Pedro de La Gasca, hombre de letras (I)

Nació en el lugar de Navarregadilla, perteneciente a Santa María de los Caballeros (Ávila), hacia 1493, siendo bautizado en la iglesia parroquial de Barco de Ávila a los nueve días de su nacimiento. Sus padres pertenecían a una familia de hidalgos acomodados próxima al cardenal Cisneros. Su padre, Juan Jiménez de Ávila García, era descendiente de los Cimbrones y García extremeños, primo del Cardenal Cisneros y Señor de Navarregadilla; y su madre María González Dávila Gasca, bisnieta del caballero castellano Gil González Dávila, Señor de Puente del Congosto (Salamanca).

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Boceto y retrato de Pedro La Gasca. Valentín Carderera (1847)

Los primeros años de su vida los pasa en Barco de Ávila, pero debido a las circunstancias familiares (enfermedad de su padre), Pedro es llevado a vivir a Puente del Congosto con su abuelo materno, Pedro García Gasca, señor de la villa. No habiendo en la villa “dómine” que se encargara de su enseñanza, a los diez años vuelve a El Barco de Ávila, donde estudió Humanidades con el Bachiller Minaya, en compañía de sus hermanos: Juan, Francisco y Diego. Durante varios años se formó con el Bachiller, el cual, complacido de la inteligencia de su discípulo, aconsejó a sus padres que le llevaran a Salamanca a continuar sus estudios de la carrera eclesiástica, a la cual se veía llamado.

Poco tiempo estaría el joven estudiante en Salamanca, pues al ir su padre a consultar a un médico la dolencia crónica que padecía, su mal se agravó y hubo de ser trasladado en una silla de manos de Salamanca a Navarregadilla, donde murió poco después (1513). Diego González Dávila, hermano de su padre, fue a Barco a consolar a su cuñada y a poner en orden los asuntos familiares, y contentado de la inteligencia de sus sobrinos Pedro y Diego, los llevó consigo a la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares, donde Pedro estudió durante once años, manifestándose como un alumno sagaz, intrépido, enérgico y fidelísimo al Rey, como demostró luchando en el bando realista en la guerra de las Comunidades. Tras realizar excelentes exámenes, fue el segundo alumno que se graduó  con el título de Maestro en Artes y el primero en conseguir el título de Maestro en Teología, con aplauso unánime de profesores y alumnos.

Desde que se graduó en Alcalá, Pedro de La Gasca firmó siempre como el «Licenciado La Gasca», sin adoptar nunca los apellidos que le correspondían, Jiménez de Ávila y García y González Dávila, al igual que sus hermanos. Quizá adoptara este apellido al elegir los apellidos que más le gustaban, como era costumbre, por afinidad a la familia materna o considerarlo de mayor abolengo que el Ximénez de Ávila.

Posteriormente pasa a estudiar en Salamanca Derecho Civil y Eclesiástico, pese a su frustrada idea de realizarlo en Italia (invadida por Francisco I) dio probadas muestras de su prudencia, sagacidad, tacto y energía que le granjearon la admiración de todos. Por su valía es nombrado Rector de la Universidad de Salamanca (en el curso de 1528-1529), y Vice-escolástico, cargos que simultaneaba con el de Subcolector Apostólico, elegido por el Nuncio Pogio. El acierto con el que desempeñó su cargo en la Universidad se plasmó en los Estatutos que él mismo realizó y que se mantuvieron durante muchos años. Fue elegido Rector del Colegio de San Bartolomé en dos ocasiones, donde se licenció en Cánones (1531).

Acabados sus estudios, fue ordenado sacerdote comenzando su carrera eclesiástica en la propia Salamanca, pero la influencia del cardenal Juan Pardo de Tavera le lleva a ser nombrado Juez Metropolitano en la Catedral de Toledo y Vicario en Alcalá de Henares (1537). Sería en el propio Toledo donde conoce personalmente a Carlos V, el cual le favorece y autoriza para que se haga cargo de un difícil proceso de sacrilegio en Valencia que el Consejo de la Inquisición que no acertaba a resolver, nombrándole Oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición, teniendo que abandonar el resto de sus cargos. Tras más de dieciocho meses de laboriosa investigación, entregó todo el proceso minuciosamente ordenado y resuelto a justicia, lo que le valió la admiración de los varones del Consejo de la Inquisición, e incluso la del propio emperador Carlos, quien le llamó a su cámara para oírle personalmente todo lo referente al caso.

