Hernán Cortés, el conquistador del Imperio mexica

Era Cortés de «buena estatura y cuerpo bien proporcionado… y la color de la cara tiraba algo a cenienta, y no muy alegre…, los ojos algo amorosos y suaves… diestro de todas lar armas… en todo daba señales de gran señor… de afable condición con todos…platicaba con muy retórica… limonesnero… en las batallas entraba juntamente con nosotros… con demasía dado a las mujeres»[1].

La expedición de Hernán Cortés partió el 18 de febrero de 1519 de Cuba con destino a las costas mexicanas, anticipando la salida por temor a que el gobernador Velázquez lo relevara por querer actuar en beneficio propio. A pesar de no tener experiencia en incursiones al continente, Cortés se impuso como verdadero jefe. La expedición consistía en arribar en la isla de Cozumel, donde se incorporó Jerónimo de Aguilar, uno de los supervivientes de la expedición de Grijalva que había aprendido la lengua maya. En San Juan de Ulúa empezaron a escasear los víveres, y la expedición ya había perdido 35 hombres en diferentes enfrentamientos con los indios; y el 19 de julio funda la ciudad de Veracruz acogiéndose al Código de las Siete Partidas, aunque no tenía poder legal para establecerse. No obstante, Cortés siempre demostró una gran habilidad “para justificar y legitimar su muy difícil posición tras la ruptura con el gobierno de Cuba” y tras nombrar cargos en el gobierno de la ciudad es elegido “capitán y justicia mayor[2].

Con 508 soldados de a pie (más un centenar de marineros), 16 jinetes, 32 ballesteros, 13 escopeteros/arcabuceros; algunas piezas de artillería, 4 falconetes de hierro y 12 pequeños cañones de bronca, Hernán Cortés inició la penetración del continente, de donde tenía noticias de un gran imperio gobernado por Moctezuma, y fue la inteligencia de los conquistadores y el sentido político de su jefe las claves de su éxito, pero no adelantaremos acontecimientos.

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Después de establecerse en Veracruz, liberaron a las poblaciones indígenas de la costa (totonacas) que estaban bajo dominación mexica consiguiendo que el cacique de Cempoala le diera 200 porteadores y 50 indios de guerra El 8 de agosto 60 hombres (más los marineros) se quedan en Veracruz y Cortés y su hueste penetran hacia el interior con intención de dirigirse hacia el territorio de los tlaxcaltecas, que según le habían informado los cempoaltecas éstos eran enemigos mortales de los mexicas, y cierto era esto aunque eran de la misma raza y lengua náhuatl, pero los habían ido cercando territorialmente. Los tlaxcaltecas estaban constituidos por 4 parcialidades, y rechazaron la oferta de paz. Del 2 al 5 de septiembre se sucederían terribles batallas contra la hueste de Cortés en proporción de 1 contra 20 ó 30, pero los españoles resultan victoriosos por su buena organización táctica, a la artillería y a la caballería. Tuvieron muchos heridos y pocos muertos, pero aún así habían perdido 155 hombres. Tlaxcala firma la paz y Cortés entra en la ciudad el 23 de septiembre de 1519.

En Tlaxcala los españoles curaron sus heridas, los caciques entregaron en matrimonio a varias de sus hijas que Cortés repartió entre sus capitanes; y además ofrecieron millares de indios de guerra para la conquista de México. El 12 de octubre los españoles continuarían su avance hacia México-Tenochtitlán, la capital del imperio mexica, y debido a los consejos de Moctezuma (a través de sus emisarios) pasan por Cholula, centro religioso muy importante donde los indígenas preveían una emboscada para exterminar a los españoles; pero éstos se adelantaron y cometieron una auténtica matanza, masacrando a unos 3000 indígenas en dos horas, según Cortés en defensa propia. Después de esto Moctezuma aceptó recibir a los españoles en la capital, donde entraron el 8 de noviembre de 1519. No se trató de una conquista, sino que fueron recibidos por una fastuosa recepción, instalándose en la capital mexica.

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Representación idealizada del encuentro de Cortés con Moctezuma

Los españoles pasan un tiempo en Tenochtitlán y parece ser que Moctezuma vio en los españoles a dioses, y en Cortés una reencarnación del dios Quetzalcóatl. Los hispanos quedaron asombrados por la ciudad-isla. A los 6 días de su llegada hicieron prisionero a Moctezuma, así garantizarían su seguridad, dando la excusa de que un ataque indígena en Veracruz habían asesinado al lugarteniente Juan de Escalante y 6 soldados. No obstante, la situación se hacía cada vez más tensa y se rumoreaba que Cacamatzin,  señor de Tezcoco y sobrino de Moctezuma preparaba una rebelión.

A comienzos del mes de mayo Cortés se entera de un importante ejército al mando de Pánfilo de Narváez ha desembarcado en San Juan de Ulúa (de 800 a 1400 hombres, 80-90 caballos, de 100 a 150 ballesteros y escopeteros, 12 artilleros), y el 10 de ese mes Cortés deja una importante guarnición al mando de Pedro de Alvarado y parte con 70 hombres al encuentro del ejército de Narváez (uniéndosele en el camino otros destacamentos, en total unos 300 hombres). El 27 de mayo, bajo la lluvia, la hueste de Cortés logra apoderarse de Narváez y consigue incorporar su ejército, y hace desarmar los barcos. Pero unos mensajeros le llevan a Cortés una noticia fatal: Alvarado y sus hombres están sitiados en el Templo Mayor porque ha estallado una gran rebelión, pues estando los indígenas en la celebración de Toxcatl, apareció Alvarado con sus soldados procediendo a una matanza horrible en la que perecieron gran parte de la nobleza y caciques mexicas que se encontraban desarmados.

