trama en tono parodesco que refleja, hasta límites absurdos, las preocupaciones, miedos, tópicos y costumbres de la Corte española del siglo XVII. Destacan en el reparto el conde-duque de Olivares (Javier Guruchaga), el fraile Villaescusa (Juan Diego) y el Gran Inquisidor (Fernando Fernán Gómez).

La película, además de ser una buena adaptación cinematográfica y tener una magnífica ambientación histórica y artística, se rodó en varias localizaciones como el palacio renacentista del Marqués de Santa Cruz en Viso del Marqués (Ciudad Real), hoy Archivo de la Armada y cerrado si nadie lo remedia, el Alcázar y Museo de Santa Cruz de Toledo, la Sala de Batallas de El Escorial, el castillo de Guimaraes (Portugal), las calles de Salamanca pero también el Real Monasterio de Santo Tomás de Ávila, mostrándose en varios planos el claustro de los Reyes, el Lavado de las Abluciones y el claustro del Silencio, así como el Aula Magna de la Universidad, antes de su restauración.

El último abulense de Filipinas

Hacia 1899, en el pueblo de Aldeavieja (Ávila), sus vecinos dedicaron una misa a uno de sus vecinos destinado como soldado de segunda en Filipinas, interpretando la ausencia de noticias como un desenlace funesto. Sorprendentemente, Domingo Castro Camarena seguía vivo, y regresó. Fue uno de los «los últimos de Filipinas», superviviente del Sitio de Baler, resistiendo durante casi un año los ataques de los filipinos sublevados, meses después de haber perdido la guerra.

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Los «Últimos de Filipinas» posando con el general Despujol a su llegada a Barcelona

Domingo Castro Camarena nació en Aldevieja el 13 de mayo de 1877, uno de los cinco hijos del matrimonio formado por José, de origen gallego, y Blasa, vecina de Aldevieja. Medía 1,66 m., con una cicatriz en la cara que intentaba ocultar con una poblada barba, ganándose la vida como cantero, al igual que su padre. Se ignoran las razones que le llevaron a alistarse como voluntario en el ejército hasta el final de la revuelta, quizá creyendo, al igual que la opinión pública, que el conflicto estaba próximo a su fin, y así cobrar las doscientas pesetas como prima de alistamiento voluntario.

El 23 de abril de 1897 emprende el viaje a Madrid en ferrocarril, y lo continúa hasta Barcelona, partiendo el 20 de mayo a bordo del correo de vapor Covadonga rumbo a Manila. Estuvo algunos meses en la guarnición de la Perla de Oriente, como era conocida Manila, y después enviado al municipio de Aliaga en auxilio de una pequeña guarnición de sesenta efectivos que estaba sufriendo ataques por parte de sublevados indígenas. Más tarde se sabe que estuvo en la provincia de Capiz hasta finales de 1898, desconociendo las acciones militares en las que intervino o siquiera lo acontecido en aquellos meses, donde adquiriría experiencia bélica en combate. Tras dos meses de descanso en Manila, el día 10 de febrero fue destinado a Baler, formando parte de un destacamento de cincuenta soldados que compondrían su guarnición. Partió a bordo del vapor Compañía de Filipinas, llegando a Baler el día 12.

El comienzo del Sitio a Baler comenzó el 27 de junio de 1898, prolongándose hasta el 2 de junio de 1899, meses después de la pérdida de soberanía española sobre Filipinas, en favor de los Estados Unidos de América. Durante la duración del asedio, las tropas españolas permanecieron atrincheradas en la iglesia de San Luis de Tolosa, rechazando tajantemente las ofertas de rendición, hasta que la falta de alimentos les obligaron a terminar con su feroz resistencia, y comprobar a través de unos periódicos la realidad de la derrota española en la guerra. El balance del asedio se saldó con 19 muertos: doce por beriberi, tres por disentería; dos por fuego enemigo y dos fusilados.

A pesar de conocer muy bien lo sucedido en el sitio de Baler, prácticamente se ignora la intervención de Domingo Castro Camarena durante todo el sitio. Al igual que el resto compañeros, sufrió hambre, aislamiento y también beriberi, enfermedad causada por malnutrición padeciendo fatiga intensa y lentitud, permaneciendo tres o cuatro meses enfermo (posiblemente de septiembre a diciembre, según su propia declaración), y no fue herido por los disparos de los sitiadores ni herido de gravedad. La no inclusión de su nombre entre los más destacados según el teniente Martín Cerezo, nos induce a pensar que no realizó ningún acto de valentía ni heroicidad digna de mención, limitándose a sobrevivir, aunque si se posicionó como partidario a no rendirse.

