El cardenal Diego de Espinosa Arévalo

Diego de Espìnosa nació en septiembre de 1513, en el lugar de Martín Muñoz de las Posadas (Segovia), aunque por aquel entonces pertenecía al obispado de Ávila. Sus padres, de familia noble y pudiente, eran Diego González de Espinosa y Catalina de Arévalo. Estudió en la Universidad de Salamanca licenciándose en Derecho civil y canónigo. Emprendió una carrera profesional que le llevó a ser nombrado como Juez de Apelación en la Curia Arzobispal de Zaragoza, y a través del obispo de Sigüenza Fernando Niño de Guevara fue nombrado Provisor de la diócesis de Sigüenza. Por mediación de este obispo, el rey Felipe II le nombró Oidor en la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid y después Oidor en la Casa de Contratación de Sevilla. Persona válida y capaz, se ganó el favor del rey, quien le designaría como Regente en el Consejo Real de Navarra, y el 3 de mayo de 1562 pasó al Consejo Supremo y Real de Castilla, designado presidente el 10 de agosto de 1565 tras la muerte de su antecesor. Seguir leyendo “El cardenal Diego de Espinosa Arévalo”

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Diego Mexía Felípez Velásquez Guzmán, el valido del valido

La historia tiende a olvidar a aquellos que merecen ser recordados, ya sea por sus descubrimientos, actos, obras o hazañas, y que por diversas circunstancias han caído en el olvido, sin que apenas se les recuerde. Uno de estos personajes es Diego Mexía de Guzmán, militar y político del siglo XVII, mano derecha del conde duque de Olivarsles que, caído en desgracia, apenas se le recuerda, a pesar de su largo expediente al servicio de la Corona española.

Sin embargo, su nombre se recuerda en el Monumento a las Grandezas de Ávila, como hombre ilustre abulense. A pesar de ser descendiente de abulenses —su padre lo fue—, nada hace sospechar una vinculación con la noble villa de Ávila, salvo llevar a la espalda el honor del apellido Dávila. Quiso la suerte, el azar o la casualidad de querer verse rescatado del olvido en este insigne monumento, pese a que pocos le conozcan.

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Diego Mexía Velásquez nació alrededor de 1580, sin que se pueda confirmar ni la fecha ni el lugar de nacimiento. Hijo de Diego Velásquez Dávila Messía de Ovando, primer conde de Uceda y Marqués de Loriana, de una rama menor de los Dávila; y de Leonor de Guzmán y Rivera, de una rama segunda de los Guzmán, tía del conde duque de Olivares. Fue educado como era menester, y en 1614 ingresó en la Orden de Santiago, llegando a ser caballero de hábito Trece, una de las dignidades mayores de la orden, reservada para las notorias familias, y Comendador Mayor de León. Debido a las buenas relaciones con su familia, ascendería rápidamente, lo cual le granjería críticas durante toda su vida. Diego es descrito como “una persona afable, de notable inteligencia, una cierta habilidad para los negocios, poseía cualidades administrativas y militares y de buen gusto para el arte, siendo uno de los mecenas más destacados de aquellos tiempos”.

Diego Mexía emprendería una carrera militar donde sumaría grandes éxitos y restaría grandes fracasos, al igual que la monarquía hispánica en una España llena de luces y sombras. Comenzó su andaza militar combatiendo en Flandes desde 1600, donde ejerció como Menino de la archiduquesa Isabel, y tuvo la suerte de salvar la vida al Archiduque Alberto de Austria en la batalla de las Dunas, lo que le valió que fuese nombrado por el archiduque como gentilhombre de su cámara y desde entonces desempeñó puestos relevantes en las batallas contra los holandeses, como la campaña del Palatinado (1620) o la batalla de Juliers (1622), como capitán de caballos y Maestre de Campo junto a Ambrosio de Spínola, quien estableció una relación de padrinazgo con el joven Diego y que posteriormente se convertiría en su yerno. Cuando el Archiduque Alberto de Austria falleció volvió a Madrid gracias al apoyo de su primo el conde duque, valido del rey, convirtiéndose en hombre influyente y acaudalado.