De la Noche Triste a la Conquista de México

Hernán Cortés y su ejército vuelve a Tlaxcala rápidamente el 20 de junio, donde pasa revista a sus tropas: 1300 soldados, 96 caballeros, 80 escopeteros y ballesteros, 2000 indios de guerra tlaxcaltecas. El 24 de junio está de nuevo en Tenochtitlán. La situación en la capital mexica era desastrosa, agravada por la muerte de Moctezuma que murió víctima de una piedra lanzada por los indios cuando se asomó al balcón a pedir paz al pueblo. Los mexicas están dirigidos por Cuitláhuac, el nuevo tlatoani, y muchos españoles mueren o son heridos. Cortés comprende que la única solución es retirarse.

El 30 de junio es la llamada Noche Triste, cuando los españoles deciden abandonar la capital en secreto. Pero un gran destacamento como el español no podía pasar desapercibido, y dada la alerta son atacados por los mexicas en la calzada de Tlacopan, rompiéndose la retaguardia con Pedro de Alvarado y Velázquez de León (salvándose el primero gracias a un legendario salto). Las pérdidas fueron minimizadas por Cortés en sus Cartas de Relación, y exageradas por Bernal Díaz del Castillo, quizá fueran de 400 a 600 españoles y unos 4000 indios (la mayoría tlaxcaltecas). Durante la batalla y la huída se perdió gran parte del tesoro que llevaban, tragado hacia las profundidades de la laguna, acompañado de cientos de restos humanos que tiñeron durante meses de rojo sus aguas, y según dicen jamás volvieron a verse peces en la laguna. Cortés y sus tropas fueron hostigados durante la persecución, pero se replegaron, y con gran fuerza e inteligencia táctica consiguieron infligir una dura derrota a los indios en Otumba el 1 de julio de 1520.

Desde julio de 1520 al 28 de abril de 1521 los españoles permanecieron en Tlaxcala, que permaneció fiel a su alianza, y fue esta la que salvó a los españoles. Allí Cortés planeó la reconquista de la capital mexica en dos direcciones: diplomáticamente negociando con pueblos colindantes para privar a los mexicas de aliados; y militarmente, pues dobló el número de tropas por refuerzos llegados de las islas y entrenando a indios tlaxcaltecas aprendiendo principios tácticos. Según algunos autores parece que Cortés intentó entrevistarse con Cuauhtémoc, el sucesor de Cuitláhuac, para negociar la paz, pero no hay evidencias.

Durante el Pentecostés de 1521 Cortés pasó revista a sus tropas, destacando unos 25.000 indios, de los cuales al menos 16.000 eran tlaxcaltecas, 16 bergantines que mandó construir para el asalto a la ciudad. Parece que la suerte estuvo del lado de los españoles, pues un brote de viruela, posiblemente introducido por uno de los hombres de Narváez, hizo estragos en la población de Tenochtitlán. El 30 de mayo comenzó la batalla por México-Tenochtitlán, dividiendo el ejército en varias patrullas: Cortés al mando de la fuerza naval, con 300 soldados y artilleros; y 3 destacamentos de número  de soldados similar confiados a Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid y Gonzalo de Saldoval, cada uno apoyado por unos 8000 indios de guerra. Toda la disposición les permite tener una inmediata ventaja, pero los indios se defienden, casa por casa y enfrentándose cuerpo a cuerpo, viéndose obligados los españoles a quemar las casas ocupadas para evitar ser sitiados. No obstante, sufren un fracaso humillante en el primer ataque a la plaza del mercado y pierden terreno.

Los asediados carecen de todo, incluso de agua potable, pero rechazan en repetidas ocasiones las ofertas de paz. El 13 de agosto Cuauhtémoc se rinde y la guerra termina. Cortés enviará pequeños destacamentos a las regiones vecinas que no estaban sometidas a los mexicas, y tuvieron éxito.

Hernán Cortes entrando en Tenochtitlán

Parece imposible calcular el número de bajas que se dieron durante el sitio de Tenochtitlán, y quizá se podría decir acertadamente que al día siguiente los vencedores no son sino “supervivientes”. Cortés hizo una llamada a los españoles de las islas para poblar lo que el denominó Nueva España, y casi las despuebla. Se iba configurando un México mestizo, y no solo producto de violaciones como se ha querido demostrar, sino por consentimiento, destinado a hacer una generación de hijos de los conquistadores; y con las uniones de Tlaxcala nos encontramos con los orígenes de una nobleza-mexicana y los matrimonios auténticos, contraídos por los conquistadores con indias, no fueron excepcionales, extendiendo el mestizaje. Puede afirmarse que fueron los indios los que hicieron la conquista de México bajo la dirección de Cortés, es  por lo que pudo en los siguientes años consolidar su victoria y poner, en medio del dolor, los cimientos de una nueva nación.

Por otra parte, refiriéndome al gobierno de la recién adquirida Nueva España, Carlos V no tenía intención de dar a Cortés el gobierno, pero mediante la Real Cédula Imperial expedida en Valladolid el 15 de octubre de 1522 se le otorgó el título de gobernador y capitán general de la Nueva España, título y poder absoluto que ostentó hasta su partida a Honduras el 10 de octubre de 1524, a lo que más tarde me referiré.