Tras su rendición, los 33 supervivientes no fueron hechos prisioneros, sino trasladados a Manila para su repatriación. Sería en este trayecto cuando el propio Domingo Castro, encargado de trasladar la documentación, equipaje, munición y acta de capitulación, fue atacado por unos bandidos (tulisanes), robándole todo lo que llevaba consigo dejándole maniatado en un árbol hasta que pudo ser rescatado, sin que se pudiera recuperar nada excepto el acta de capitulación.

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Los «33 de Filipinas», posando tras llegar a Manila. Domingo Castro, nº 30

Los «33 de Filipinas» llegaron a Manila (8 de julio de 1899), donde prestaron declaración de lo sucedido, haciéndose la fotografía superior, único testimonio que tenemos del soldado abulense. El 29 de julio partieron a España en el vapor Alicante, llegando a Barcelona el 1 de septiembre, donde fueron pocos los que acudieron a recibirles. Tras la visita obligada al general Despujol partieron rumbo a Madrid para visitar el Ministerio de la Guerra, donde le concedieron a cada soldado dos cruces de plata al Mérito Militar con distintivo rojo, y una pensión vitalicia de 7,5 pesetas anuales como reconocimiento a su heroísmo. Después, cada soldado partió a su pueblo natal.

Una vez licenciado, Domingo Castro estaría poco tiempo en Aldeavieja, quizá padeciendo estrés post-traumático, secuelas del beriberi, ansiedad, e incluso rechazo social y resentimiento, lo que debió de ocasionarle dificultades en su vuelta a la vida diaria. Poco tiempo después se trasladaría a Madrid, donde mantendría amistad con Marcelo Adrián Obregón, compañero en Baler. La reducida pensión vitalicia hace que solicite el ingreso en cuerpos militares (Regimiento de Infantería Reserva de Montenegrón nº 84, Regimiento de Reserva de Monforte, nº 110, Lugo) y policiales, en el Cuerpo de Carabineros de Infantería, destinándole a la Comandancia de Algeciras (Cádiz), donde recibe instrucción para comenzar el servicio activo.

La historia de Domingo Castro Camarena se diluye en el anonimato a partir de 1908, desconociendo más detalles sobre su vida más allá de esta fecha, ignorando cualquier detalle de su vida civil e incluso la fecha de su fallecimiento, sumiendo su figura en un aletargado olvido ante el desinterés de sus contemporáneos, hasta la actualidad, cuando no fue hasta el I Centenario del Sitio de Baler cuando en su pueblo natal le dedicaron una calle para tratar de honrar su memoria.

Ahora, con el lanzamiento de la película «Los últimos de Filipinas» (Salvador Calvo, 2016), tenemos una magnífica oportunidad de rescatar del olvido y de connotaciones ideológicas este pasaje de la historia de España, donde un grupo de soldados resistieron durante casi un año un asedio en unas pésimas condiciones, dando su vida por una guerra que no comprendían y que ya no existía, marcándoles para el resto de su vida, sin recompensarles ni reconocerles cómo se debiera tal gesta, si ésta es la palabra adecuada que mejor calificaría el sitio de Baler. Y recordemos, también, al «último abulense de Filipinas», el desconocido Domingo Castro Camarena.

FUENTES

MARTÍN RUIZ, Juan Antonio (2013): Apuntes biográficos sobre un abulense defensor de Baler (Filipinas): Domingo Castro Camarena. Cuadernos abulenses, nº 42, pgs. 209-226.

La conversión paulina del arquitecto real Francisco de Mora

Francisco de Mora fue uno de los más importantes arquitectos españoles de finales del siglo XVI, y como discípulo de Juan de Herrera, uno de los máximos representantes de la arquitectura herreriana. Entre sus obras más importantes, destaca el Palacio ducal de Lerma, su obra maestra, y el convento de Santa Isabel o el Palacio de los Consejos o del duque de Uceda, por destacar algunos de sus proyectos y realizaciones.