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La Rendición de Juliers por Jusepe Leonardo

Ya en Castilla, Diego Mexía fue nombrado gentilhombre de la Cámara de Felipe IV en julio de 1624, nombrado Maestre de Campo General del ejército de Castilla al año siguiente, cooperando en el ataque inglés sobre Cádiz, y acompañaría al rey y a Olivares en su viaje a la Corona de Aragón, nombrándole «tratador» en las Cortes de Aragón de 1626. A todo ello, sumaría el título de Capitán general de la Caballería de Flandes, aunque no se encargaría nunca de ésta función; y después de la Artillería de España.

Por sus servicios, fue recompensado nombrándole miembro del consejo de Estado, y en 1627 se le otorgó el marquesado de Leganés. Fue entonces cuando cambió su nombre por el de Diego Felípez de Guzmán, al igual que Olivares, añadiendo el “Felípez” en honor al rey, para ganarse el favor del soberano y conseguir títulos y rentas.

 

En 1627 se casó con una dama de honor de la reina Isabel de Borgón, Políxena Spínola, hija de Ambrosio Spínola, con una fastuosa dote de doscientos mil ducados, y le fue encargada la titánica tarea de la aceptación de la Unión de Armas por las provincias de Flandes fieles a la monarquía de Felipe IV. Consiguió, con relativa facilidad, la aceptación del proyecto, demostrando sus buenas dotes como político y valedor de otras tareas de mayor envergadura. Fue recompensado con su nombramiento como presidente del Real y Supremo Consejo de Flandes y Borgoña, al considerarle un gran experto en los Países Bajos.

            En febrero de 1630 fue enviado, junto con el marqués de Mirabel, como ayudante del marqués de Aytona, embajador extraordinario en Bruselas ante la infanta Isabel Clara Eugenia, gobernadora de los Países Bajos, sirviendo Diego Mexía como enlace entre Olivares y la infanta. En julio fue nombrado Maestre de Campo General, compartiendo las responsabilidades militares del ejército de Flandes y en septiembre participó en la incursión que se realizó sobre Alemania desde Flandes. En 1634 llegaría a desempeñar el cargo de Gobernador de armas del ejército de Alsacia, con la misión de garantizar el paso del cardenal-infante Fernando a los Países Bajos para que tomara posesión como gobernador, y recuperar las plazas alsacianas, en poder de los protestantes.

      En 1635 fue nombrado gobernador y capitán general del Estado de Milán, teniendo que hacer frente a alianza de los duques de Parma, Mantua y Saboya, apoyados por la Francia del cardenal Richelieu. Pese a solicitar ser relevado de su cargo en Milán, debido a la muerte de su esposa y aduciendo razones de salud, Olivares se lo deniega alegando la falta de buenos hombres. Tras varias vitorias en Italia en 1639, a partir de 1640 fracasó en la toma de la fortaleza de Casale, terminando con una retirada de miles de hombres en el campo de batalla y un gran botín en manos francesas. La derrota fue tan dura que el propio Olivares se vio obligado a retirarse del gobierno de Milán en 1641.

El Marqués de Leganés llegó a la Corte de Felipe IV en septiembre de 1641, y en noviembre le pusieron al mando del ejército de Cataluña para luchar contra los insurrectos catalanes, apoyados por Francia, y pese a algunos éxitos iniciales en Tarragona, la importante derrota en la batalla de Lérida (1642) le hicieron caer en desgracia hasta ser relevado de su cargo en 1643, a la caída de sus protector Olivares.

Pese a la caída de su gran protector, su gran valía hizo que en 1645 fuese puesto al mando del ejército de Extremadura, liderando una ofensiva contra los portugueses, y después fuese nombrado virrey nominal de Cataluña, donde defendió con éxito Lérida (1646), permaneciendo en el cargo hasta 1648.

Con la muerte del heredero al trono español, el propio rey Felipe le escribe informándole del suceso y resaltando la importancia de la misión que tenía encomendada: el sitio de Fraga, realizando la retirada con gran orden y salvando gran parte de sus efectivos en Balaguer. A su vuelta a Madrid, Diego Mexía recibió el título de teniente de Campo del Rey de los ejércitos de España, un gran privilegio al alcance de muy pocos: representar la persona del rey en todo lo relacionado con la guerra, autorizándole a poder ordenar y nombrar cargos y oficios de guerra en nombre del rey.

Nuevamente, fue enviado a la frontera con Portugal, donde sufriría otro fracaso en su nuevo intento de reconquistar Olivenza en 1648. Las campañas de finales de la década de los cuarenta fueron para Leganés de suerte incierta y padeció todas las penurias de la crisis en la cual había entrado la monarquía desde 1640, dirigiendo un ejército de Extremadura cada vez menos abastecido.