Hernán Cortés hizo una distribución de encomiendas como venía siendo habitual, y durante este tiempo extendió una actividad incansable desplegando su talento político, sus dotes de organizador y dinamismo creativo. Estableció cabildos en las nuevas ciudades; además, relanzó la exploración de minas de oro, pues era una necesidad política, y también se ocupó del desarrollo económico de México.

Cortés no quiso destruir México-Tenochtitlán, y se propuso reconstruirla ante la negativa de sus compañeros. El trazado de la nueva ciudad fue en damero, clásico del urbanismo español en América, abriendo una gran plaza central. Los españoles se reservaron el centro de la ciudad y a los indios la periferia distribuida en cuatro barrios. Se utilizó gran mano de obra indígena con gran coste humano. El resultado fue una ciudad híbrida donde convivieron los supervivientes de una sociedad rota y unos extranjeros con ansias de enriquecerse.

De la expedición a las Hibuelas y su regreso a México

Cortés en sus cartas al emperador convertía las adhesiones a su persona en declaraciones de su misión a un rey lejano del que los indios ignoraban todo. La conquista hacia el Sur del territorio comprendido entre Oaxaca y el istmo de Tehuantepec fue rápida y fácil. Quisieron continuar hacia el sur para encontrar un estrecho que permitiera pasar del Atlántico a la Mar del Sur, y el 13 de noviembre de 1523 envió a Pedro de Alvarado con un destacamento a conquistar la región de Guatemala; también confió el mando de un ejército a Cristóbal de Olid, que había jugado un papel importante en México para conquistar las Hibuelas (Honduras) y partió con 5 navíos y 400 españoles pasando primero por la Habana, donde el gobernador Diego de Velázquez lo tentó y convenció para que tomara posesión de Honduras en nombre del rey, pues no era Nueva España (actuando de la misma manera que había actuado Cortés con Velázquez en Veracruz).

Cuando Cortés fue informado montó en cólera, escribió al emperador y mandó una expedición al mando de Francisco las Casas, pero las naves cayeron en manos de Olid; y decidió ponerse al frente de un ejército para castigar al rebelde. Fue precipitado y se enfrentó a lo desconocido, fue una epopeya triste donde solo se demostró la aptitud para el sufrimiento de los conquistadores sin justificación alguna. Además, dos caciques alertaron a Cortés de una conspiración de Cuauhtémoc que pretendía rebelarse y eliminar a los españoles de la expedición, y fue juzgado, condenado y ahorcado, pero no hubo una revuelta de los indios de guerra, demasiado preocupados en sobrevivir.

Tras vagabundear por la selva encontraron a cuatro españoles que les relataron los acontecimientos que allí se habían vivido, pues al final Francisco las Casas había conseguido imponerse y Cristóbal de Olid resultó procesado y ejecutado. Llegaron hasta el puerto de Trujillo donde Cortés tuvo violentos ataques de fiebre y parecía que iba a morir. Así acababa un viaje insensato que solo valió para conocer mejor la geografía.

La expedición volvió a México el 19 de junio de 1526, siendo recibido con entusiasmo, pero en su ausencia había habido torturas, persecuciones y asesinatos, estallando una sublevación indígena, pues los indios solo respetaban a Cortés, a sus más fieles amigos y a los religiosos franciscanos. Nueva España era un barco sin rumbo que parecía estar en manos de un borracho. Llegó también Luis Ponce de León, que moriría al poco tiempo, encargado de someter a Cortés a un juicio de residencia dadas las acusaciones sobre Cortés que llegaban a la Corte, y la gobernación estaba al mando de Alonso de Estrada que lo hizo salir de México desterrándole a Coyoacán.

Últimos días del conquistador

En 1527 se decidió establecer en Nueva España el gobierno de una Real Audiencia presidida por Nuño de Guzmán (con la intención de neutralizar y superar a Cortés), y el capitán general se trasladó a España para defenderse de las acusaciones y fue recibido por el emperador el 6 de julio de 1529, y lo nombró “marqués del valle de Oaxaca” y nombramiento como capitán general, pero sin darle la gobernación.  Posteriormente, Cortés realizaría otras expediciones hacia el norte, descubriendo California (que él creyó una isla) y tuvo una nueva estancia en España, llegando a participar en la batalla de Argel (1541). Se ocupó de la gestión de sus intereses comerciales y de sus posesiones, pues resultó endeudado.

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Hernán Cortés moría viernes 2 de diciembre del año 1547 en Castilleja de la Cuesta, tras haber ganado con su espada otro mundo, tras haber dado a España triunfos y laureles, al Rey tierras infinitas y a Dios, una infinidad de guerras.

Bibliografía

[1] DIAZ DEL CASTILLO, Bernal. Historia verdadera de la conquista de Nueva España. Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] ELLIOTT, John H. “The Mental World of Hernán Cortés”, en Spain and its World, 1500-1700, New Haven y Londres, Yale University Press, New Haven y Londres, 1989, pp 27-41.