Su primer cargo político fue el de Visitador de los Tribunales, Justicia y Hacienda de todo el Reino  de Valencia en 1541, a petición de las Cortes de Monzón, un cargo reservado a los allí nacidos. Durante estos años (1542-1545), Pedro de La Gasca se dedicó a comprobar la labor de los funcionarios, la recaudación de impuestos y el respeto a los poderes reales, así como aplicar los juicios de residencia a los ministros de justicia y ocuparse del adoctrinamiento de los moros, adquiriendo durante su desempeño un notable conocimiento de las funciones gubernativas.

A pesar de ser un hombre de letras, las circunstancias hicieron que La Gasca mostrara que debajo de su hábito sacerdotal había también un valiente guerrero, heredero de los antepasados de su familia. En 1543 se tuvo constancia, de manera secreta, que el corsario otomano Barbarroja y los franceses planeaban desembarcar y saquear las costas valencianas y la islas baleares. El pánico cundió entre los caballeros que intentaban organizar la defensa, con Fernando de Aragón (viudo de Germana de Foix), duque de Calabria y Virrey de Valencia, a la cabeza, pero aparece en escena Pedro La Gasca, echándoles en cara su cobardía y mostrando que era posible una defensa fortificando las playas e islas con los medios de los que disponían. El plan se traza según las exigencias de La Gasca y los intentos de Barbarroja de desembarcar son duramente rechazados por las defensas realizadas, obligando a los berberiscos a desistir de sus intentos de asaltar las costas levantinas.

Pedro de La Gasca es aclamado como un hombre providencial, volviendo a Castilla en 1545.

Las noticias de revueltas sucedidas en Perú, con la rebelión de Gonzalo Pizarro, sublevado contra las Leyes Nuevas y el gobierno del virrey Blasco Núñez Vela, muerto en la batalla de Añaquito, hizo que se reuniera en el verano de 1945 el Consejo de Indias con el príncipe Felipe (el Emperador se encontraba en Alemania) para adoptar una solución al conflicto. Entre los miembros del Consejo estaban los cardenales Tavera y Laoisa, el obispo de Sigüenza (Consejo Real de Castilla), el presidente de la Chancillería y varios nobles, debatiéndose entre dos posturas: la de enviar a un ejército para reducir la rebelión por la fuerza, y poner a un militar con experiencia al mando; y la de enviar a un hombre de letras, negociador, que consiguiera la obediencia por la vía de la persuasión y los halagos. Se optó por la segunda opción, y parece ser que fue el propio Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, quien propuso el nombre de Pedro La Gasca como la persona más capacitada para encomendarle la difícil tarea, diciéndole al príncipe Felipe: “Señor, Gasca tiene aún más carácter y energía que yo”.

Tras mandar un emisario al Emperador para darle cuenta de lo sucedido y acordado por el Consejo de Indias, Carlos V, orgulloso con el desempeño de La Gasca en los asuntos encomendados anteriormente, no solo aprueba su nombramiento, sino que escribió de su puño y letra una carta (fechada el 17 de septiembre de 1545) manifestándole su complacencia por su nombramiento como Presidente de la Audiencia del Perú, estableciendo que abandonase todos sus cargos  y realizase su salida hacia el Perú lo más pronto posible.

 

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Luis de Ávila y Zuñiga

Luis de Ávila y Zuñiga nació en Plasencia en 1504, quedándose huérfano de padre a los pocos meses, ocupándose de su educación su madre Elvira de Zúñiga y Guzmán. Los títulos y estados de su padre, Esteban de Ávila y Álvarez de Toledo, fueron heredados por su hermano mayor Pedro Dávila. Las pretensiones de una familia aristocrática tan importante como los Dávila (el linaje de Ávila se transformaría en Dávila), hizo que Luis se casara con su prima María de Zúñiga Manuel y Sotomayor, II Marquesa de Mirabel, siendo él Marqués Consorte de Mirabel. El destino quiso que el matrimonio engendrara cinco hijas, ninguno varón: Elvira, Inés, María, Luisa y Jerónima.

Batalla de Mühlberg por Luis de Ávila y Zúñiga (1550)

Fue Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, siendo este cargo una forma de recompensar a los nobles por parte de la Corona, historiador y sobretodo un fiel servidor y amigo del rey Carlos I de España, emperador del Sacro Imperio Carlos V, a quien sirvió como embajador en Roma.