En los últimos años de su vida, cambió la Presidencia del Consejo de Flandes por el Consejo de Italia, cargo de mayor prestigio social y político con el que puso fin a su actividad pública, hasta su muerte en febrero de 1655.

 

Fuentes

ARROYO MARTÍN, Francisco. El marqués de Leganés, apuntes biográficos. Espacio, tiempo y forma. Serie IV, Historia Moderna, nº 15, 2002, pgs. 145-186

https://es.wikipedia.org/wiki/Diego_Mexía_Felípez_de_Guzmán

http://ancienhistories.blogspot.com.es/2015/12/la-caballeria-de-flandes-y-sus.html

http://www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-moderna/ascenso-caida-del-marques-leganes

 

 

El Palacio de los Velada

Este palacio, situado junto y frente al de Valderrábanos, constituye un auténtico conjunto monumental convertido en la actualidad en el Hotel Palacio de los Velada. Su fábrica, de mampostería de granito, es muy heterogénea pudiendo datarse hacia finales del siglo XV o principios del XVI.

En el ángulo sureste del conjunto destaca notablemente sobre el resto su esbelto torreón, antaño almenado, decorado con bellos escudos esquinados sostenidos por cabezas de leones cuyos símbolos heráldicos corresponden a los Dávila, Toledo, Guzmán, infante don Manuel, Sánchez, Saavedra, Mendoza, Luna y Castilla y León. De cierto valor artístico son las rejas de forja que protegen las ventanas.

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En el seiscientos el acceso a este palacio se hacía por la calle del Tostado, cuya portada de estilo renancentista —siglo XVI—, consta de una puerta de arco de medio punto construida, al estilo de otras de su época de la ciudad, con grandes dovelas de granito, y sobre ésta una ventana de arco conopial. Todo el conjunto está enmarcado por un alfiz o arrabá con dos escudos en sus ángulos pertenecientes: El del lado izquierdo, con las armas de Blasco Jimeno en el primer y cuarto cuartel y las de los Toledo, en el segundo y cuarto, a don Gómez Dávila, primer Marqués de Velada; y el del lado derecho, con las armas de Castilla en el primer y cuarto cuartel, las del infante don Manuel, en el segundo y las de León en el tercero, a doña Teresa Carrillo, descendiente de los Reyes de Castilla y León, don Fernando I y doña Sancha.

En el interior, convertido en hotel, destaca su hermoso patio de tres galerías del que solo se conserva original la parte norte y multitud de blasones de las familias Dávila, Águila, Guzmán, Castilla y León, Saavedra, Luna, Mendoza, de la Vega, etc.

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Historia

Parte de las casa que hoy integran este palacio fueron vendidas por Loarte – su propietario en el año 1475— a Fernán Núñez Arnalte, tesorero de los Reyes Católicos y primer mecenas del Real Monasterio de Santo Tomás. Arnalte, casado con doña María Dávila, falleció sin descedencia en 1479, y la propiedad pasó a su mujer.

Doña María Dávila se casó, en segundas nupcias, con don Fernando de Acuña, Virrey de Sicilia, de quien tampoco tuvo sucesión. Al morir sin hijos, legó todos sus bienes, incluido este palacio, a la comunidad de franciscanas clarisas que ella fundó en Ávila, conocidas como “las Gordillas” estableciendo, en esta casa, una obra pía que dirigió personalmente hasta su muerte acaecida en el año 1515, entre cuyos fines se encontraba el de repartir 200 fanegas de trigo entre los pobres vergonzantes de Ávila.

Unos años después, las clarisas vendieron la casa, en estado ruinoso, a doña Teresa Carrillo, sobrina del Obispo de Ávila, comprando ésta al Cabildo más otra más, a cambio de una heredad que poseía en Hernán Sancho. Teresa Carrillo se casó don Gómez Dávila, señor de Velada y la Colilla, siendo nombrado en el año 1557, por Felipe II, Marqués de Velada, y su familia nombrada, desde antiguo, Mayordomos del Rey.

