La muralla de Ávila

La muralla de Ávila es el monumento más representativo de la ciudad. De gran singularidad y belleza, cuenta con un perímetro de 2.516 m., 87 torreones — inicialmente 88, pero uno fue derribado para levantar la capilla de San Segundo a fines del siglo XVI— que lo convierte en el recinto urbano amurallado mejor conservado del mundo. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1985, la muralla es la mejor carta de presentación de Ávila, un magnífico telón de fondo visitado por miles de turistas anualmente y representado en cientos de fotografías, lienzos y películas.

Su origen es objeto de gran controversia entre los historiadores, siempre vinculado a un pasado romano del que si bien se puede constatar la ocupación de la ciudad desde el siglo I a.C., no así la existencia de una cerca hispanorromana sobre la cual se levantaría la actual. De hecho, no se han encontrado evidencias de una base romana en ninguno de sus tramos, lo que lleva a creer que de haber existido una muralla en época imperial no sería más que una mera empalizada con una base de piedra en la base. Solamente se han hallado unas superposiciones de sillares en la puerta del Alcázar, donde se fusionan materiales de tradición indígena y romano, y en la puerta de San Vicente, en la cual se han hallado sendos verracos a cada lado de la zona de paso —uno tallado en la roca, el otro desplazado—, siendo un claro ejemplo de sincretismo entre la tradición vettona y la civilización romana, pero no necesariamente asociados a la muralla, sino como hitos en una zona de paso.  Por tanto, se considera que de haber existido una muralla romana no sería de gran envergadura al tratarse de un pequeño asentamiento sin la categoría de urbe, que debía de pagar tributo considerando extranjeros a sus habitantes y, en cualquier caso, no puede concebirse como el origen de la actual defensa.

Tras el declive del imperio romano, la ciudad de Ávila permaneció poblada, convirtiéndose en una capital de relativa importancia en los siglos VI y VII, bajo dominación visigoda. El cómo se defendió la ciudad frente a las constantes amenazas —principalmente los ataques suevos del siglo V— nos induce a pensar en la organización de un sistema defensivo, siendo de esta época las torres cuadrangulares empotradas en los torreones que flanquean las puertas del tramo oriental. En su construcción reutilizan elementos funerarios romanos, al igual que en los lienzos oriental y meridional, donde se observan gran número de sillares reutilizados, apreciados a simple vista al no coincidir tanto en dimensiones como en disposición, e incluso estelas funerarias del antiguo cementerio romano, localizado en las inmediaciones de la zona de la basílica de San Vicente. Pese a ello, otras evidencias arqueológicas refutan esta hipótesis y consideran que estas primitivas torres deberían enmarcarse a comienzos de la Edad Media, hacia el siglo XI o principios del siglo XII.

Al igual que su origen, el trazado de la muralla no está muy claro, generando, también, un interesante debate: no parece asumible que tuviera el enorme perímetro actual, sino que fuese más reducido en un primer momento —se ha estimado un cerramiento por el oeste en la calle Tres Tazas—, de tal manera que la defensa romana fuese absorbida por la medieval. Hasta el momento, las evidencias arqueológicas no permiten asegurar que el trazado actual, correspondiente con la muralla medieval, fuese el trazado inicial de la probable cerca romana y la defensa visigoda.

Imagen de elviajerofeliz.com
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La repoblación de Ávila, encomendada al conde Raimundo de Borgoña en el año 1088 por parte del rey Alfonso VI, hizo que la ciudad se dotara de un recinto amurallado ante la amenaza de ataques musulmanes, la propia inestabilidad de los reinos de Castilla y de León con continuos enfrentamientos armados que alteraban la seguridad de la población.

La construcción de la muralla medieval, con dos lienzos y relleno interior, fue dirigida por dos maestres de geometría – Casandro, romano, y Florín de Pituenga, francés – según la tradición, y terminada en tan sólo nueve años, lo cual parece poco verosímil. El nuevo trazado es datado hacia mediados y finales del siglo XII, realizada en austero estilo cristiano, pese a la numerosa mano de obra musulmana, aunque si podemos apreciar la huella de alarifes mudéjares en detalles decorativos en las partes altas de los lienzos norte y oeste, además de arquillos realizados en ladrillo, encuadrados en un alfiz.

La muralla marcará la jerarquía y las funciones de los distintos espacios de la ciudad. Mientras en los arrabales se desarrollaban las labores artesanales y agrícolas, junto con otras actividades industriales, en el interior se desenvolvían las actividades institucionales y gran parte de la actividad comercial y de servicios. Durante los siglos XII y XIII, la muralla fue testigo de un gran desarrollo urbanístico de la ciudad, en la que se construyeron la Catedral, el Alcázar, el palacio episcopal y la mayor parte de los templos románicos, además de casonas palaciegas, próximas a los paramentos defensivos de la muralla, con materiales precarios como mampostería.