Sin embargo, el arquitecto real Francisco de Mora sufriría una «conversión paulina» en torno a la figura de Santa Teresa, la cual va desde el más profundo desinterés al entusiasmo más entregado, que le lleva a costear de su propio bolsillo parte de la iglesia del Convento de San José de Ávila al convertirse en un gran lector y fiel devoto de la Santa abulense, lo que le lleva a alejarse en su obra de las pautas herrerianas para introducir un esquema innovador que vislumbraba algunos rasgos del barroco.

Según cuenta en una carta bajo juramento, Francisco de Mora oyó hablar varias veces de la madre Teresa sin que ello le hiciera interesarse por su figura, como en un viaje a Sevilla en compañía del padre Mariano, a quien Teresa de Jesús le dio el hábito en Pastrana, y en un convento de monjas descalzas de Santo Domingo en Ocaña, donde la priora le regaló un libro escrito de mano de la propia madre Teresa, «Las Moradas», para que lo leyese y aprovechase, cosa que no hizo.

Pero estando en Salamanca hacia 1586, y teniendo conocimiento que el cuerpo de la madre Teresa se hallaba en Alba de Tormes, fue a verlo. Habló con la priora, Inés de Jesús, quien le informó que el cuerpo lo habían trasladado a Ávila, pero que le enseñaría un brazo que conservaban. Se lo enseñó por la ventanilla del comulgatorio, envuelto en tafetán carmesí. A pesar de haber fallecido hacía cuatro años, el brazo parecía vivo. Francisco, en un arrebato y sin que se diesen cuenta, quitó un pedazo del brazo con la uña del tamaño de un garbanzo,  y lo envolvió en un papelito que guardó en un libro de horas, quedando los dedos bañados en óleo. La priora le dio un trozo de la túnica con la que habían enterrado a la Santa y este acontecimiento suscitó en él un deseo de ver con sus propios ojos a Teresa de Jesús.

Francisco partió entonces a Ávila, y tanto empeño y deseo tenía en llegar y ver el cuerpo de Teresa que incluso los criados no podían seguir su ritmo. Sería entonces —según Mayoral Fernández—, al pasar sobre el puente sobre el río Adaja, cuando la mula en la que viajaba tropezó y él, al llevar la pierna encima del arzón de la silla, el pie izquierdo en el estribo y el guardasol en la mano, cayó del lado izquierdo quedando colgado del arzón de la silla durante más de cincuenta pasos, pero sorprendentemente, y sin saber cómo, Francisco puso el pie en el suelo sin lastimarse y, aunque entonces no reparó, se dio cuenta que fue la madre Teresa de Jesús quién le favoreció.

Cuando fue al monasterio de San José, la priora María de San Jerónimo le dijo que era imposible ver el cuerpo, pues estaba en el Capítulo muy encerrado. Francisco, desconsolado, pidió que le abrieran la iglesia, y era tan pequeña que el arquitecto se afligió. Le preguntó a la priora por el nicho que estaba con reja debajo de la del coro, y le dijo que era para poner el cuerpo de la Santa Madre. De ahí Francisco de Mora sacó la planta y todo lo demás de la iglesia, del nicho.

Francisco prosiguió su viaje a El Escorial, donde estaba el Rey Felipe y la Infanta, y le dio la reliquia que había arrebatado de la madre Teresa, y al dar cuenta al Rey de su viaje, y enseñándole la traza que había sacado de la iglesia, le dijo que la guardara, cosa que hizo el arquitecto durante veintidós años.

Desde entonces, Francisco de Mora fue un gran devoto de la madre Teresa de Jesús, hasta el punto de leer sus libros impresos, como los todavía no impresos, como «Las Fundaciones», el cual obró un «pequeño milagro» con un criado suyo, un vizcaíno llamado Domingo, pues al sufrir un gran dolor de muelas y sacársele una de ellas, le llamó Francisco y le dijo que se pusiera de rodilla y tuviera mucha fe. Mostrándole el libro de las Fundaciones, le dijo que aquel libro había sido escrito por la mano de una gran santa, y que le curaría. Apenas le aplicó el libro en la parte del dolor, el vizcaíno le dijo: Señor, no me duele. Y ya no le dieron más.