Desde entonces este palacio se le conoce como Palacio de Velada, y en tiempos de Gómez Dávila y Teresa Carillo, se alojó en él –de mayo a octubre del año 1531– la emperatriz Isabel de Portugal –mujer de Carlos I– y sus hijos los príncipes, María y Felipe II, quien sería vestido de corto –de mayor– en el Monasterio de Santa Ana de nuestra capital. Tres años más tarde –junio de 1534– el mismo Carlos I se hospedaría aquí durante su visita a la Ciudad, convirtiéndose la ciudad en Corte del reino.

La línea sucesoria de don Gómez Dávila, primer Marqués de Velada, viene de los señores de Cardiel y Navamorcuende, estirpe de quien fue cabeza Blasco Jimeno “El Retador” y del cuarto nieto de éste, también llamado Blasco Jimeno, a quien se atribuye la fundación de la famosa cuadrilla de San Juan, la del blasón de los seis roeles.

En estos años el Palacio de los Velada tuvo una vida social muy animada adquiriendo fama, sobre todo, los partidos de pelota a mano que se celebraban en la cancha que los marqueses construyeron siendo tal su notoriedad, que a la actual calle del Tostado se la conoció como “del juego de pelota”. Asiduos participantes a los partidos eran los curas de la catedral, a quienes el Presidente del Cabildo tuvo que llamar varias veces la atención por “jugar a la pelota en calzas”.

Don Gómez Dávila – primer Marqués de Velada – falleció en el año 1561 y doña Teresa Carillo al año siguiente, siendo ambos enterrados en la Capilla de San Antolín de la catedral, situada en el brazo norte del crucero.

El palacio, que fue pasando a los herederos de los Marqueses de Velada, quedó finalmente, como tantos otros, en estado ruinoso y de total abandono. Fue vendido a finales del siglo XIX por los Condes de Altamira, a don Enrique Aboín Coronel, distinguido gentil hombre de una de las familias más distinguidas de la ciudad de Ávila.

Finalmente, en el año 1995, tras realizarse en el edificio importantes reformas, fue destinado a la hostelería convertirse en un lujoso Hotel, Palacio de los Velada.

El «Milagro» por 12.000 pesetas

Cada 26 de septiembre se celebra la festividad de los santos Cosme y Damián. Según la tradición, fueron dos hermanos gemelos nacidos en el siglo III d.C. en Arabia, educados en el cristianismo y dedicados al ejercicio de la medicina entre los más pobres, inspirados por el Espíritu Santo y  se les atribuyen muchos milagros, lo que les llevó a ser martirizados —torturados, quemados y finalmente decapitados— por orden del emperador Diocleciano. Su devoción se extendió rápidamente y se los considera patronos de los médicos.

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Tabla «El Milagro de San Cosme y San Damián» de Juan Correa de Vivar

La obra que contemplamos es una pintura al óleo atribuida al pintor toledano Juan Correa de Vivar. Representa el milagro del transplante de una pierna al diácono Justiniano, inspirado en el tema representado de La Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine. San Damián sostiene el muslo del enfermo y su hermano San Cosme bendice la pierna —de raza negra— que van a transplantar. El autor posiblemente se inspiró en otros autores como Isidro Villoldo —un conocido por tierras abulenses— en un relieve fechado hacia 1547 y conservado en el Museo Nacional de Escultura; y en el maestro de los Balbases con una tabla de finales del siglo XV de la iglesia de San Cosme y San Damián de Burgos.

Dicho cuadro, la tabla del Milagro de los Santos Cosme y Damián, se expone como pieza principal en la antigua capilla del hoy Museo de Navarra. Pero su procedencia, cuanto menos curiosa, está bastante alejada de las tierras navarras, al igual que las vueltas que pegó hasta acabar en su ubicación actual.

La tabla de Juan Correa de Vivar fue expoliada de la iglesia parroquial de Muñoyerro, Ávila, a mediados de los años 60 del siglo pasado. Fue comprada por un buhonero, proveedor de Salvador Saura, anticuario aragonés, por 12.000 pesetas. Primero ofreció al cura de Muñoyerro 3000, luego subió a 6000 para al final ofrecerle las 12.000 por las que finalmente se cerró el trato. El anticuario aragonés ofreció esta tabla y otra de Juan Correa de Vivar, la Anunciación, explicada en el Monasterio de Santa María la Mayor de Calatayud al Museo de Navarra, pero la tabla de la Anunciación fue requisada por la Policía al tramitarse la denuncia del expolio. No corrió igual fortuna la tabla del Milagro de San Cosme y Damián, pues pasados los trámites administrativos y no ser formulada ninguna denuncia, fue adquirida por el Museo de Navarra por 250.000 pesetas. Desde entonces, la tabla permanece en el museo sin que quede constancia de su procedencia en la iglesia parroquial de Muñoyerro, en Avila.