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Pedrarias Dávila, el «Furor Domini»

«que vos el dicho Pedrarias Dávila tengáis por Nos en nuestro nombre, la gobernación e capitanía general de toda la gente e navíos que agora van en la dicha armada; e así mismo, de la que esta o estuviere o fuere de aquí adelante a la dicha tierra de Castilla del Oro (…)»[1]

            Nacido en Segovia hacia 1440, hijo del conde Puñonrostro y criado en la corte de Juan II y Enrique IV de Trastámara, Pedrarias Dávila participó en la conquista de Granada y en las guerras de África (1508-1511). De gran estatura, tez blanca, ojos verdes y cabellos rojos, fue apodado “el Galán” y “el Gran Justador”. Se casó con Isabel de Bobadilla, quien acrecentó su prestigio, linaje y fortuna, y le sacó de numerosos problemas y lo acompañó a las Indias junto a dos de sus hijos.

            Fue nombrado por la Corona como Gobernador de la Castilla del Oro, elección algo inusual, pues estaba entrado en años (77). Aún así, recibió quejas sobre su crueldad, arrogancia, impetuosidad y audacia siendo éstas, no obstante, desestimadas. El 11 de abril de 1514 zarpó hacia el Nuevo Mundo, dotándose de un ejército nunca visto antes, numeroso y el mejor preparado de la conquista, disponiendo de 22 navíos y casi 2.000 hombres. Tenía instrucciones de organizar las regiones conquistadas, fundar ciudades, establecer colonos y negociar con los indios. El motivo por el que se retrasó su salida fue la redacción del famoso “Requerimiento” de Palacios Rubio.

            El 19 de junio llegaron a las costas colombianas, donde leyeron por vez primera el Requerimiento, y el 30 del mismo mes arribaron a Sta. María la Antigua donde sus habitantes, con Núñez de Balboa a la cabeza, les recibieron y acogieron amistosamente, y juzgaron la residencia de Balboa, saliendo éste airoso. La colonia no estaba capacitada para absorber a tanta población y en un mes murieron 700 personas debido a la escasez de alimentos, una invasión de langosta y a la “modorra”. Para contrarrestar esta dramática situación, Pedrarias inició la conquista, convirtiéndose en monterías infernales,  tan fructíferas como violentas que consiguieron sublevar a todos los cacicazgos, por lo que Balboa redactó un informe el 26 de octubre de 1.515 denunciando los abusos.

            Por la Real Cédula del 23 de septiembre de 1.514, el rey nombra a Balboa “Adelantado de la mar del Sur y gobernador de Panamá y Coiba”, pero supeditado a Pedrarias. Éste retuvo la cédula y se vio obligado a entregársela, pero lo condenó a pagar 1.565.000 maravedís de multa como resultado de su juicio de residencia.

            Después continuaron realizando cabalgadas para buscar oro y esclavos, muy fructíferos pero muy violentos. El mismo Pedrarias se puso al mando una expedición con 250 hombres y 12 caballos, desembarcando en Acla, y en su ausencia Núñez de Balboa conspiró en su contra y expresó sus quejas a la Corona, pero con la vuelta de Pedrarias se le apresó por rebeldía, reconciliándose posteriormente, pactándose el matrimonio de Balboa con una de las hijas de Pedrarias.

Después, Balboa partió a Acla, donde se estableció y preparó una expedición a la Mar del Sur, llegando en octubre de 1.518 a la isla de las Perlas, donde construyó una flota. Balboa reclutó a gente en la Española, y su llegada sin control a los territorios de Pedrarias fue interpretado por éste como una traición, y mando apresarle. Sometido a proceso por el licenciado Espinosa, fue condenado a muerte (degollado) por traidor, y su cabeza permaneció clavada en la picota de la plaza de Acla durante varios días para que sirviera de advertencia a aquellos que intentaran enfrentarse al “Furor Domini”, la Ira de Dios, como le llamaba Las Casas.

            Sin Balboa Pedrarias podía llegar hasta el Pacífico antes de que llegase el nuevo gobernador Lope de Sosa, y tras una expedición al Mar del Sur buscaron el punto más estrecho del istmo y fundaron Panamá, que significaba “lugar donde abunda el pescado”. El emplazamiento no era muy favorable para la vida humana debido a la vegetación y a las enfermedades. Su elección parece debida a una táctica política de largo alcance y planificada, pues se preveían riquezas áureas y mano de obra indígena, a la vez que el establecimiento en la zona más angosta. Posteriormente repobló Nombre de Dios (al cargo de Diego de Albítez).

En Panamá, a diferencia de El Darién, Pedrarias repartió encomiendas de indios, que consistían en dar a un conquistador unas tierras y con ellas un número variable de indios para su explotación; con ellos se cometieron muchos abusos, pero resultó que no había indios para todos, de manera que ¾ partes de las encomiendas resultaron poco rentables (de menos de 60 indios), salvo excepciones ( amigos del gobernador). Como resultado, Sta. María la Antigua quedó despoblada y abandonada a su suerte, a pesar de los esfuerzos de Fernández de Oviedo.

Pedrarias comenzó a organizar expediciones, reclutar gente, explorar y conquistar, funda ciudades y convierte el istmo de Panamá en el foco de expediciones como centro. En 1.522 saldrá una expedición de Gil González Dávila de la isla de las Perlas, se adentraron en tierras de los caciques Nicarao y Nicoya, avanzando hasta el lago Nicaragua, donde creyeron haber descubierto el ansiado estrecho, y volvieron en junio de 1523 con gran botín, del cual Pedrarias reclamó un quinto, pero Dávila consiguió huir a la Española desde donde envío a España regalos y la noticia de que habían descubierto el estrecho, y confiaba en que lo nombraran gobernador de esos territorios. El incansable Pedrarias también alegaba derechos sobre esos territorios y también escribió a la Corona, además, envió una expedición a Nicaragua y Costa a cargo de Hernández de Córdoba fundando varias ciudades.

