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Las vidrieras de la Catedral de Ávila

Las primeras vidrieras colocadas fueron en la Girola, hacia 1495. Algunas son obra de Juan de Valdivieso y Arnao de Flandes, vecinos de Burgos, quienes terminaron de colocarlas en el verano de 1525; posteriormente, también intervino Diego de Santillana en las vidrieras de la parte superior del crucero. La vidriera gótica más impresionante es la conservada en la capilla de la Nuestra Señora de Gracia, la central de la girola, y que representa a la Virgen con el Niño, en rojo y azul, con corona real y nimbo.

Al terminar las vidrieras de la catedral, Juan de Valdivieso continuó con las de la parte superior del brazo izquierdo de la cruz, en lo que hoy es la capilla de Nuestra Señora de la Caridad, ayudado de Arnao de Flandes primero, y Diego de Santillana después. Realizaron todo el crucero, incluidas las imágenes de las vírgenes: Santa Inés, Santa Águeda, Santa Marta y Santa Catalina en el hastial norte, de cuerpo entero, y Santa Bárbara y Santa Lucía de medio cuerpo, mientras que los escudos corresponden al obispo Carrillo (1499-1514) y al cabildo.  Continuaron con la vidriera del hastial sur. Las vidrieras situadas sobre el ingreso de la girola, con santos y profetas a ambos lados de la vidriera central, con San Pedro y San Pablo representados —la última con el escudo de cinco torres del obispo Francisco Ruiz, fallecido en 1537—, son renacentistas y atribuidas a Alberto de Holanda. A éste le sucede su hijo Nicolás de Holanda, que realiza la vidriera de la capilla mayor con los Apóstoles situados en el friso inferior de la misma capilla, en las paredes laterales del presbiterio.

En 1549 interviene Hernando de Labia, que continúa trabajando en la capilla mayor y posiblemente realizara las figuras del beato Orozco, San Pedro de Alcántara y Santa Micaela. Hacia 1592 continúa la labor José de Labia, quien realiza las vidrieras del muro derecho de la capilla mayor, en la que aparecen los santos canonizados en esos años: San Pedro, mártir del Japón, la Anunciación y San Miguel. Le sucede Felipe Angulo en 1660, y en 1759 aparece el nombre de Juan García de la Peña como vidriero de la catedral.

De las intervenciones más recientes, se incorporan en 1929 las últimas vidrieras centrales del friso inferior de la capilla mayor, que representan a Santa Teresa y San Juan de la Cruz, realizada por Maujumea de Madrid. Dicho vidriero también realizaría otras vidrieras como la de San Celedonio, San Eugenio y San Ildefonso.

Con el terremoto de Lisboa de 1755, las vidrieras sufrieron desperfectos pero no así daños de gran consideración, como se ha creído, o incluso la creencia que los ventanales de la nave central fueron destruidos con el seísmo. Estos ventanales nunca tuvieron vidrieras ni estuvieron abiertos. La apertura de algunos de estos vanos se realizó hacia 1950 cuando la Dirección General de Monumentos se interesó por la catedral de Ávila, y en 1964 Gratiniano Nieto, director general de Bellas Artes, ordenó la apertura del resto de vanos, demoliendo los materiales que cegaban por el exterior los huecos y ocupaban una altura que cubría parte de los arbotantes de sostén de la nave central, aprovechando la ocasión para electrificar el cimbalillo. La obra de apertura de los ventanales quedó terminada en octubre de 1965, y las vidrieras de color, sin decoración artística, en septiembre del año siguiente.

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La última restauración de las vidrieras de la catedral de Ávila se produjo en 2014 con motivo del V Centenario de Santa Teresa de Jesús con fondos de la Junta de Castilla y León para contribuir a la puesta en valor del patrimonio cultural de la Comunidad.

Fuentes

DE LA HERAS HERNÁNDEZ, Félix. La catedral de Ávila. Ávila, Gráficas Martín, 1981. 2ª ed.

GONZÁLEZ, Nicolás; SOBRINO, Tomás. La catedral de Ávila. León, Everest S.A., 1981.

VV.AA. Catedrales de Castilla y León. Madrid, El Mundo, 2005.

http://catedralavila.vocces.com/catedral-de-avila-pagina-oficial/las-vidrieras/

https://viajarconelarte.blogspot.com.es/2014/03/la-catedral-de-avila.html

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El coro y trascoro de la catedral de Ávila

Coro

La catedral de Ávila, a pesar de contar con un coro realizado en 1407 en madera de nogal ubicado en el actual presbiterio, la costumbre de la época de situar los coros en el centro de la catedral hizo que se sustituyera por uno nuevo. El nuevo coro fue encargado al maestro Cornelio de Holanda en 1535, de madera de nogal a imitación a la sillería de San Benito de Valladolid. Las obras comenzaron en 1539 y se prolongaron hasta 1547, más de una década para terminar una minuciosa obra compuesta por 43 asientos en la sillería alta, y 39 en la baja.