Fuentes

La historia del expolio me ha llegado a través de Pepe Úbeda, quien conoce de primera mano la historia.

https://jralonso.es/2013/02/28/los-milagros-de-san-cosme-san-damian-y-pedro-cavadas/

http://www.zonahospitalaria.com/trasplante-de-una-pierna-realizado-por-los-santos-cosme-y-damian/

http://www.unav.edu/web/vida-universitaria/detalle-opinion2/2017/06/02/los-trabajos-y-los-dias-en-el-arte-navarro-(5)-la-imagen-del-medico?articleId=14292249

http://www.portaluz.org/cosme-y-damian-los-gemelos-predilectos-del-espiritu-santo-2265.htm

https://www.museodelprado.es/aprende/enciclopedia/voz/correa-de-vivar-juan/1e8ab4bc-2da1-4d81-8546-4db270d1b422

 

Las portadas de la basílica de San Vicente

La basílica de San Vicente es una de las joyas del románico abulense. Pese a que la decoración románica es muy austera, se centra en capiteles y portadas, donde los escultores pueden desarrollar su talento dotando a la piedra de gran expresividad y detallismo.

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Portada meridional

La portada meridional se abre entre contrafuertes que determinan el espacio que sobresale de la portada. Con arcos de medio punto decrecientes, se apoyan sobre las jambas y columnas con capiteles historiados que representan figuras humanas, palomas y felinos afrontados, y un crismón corona la clave.

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Portada meridional. Imagen de Ángel M. Felicísimo

La portada ha sufrido varias modificaciones. La más importante fue la incorporación de figuras decorativas que representan la Virgen y un ángel —situados a la izquierda—, y a la derecha un rey y dos figuras: San Vicente y Sabina, que habían tenido una anterior ubicación dentro del templo. Inicialmente se sabe que había una tercera figura que representaba a Cristeta, pero no se conserva a día a hoy.

La portada norte, similar a la sur pero con decoración más sencilla, se conserva en peor estado al no estar cubierta por un pórtico y sufrir las inclemencias del tiempo.

Portada occidental

La portada principal se abre en el atrio formado entre las dos torres. Representa, al igual que otras portadas del románico, el Juicio Final, de ahí que la portada se sitúe al occidente. Tiene un gran tímpano que se subdivide en otros dos más pequeños, en los que se decora con relieves el ciclo de Lázaro y el rico Epulón. El espacio entre el tímpano y los dos más pequeños estaba decorado con una pintura de hoja de olivo, pero, tras una nefasta restauración a finales del siglo XIX, fue picado creyendo que habría algún relieve. En la primera escena podemos observar como el pobre Lázaro no es admitido en la cena de Epulón, y en la segunda se representa la muerte de ambos personajes y su distinto fin, con una clara finalidad catequética. El parteluz tiene un Cristo en majestad, y a ambos lados se representan los apóstoles, aunque solamente diez, quizá debido a que no se pudo terminar, aunque hay quien dice que también es por falta de espacio. Podemos identificar a San Pedro y San Pablo como las figuras más cercanas a Cristo, y a San Andrés en la antepenúltima columna de la derecha. Las esculturas se van alejando cuanto más alejadas están de las puertas, hasta estar casi exentas, y agrupadas de dos en dos, como si estuvieran conversando.

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Portada occidental. Imagen de Turol Jones, un artista de cojones

En las arquivoltas se decoran con ingenio representando desde una simple decoración con un baquetón de arquillos ciegos, hasta palmeta, con gran clasicismo y al naturalismo, sustituyendo  el círculo geométrico en el que se inscribían por uno formado por sus tallos. En la segunda arquivolta  se decoran hojas enroscadas, y en la rosca interna el escultor desarrolla toda su maestría con centauros, gallos, leones, sirenas, grifos… que parecen aprisionados entre palmetas e inscritos en círculos perlados.

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Detalle portada occidental. Imagen de Trevor Huxham

Un alero remata la portada, donde se representan 26 pequeñas figuras de hombres y mujeres, semivestidas con túnicas de muchos pliegues —según Vila da Vila—, en grupos de dos, que asoman sus cabezas en variadas actitudes.