Pero el destino haría que la madre Teresa de Jesús se cruzaría una vez en la vida de Francisco de Mora. Llegó a sus manos una carta escrita de puño y letra por la madre Teresa, y esas letras se las ponía encima del estómago cuando tenía frío en invierno. Además, supo que Francisco Guillamas, maestro de la Cámara del Rey, estaba realizando una capilla en el convento de San José de Ávila, y le pidió limosna para su realización. Al deberle el arquitecto 600 ducados, acordó abonarle la mitad y el resto enviárselo a las monjas del convento de San José.

A través de su confesor, Francisco de Mora supo que las obras que estaba realizando Guillamas no iban bien, pues pretendía realizar la cubierta de madera, en lugar de bóveda, y no dudó en hablar con el noble —que se encontraba enfermo—, y su mujer. Francisco de Mora se trasladó a Ávila y al llegar al convento de San José vio que sobre lo viejo habían levantado paredes de piedra seca y barro, llegando ya la obra cerca de poner los maderos para la bóveda. Habló con los oficiales, las monjas y la priora, Isabel de Santo Domingo, y les dijo que se encomendaran a Dios. El arquitecto estuvo tres días realizando plantas, perfiles y monteas, con tres capillas más de las que ya estaban realizadas, dejando dos: la realizada por Teresa de Jesús y donde está enterrado un hermano suyo; y otra donde está enterrado el clérigo Julián, confesor y compañero en las fundaciones de Teresa. Estas dos capillas, junto con la que estaba realizando Francisco Guillamas, hacían un total de seis.

Pasado este tiempo, volvió a hablar con las monjas y les dijo: «Madres, esta iglesia se ha de echar por tierra toda y se ha de hacer de nuevo, conforme á esta traza, porque va errada, y es menester que se alargue más, ya que no se pueden ensanchar, y que se le haga un pórtico muy hermoso, y la bóveda lo mejor que se pudiere, y no de madera». Les propuso muchas cosas, como si hubiera dinero, y todas les respondieron que estaban de acuerdo, salvo la priora que reparó y dijo «¿que de donde se ha de hacer eso, que no hay una blanca?». Y el arquitecto, en tono guasón y lleno de entusiasmo, le respondió: «Madre, no tenga cuidado, que Dios proveerá; y si no, venderemos un par de monjas».

Francisco de Mora volvió a la Corte y pidió dinero al Rey y a los nobles —no siempre consiguiéndolo—, y poniendo parte de su bolsillo para realizar el convento de San José de Ávila tal y como lo conocemos a día de hoy, viendo colmada la devoción de un arquitecto que llegó a tener una gran devoción por Teresa de Jesús, tras caerse de la mula en que viajaba, y cruzarse con la Santa abulense en numerosas ocasiones.

Fuente

Escritos de Santa Teresa, Vol. 2 pp.  381-386

Puentes históricos de la provincia de Ávila

El libro «Puentes históricos de la provincia de Ávila», editado por la Institución Gran Duque de Alba es, sin duda, un estudio fundamental para comprender la historia de nuestra provincia, no solo circunscribiéndose a puentes, pontones y vados, sino también a los caminos y cañadas que desde su origen comunican las distintas poblaciones y permiten organizar el territorio. O como dice el propio autor, «no hay territorio en sentido propio si no hay caminos; los caminos explican los puentes y los puentes los caminos».

Este libro es la obra póstuma de Emilio Rodríguez Almeida, arqueólogo abulense que dedicó su vida al estudio de la antigüedad clásica y a la investigación arqueológica de la ciudad de Roma —queden sus estudios del Monte Testaccio como muestra de ello— y a la ciudad y provincia de Ávila, donde nos ha legado obras como su «Ávila romana» (1978, reed. 2003) o «Ávila gallega» (2002). El inconmensurable estudio de los puentes de Ávila le ha llevado a catalogar más de 200 puentes, dividiendo su estudio en diez capítulos que abarcan toda la geografía abulense:

  1. Madrigal y Arévalo (Baja Moraña)
  2. Moraña interna y pedemonte de la Sierra de Ávila
  3. Piedrahita y Valle del Corneja
  4. Ávila centro-oeste, Ávila este. De Ávila a los entre-puertos de la calzada leonesa occidental.
  5. Ávila este, entorno ciudad
  6. La “Nava Fonda” del valle del Alberche
  7. La “Navafonda del Tormes”
  8. Valle del Tiétar oriental hasta Ramacastañas
  9. Del puerto de Mijares a Ramacastañas
  10. Arenas-Candeleda