En su realización no solo participó Cornelio de Holanda, también Juan Rodríguez y Lucas Giraldo, discípulos de Vasco de la Zarza, y tras la muerte de Juan (1544), Isidro de Villoldo, quien realizó el revestimiento de los pilares y los remates de mayor calidad de los relieves. En la parte baja de la sillería aparecen unos cuadros enmarcados por columnas —escenas de la vida de varios Santos y una cornisa con filigranas ornamentales—, y en la alta tiene un paño central corrido, dividido en tres cuerpos: un friso con espacios separados por columnas talladas con grutescos y ornamentos; una zona más amplia enmarcada por columnas y paños con figuras de santos y personajes del Antiguo Testamento, de cuerpo entero; y otro friso inferior de las mismas características. Destaca la silla del obispo, con la imagen de San Segundo y el escudo del cabildo representado.

Trascoro

Situado en la parte posterior del coro, en medio de la nave central, de gran calidad artística. Es una renacentista, realizado en piedra caliza entre 1531 y 1536 por Lucas Giraldo y Juan Rodríguez, discípulos del escultor Vasco de la Zarza. El conjunto representa escenas en altorrelieve con detalle de la infancia de Jesús según el evangelio de San Lucas. Compuesto de un zócalo, un segundo cuerpo de tres amplios paneles de la Presentación de Jesús en el templo, la Adoración de los Reyes Magos o Epifanía y el Martirio de los Inocentes. En los espacios enmarcados por las pilastras y en la parte baja, aparecen otros relieves más pequeños que representan la escena de Jesús entre los doctores en Egipto, y en la parte superior, en los tondos, el Abrazo de San Joaquín y Santa Ana y la Visita de la Virgen a Santa Isabel.

En los extremos de la obra presentan un frontis con hornacinas en las que se representan las figuras de San Pedro y San Pablo a la derecha, y las de San Juan Evangelista y San Juan Bautista a la izquierda. El tercer cuerpo es un friso corrido con catorce figuras de ancianos y profetas sentados entre balaustres, identificados mediante filacterias con sus nombres; y la obra se remata con una crestería donde resalta la figura del Padre Eterno bendiciendo, con multitud de grutescos a ambos lados.

El funcionó como altar o capilla de los Reyes, siendo enterrado allí el canónigo Blas Sarafa. La reja fue colocada en 1711 y todavía hoy se conserva. El Cirsto que aparece sobre el arco del trascoro es obra de Vasco de la Zarza, realizado para la Capilla del Cardenal y ubicado en este emplazamiento en 1710.

La magnífica obra renacentista plateresca, denominada “Biblia de piedra”, fue restaurada en 2011, pues tras sufrir severas intervenciones en el siglo XVIII se procedió a eliminar añadiduras (principalmente escayola), óleos, daños y mutilaciones, devolviendo al trascoro el esplendor del siglo XVI.

Fuentes

DE LA HERAS HERNÁNDEZ, Félix. La catedral de Ávila. Ávila, Gráficas Martín, 1981. 2ª ed.

GONZÁLEZ, Nicolás; SOBRINO, Tomás. La catedral de Ávila. León, Everest S.A., 1981.

VV.AA. Catedrales de Castilla y León. Madrid, El Mundo, 2005.

http://www.elnortedecastilla.es/v/20110526/avila/trascoro-catedral-avila-recupera-20110526.html

http://catedralavila.vocces.com/catedral-de-avila-pagina-oficial/el-coro-y-el-trascoro/

https://viajarconelarte.blogspot.com.es/2014/03/la-catedral-de-avila.html

Ávila, tierra de santos y cantos (entre otras cosas)

Tradicionalmente se ha dicho que Ávila es tierra de cantos y de santos. Razón no le falta, pero Ávila es mucho más. Es tierra de sabor, de chuletones, de pinchos, de frío, de pimentón, de patatas revolconas, de yemas, de policías y de buena gente. Abreviando, tierra de abulenses y/o avileses, que no avileños, por si a alguien no le ha quedado claro.

Que sea tierra de cantos es sencillo de adivinar, pues en toda su extensión se asienta y se construye sobre granito: piedra dura, austera e inquebrantable, como  el corazón de sus gentes y el temple de la guerra. Con cantos hemos levantado una ciudad a nuestra medida, protegida por una fuerte muralla, construido la catedral, palacios, iglesias y conventos, aparcamientos, puentes, casas solariegas, obras faraónicas y adoquines que dan un toque vintage a la ciudad.

Y también de santos, muchos e importantes, canonizados y doctores por la Santa Iglesia católica. Esto hay que matizarlo y situarlo en su contexto, pues hace siglos, entre el frío y los cantos que nos rodean, sin televisión ni redes sociales con las que entretenerse, las maneras de pasar el rato eran pocas y fundamentalmente dos: orar o luchar. Los que no jugaban con espadas encontraban su sino en la espiritualidad y el misticismo, retirándose a hablar con Dios entre el frío de sus muros de piedra.

Desde el comienzo de los tiempos hemos sentido predilección por los Santos, simplificados muchas veces en San, como por ejemplo nuestro patrón, San Segundo, o los hermanos Vicente, Sabina y Cristeta, santos mártires cuyo cenotafio reposa en una composición de cantos tallados que dan forma a una de las joyas del románico como es la basílica de San Vicente.