La continuación es la rivalidad entre varios capitanes que pugnan por hacer valer sus derechos de descubrimiento y conquista de un territorio. Da igual por quien sean enviados, sino que culminada la hazaña querrán independizarse de cualquier autoridad indiana y reivindicar sus conquistas ante el rey. A comienzos de 1.524, partió otra vez González Dávila desde la Española desembarcando en la costa de Honduras, y su ejército chocó con el enviado a Pedrarias comandado por Hernández de Soto en una dura batalla, y aún así llegó una expedición al mando de Cristóbal de Olid, y la Corona amonestaba a Cortés, Pedrarias y Olid por luchar entre ellos.

Hernández de Córdoba intento independizarse de Pedrarias, pero no fue secundado por sus soldados y el “Furor Domini”, cuando tuvo noticias de ello, embarcó a comienzos de 1.526 y tras un rápido juicio lo condenó a ser decapitado. Seis meses permaneció Pedrarias en Nicaragua, una tierra que no le pertenecía pero que alegaba sus derechos, y tras su segundo juicio en 1.527, del que salio airoso gracias a su astucia y a la influencia de su mujer en la Corte, amiga íntima de la emperatriz Isabel de Portugal; y ante el fallecimiento del reciente nombrado gobernador de Nicaragua, Gil González Dávila, que murió sin tomar posesión, Pedrarias fue nombrado “gobernador y capitán general de Nicaragua”.

El anciano gobernador desembarcó el sábado santo de 1.528 en el golfo de Sanlúcar, donde reinaba la anarquía debido a un motín provocado por el gobernador de Honduras, López de Salcedo. Era un momento difícil y con él llegaron muchos pobladores, tantos que según las crónicas señalan que se despobló la Castilla del Oro. Con el aporte de nuevos hombres prosiguió las expediciones que llegaron hasta el borde de Guatemala, donde las tropas regidas por Pedro de Alvarado los expulsaron (1530). La población indígena sufrió una devastadora extinción debido a la esclavitud y a las epidemias, teniendo su principal denunciante en Castañeda, enemigo de Pedrarias que lo denuncio ante la Corte.

En los últimos años de su vida Pedrarias estuvo muy enfermo, sin poder andar (en silla o cama) pero siguió firme y altivo. Violencia, ambición y nepotismo lo caracterizan, pero una gran labor colonizadora en Panamá y Nicaragua. Murió un 6 de marzo de 1531 con casi noventa años y fue enterrado en el monasterio de Nuestra Señora de la Merced; fue “un hombre muy acelerado en demasía” como lo estimó su antagonista Núñez de Balboa.

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BIBLIOGRAFÍA

[1] GARCÍA JORDÁN, Pilar; IZARD, Miquel (Coor). Conquista y Resistencia en la Historia de América. Barcelona, Universitat de Barcelona, 1992. pg. 91

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José Antonio Vaca de Osma y Esteban de la Reguera

José Antonio nació en Madrid en 1921. Se licenció en Derecho y Diplomático. Fue militante de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, llegando a ser jefe provincial en Ávila, donde desempeñó el cargo de gobernador civil (1957-1966). Fue el impulsor de la expansión y modernización de la ciudad de Ávila, comenzando con la urbanización de la Plaza de Santa Ana y continuando con las avenidas de José Antonio (Paseo de la Estación) y 18 de Julio (Hornos Caleros). Además, procuró viviendas de protección oficial, dignas y asequibles a familias, estableciendo conciertos ventajosos entre los inquilinos y el Ministerio de la Vivienda y de Fomento, a través de la Obra Sindical del Hogar y del Patronato Francisco Franco.

Estuvo casado con Zenaida María Zunzunegui, con la que tuvo dos hijos, José Antonio y Ana Isabel, y casado en segundas nupcias con Begoña González de Careaga y Fontecha.

En su carrera diplomática, fue embajador de España, Ministro Plenipotenciario de Primera Clase, miembro de número de los Institutos de Estudios Políticos y de Cooperación Iberoamericana, Secretario General de la Comisión Nacional de la UNESCO, representante español en el Consejo de Cooperación Cultural del Consejo de Europa, y Secretario General del Consejo Superior de Asuntos Exteriores, desempeñando importantes puestos diplomáticos y muchas actividades culturales nacionales a internacionales.

Desde el ámbito de la cultura, fue miembro de la sección historia de la Institución Gran Duque de Alba y académico de la Real Academia de la Historia (1959) y de la Jurisprudencia y Legislación; autor de numerosos estudios y libros de historia y divulgación histórica. En 1993 recibió el premio «Sánchez-Albornoz» por su trayectoria, resaltando que el propio José Antonio se confesaba como amigo y aprendiz de don Claudio, al que por el contrario se refería a él como de dudosa humildad y de vanidad sin medida. Además, fue Caballero de las Órdenes de Isabel la Católica, de la Legión de Honor francesa y de la Orden de Carlos III. Comendador de la Orden de Alfonso X el Sabio; de la Orden de Cisneros; de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas; de la Corona de Bélgica, del Mérito de la República italiana, Gran Cruz del Mérito Civil y Medalla de Oro de Ávila, por destacar algunas de sus condecoraciones y distinciones nacionales y extranjeras, civiles y militares.