El perfeccionamiento de las técnicas ofensivas en el medievo — técnicas de asalto, lanzamiento de proyectiles, etc.— exigió dotar de nuevos elementos defensivos — foso y contrafoso, puentes levadizos, matacanes, barbacana, antemuralla… — siendo la reforma más notable el cimorro de la catedral, en la segunda mitad del siglo XV, cuando la cabecera se completa con un triple adarve almenado y matacán corrido, que acentúan el carácter defensivo de la fortaleza, junto con el Alcázar, hoy desaparecido.

La gran labor constructiva del siglo XVI, coincidiendo con la época de mayor esplendor político, económico y demográfico de la ciudad, determinó un auge en las actividades constructoras —tanto pública como privada— que llevó al reemplazo de las precarias casonas palaciegas medievales por palacios renacentistas de las grandes familias nobiliarias. A este siglo tan fructífero le siguió un largo periodo de decadencia como fue el siglo XVII y parte del XVIII, limitando las intervenciones constructivas en la muralla a reparaciones de urgencia, y marcado por la ausencia de la nobleza —emigrada a la Corte buscando cargos en la Administración—, al aumento de la presión fiscal y la sucesión de epidemias que llevarán a una paralización de las actividades económicas y a una profunda recesión de la ciudad.

Progresivamente, la muralla va perdiendo su carácter defensivo aunque adquiere cierto protagonismo en conflictos puntuales como la Guerra de la Independencia (1701-1703), en la cual no se interviene directamente en la contienda pero se tapian algunas puertas y se fortalecen sus muros; y la Guerra de la Independencia (1808-1814), a pesar de no impedir la invasión de las tropas napoleónicas al mando del mariscal Lefèvre.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, la muralla comienza a tener una función contemplativa, buscando una recuperación idealizada del monumento, libre de adosamientos excepto de las arquitecturas monumentales, pasando a ser apreciado y admirado como monumento histórico, ganando la batalla a aquellos sectores que la consideraban un freno al desarrollo urbano y abogaban por su derribo tal y como se estaba haciendo en algunas ciudades europeas, gracias al empeño del Ayuntamiento y a su declaración como Monumento Nacional (24 de marzo de 1884).

La muralla de Ávila ha sido el escenario elegido para multitud de películas nacionales e internacionales, siendo Ávila un «destino de película» gracias a la monumentalidad de sus lienzos, contribuyendo a difundir el rico patrimonio histórico de la ciudad. Entre las numerosas producciones que tienen la muralla como telón de fondo, señalamos «Orgullo y Pasión» (1957) con Cary Grant, Frank Sinatra y Sofía Loren; «Campanadas a medianoche» (1965), de Orson Welles; la serie «Teresa de Jesús» (1984), con Concha Velasco en el papel principal; «Los señores del acero» (1985), de Paul Verhoeven; o «La sombra del ciprés es alargada» (1990), adaptación homónima de la obra de Miguel Delibes, ambientada en las calles de Ávila.

El visitante de la ciudad de Ávila puede deleitarse con la belleza de su muralla realizando un recorrido a lo largo de sus más de tres kilómetros de perímetro exterior, en los que puede contemplar, además de su grandeza, multitud de lugares pintorescos de entrañable belleza, como el Jardín de Prisciliano, el lienzo norte o el paseo del Rastro, además de palacios renacentistas, vestigios de otro tiempo, y los templos románicos que rodean la muralla, como si de un cinturón espiritual se tratara.

A través sus nueve puertas, el visitante recorrerá las calles de una ciudad protegida por su muralla, y si decide recorrer su adarve —dividido en dos tramos visitables, 1.700 metros en total—, podrá contemplar, desde una posición privilegiada, entre cumbres y torres, la majestuosidad de una muralla orgullo de los abulenses y que invitamos a imaginar, soñar y descubrir.

Sebastián de Vivanco, el polifonista ignorado

Prácticamente un desconocido para muchos, y eclipsado por la figura de Tomás Luis de Victoria —no solo en el tiempo, al ser contemporáneos, también comparten lugar de origen: Ávila—, Sebastián Vivanco es una de las figuras más importantes de la música española del siglo XVI.

Poco conocemos de la infancia del futuro compositor, salvo que tuvo un hermano, Gabriel, y que cantó en el coro de la catedral, encaminando sus estudios hacia el sacerdocio. Con 25 años, siendo subdiácono, se trasladará a Lérida donde ocupa el cargo de Maestro de Capilla en la catedral, al menos durante poco tiempo, despidiéndole “por ciertas causas justas que no afectan a su honor”. En febrero de 1577, ocupa el maestrazgo en la catedral de Segovia, donde permanecerá durante diez años. En esta etapa fue diácono y ordenado sacerdote en 1581.

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Sebastián Vivanco fue cogiendo prestigio en las diócesis, y el cabildo de la catedral de Sevilla le hizo una oferta que no podía rechazar, y a la ofrecida por la diócesis abulense apenas podía compararse. Sin embargo, la incertidumbre y seguramente las ganas de regresar a su ciudad natal, hizo que Vivanco se trasladara a Ávila y tomara posición de su cargo en marzo de 1588.