Pero además, hay multitud de Santos que titulan pueblos o que son pueblos que dan nombres a otros, como por ejemplo Arenas de San Pedro, San Juan de la Nava, San Juan del Molinillo, Santa Cruz del Valle y muchos más. Para todos aquellos buenos abulenses que pudieran sentirse ofendidos al no nombrar su santo pueblo, he rezado dos padres nuestros para expiar mi pecado. Y si nos centramos en la ciudad, los distintos distritos o barrios que conforman el entramado urbano reciben también el nombre de Santos, correspondido con las parroquias: San Nicolás, Santiago, Santo Tomás, San Juan, San Pedro, San Andrés, San Esteban, San Antonio… Aquí tampoco se sientan ofendidos los del barrio de las Vacas, pues ellos tienen a su Virgen, ¡vivan los mozos!

Con tanto santo viviendo en simbiosis permanente con la ciudad, la confluencia de Santos, espiritualidad, oraciones, ruegos y preguntas, hizo que fuera a nacer en Ávila – no podía suceder en mejor lugar ni en otro sitio – nuestra Santa más internacional, Teresa de Cepeda y Ahumada, hace cinco centenares de años. Conocida internacionalmente como Santa Teresa de Ávila por nosotros y Santa Teresa de Jesús por el resto del mundo, es un personaje fundamental en nuestra historia para entender el misticismo, la reforma del carmelo calzado y el merchandising de la ciudad, además de situar nuestra ciudad en los mapas terrenales y ensalzarse como gran maestra de la vida espiritual en la historia de la Iglesia. Mujer avanzada a su tiempo, fue una prolífera escritora espiritual, emprendedora incansable con diecisiete fundaciones de pequeñas empresas a lo largo de la geografía peninsular y creadora de las patatas fritas. Ni más ni menos. Tuvo como ayudante, confesor y doctor de la iglesia a otro santo abulense, el medio fraile, tan pequeño como astuto, patrono de los poetas y místico renacentista, San Juan de la Cruz, o Juan de Yepes para los amigos.

Otros que no son santos, pero casi y que son más desconocidos para los abulenses pero no por ello menos importantes, son el beato Alonso de Orozco, el obispo Santos Moro (al menos, de nombre) y las venerables María Díaz y María Vela. Por último, señalar la curiosa leyenda de San Pedro del Barco, santo de nuestra tierra que causó conflicto entre Piedrahita y Barco sobre dónde reposarían sus venerables restos, acordando que una mula los llevará sobre sus lomos y allí donde se parara, allí sería enterrado. Cuál fue su sorpresa que la mula siguió sin rumbo fijo pasando pueblos y pueblos hasta llegar a la capital de cantos y santos para caer desplomada en la basílica de San Vicente, donde murió exhausta tras la larga travesía y la responsabilidad moral de cargar un santo a sus espaldas.

Como habéis podido comprobar, en Ávila nos sobran cantos y coleccionamos santos. Canto arriba, santo abajo, Ávila es una amalgama de granito y misticismo que ha resistido el paso de los siglos haciendo frente al frío, a la despoblación y al turismo, con Santa Teresa a la cabeza – tan importante como para dedicar dos estatuas a su figura en una misma plaza –proyectando la imagen de una ciudad orgullosa de sus cantos y de sus santos, entre otras cosas.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

Pedro de La Gasca, hombre de letras (I)

Nació en el lugar de Navarregadilla, perteneciente a Santa María de los Caballeros (Ávila), hacia 1493, siendo bautizado en la iglesia parroquial de Barco de Ávila a los nueve días de su nacimiento. Sus padres pertenecían a una familia de hidalgos acomodados próxima al cardenal Cisneros. Su padre, Juan Jiménez de Ávila García, era descendiente de los Cimbrones y García extremeños, primo del Cardenal Cisneros y Señor de Navarregadilla; y su madre María González Dávila Gasca, bisnieta del caballero castellano Gil González Dávila, Señor de Puente del Congosto (Salamanca).

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Boceto y retrato de Pedro La Gasca. Valentín Carderera (1847)

Los primeros años de su vida los pasa en Barco de Ávila, pero debido a las circunstancias familiares (enfermedad de su padre), Pedro es llevado a vivir a Puente del Congosto con su abuelo materno, Pedro García Gasca, señor de la villa. No habiendo en la villa “dómine” que se encargara de su enseñanza, a los diez años vuelve a El Barco de Ávila, donde estudió Humanidades con el Bachiller Minaya, en compañía de sus hermanos: Juan, Francisco y Diego. Durante varios años se formó con el Bachiller, el cual, complacido de la inteligencia de su discípulo, aconsejó a sus padres que le llevaran a Salamanca a continuar sus estudios de la carrera eclesiástica, a la cual se veía llamado.