José Antonio Vaca de Osma falleció el 20 de agosto de 2012, en Madrid, y fue enterrado al día siguiente en el Cementerio municipal de Ávila, en el panteón familiar que mandó construir, al quedar muy ligado e influenciado por la ciudad donde fue gobernador civil, nombrado hijo adoptivo en decenas de localidades de la provincia de Ávila.

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Fuentes

https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Antonio_Vaca_de_Osma

http://www.fnff.es/Jose_Antonio_Vaca_de_Osma_y_Esteban_de_la_Reguera_Abogado_Diplomatico_e_Historiador_2299_c.htm

http://www.lecturalia.com/autor/1451/jose-antonio-vaca-de-osma

http://www.hislibris.com/patriotas-que-hicieron-espana-jose-antonio-vaca-de-osma/

http://www.diariodeavila.es/noticia/ZEA7B32A7-D5E1-08AE-7761A0BFBCBCB74C/20120902/jose/antonio/vaca/osma/10/a%C3%B1os/progreso/avila

http://www.diariodeavila.es/noticia/ZD5CF8E10-9D78-DCFA-EB0734E13A0A16D2/20120821/fallece/jose/antonio/vaca/osma/91/a

El cardenal Diego de Espinosa Arévalo

Diego de Espìnosa nació en septiembre de 1513, en el lugar de Martín Muñoz de las Posadas (Segovia), aunque por aquel entonces pertenecía al obispado de Ávila. Sus padres, de familia noble y pudiente, eran Diego González de Espinosa y Catalina de Arévalo. Estudió en la Universidad de Salamanca licenciándose en Derecho civil y canónigo. Emprendió una carrera profesional que le llevó a ser nombrado como Juez de Apelación en la Curia Arzobispal de Zaragoza, y a través del obispo de Sigüenza Fernando Niño de Guevara fue nombrado Provisor de la diócesis de Sigüenza. Por mediación de este obispo, el rey Felipe II le nombró Oidor en la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid y después Oidor en la Casa de Contratación de Sevilla. Persona válida y capaz, se ganó el favor del rey, quien le designaría como Regente en el Consejo Real de Navarra, y el 3 de mayo de 1562 pasó al Consejo Supremo y Real de Castilla, designado presidente el 10 de agosto de 1565 tras la muerte de su antecesor. Seguir leyendo “El cardenal Diego de Espinosa Arévalo”

Diego Mexía Felípez Velásquez Guzmán, el valido del valido

La historia tiende a olvidar a aquellos que merecen ser recordados, ya sea por sus descubrimientos, actos, obras o hazañas, y que por diversas circunstancias han caído en el olvido, sin que apenas se les recuerde. Uno de estos personajes es Diego Mexía de Guzmán, militar y político del siglo XVII, mano derecha del conde duque de Olivarsles que, caído en desgracia, apenas se le recuerda, a pesar de su largo expediente al servicio de la Corona española.

Sin embargo, su nombre se recuerda en el Monumento a las Grandezas de Ávila, como hombre ilustre abulense. A pesar de ser descendiente de abulenses —su padre lo fue—, nada hace sospechar una vinculación con la noble villa de Ávila, salvo llevar a la espalda el honor del apellido Dávila. Quiso la suerte, el azar o la casualidad de querer verse rescatado del olvido en este insigne monumento, pese a que pocos le conozcan.

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Diego Mexía Velásquez nació alrededor de 1580, sin que se pueda confirmar ni la fecha ni el lugar de nacimiento. Hijo de Diego Velásquez Dávila Messía de Ovando, primer conde de Uceda y Marqués de Loriana, de una rama menor de los Dávila; y de Leonor de Guzmán y Rivera, de una rama segunda de los Guzmán, tía del conde duque de Olivares. Fue educado como era menester, y en 1614 ingresó en la Orden de Santiago, llegando a ser caballero de hábito Trece, una de las dignidades mayores de la orden, reservada para las notorias familias, y Comendador Mayor de León. Debido a las buenas relaciones con su familia, ascendería rápidamente, lo cual le granjería críticas durante toda su vida. Diego es descrito como “una persona afable, de notable inteligencia, una cierta habilidad para los negocios, poseía cualidades administrativas y militares y de buen gusto para el arte, siendo uno de los mecenas más destacados de aquellos tiempos”.

Diego Mexía emprendería una carrera militar donde sumaría grandes éxitos y restaría grandes fracasos, al igual que la monarquía hispánica en una España llena de luces y sombras. Comenzó su andaza militar combatiendo en Flandes desde 1600, donde ejerció como Menino de la archiduquesa Isabel, y tuvo la suerte de salvar la vida al Archiduque Alberto de Austria en la batalla de las Dunas, lo que le valió que fuese nombrado por el archiduque como gentilhombre de su cámara y desde entonces desempeñó puestos relevantes en las batallas contra los holandeses, como la campaña del Palatinado (1620) o la batalla de Juliers (1622), como capitán de caballos y Maestre de Campo junto a Ambrosio de Spínola, quien estableció una relación de padrinazgo con el joven Diego y que posteriormente se convertiría en su yerno. Cuando el Archiduque Alberto de Austria falleció volvió a Madrid gracias al apoyo de su primo el conde duque, valido del rey, convirtiéndose en hombre influyente y acaudalado.