Bajo el servicio del emperador Carlos V se embarcó en distintos acontecimientos. En abril de 1535 formó parte del ejército imperial en la “Jornada de Túnez”, tomándose Túnez sin lucha en junio. Posteriormente participó en todas las acciones del ejército imperial en la Guerra contra la Liga de Esmalcalda, teniendo el cargo de Capitán General de Caballería de Lorena (1546-1547), siempre al lado del emperador en la batalla de Mühlberg (24 de abril de 1547). Y en septiembre de 1547 recibió del arzobispo de Colonia seis cráneos reliquias de las once mil vírgenes que se veneran la iglesia convento de las Ursulinas (Colonia), y las llevó al Convento de San Francisco Ferrer en Plasencia.

Como gran amigo de Carlos V, éste le encargó acompañar a su primogénito, el príncipe Felipe, a su viaje de presentación a los Países Bajos (1548). Partieron de Valladolid rumbó a Barcelona, embarcando en Rojas hacia Génova, y desde allí rumbo a Bruselas, recorriendo lo que posteriormente se llamará “el Camino Español”. Llegaron a la capital de Flandes en 1549, donde el emperador los esperaba.

Durante 1547 y 1555, Luis de Ávila acompañó a su amigo el emperador en sus estadías en Alemania y Flandes hasta que Carlos V abdica en Bruselas a favor de su hijo Felipe II como rey de España y duque de Borgoña y en su hermano Fernando I como emperador del Sacro Imperio Romano. Carlos V tuvo a bien los consejos de su amigo Luis de Ávila, y se retiró al monasterio de Yuste, donde era visitado a menudo por el marqués de Mirabel, que residía en su palacio de Plasencia. Ambos amigos se respetaban mutuamente: Luis admiraba a Carlos V viéndole como la persona que había tenido Europa bajo sus pies, y en su palacio de Mirabel tenía numerosos lienzos y frescos que aludían a las gestas militares, y busto de Carlos V (obra de Pompeo Leoni), en su patio; y Carlos veía a Luis como un gran soldado que había demostrado su valía y su táctica en el campo de batalla, siempre a su lado, un amigo fiel que le daba buenos consejos. El día que Carlos V murió en el monasterio de Yuste (21 de septiembre de 1558), Luis de Ávila estuvo presente y fue uno de los que hicieron su Relación de fallecimiento.

En campo de plata, a la derecha una banda negra y cadena de oro de los Zúñiga, y a la izquierda 13 roeles dorados sobre azul de los Dávila.
En campo de plata, a la derecha una banda negra y cadena de oro de los Zúñiga, y a la izquierda 13 roeles dorados sobre azul de los Dávila.

Luis de Ávila murió en Plasencia, en su residencia del palacio de Mirabel, en 1573, siendo enterrado en la Capilla de Nuestra Señora del Rosario, en el crucero a la parte del evangelio, de la iglesia de San Francisco Ferrer de Plasencia.

Al Marqués Consorte de Mirabel se le recordará como Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, veterano de las campañas imperiales al lado del emperador Carlos V, Capitán General de al Caballería Española, Miembro del Consejo de Estado y Guerra del Rey con Felipe II; pero también como historiador, pues fue un fiel cronista de las guerras del emperador, escribiendo el “Comentario de la guerra de Alemania hecha por Carlos V, máximo Emperador Romano, Rey de España, en el año 1546-1547”, publicado en Venecia en 1549 y 1552 y traducido a varios idiomas. En este libro ensalza la figura del emperador y la realización metódica de sus acciones guerreras. Carlos V dijo: “Que más hazañas había logrado Alejandro Magno, pero que no había tenido tan buen cronista”.

FUENTES

http://es.wikipedia.org/wiki/Luis_de_%C3%81vila#cite_note-6

http://www.cyclopaedia.es/wiki/Luis-de-Avila-y-Zuniga-6

Gaspar de Quiroga y Vela

Gaspar de Quiroga y Vela nació el 13 de enero de 1512* en Madrigal de las Altas Torres (Ávila), hijo de Álvaro de Quiroga, hidalgo y regidor de Bercial, y de Elena Muñoz Vela, natural de Madrigal. Los Quiroga, ilustre familia, de ascendencia gallega y presencia en Madrigal desde las primeras décadas del siglo XV. Era sobrino de Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán (México). Estudio en el colegio de Oviedo de la Universidad de Salamanca, y en el colegio de Santa Cruz de Valladolid, doctorándose y obteniendo cátedra en Teología y Leyes. Terminada su carrera universitaria, fue nombrado por el cardenal y obispo de Toledo, Don Juan Tavera, su vicario en Alcalá de Henares (1540). Su gran valía desempeñando sus funciones le valieron que fuera premiado con un canonicato en la ciudad de Toledo, y su nombramiento como auditor del Tribunal de la Rota en la Corte de Roma (1555-1559), donde fue apreciado por el Papa Paulo IV.