Poco tiempo estaría el joven estudiante en Salamanca, pues al ir su padre a consultar a un médico la dolencia crónica que padecía, su mal se agravó y hubo de ser trasladado en una silla de manos de Salamanca a Navarregadilla, donde murió poco después (1513). Diego González Dávila, hermano de su padre, fue a Barco a consolar a su cuñada y a poner en orden los asuntos familiares, y contentado de la inteligencia de sus sobrinos Pedro y Diego, los llevó consigo a la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares, donde Pedro estudió durante once años, manifestándose como un alumno sagaz, intrépido, enérgico y fidelísimo al Rey, como demostró luchando en el bando realista en la guerra de las Comunidades. Tras realizar excelentes exámenes, fue el segundo alumno que se graduó  con el título de Maestro en Artes y el primero en conseguir el título de Maestro en Teología, con aplauso unánime de profesores y alumnos.

Desde que se graduó en Alcalá, Pedro de La Gasca firmó siempre como el «Licenciado La Gasca», sin adoptar nunca los apellidos que le correspondían, Jiménez de Ávila y García y González Dávila, al igual que sus hermanos. Quizá adoptara este apellido al elegir los apellidos que más le gustaban, como era costumbre, por afinidad a la familia materna o considerarlo de mayor abolengo que el Ximénez de Ávila.

Posteriormente pasa a estudiar en Salamanca Derecho Civil y Eclesiástico, pese a su frustrada idea de realizarlo en Italia (invadida por Francisco I) dio probadas muestras de su prudencia, sagacidad, tacto y energía que le granjearon la admiración de todos. Por su valía es nombrado Rector de la Universidad de Salamanca (en el curso de 1528-1529), y Vice-escolástico, cargos que simultaneaba con el de Subcolector Apostólico, elegido por el Nuncio Pogio. El acierto con el que desempeñó su cargo en la Universidad se plasmó en los Estatutos que él mismo realizó y que se mantuvieron durante muchos años. Fue elegido Rector del Colegio de San Bartolomé en dos ocasiones, donde se licenció en Cánones (1531).

Acabados sus estudios, fue ordenado sacerdote comenzando su carrera eclesiástica en la propia Salamanca, pero la influencia del cardenal Juan Pardo de Tavera le lleva a ser nombrado Juez Metropolitano en la Catedral de Toledo y Vicario en Alcalá de Henares (1537). Sería en el propio Toledo donde conoce personalmente a Carlos V, el cual le favorece y autoriza para que se haga cargo de un difícil proceso de sacrilegio en Valencia que el Consejo de la Inquisición que no acertaba a resolver, nombrándole Oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición, teniendo que abandonar el resto de sus cargos. Tras más de dieciocho meses de laboriosa investigación, entregó todo el proceso minuciosamente ordenado y resuelto a justicia, lo que le valió la admiración de los varones del Consejo de la Inquisición, e incluso la del propio emperador Carlos, quien le llamó a su cámara para oírle personalmente todo lo referente al caso.

Su primer cargo político fue el de Visitador de los Tribunales, Justicia y Hacienda de todo el Reino  de Valencia en 1541, a petición de las Cortes de Monzón, un cargo reservado a los allí nacidos. Durante estos años (1542-1545), Pedro de La Gasca se dedicó a comprobar la labor de los funcionarios, la recaudación de impuestos y el respeto a los poderes reales, así como aplicar los juicios de residencia a los ministros de justicia y ocuparse del adoctrinamiento de los moros, adquiriendo durante su desempeño un notable conocimiento de las funciones gubernativas.

A pesar de ser un hombre de letras, las circunstancias hicieron que La Gasca mostrara que debajo de su hábito sacerdotal había también un valiente guerrero, heredero de los antepasados de su familia. En 1543 se tuvo constancia, de manera secreta, que el corsario otomano Barbarroja y los franceses planeaban desembarcar y saquear las costas valencianas y la islas baleares. El pánico cundió entre los caballeros que intentaban organizar la defensa, con Fernando de Aragón (viudo de Germana de Foix), duque de Calabria y Virrey de Valencia, a la cabeza, pero aparece en escena Pedro La Gasca, echándoles en cara su cobardía y mostrando que era posible una defensa fortificando las playas e islas con los medios de los que disponían. El plan se traza según las exigencias de La Gasca y los intentos de Barbarroja de desembarcar son duramente rechazados por las defensas realizadas, obligando a los berberiscos a desistir de sus intentos de asaltar las costas levantinas.

Pedro de La Gasca es aclamado como un hombre providencial, volviendo a Castilla en 1545.

Las noticias de revueltas sucedidas en Perú, con la rebelión de Gonzalo Pizarro, sublevado contra las Leyes Nuevas y el gobierno del virrey Blasco Núñez Vela, muerto en la batalla de Añaquito, hizo que se reuniera en el verano de 1945 el Consejo de Indias con el príncipe Felipe (el Emperador se encontraba en Alemania) para adoptar una solución al conflicto. Entre los miembros del Consejo estaban los cardenales Tavera y Laoisa, el obispo de Sigüenza (Consejo Real de Castilla), el presidente de la Chancillería y varios nobles, debatiéndose entre dos posturas: la de enviar a un ejército para reducir la rebelión por la fuerza, y poner a un militar con experiencia al mando; y la de enviar a un hombre de letras, negociador, que consiguiera la obediencia por la vía de la persuasión y los halagos. Se optó por la segunda opción, y parece ser que fue el propio Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, quien propuso el nombre de Pedro La Gasca como la persona más capacitada para encomendarle la difícil tarea, diciéndole al príncipe Felipe: “Señor, Gasca tiene aún más carácter y energía que yo”.