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La Rendición de Juliers por Jusepe Leonardo

Ya en Castilla, Diego Mexía fue nombrado gentilhombre de la Cámara de Felipe IV en julio de 1624, nombrado Maestre de Campo General del ejército de Castilla al año siguiente, cooperando en el ataque inglés sobre Cádiz, y acompañaría al rey y a Olivares en su viaje a la Corona de Aragón, nombrándole «tratador» en las Cortes de Aragón de 1626. A todo ello, sumaría el título de Capitán general de la Caballería de Flandes, aunque no se encargaría nunca de ésta función; y después de la Artillería de España.

Por sus servicios, fue recompensado nombrándole miembro del consejo de Estado, y en 1627 se le otorgó el marquesado de Leganés. Fue entonces cuando cambió su nombre por el de Diego Felípez de Guzmán, al igual que Olivares, añadiendo el “Felípez” en honor al rey, para ganarse el favor del soberano y conseguir títulos y rentas.

 

En 1627 se casó con una dama de honor de la reina Isabel de Borgón, Políxena Spínola, hija de Ambrosio Spínola, con una fastuosa dote de doscientos mil ducados, y le fue encargada la titánica tarea de la aceptación de la Unión de Armas por las provincias de Flandes fieles a la monarquía de Felipe IV. Consiguió, con relativa facilidad, la aceptación del proyecto, demostrando sus buenas dotes como político y valedor de otras tareas de mayor envergadura. Fue recompensado con su nombramiento como presidente del Real y Supremo Consejo de Flandes y Borgoña, al considerarle un gran experto en los Países Bajos.

            En febrero de 1630 fue enviado, junto con el marqués de Mirabel, como ayudante del marqués de Aytona, embajador extraordinario en Bruselas ante la infanta Isabel Clara Eugenia, gobernadora de los Países Bajos, sirviendo Diego Mexía como enlace entre Olivares y la infanta. En julio fue nombrado Maestre de Campo General, compartiendo las responsabilidades militares del ejército de Flandes y en septiembre participó en la incursión que se realizó sobre Alemania desde Flandes. En 1634 llegaría a desempeñar el cargo de Gobernador de armas del ejército de Alsacia, con la misión de garantizar el paso del cardenal-infante Fernando a los Países Bajos para que tomara posesión como gobernador, y recuperar las plazas alsacianas, en poder de los protestantes.

      En 1635 fue nombrado gobernador y capitán general del Estado de Milán, teniendo que hacer frente a alianza de los duques de Parma, Mantua y Saboya, apoyados por la Francia del cardenal Richelieu. Pese a solicitar ser relevado de su cargo en Milán, debido a la muerte de su esposa y aduciendo razones de salud, Olivares se lo deniega alegando la falta de buenos hombres. Tras varias vitorias en Italia en 1639, a partir de 1640 fracasó en la toma de la fortaleza de Casale, terminando con una retirada de miles de hombres en el campo de batalla y un gran botín en manos francesas. La derrota fue tan dura que el propio Olivares se vio obligado a retirarse del gobierno de Milán en 1641.

El Marqués de Leganés llegó a la Corte de Felipe IV en septiembre de 1641, y en noviembre le pusieron al mando del ejército de Cataluña para luchar contra los insurrectos catalanes, apoyados por Francia, y pese a algunos éxitos iniciales en Tarragona, la importante derrota en la batalla de Lérida (1642) le hicieron caer en desgracia hasta ser relevado de su cargo en 1643, a la caída de sus protector Olivares.

Pese a la caída de su gran protector, su gran valía hizo que en 1645 fuese puesto al mando del ejército de Extremadura, liderando una ofensiva contra los portugueses, y después fuese nombrado virrey nominal de Cataluña, donde defendió con éxito Lérida (1646), permaneciendo en el cargo hasta 1648.

Con la muerte del heredero al trono español, el propio rey Felipe le escribe informándole del suceso y resaltando la importancia de la misión que tenía encomendada: el sitio de Fraga, realizando la retirada con gran orden y salvando gran parte de sus efectivos en Balaguer. A su vuelta a Madrid, Diego Mexía recibió el título de teniente de Campo del Rey de los ejércitos de España, un gran privilegio al alcance de muy pocos: representar la persona del rey en todo lo relacionado con la guerra, autorizándole a poder ordenar y nombrar cargos y oficios de guerra en nombre del rey.

Nuevamente, fue enviado a la frontera con Portugal, donde sufriría otro fracaso en su nuevo intento de reconquistar Olivenza en 1648. Las campañas de finales de la década de los cuarenta fueron para Leganés de suerte incierta y padeció todas las penurias de la crisis en la cual había entrado la monarquía desde 1640, dirigiendo un ejército de Extremadura cada vez menos abastecido.

En los últimos años de su vida, cambió la Presidencia del Consejo de Flandes por el Consejo de Italia, cargo de mayor prestigio social y político con el que puso fin a su actividad pública, hasta su muerte en febrero de 1655.

 

Fuentes

ARROYO MARTÍN, Francisco. El marqués de Leganés, apuntes biográficos. Espacio, tiempo y forma. Serie IV, Historia Moderna, nº 15, 2002, pgs. 145-186

https://es.wikipedia.org/wiki/Diego_Mexía_Felípez_de_Guzmán

http://ancienhistories.blogspot.com.es/2015/12/la-caballeria-de-flandes-y-sus.html

http://www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-moderna/ascenso-caida-del-marques-leganes

 

 

El Palacio de los Velada

Este palacio, situado junto y frente al de Valderrábanos, constituye un auténtico conjunto monumental convertido en la actualidad en el Hotel Palacio de los Velada. Su fábrica, de mampostería de granito, es muy heterogénea pudiendo datarse hacia finales del siglo XV o principios del XVI.