 

Desempeñando este cargo de auditor le fue encomendado, por Felipe II, la visita al reino de Nápoles y de todas las provincias con todas las facultades, para informarle de la situación de los distintos reinos del imperio español en Italia (1559). Cuatro años después, regresó a Barcelona, donde el rey, satisfecho del acierto con el que desarrolló su misión, le premió nombrándole miembro del Consejo de Castilla y Consejero de la Inquisición, además de Presidente (interino) del Consejo de Italia (1567-1563). Ejerciendo estas funciones, y a petición de Felipe II, se le confirió el obispado de Cuenca (1571-1577), consagrándole en Santa María de Madrid el cardenal Diego de Espinosa, obispo de Sigüenza.

El 20 de abril de 1573 recibe el cargo de Inquisidor General y entró a formar parte del Consejo de Estado, encargándole el monarca la Superintencia de las Juntas. Como Inquisidor General se le recuerda por liberar de prisión a fray Luis de León, al que le unió una gran amistad; renovar la institución inquisitorial (tanto el Consejo de Inquisición como los tribunales de distrito); su servicio a la Corona de la mano de Arias Montano, el resurgir de los alumbrados, Santa Teresa y la reforma de las órdenes religiosas, el control de los moriscos y el entendimiento con Antonio Pérez; así como la elaboración del Índice de Libros Prohibidos.

Medalla del grabador Pedro Angelo

A la muerte del arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza, fue promovido por Felipe II para ocupar el cargo (1577-1579). Un año después, en 1578, el papa Gregorio XIII, le nombra cardenal con el título de Santa Balbina. Su nombramiento como cardenal fue a instancias del rey Felipe II, el cual buscaba en la figura anciana de Gaspar de Quiroga una marioneta que le respaldase en sus decisiones, pero que su gran longevidad acabó por perder el favor real de Felipe III.

La muerte el sobrevino el 20 de noviembre de 1594, víctima de una apoplejía, recibiendo sepultura en el Convento de San Agustín de Madrigal, donde descansaba su familia; y en 1835 sus restos fueron trasladados al claustro del convento de las agustinas de Madrigal. Su cargo como Inquisidor General quedó vacante hasta el nombramiento —durante solo 10 meses— por Jerónimo Manrique de Lara, obispo de Ávila.

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Escudo del cardenal Gaspar de Quiroga

Gaspar de Quiroga, como miembro de la aristocracia y del clero, también promovió numerosas obras en su pueblo natal y otros lugares. De esta manera, inició las ampliaciones y reformas del convento de San Agustín de Extramuros en Madrigal de las Altas Torres (1578, Ávila), conocido como “El Escorial de Castilla”, obra ingente cuya realización superó los doscientos mil ducados. También estableció rentas a varios conventos de la familia agustiniana, como el citado de San Agustín en Madrigal; el monasterio de Torcuato (para la Casa de acogida que fundó); el convento de Santa María Magdalena, en Alcalá de Henares; y el monasterio de Santa Isabel, en Madrid, para el mantenimiento del albergue mandado levantar por Felipe II en las casas confiscadas a Antonio Pérez.

Gaspar de Quiroga fue defensor de Ana de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli, y de sus hijos, con los que mantenía una buena relación al estar vinculado al partido “pacifista” de Éboli que lideraba su consorte, Ruy Gómez de Silva, bando pacifista frente a los partidarios del duque de Alba, quienes querían una política más violenta. Gaspar medió ante Felipe II para que la princesa de Éboli abandonara prisión (la torre de Pinto primero y el castillo de Santoraz después), para que pudiera volver a su palacio ducal de Pastrana.

Señalar también, que la escritora irlandesa Kate O’Brien, vinculada a Ávila, recoge en su novela “Esa Dama” la estrecha relación entre el cardenal y la princesa de Éboli, pese a que en la obra figuran como tío y sobrina.