Tras mandar un emisario al Emperador para darle cuenta de lo sucedido y acordado por el Consejo de Indias, Carlos V, orgulloso con el desempeño de La Gasca en los asuntos encomendados anteriormente, no solo aprueba su nombramiento, sino que escribió de su puño y letra una carta (fechada el 17 de septiembre de 1545) manifestándole su complacencia por su nombramiento como Presidente de la Audiencia del Perú, estableciendo que abandonase todos sus cargos  y realizase su salida hacia el Perú lo más pronto posible.

 

La iglesia de San Andrés

La iglesia de San Andrés está situada extramuros de la ciudad de Ávila, a pocos metros de la basílica de San Vicente, en el barrio de los canteros. Fue construida en el segundo cuarto del siglo XII, entre el 1130 y 1160, pese a que para algunos autores la consideran la más antigua y levantada hacia el 1100, mientras que para otros es posterior al arranque de las obras en San Vicente y San Pedro. Al igual que otros templos abulenses, la primera referencia documental la encontramos en la carta del cardenal Gil Torres en 1250. Sus reducidas dimensiones (29,75 m. de longitud interior, 15,65 m. de anchura y 11,45 m. de altura máxima en la nave central) hacen que se erigiera en pocos años, lo que se manifiesta al observar una gran unidad en el estilo constructivo, de románico pleno. Durante el devenir de los siglos se ha ido transformando tanto el interior como el exterior (sacristía, espadaña, armadura…), siendo intervenida en varias ocasiones (años 30 y 60 del siglo XX principalmente), con distinta fortuna.

 

El templo tiene una sencilla planta de tres naves, con triple cabecera, sin crucero, con una capilla mayor con arquerías murales ciegas con decoración y formas de clara influencia del norte peninsular (en concreto, del segundo maestro de San Isidoro de León). La capilla absidal de la Epístola cuenta con un arco polilobulado, de clara influencia islámica, al igual que algunos capiteles e impostas, o la propia cubierta de madera, solución utilizada habitualmente en el ámbito islámico. Las actuales cubiertas fueron reemplazadas ene l siglo XV. La torre, de sección cuadrada, tiene tres cuerpos, cada uno en progresión más pequeña, el primero de granito y el resto de arenisca, siendo el campanario una reforma de los años 60.

La fábrica está constituida por aparejo cuasi isódomo, de granito ocre y ripio, alzado sobre un zócalo de grandes sillares de granito de sobre un metro de altitud, al igual que otros templos románicos abulenses. Las portadas se sitúan a mediodía y poniente, mientras que en el muro norte permanece cegada una puerta gótica que daba paso a la sacristía, hoy desaparecida. En el caso de la portada oeste, se sitúa entre la torre y dos machones de sillares de granito, bajo una pequeña ventana, y protegido por un pequeño tejaroz que sobresale un pie. La portada, en arco de medio punto, está rodeado de una imposta ajedrezada con cuatro arquivoltas decrecientes, que descansan sobre columnas cortadas, y sus capiteles se decoran con hojas y animales fantásticos: grifo, paloma y arpía, muy deteriorados. La decoración se completa con un baquetón y una roseta de ocho puntas inscritas en un círculo en cada una de sus dovelas.

En la portada sur, donde inicialmente existieron dos portadas, las columnas y capiteles se conservan en mejor estado, distinguiéndose dos leones agachados, pero el arco externo está constituido por piezas lisas. Una espadaña clásica en ladrillo, que recuerda a la de Santa María de la Cabeza, corona la portada, mientras que en la portada norte continúa desnuda, con un diminuto vano.

De la cabecera se deduce que no tuvo un plan definido de construcción, dando como resultado distintos tipos de ábsides. Mientras que el central es muy profundo —y con arquerías murales—, los dos laterales son meras hornacinas, principalmente el de la Epístola, con el arco polilobulado relacionado con San Isidoro de León. En el exterior tiene una arquería ciega, con dos arcos sobre columnas, con capiteles historiados en un estado de conservación bastante pésimo. Bajo las ventanas y arquerías existe una cornisa de tres baquetas, sobre la cual se sitúa una imposta ajedreada.

En el interior, la capilla mayor continúa la misma estructura que el exterior, repitiendo los vanos ciegos y arquerías, pero con unos capiteles historiados, de gran calidad y con un gran repertorio de motivos diferentes. Las bóvedas de cañón y horno se abren tras un arco triunfal y un arco fajón sobre columnas ménsulas. El ábside lateral izquierdo tiene u altar barroco; y el lateral derecho el ya citado con el arco con cinco lóbulos sobre capiteles sin columna. En el resto del templo, arcos doblados apoyados en pilares cruciformes separan las naves.

A partir del siglo XX se acometieron varias restauraciones, excesivas en su mayoría de la mano de Arenillas Álvarez, que afectaron y transformaron los muros y portadas, así como la torre, superponiéndole un vasto campanario. Tras la última restauración, acometida entre 2008 y 2010 por la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, se han solventado problemas estructurales y humedades, devolviendo parte del esplendor inicial del templo.