En sus más de 300 páginas, el profesor Almeida hace un estudio sistemático de todos los puentes, clasificándolos según su origen —romano, medieval, moderno…—, técnica de construcción y estado conservación, siendo, en ocasiones, demasiado crítico con las autoridades competentes y reclamando responsabilidades a las entidades locales y provinciales, denunciando el estado de abandono y conservación de los mismos. Asimismo, no trata las construcciones como entes aislados sino poniéndolos en relación con las cañadas y caminos que conectan las distintas poblaciones, analizando su uso a través de los tiempos.

Al estudio le acompañan numerosos mapas ubicando la situación de los puentes, algunos realizados a mano por el autor, y un reportaje fotográfico poniendo en situación la descripción reflejada en el texto. No obstante, quizá el mayor valor se encuentra en los cuidados y detallados dibujos realizados a mano por el profesor Almeida, dibujos realizados a lo largo de su vida —algunos de los años 60, otros de 2011—, y en los levantamientos planimétricos de los puentes, también realizados a mano y acompañados de notas con su cuidada letra, elaborados con la minuciosidad y profesionalidad que caracterizan las obras del arqueólogo.

El enorme estudio de los puentes históricos de la provincia de Ávila, no obstante, se convierte en la referencia para próximas investigaciones pues, a pesar de la titánica tarea, el estudio no deja de estar sesgado por las limitaciones del propio autor —desplazamientos a zonas inaccesibles principalmente— que seguro que arrojaran luz —y nuevos descubrimientos incluso— completando una parte de nuestra historia. También se echa en falta una bibliografía complementaria que secunde el estudio, amén de una nueva tirada de la obra o incluso su digitalización (necesaria a día de hoy), pues los 500 ejemplares impresos se encuentran agotados, lo que dificulta —y mucho— el poder acceder a esta obra.

El colosal estudio, elaborado durante una década de manera incansable y guardado en un cajón durante casi un lustro, ha visto la luz casi al mismo tiempo que se extinguía la de su autor. Sirva este trabajo como referencia a los investigadores que vendrán, y que seguiremos teniendo como guía el legado del profesor Almeida.

San Pedro de Ávila

La iglesia de San Pedro se alza en el Mercado Grande, frente a la puerta del Alcázar de la muralla de Ávila, al lado del monasterio benedictino de Nuestra Señora de la Antigua. Desde siempre ha disputado con San Vicente, su hermana gemela, ser la más antigua de la ciudad de Ávila, sin dirimir la cuestión ante la escasa documentación sobre su construcción. La primera referencia la encontramos en un documento de 1103, apareciendo en la «Crónica de la Población de Ávila» (1173) y en una donación de 1229, mientras que en la relación de parroquias de 1250 aparece como una las parroquias que pagaba una renta eclesiástica más alta.

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Tiene planta basilical con una cabecera formada por tres ábsides, siendo el central, con dos tramos en su presbiterio y tres ventanas en su remate, doble en proporciones a los laterales. Aunque gemela de San Vicente, se diferencia de ésta al carecer de cripta y a la inexistencia de tribuna, debido lo más probable a su larga construcción, distinguiéndose hasta cinco etapas constructivas. Será ésta ausencia de tribuna lo que haga tener unas naves laterales más altas, y  rematado en su portada principal por un rosetón cisterciense. La iglesia debió de finalizar su obra hacia 1254, aunque su torre se añade posteriormente a uno de los ábsides, al igual que la sacristía, ambas con reminiscencias góticas, quizá para solventar la falta de torres en la fachada. A diferencia del resto de la fábrica, tanto al sacristía como la torre están realizadas en piedra granítica, frente a la piedra arenisca berroqueña de las canteras de la Colilla utilizadas en el resto del templo.