En el ángulo sureste del conjunto destaca notablemente sobre el resto su esbelto torreón, antaño almenado, decorado con bellos escudos esquinados sostenidos por cabezas de leones cuyos símbolos heráldicos corresponden a los Dávila, Toledo, Guzmán, infante don Manuel, Sánchez, Saavedra, Mendoza, Luna y Castilla y León. De cierto valor artístico son las rejas de forja que protegen las ventanas.

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En el seiscientos el acceso a este palacio se hacía por la calle del Tostado, cuya portada de estilo renancentista —siglo XVI—, consta de una puerta de arco de medio punto construida, al estilo de otras de su época de la ciudad, con grandes dovelas de granito, y sobre ésta una ventana de arco conopial. Todo el conjunto está enmarcado por un alfiz o arrabá con dos escudos en sus ángulos pertenecientes: El del lado izquierdo, con las armas de Blasco Jimeno en el primer y cuarto cuartel y las de los Toledo, en el segundo y cuarto, a don Gómez Dávila, primer Marqués de Velada; y el del lado derecho, con las armas de Castilla en el primer y cuarto cuartel, las del infante don Manuel, en el segundo y las de León en el tercero, a doña Teresa Carrillo, descendiente de los Reyes de Castilla y León, don Fernando I y doña Sancha.

En el interior, convertido en hotel, destaca su hermoso patio de tres galerías del que solo se conserva original la parte norte y multitud de blasones de las familias Dávila, Águila, Guzmán, Castilla y León, Saavedra, Luna, Mendoza, de la Vega, etc.

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Historia

Parte de las casa que hoy integran este palacio fueron vendidas por Loarte – su propietario en el año 1475— a Fernán Núñez Arnalte, tesorero de los Reyes Católicos y primer mecenas del Real Monasterio de Santo Tomás. Arnalte, casado con doña María Dávila, falleció sin descedencia en 1479, y la propiedad pasó a su mujer.

Doña María Dávila se casó, en segundas nupcias, con don Fernando de Acuña, Virrey de Sicilia, de quien tampoco tuvo sucesión. Al morir sin hijos, legó todos sus bienes, incluido este palacio, a la comunidad de franciscanas clarisas que ella fundó en Ávila, conocidas como “las Gordillas” estableciendo, en esta casa, una obra pía que dirigió personalmente hasta su muerte acaecida en el año 1515, entre cuyos fines se encontraba el de repartir 200 fanegas de trigo entre los pobres vergonzantes de Ávila.

Unos años después, las clarisas vendieron la casa, en estado ruinoso, a doña Teresa Carrillo, sobrina del Obispo de Ávila, comprando ésta al Cabildo más otra más, a cambio de una heredad que poseía en Hernán Sancho. Teresa Carrillo se casó don Gómez Dávila, señor de Velada y la Colilla, siendo nombrado en el año 1557, por Felipe II, Marqués de Velada, y su familia nombrada, desde antiguo, Mayordomos del Rey.

Desde entonces este palacio se le conoce como Palacio de Velada, y en tiempos de Gómez Dávila y Teresa Carillo, se alojó en él –de mayo a octubre del año 1531– la emperatriz Isabel de Portugal –mujer de Carlos I– y sus hijos los príncipes, María y Felipe II, quien sería vestido de corto –de mayor– en el Monasterio de Santa Ana de nuestra capital. Tres años más tarde –junio de 1534– el mismo Carlos I se hospedaría aquí durante su visita a la Ciudad, convirtiéndose la ciudad en Corte del reino.

La línea sucesoria de don Gómez Dávila, primer Marqués de Velada, viene de los señores de Cardiel y Navamorcuende, estirpe de quien fue cabeza Blasco Jimeno “El Retador” y del cuarto nieto de éste, también llamado Blasco Jimeno, a quien se atribuye la fundación de la famosa cuadrilla de San Juan, la del blasón de los seis roeles.

En estos años el Palacio de los Velada tuvo una vida social muy animada adquiriendo fama, sobre todo, los partidos de pelota a mano que se celebraban en la cancha que los marqueses construyeron siendo tal su notoriedad, que a la actual calle del Tostado se la conoció como “del juego de pelota”. Asiduos participantes a los partidos eran los curas de la catedral, a quienes el Presidente del Cabildo tuvo que llamar varias veces la atención por “jugar a la pelota en calzas”.

Don Gómez Dávila – primer Marqués de Velada – falleció en el año 1561 y doña Teresa Carillo al año siguiente, siendo ambos enterrados en la Capilla de San Antolín de la catedral, situada en el brazo norte del crucero.

El palacio, que fue pasando a los herederos de los Marqueses de Velada, quedó finalmente, como tantos otros, en estado ruinoso y de total abandono. Fue vendido a finales del siglo XIX por los Condes de Altamira, a don Enrique Aboín Coronel, distinguido gentil hombre de una de las familias más distinguidas de la ciudad de Ávila.

Finalmente, en el año 1995, tras realizarse en el edificio importantes reformas, fue destinado a la hostelería convertirse en un lujoso Hotel, Palacio de los Velada.