El 23 de junio de 1923 es declarado Monumento Nacional.

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Fuentes

Enciclopedia del románico pgs. 173-180

https://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_de_San_Andr%C3%A9s_(%C3%81vila)

http://www.arteguias.com/iglesia/sanandresavila.htm

http://www.arquivoltas.com/24-Avila/02-AvilaSAndres.htm

http://www.fundacionpatrimoniocyl.es/textos01.asp?id=517&bmbi=BI

http://www.avilaturismo.com/es/galeria/item/36-iglesia-de-san-andr%C3%A9s

El rey pasmado

La película «El rey pasmado» (Imanol Uribe, 1991), ganadora de ocho Goyas, incluyendo mejor película y mejor director, está basada en el libro «Crónica del rey pasmado» de Gonzalo Torrente Ballester. Ambientada en la corte del rey Felipe IV, donde un increíble Gabino Diego encarna al rey español que, tras irse de picos pardos con el conde de la Peña Andrada (Eusebio Poncela), queda «pasmado» tras contemplar el cuerpo desnudo y con medias rojas de la mejor prostituta de la villa. Entonces el rey quiere ver desnuda a su mujer, la reina Isabel de Borbón (Anne Roussel), tejiéndose una trama en tono parodesco que refleja, hasta límites absurdos, las preocupaciones, miedos, tópicos y costumbres de la Corte española del siglo XVII. Destacan en el reparto el conde-duque de Olivares (Javier Guruchaga), el fraile Villaescusa (Juan Diego) y el Gran Inquisidor (Fernando Fernán Gómez).

La película, además de ser una buena adaptación cinematográfica y tener una magnífica ambientación histórica y artística, se rodó en varias localizaciones como el palacio renacentista del Marqués de Santa Cruz en Viso del Marqués (Ciudad Real), hoy Archivo de la Armada y cerrado si nadie lo remedia, el Alcázar y Museo de Santa Cruz de Toledo, la Sala de Batallas de El Escorial, el castillo de Guimaraes (Portugal), las calles de Salamanca pero también el Real Monasterio de Santo Tomás de Ávila, mostrándose en varios planos el claustro de los Reyes, el Lavado de las Abluciones y el claustro del Silencio, así como el Aula Magna de la Universidad, antes de su restauración.

La torre de Eiffel

Si nos acercamos a la localidad de las Navas del Marqués, quizá sorprenda encontrarse, en la urbanización de Ciudad Ducal, con una atalaya de hierro fundido con una doble funcionalidad: mirador de un maravilloso paisaje, y como torre de vigilancia de incendios. Pero lo que más sorprende descubrir es que tal monumento es una construcción diseñada en el estudio del renombrado arquitecto francés Gustave Eiffel en 1873, logrando un extraordinario sincretismo entre lo lujoso y lo práctico.

El mercado medieval

Una de las tradiciones más arraigadas de los abulenses es el Mercado Medieval. Durante un fin de semana de septiembre, cuando el verano y las fiestas de las pueblos tocan a su fin, evocamos a nuestros antepasados celebrando unas jornadas lúdico-festivas que si bien no tienen ningún parecido con la realidad de lo que fue el medievo, el objetivo es hacer de nuestras calles el orgullo que no sentimos durante el resto del año. Para ello hemos creado un modelo de jornadas-mercado-circo-carnaval que hemos exportado a cualquier villa, ciudad y pueblo de Castilla y parte del extranjero. No por algo llevamos dos décadas haciendo lo mismo.

El abulense no se disfraza de medieval, se viste, y cualquiera que insinúe lo contrario conllevara batirse en duelo para defender su honor a capa y espada. Y pese a ser una ciudad de caballeros, preferimos vestirnos de campesinos porque, además de pobres, somos humildes.

Ávila es un hervidero de gente que abarrota sus calles, pues tal festividad, además de hacer salir a la calle los autóctonos con nuestras mejores galas, hace retornar a los paisanos que viven en la capital y provincias adyacentes, por no hablar de los turistas que vienen atraídos con falsas promesas de encontrarse a unos incivilizados guerreando con espadas, palos, arcos y flechas, los olores de aromáticos inciensos y el sonido de gaitillas y tambores, además de chuletones, costillares y morcillas asándose en cada esquina.

¿Cómo reconocer a los abulenses entre tanta muchedumbre? Muy sencillo, solemos agruparnos en pequeños corros en medio de las calles, saludando a conocidos de los cuales no habíamos tenido noticias, salvo por whatsapp, desde el pasado mercado medieval, interrumpiendo el paso y molestándonos si alguien nos recrimina el no avanzar y paralizar la marcha en ambos sentidos. Incluso escaramuzas a cuchillo se han llegado a dar por este motivo.

Y en las tabernas. Los abulenses tenemos un sexto sentido para saber dónde están situados todos los bares del mercado, recorrerlos y disfrutar de suculentos pinchos medievales con hidromiel, vino, zumo de cebada, licores, mojitos y daiquiris, dependiendo de la hora.