La fachada oeste o principal, reforzada por cuatro contrafuertes, se abre cuatro óculos y la portada, donde podemos apreciar la transformación del estilo románico al gótico. La puerta tiene un frontón de sillería arenisca que se rompe con cuatro contrafuertes románicos, aunque los dos centrales terminan en pináculos góticos a la misma altura del rosetón. La puerta es abocinada por continuas arquivoltas, que dan paso a una cornisa que sirve de base al arco, también abocinado, que introduce el gran rosetón cisterciense, del cual salen doce pares de columnillas góticas, pero del que solamente se conserva del original un gran baquetón liso y otro en zigzag, y tres cabezas de piedra que lo decoran, pues en 1967 fue desmontado y sustituido por otro de hormigón y cristal esmerilado. Los pocos restos originales conservados de la vidriera se pueden contemplar en el Museo Provincial de Ávila.

Las capillas laterales, al igual que la mayor, se cubren con bóvedas de horno y cañón como en San Vicente, al igual que los brazos del crucero, pero en el crucero y las naves laterales son cubiertas con soluciones góticas, bóvedas de crucería similares a las que luego cubrirán los tramos de la nave central. El cimborrio se cubre con bóvedas ochavadas de crucería, con ocho plementos nítida traza y cuatro trompas en forma de semibóvedas de crucería.

La decoración escultórica guarda grandes semejanzas con la primera fase de San Vicente, aunque sin manifestarse toda la riqueza y esplendor de la segunda base de la escultura borgoñona de la basílica. En el exterior, los capiteles, la mayoría muy desgastados, representan aves explayadas, sirenas y centauros alados, además de ornamentación vegetal.

La iglesia de San Pedro de Ávila fue declarado Monumento Nacional el 30 de mayo 1914, y ha sufrido varias restauraciones a lo largo de todo el siglo XX, por parte de Repullés y Vargas, Moya Lledó, Arenillas Álvarez y Fernández Suárez, el cual sustituye el campanario de ladrillo por el actual campanario de sillares de arenisca.

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Fuentes

GARCÍA MORALES, S. y ESCUDERO LAFONT, Mª E., “La “pequeña historia de la construcción” o las repetidas intervenciones en edificios históricos: el caso de San Pedro de Ávila”. En HUERTA, S., GIL CRESPO, I., GARCÍA, M. Y TAÍN, M. (Eds.), Actas del VII Congreso Nacional de Historia de la Construcción, Madrid, 2011.

PARRADO DEL OLMO, J. Mª, “Retablos de San Pablo y de Santa Catalina en la iglesia de San Pedro de Ávila”, Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología, nº 44, 1978, pp. 452-455.

FERNÁNDEZ SUÁREZ, J., FERNÁNDEZ TRESGUERRERES, R. Y SOMOZA ARIAS, L., “Restauración de la Iglesia de San Pedro de Ávila”, Materiales de construcción, Vol. 35, nº 198, abril/moyo/junio 1985, pp. 49-57.

http://viajarconelarte.blogspot.com.es/2015/01/san-pedro-apostol-de-avila.html

http://www.avilaturismo.com/es/que-ver/item/39-san-pedro

http://olmo.pntic.mec.es/~mdem0011/sanpedro.htm

http://www.romanicodigital.com/documentos_web/pdf/PDF%C2%B4S_VISOR%20On-Line%20Abierto/%C3%81VILA/%C3%81VILA.swf

http://www.asturnatura.com/turismo/iglesia-de-san-pedro-de-avila/2943.html

http://www.josemanuelsanz.com/galeria.php?titulo=restauraci%C3%B3n%20%C3%A1bsides%20iglesia%20san%20pedro%20de%20%C3%A1vila&code=cultural/absides_avila

http://www.josemanuelsanz.com/galeria.php?titulo=restauraci%C3%B3n%20%C3%A1bsides%20iglesia%20san%20pedro%20de%20%C3%A1vila&code=cultural/absides_avila

http://www.parroquiadesanpedro.es/templo-san-pedro-apostol/

http://www.arteguias.com/romanico_avila1.htm

La torre de Eiffel

Si nos acercamos a la localidad de las Navas del Marqués, quizá sorprenda encontrarse, en la urbanización de Ciudad Ducal, con una atalaya de hierro fundido con una doble funcionalidad: mirador de un maravilloso paisaje, y como torre de vigilancia de incendios. Pero lo que más sorprende descubrir es que tal monumento es una construcción diseñada en el estudio del renombrado arquitecto francés Gustave Eiffel en 1873, logrando un extraordinario sincretismo entre lo lujoso y lo práctico.