* Otras fuentes sitúan su nacimiento hacia el 1500.

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Entierro del Conde Orgaz. El Greco. Detalle de San Agustín con la cara de Gaspar de Quiroga

FUENTES

PIZARRO LLORENTE, Henar. Don Gaspar de Quiroga (1512-1594) un gran patrón en la corte de Felipe II. Tesis doctoral dirigida por José Martínez Millán. Universidad Autónoma de Madrid, 1997.

http://www.madrigal-aatt.net/personajes/cardenal_gaspar_de_quiroga_y_vel.htm

http://www.madrigal-aatt.net/personajes/gaspar.htm

http://eltoledoescondido.wordpress.com/la-pozuela-y-su-secreto/cigarral-del-cardenal/

http://es.paperblog.com/cardenal-gaspar-de-quiroga-y-vela-arzobispo-de-toledo-2610193/

https://hidalgosenlahistoria.blogspot.com.es/2016/05/gaspar-de-quiroga-y-vela-cardenal.html?showComment=1470583300278#c5043449380819344926

 

Virreina María Dávila

María Dávila nació, muy posiblemente, en Ávila, hacia el último tercio del siglo XV. Poco se sabe de su nacimiento y niñez, salvo que era hija de Gil de Ávila e Inés de Zabarcos, pertenecientes a un grupo de artesanos abulenses acaudalados, y la educación que recibió se desarrolló en el ámbito doméstico, supervisada por su madre, basada principalmente en unas normas básicas de conducta, en el aprendizaje de alguna oración y en el conocimiento de las letras. Además, en su formación también influyó un hombre de religión, Álvaro de Castro, franciscano, y que junto a su madre moldearon la personalidad piadosa de María a lo largo de su vida.

Su blasón era el escudo de trece roeles, pues pertenecía a la rama de los Dávila de Esteban Domingo, señor de Vilafranca y las Navas. Fue dama de la corte de la reina Isabel, lo cual le permitió ciertos privilegios y un matrimonio con un hombre de confianza de los Reyes Católicos: Fernán Núñez de Arnalte, quien gozaba de una buena posición en la Corte al desempeñar el cargo de tesorero real, y juntos acrecentaron su patrimonio gracias a numerosas concesiones de los reyes, como la venta del señorío y heredad de la dehesa de las Gordillas (antes perteneciente al cabildo catedralicio), situado a unos 20 kms de la ciudad de Ávila; además de otros terrenos en la provincia y en la ciudad de Ávila, demostrando María Dávila un carácter emprendedor aprovechando su situación privilegiada.

Su marido Fernán Núñez de Arnalte murió en 1480, si bien un año antes había redactado una Disposición de última voluntad, convirtiendo a su viuda María y a fray Tomás de Torquemada (fraile dominico, prior del convento de Santa Cruz de Segovia y confesor de los Reyes Católicos) en los albaceas de la misma, quienes ejecutan la última voluntad del tesorero: la fundación de un convento dedicado a Santo Tomás de Aquino, en Ávila. En 1482 obtuvieron la bula papal para la fundación del monasterio, eligiéndose unas casas, huerto y prados que pertenecieron al canónigo Fernán González, se comenzó a construir el templo convirtiéndose en sede del Tribunal de la Inquisición.

Pese a la voluntad de Fernán Núñez de Arnalte de ser enterrado en la iglesia de San Martión de Ocaña (Toledo), ésta no se vio cumplida y sus restos se depositaron temporalmente en la iglesia de Juan de los Reyes, posiblemente por intercesión de la reina Isabel, quien decidiera junto con María Dávila que sus restos fueran sepultados en la iglesia de Santo Tomás de Ávila, concretamente en la capilla principal, aunque ésta terminó siendo ocupada por los restos del príncipe Juan, heredero al trono de Castilla e hijo de los Reyes Católicos. El malparado tesorero Fernán Núñez de Arnalte sería trasladado a una de las capillas laterales del templo (1502), donde se instalaría un sepulcro artístico hacia 1511, actualmente muy deteriorado y sólo se conserva una parte del frontal del yacente.