Por otra parte, a la hora del buen yantar sabemos cuidarnos, pues aparte de carnes a la brasa, caldereta de cabrito y pulpo – exclusivo para guiris, reyes y sibaritas a precios prohibitivos– nos aficionamos, por costumbre o tradición, a la comida rápida medieval como kebabs y crêpes, los cuales se tarda menos en consumirlos que en conseguirlos. Y de postre, podemos deleitarnos con chocolates y dulces artesanales o relajarnos con un té moruno.

Por si fuera poco, en los propios puestos del Mercado podemos comprar todo tipo de productos medievales imprescindibles, como embutidos, hierbas milagrosas, jabones, espadas y cuchillos made in taiwan, artesanía de cuero, vino, platería, libros, ovejas, monedas, amuletos contra el mal de ojo y trastos viejos del pueblo como trillos y llaves oxidadas que se revalorizan a día de hoy gracias al estilo retro última moda.

No suelen faltar a la cita medieval algunos puestos típicos como el campamento de nobles arqueros en San Vicente, el herrero y su fragua que causa gran atracción entre las huestes urbanas que creían que las espadas crecían en los árboles, el campamento medieval en el Mercado Grande, el tiovivo, la judería en la calle de aquellos que los expulsaron, la morería y los puestos de la Cruz Roja y protección civil, además de la cetrería, que aglomera a multitud de curiosos que miran a unas asustadas rapaces a la espera de que hablen o les cuenten un chiste, y hacen una exhibición donde siempre – ya sea por tradición o por abundancia de palomas y tordos – se extravía algún águila, copando titulares al día siguiente.

Por último, señalar que durante las jornadas medievales nuestras calles se llenan de personajes de lo más variopinto, donde lo medieval se funde con lo perroflauta pasando por lo hippy. Así, de esta manera, podemos encontrar con caballeros de rancio abolengo, princesas, moros con chilaba, saltimbanquis haciendo acrobacias o espectáculos de fuego y malabares, sarracenos armados, monjes en actitud pecadora , judíos, celtas y tontones, la comitiva de la Inquisición, vikingos extraviados, bailarinas árabes moviendo la panza, templarios, gente con mallas o leotardos, brujas, hobbits, elfos, hadas, druidas haciendo queimadas, romanos, músicos, piratas del Caribe, bufones, hombres vestidos con harapos hablando un lenguaje que nadie entiende, Conan luciendo músculo, arqueros, Águila Roja, personajes de Juego de Tronos descontextualizados intentando sobrevivir y hasta algún concejal disfrazado para la ocasión desfilando como en una procesión.

Ya saben, lo normal en un día cualquiera en la Ávila profunda medieval.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

El Pote de Ávila

«Ávila señorea los graneros, las eras y los mercados de toda Castilla; tiene el privilegio de la medida de los granos; por el “marco de Ávila” se han de regir mercantes y libradores»

Azorín

 

El privilegio de la medida de los granos al que se refiere Azorín, es lo que se ha denominado durante siglos “el pote de Ávila”. El recipiente es cuestión tiene forma de caldero, redondo y de hierro fundido, con tres pies y dos asas, y que fue adoptado por el rey Juan II de Castilla como patrón de medida para todos los Concejos del Reino, en las Cortes de Madrid de 1435 y de Toledo en 1436:

“Item, que la medida para vino, así de arrobas como de cántaras y azumbres y meidas azaumbres y medias azumbres y quartillos, que sean en la medida toledana… Item, que todo el pan que se hobiere de vender y comprar, que se venda y compre por la medida de la ciudad de Ávila“.

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Pote de Ávila

El Pote de Ávila, “que facedoce celemines” o media fanega, equivalía a cincuenta y cinco litros y medio, conformaba la medida legal para el grano (áridos) junto con la vara de Burgos (longitud) y la cántara de Toledo (líquido). El carácter obligatorio de la medida hizo que se extendiera, con los siglos, a todo el territorio de la península Ibérica, e incluso América, según señala Mayoral, con el nombre de almud (de origen árabe). La medida del pote de Ávila se mantuvo en uso hasta la adopción del sistema métrico decimal en 1880.

El pote original se guardaba en la alhóndiga, situada en el Mercado Grande frente a la muralla, lugar donde se controlaba el mercado de cereales. De hecho, en uno de los relieves del edificio que se conservan se puede apreciar la medición del grano en un celemín. Posteriormente, fue custodiado en una de las salas de la Casa de las Carnicerías para después ser cedido por el Ayuntamiento de Ávila al Museo Provincial de la Ciudad, donde puede contemplarse a día de hoy.

La fabricación de todos los potes debían de elaborarse según el troquelado del pote abulense para que todos tuvieran las mismas características, y aquellos que no usaban potes no verificados eran sancionados por las autoridades. De hecho, la verificación de los potes era una ceremonia importante que se realizaba en la plaza junto a la Casa Consistorial, participando en ella, además de un fiel municipal que ejecutaba las mediciones, un secretario que expedía un documento oficial, y las autoridades civiles y eclesiásticas, con sus ornamentos y mejores galas.

Y de esta curiosa “ceremonia” donde se quiere dar más importancia a un hecho que quizá no lo mereciera, deriva la expresión “darse pote, bombo, boato y postín”.