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Antigua foto del tímpano. Imagen de Sira Gadea

El coro y trascoro de la catedral de Ávila

Coro

La catedral de Ávila, a pesar de contar con un coro realizado en 1407 en madera de nogal ubicado en el actual presbiterio, la costumbre de la época de situar los coros en el centro de la catedral hizo que se sustituyera por uno nuevo. El nuevo coro fue encargado al maestro Cornelio de Holanda en 1535, de madera de nogal a imitación a la sillería de San Benito de Valladolid. Las obras comenzaron en 1539 y se prolongaron hasta 1547, más de una década para terminar una minuciosa obra compuesta por 43 asientos en la sillería alta, y 39 en la baja.

En su realización no solo participó Cornelio de Holanda, también Juan Rodríguez y Lucas Giraldo, discípulos de Vasco de la Zarza, y tras la muerte de Juan (1544), Isidro de Villoldo, quien realizó el revestimiento de los pilares y los remates de mayor calidad de los relieves. En la parte baja de la sillería aparecen unos cuadros enmarcados por columnas —escenas de la vida de varios Santos y una cornisa con filigranas ornamentales—, y en la alta tiene un paño central corrido, dividido en tres cuerpos: un friso con espacios separados por columnas talladas con grutescos y ornamentos; una zona más amplia enmarcada por columnas y paños con figuras de santos y personajes del Antiguo Testamento, de cuerpo entero; y otro friso inferior de las mismas características. Destaca la silla del obispo, con la imagen de San Segundo y el escudo del cabildo representado.

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Foto: Lawrence OP

Trascoro

Situado en la parte posterior del coro, en medio de la nave central, de gran calidad artística. Es una renacentista, realizado en piedra caliza entre 1531 y 1536 por Lucas Giraldo y Juan Rodríguez, discípulos del escultor Vasco de la Zarza. El conjunto representa escenas en altorrelieve con detalle de la infancia de Jesús según el evangelio de San Lucas. Compuesto de un zócalo, un segundo cuerpo de tres amplios paneles de la Presentación de Jesús en el templo, la Adoración de los Reyes Magos o Epifanía y el Martirio de los Inocentes. En los espacios enmarcados por las pilastras y en la parte baja, aparecen otros relieves más pequeños que representan la escena de Jesús entre los doctores en Egipto, y en la parte superior, en los tondos, el Abrazo de San Joaquín y Santa Ana y la Visita de la Virgen a Santa Isabel.

En los extremos de la obra presentan un frontis con hornacinas en las que se representan las figuras de San Pedro y San Pablo a la derecha, y las de San Juan Evangelista y San Juan Bautista a la izquierda. El tercer cuerpo es un friso corrido con catorce figuras de ancianos y profetas sentados entre balaustres, identificados mediante filacterias con sus nombres; y la obra se remata con una crestería donde resalta la figura del Padre Eterno bendiciendo, con multitud de grutescos a ambos lados.

El funcionó como altar o capilla de los Reyes, siendo enterrado allí el canónigo Blas Sarafa. La reja fue colocada en 1711 y todavía hoy se conserva. El Cirsto que aparece sobre el arco del trascoro es obra de Vasco de la Zarza, realizado para la Capilla del Cardenal y ubicado en este emplazamiento en 1710.

La magnífica obra renacentista plateresca, denominada “Biblia de piedra”, fue restaurada en 2011, pues tras sufrir severas intervenciones en el siglo XVIII se procedió a eliminar añadiduras (principalmente escayola), óleos, daños y mutilaciones, devolviendo al trascoro el esplendor del siglo XVI.

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Foto: santiago lopez-pastor

Fuentes

DE LA HERAS HERNÁNDEZ, Félix. La catedral de Ávila. Ávila, Gráficas Martín, 1981. 2ª ed.

GONZÁLEZ, Nicolás; SOBRINO, Tomás. La catedral de Ávila. León, Everest S.A., 1981.

VV.AA. Catedrales de Castilla y León. Madrid, El Mundo, 2005.

http://www.elnortedecastilla.es/v/20110526/avila/trascoro-catedral-avila-recupera-20110526.html

http://catedralavila.vocces.com/catedral-de-avila-pagina-oficial/el-coro-y-el-trascoro/

https://viajarconelarte.blogspot.com.es/2014/03/la-catedral-de-avila.html