Tres años después de la muerte de su marido, entre 1482 y 1483, María Dávila vuelve a contraer matrimonio, ésta vez con Fernando de Acuña, capitán al servicio de los Reyes Católicos e hijo del I Conde Buendía, don Pedro de Acuña, señor de Dueñas. Fue un hombre importante en el reinado de Isabel y Fernando, quienes premiaron su carrera en febrero de 1489, nombrándole Virrey de Sicilia y recibiendo su mujer, a modo de consorte, el título de Virreina. El matrimonio se estableció Palermo, donde residirían hasta la muerte del Virrey en 1494. Fue enterrado en la capilla de Santa Águeda de la catedral de Catania, siendo María Dávila quien nuevamente tuviera que hacerse cargo de los restos de su marido y mandara construir un sepulcro artístico de gran fastuosidad, muy dañado en el terremoto de 1693, pese a ser recompuesto posteriormente.

La verdadera personalidad de María Dávila aparece a partir de la muerte de su segundo esposo pues, siguiendo el comportamiento habitual de las viudas de alta alcurnia de la época, María Dávila decidió consagrar su vida a la religión, y fundar un convento de clarisas. Para ello, debía conocer la vida conventual, por lo que entró como monja en el monasterio de clarisas de Calabazanos (Palencia), y parece ser que la elección de este lugar fue por voluntad de Isabel la Católica. Desde 1496 a 1502 residió en este monasterio, donde aprendió los preceptos de la norma, junto con la compañía de varias mujeres, algunas de las cuales, doce beatas , viajaron posteriormente con ella a Ávila para fundar el monasterio que recibiría el nombre de Villa Dei, una sencilla construcción en una dehesa próxima a Ávila llamada “Las Gordillas“, y que la propia María había comprado y heredado durante su primer matrimonio, actuando como abadesa vitalicia.

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Sepulcro de María Dávila

Además, María Dávila hizo una serie de acciones caritativas, entre la que destaca la construcción de una capilla “de boveda de cal y canto“, es decir, una capilla de planta central con la advocación de la Caridad de Santa María de Jesús. Se construyó y se conserva en la actualidad y, aunque inicialmente se pensó construirla cercana a la catedral, en una casa de su propiedad (el actual palacio de los Velada), la muerte de la abadesa en 1511, las grandes dimensiones de la casa y el estado de ruina en que se encontraba hicieron necesario buscar otro emplazamiento, también cerca de la catedral, pero en la calle Andrín (Reyes Católicos), lo que a día de hoy es la Capilla de Nuestra Señora de las Nieves, edificio que conserva los símbolos heráldicos de los Dávila y las inscripciones del edificio la proclaman como su patrona. La abadesa María Dávila falleció en 1511, cuando su comunidad residía en Villa Dei, y allí fue sepultada, pese a que las clarisas se trasladaron a Ávila en 1552, primero en casas de Diego del Águila junto a la puerta de San Vicente en el lienzo de la muralla, y en 1557 tomaron posesión del inmueble que construyeron cerca de San Roque, en lo que hoy conocemos como el monasterio de las Gordillas. En los traslados no se sabe si los restos de María Dávila fueron trasladados al palacio de Diego del Águila o la capilla de la Caridad que ella había mandado realizar, mientras terminaban las obras del nuevo monasterio, pero cuando éste estuvo acabado, su sepulcro se ubicó en el coro de la iglesia del monasterio de las Gordillas, dónde estuvo más de trescientos años, hasta que las monjas abandonaron el edificio y se trasladaron a su nueva ubicación, detrás del monasterio de Santo Tomás, llevándose los restos de su fundadora consigo, al igual que su sepulcro artístico, donde se encuentra en la actualidad.

BIBLIOGRAFÍA

CABALLERO ESCAMILLA, Sonia. María Dávila, una dama de la reina Isabel: promoción artística y devolución. Ávila, Institución Gran Duque de Alba.

HERRÁEZ ORTEGA, María Victoria. María Dávila, una dama de a reina Isabel: promoción artística y devolución. De arte: revista de historia del arte, nº 10, 2011, pgs. 285-286

LUIS LÓPEZ, Carmelo; SOBRINO CHOMÓN, Tomás. Un linaje abulense en el siglo XV: Doña María Dávila (documentación medieval del Monasterio de las Gordillas. Ávila : Obra Cultural de la Caja de Ahorros de Ávila, 1997-1998.