Fuentes

Medir sin metro

http://www.unaventanadesdemadrid.com/avila-i.html

http://avilared.com/not/14232/el-pote-de-avila-pieza-del-mes-en-el-museo

http://www.tribunaavila.com/noticias/el-pote-de-avila-es-la-pieza-del-mes-de-abril-y-mayo-del-museo-de-avila

http://www.lasyernas.com/historia.htm

http://www.1de3.es/tag/medida/

 

P.D. El Pote de Ávila es tan importante que ha merecido la distinción de dar nombre a una pequeña calle en el sur de la ciudad abulense.

La ermita de San Segundo

La iglesia de San segundo es la más occidental de los templos abulenses, y también situada a menor altitud al situarse a orillas del río Adaja. Tenía advocación a San Sebastián y Santa Lucía, pero en 1519, tras abrir la pared que separaba la capilla mayor de la colateral derecha, apareció un arca de piedra en el que se podía leer «Santus Secundus» y dentro otra de madera que contenía huesos, cenizas, restos de vestiduras, un anillo de oro y un cáliz. Esto hizo que se creyera que pertenecería a los restos del apóstol Segundo, el cual, además de ser quien fundara la ciudad de Ávila, sería el primer obispo de la ciudad.

El traslado de los restos de San Segundo desde la ermita a la catedral se celebró a finales del siglo XVI, con gran júbilo entre los abulenses. Desde entonces, la ermita pasó a llamarse de San Segundo, y el culto a San Sebastián se trasladó a un pequeño humilladero a la salida de la ciudad en la carretera de Salamanca, y que hoy conocemos como los Cuatro Postes. Con la nueva advocación a San Segundo se pasó a tener un vínculo sentimental de la ciudad con la iglesia, aunque durante los siglos de la modernidad hubo una pérdida de actividad y olvido hasta 1923, con la declaración de Monumento Nacional, que hizo que se volviera a conmemorar y celebrar el patronazgo del Santo sobre la ciudad de Ávila.

La construcción del templo se estima que sería entre el 1130 y 1160, al ser coetánea de San Andrés y a la que tradicionalmente se le relaciona. Tiene planta de tres naves y una cabecera tripartita desviada, lo que se en alguna ocasión se ha justificado al relacionarlo con la inclinación de la cabeza de Cristo en la cruz, aunque no parece plausible esta explicación, señalando como causa más probable que se debiera a alguna irregularidad del terreno, a un fallo de los constructores o incluso a la existencia de alguna estructura de un culto anterior. De estilo románico solamente se conserva la cabecera triabsidal, la portada meridional y los muros de carga aunque la cabecera ha sido muy transformada al abrirse comunicación entre las tres capillas a través de arcos.

El templo se alza sobre un zócalo de sillares de granito, sobre las cuales se levantan hiladas de granito ocre de piedra caleña. La cabecera, rematada con canecillos de nacela, no tiene vanos y en su parte norte se han añadido algunas edificaciones posteriores adosadas, mientras que en el interior se cubre con bóveda de cañón y horno. Las naves fueron desmanteladas en 1519 y rehechas por los canteros Lázaro de la Peña y Pedro de Huelmes, mientras que la armadura de madera fue realizada en 1521 por el carpintero Rodrigo de Matienzo.

Mientras que la puerta oeste es del siglo XVII, con un gran arco carpanel y un óculo sobre ella, es de estilo barroco y permanece cegada, la puerta del mediodía, si es de estilo románico, abocinada y de medio punto, está decorada con arquivoltas de rosetas y de baquetón sobre jambas y columnas lisas, grifos, hojas similares a las de San Andrés e incluso un ave con las alas extendidas que decoran los capiteles. Se estima que intervinieron dos talleres escultóricos en la fábrica de San Segundo, uno que trabajaría la cabecera, y otro la portada, hacia el segundo tercio del siglo XII.

Con el devenir de los siglos la iglesia de San Segundo ha sufrido grandes transformaciones, como la construcción de una pequeña sacristía, o los grandes arcos de separación de las naves y que soportan la armadura y cubiertas de madera. Y también, la curiosa construcción adosada a su pared norte, hoy en ruinas y de la cual solo permanecen en pie los muros exteriores, que pertenece a la primera casa que tuvieran los carmelitas calzadas al establecerse en Ávila, allá por el 1600.

Las últimas obras de restauración de la ermita se han centrado en las cubiertas, a cargo de construcción y restauración Stoa. Aquí se puede consultar, además del antes y el después, el proceso de restauración del mismo.

FUENTES

FERRER GARCÍA, Félix A., La Invención de la Iglesia de San Segundo. Cofrades y frailes abulenses en los siglos XVI y XVII, Excma. Diputación Provincial de Ávila. Institución “Gran Duque de Alba”, 2006.

http://www.romanicodigital.com/detalle-Pdf.aspx?archivo=%C3%81VILA&localidad=%C3%81VILA

http://www.avilaturismo.com/es/que-ver/item/41-san-segundo

http://www.arquivoltas.com/24-Avila/02-AvilaSSegundo.htm

https://es.wikipedia.org/wiki/Ermita_de_San_Segundo_del_R%C3%ADo_Adaja