Testamento de Doña María Dávila

Doña María Dávila. “La caridad de Santa María de Jesús”

http://www.clarisasavila.org/

Imágenes sepulcro Núñez Arnalte: Sonsoles Sánchez-Reyes

Sancho Dávila, el Rayo de la Guerra

Hace aproximadamente una década, era un joven estudiante de bachillerato al que empezaba a gustarle la historia. En una de esas clases de Historia, el profesor nos reprochó el desconocimiento que teníamos los jóvenes en particular y los adultos en general por aquellos hombres que forjaron nuestra historia local, y a nosotros aquello nos parecía tan irrelevante como la filosofía, las matemáticas o el análisis sintáctico de frases absurdas. El profesor, dolido por la ignorancia de aquellos párvulos que éramos (y que de alguna manera, seguimos siendo) nos lanzó, emocionándose, la siguiente pregunta que deberíamos de buscar e informarnos: ¿A qué no sabéis qué abulense, hidalgo, militar y clérigo, empezó como un simple soldado y llegó a dirigir importantes batallas en Europa, participó en la batalla de Mülhberg donde cruzó de noche el río, con el cuchillo entre los dientes y acabó muriendo por la coz de una mula  en Portugal habiendo desafiado a la muerte en el campo de batalla en decenas de ocasiones? Su emoción fue inversamente proporcional a nuestras caras y, quizá decepcionado, añadió: está enterrado en la iglesia de San Juan. Puede que la pregunta fuese lanzada sin esperar respuesta, pero la curiosidad me pudo y averigüé quien fue aquel hombre. Al día siguiente, le dije al profesor: El militar fue Sancho Dávila, el rayo de la guerra. Sonrió, y dijo: Si, y soldado del rey.

Retrato de Sancho Dávila

Antón Vázquez Dávila, hijodalgo notorio según costumbre y fuero de España, abulense y comunero que participó en el asedio del a fortaleza de Fuenterrabía, y perteneciente al linaje de Blasco Jimeno (identificado por los seis roeles), contrajo matrimonio con Ana Daza, hija de un hijodalgo notorio de buen casta. Fruto de este matrimonio tuvieron tres hijos, Beatriz, Tomás y Sancho. Este último, nacido hacia 1523 es nuestro protagonista, el mismo que se quedaría huérfano al cumplir los quince años y que emprendería carrera eclesiástica estudiando latín, gramática y humanidades, filosofía, cánones y teología hasta recibir las órdenes menores. Con veinte años, hacia 1544 ó 1545, marchó a Roma, donde emprendería otra carrera menos espiritual y más mundana: la de las armas, al igual que hiciera Cesar Borgia.

Rápidamente, Sancho Dávila entró a formar parte de las tropas del Emperador Carlos V, concretamente de los tercios viejos, y luchó en contra de los rebeldes de la Liga de Smalkalden (Esmalcalda) al mando de Don Fernando Álvarez de Toledo, III Gran Duque de Alba, participando en varias batallas, escaramuzas, celadas y de acciones sorpresa, además de convertirse en un experto en encamisadas, ataques nocturnos efectuados por sorpresa, y la máxima victoria fue en la batalla de Mülhlberg, donde se dio la dificultad de atravesar el caudaloso río y defendido por arcabuceros alemanes. Para ello, diez arcabuceros españoles se desnudaron y cruzaron a nado, con los cuchillos cogidos entre los dientes y bajo los disparos enemigos, hasta donde estaban las barcas enemigas, mataron a los que las custodiaban, se apoderaron de ellas y las llevaron al campamento del emperador, pudiéndose acabar el puente que permitió cruzar a las tropas imperiales. Uno de esos arcabuceros españoles fue Sancho.

Posteriormente, Sancho Dávila luchó contra los turcos en el norte de África, y participó en la toma de Mahdia (1550), regresando a Italia formando parte del tercio de Lombardía y durante el intento de recuperar Metz (1552) quizá fuera donde se conocieran el duque de Alba y Sancho personalmente, entablando una admiración mutua, fidelidad y respeto entre el soldado y el duque que duraría toda la vida, y juntos participarían en las disputas contra el papa Pablo IV y los duques de Guisa. Participó en la defensa de la isla de los Djelves (1560, Gelves), donde caería prisionero, sufriendo cautiverio y liberado un año después, ya durante el reinado de Felipe II. Regresó a su Ávila natal, que abandonaría nuevamente al no ver perspectivas de futuro, marchando a la Corte, donde se encontraba el duque de Alba, quien le convenció de que volviese a servir nuevamente, nombrándole capitán ordinario de infantería y un sueldo de 50.000 maravedíes, encomendándole la misión de inspeccionar las defensas y fortalezas de la costa del reino de Valencia, labor que desempeñó con eficacia, pero rápidamente fue nombrado Castellano de Pavía (1562), lugar estratégico de todo el Milamesado porque su control aseguraba dominar Italia. Por tanto, ser castellano en esta importante plaza era un oficio de gran responsabilidad y el cargo lo ocupará hasta el verano de 1567, cuando vuelve a formar parte del ejército expedicionario que se reunía en el norte de Italia para ir a los Países Bajos a través de los Alpes al mando del duque de Alba.

En Flandes fue maestre de campo de los tercios españoles bajo el mando de Álvarez de Toledo, el cual había sofocado la revuelta y derrotado a los rebeldes en el campo de batalla en batallas como Dalen, Goes, Flesinga, Borsele, Reimerswaal o Mook, pero en 1574 se produjo el llamado Saqueo de Amberes, en el que se amotinaron las tropas españolas, a las que se les adeudaban treinta y siete pagas, y que supuso el detonante para la sublevación del resto de provincias de Flandes que aún permanecían leales a Felipe II. Esto se conoce con el nombre de Furia Española. Sancho participó en estos acontecimientos, regresando a España en 1577, estableciéndose en la Corte con su hijo, pues quedó viudo hacía unos años. Fue recibido por Felipe II, que le nombró Capitán General de la Costa del Reino de Granada (1578).

El destino quiso que una vez más el fiel soldado Sancho fuera a la batalla una vez, y fue con la crisis sucesoria portuguesa (1580), en la que Felipe II envió al duque de Alba para hacer prevalecer sus derechos dinásticos y acceder a la corona portuguesa frente al otro pretendiente, Antonio, prior de Crato. Cuentan que el rey preguntó al duque de Alba cuánta gente necesitaría para la empresa de Portugal y que Alba le contestó que veinte mil hombres, pero que, si le acompañaba Sancho Dávila, tal vez con diez mil bastara. Dicho y hecho, Sancho participaría en la contienda portuguesa y en la definitiva Batalla de Alcántara, en donde se alzaría como vencedor el bando felipista, y supondría la anexión de Portugal a la Corona Hispánica.

Sancho permaneció en Portugal unos años más, y a finales de 1582 moriría su estimable y admirado amigo Fernando Álvarez de Toledo. Felipe II abandonaría Lisboa y volvería a la Corte y nombraría a Sancho “por la aprobación y satisfacion que tengo de vuestra persona”, como maestre de campo general de toda la gente de guerra que quedaba en el país, con competencia “así en lo que toca a la justicia, execución y administración de ella como el alojamiento y otras cosas al dicho cargo anexas y concernientes”, lo que parecía la culminación de su carrera militar. Poco ejerció este cargo, pues tres meses después de su nombramiento, recibió la coz de una mula en un muslo, que le conduciría a la muerte tres días más tarde, el 8 de junio de 1583. Sus restos fueron llevados a hombros de sus soldados y expuestos en la iglesia de San Francisco en Lisboa, y de allí fueron trasladados a la capilla mayor de la iglesia de San Juan de Ávila, por orden de su hijo Fernando Dávila.

Aquel profesor, del que aprendí mucho más de lo que pone en los libros, investigó más sobre la figura de este abulense, y acabó publicando un libro, del cual he extraído lo anterior expuesto. Escrito a modo de histobiografía, a lo Fernández Álvarez, es un magnífico texto entretenido y que embelesa al lector. Sancho Dávila, soldado del rey, de Gonzalo Martín García y publicado por la Institución Gran Duque de Alba, resulta imprescindible para conocer la figura del militar. Para ir acabando, les dejo una síntesis del autor sobre la figura del personaje en cuestión:

“Sancho Dávila era un soldado valeroso. En muchas ocasiones había cabalgado al frente de la vanguardia del ejército y había participado en un sinfín de encuentros armados, escaramuzas y encamisadas. Había combatido en mar y en tierra, en el agua y en el barro, en asedios a ciudades y en campo abierto. Había arriesgado su vida muchas veces. Y, sin embargo, murió de resultas de la patada que le dio en el muslo un caballo al que estaba viendo herrar en la ciudad de Lisboa. Paradojas”.

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Medallón de Sancho Dávila en el Pabellón de San Martín en la Plaza Mayor de Salamanca. – Wikipedia