A pesar de lo poco que se conoce de esta época, si tenemos una descripción detallada del traslado del patrón san Segundo. Además, parece ser que no tenía en gran estima la figura de Tomás Luis de Victoria, al rechazar unos ejemplares de composiciones del maestro, porque “no son a propósito de esta santa iglesia”.

La etapa salmantina de Sebastián Vivanco comienza el 30 de septiembre de 1602, consiguiendo allí sus mayores hitos como músico. Salamanca tenía el aliciente de la universidad, la cual le permitía compaginar sus puestos musicales con los de la catedral. Y será en la diócesis charra donde permanecerá durante el resto de su vida compaginando los puestos de catedrático de música y maestro de capilla. De hecho, no hubiera conseguido estos puestos si no hubiera tenido una graduación académica -de récord- en la Universidad de Ávila, en Santo Tomás, donde obtuvo, tras superar los exámenes pero sin cursar los cursos, el grado de bachiller, licenciado y maestro que le permitieron cobrar el sueldo completo de su cátedra de música, regularizando de esta manera en pocos meses su situación académica.

La obra de Sebastián Vivanco es la más prolífica de todos los maestros salmantinos anteriores al siglo XVIII, encontrándose la mayoría de ellos en tres cantorales polifónicos publicados entre 1607 y 1610: Liber magnificarum, Libro de misas, Libro de motetes, himnos… etc.

El compositor fallece el 25 de octubre de 1622 en Salamanca, enterrado por orden del cabildo en la propia catedral salmantina, un honor y privilegio dado a quien fue y es uno de los más importantes compositores polifonistas de nuestra historia.

Bibliografía

http://www.tomasluisvictoria.es/node/155

http://www.tomasluisvictoria.es/node/1221

https://es.wikipedia.org/wiki/Sebasti%C3%A1n_de_Vivanco

http://musicaesferas-izarraketailargia.blogspot.com/2011/03/sebastian-de-vivanco-el-gran.html

http://www.musicaantigua.com/el-gran-polifonista-olvidado/

José Antonio Vaca de Osma y Esteban de la Reguera

José Antonio nació en Madrid en 1921. Se licenció en Derecho y Diplomático. Fue militante de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, llegando a ser jefe provincial en Ávila, donde desempeñó el cargo de gobernador civil (1957-1966). Fue el impulsor de la expansión y modernización de la ciudad de Ávila, comenzando con la urbanización de la Plaza de Santa Ana y continuando con las avenidas de José Antonio (Paseo de la Estación) y 18 de Julio (Hornos Caleros). Además, procuró viviendas de protección oficial, dignas y asequibles a familias, estableciendo conciertos ventajosos entre los inquilinos y el Ministerio de la Vivienda y de Fomento, a través de la Obra Sindical del Hogar y del Patronato Francisco Franco.

Estuvo casado con Zenaida María Zunzunegui, con la que tuvo dos hijos, José Antonio y Ana Isabel, y casado en segundas nupcias con Begoña González de Careaga y Fontecha.

En su carrera diplomática, fue embajador de España, Ministro Plenipotenciario de Primera Clase, miembro de número de los Institutos de Estudios Políticos y de Cooperación Iberoamericana, Secretario General de la Comisión Nacional de la UNESCO, representante español en el Consejo de Cooperación Cultural del Consejo de Europa, y Secretario General del Consejo Superior de Asuntos Exteriores, desempeñando importantes puestos diplomáticos y muchas actividades culturales nacionales a internacionales.

Desde el ámbito de la cultura, fue miembro de la sección historia de la Institución Gran Duque de Alba y académico de la Real Academia de la Historia (1959) y de la Jurisprudencia y Legislación; autor de numerosos estudios y libros de historia y divulgación histórica. En 1993 recibió el premio «Sánchez-Albornoz» por su trayectoria, resaltando que el propio José Antonio se confesaba como amigo y aprendiz de don Claudio, al que por el contrario se refería a él como de dudosa humildad y de vanidad sin medida. Además, fue Caballero de las Órdenes de Isabel la Católica, de la Legión de Honor francesa y de la Orden de Carlos III. Comendador de la Orden de Alfonso X el Sabio; de la Orden de Cisneros; de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas; de la Corona de Bélgica, del Mérito de la República italiana, Gran Cruz del Mérito Civil y Medalla de Oro de Ávila, por destacar algunas de sus condecoraciones y distinciones nacionales y extranjeras, civiles y militares.

José Antonio Vaca de Osma falleció el 20 de agosto de 2012, en Madrid, y fue enterrado al día siguiente en el Cementerio municipal de Ávila, en el panteón familiar que mandó construir, al quedar muy ligado e influenciado por la ciudad donde fue gobernador civil, nombrado hijo adoptivo en decenas de localidades de la provincia de Ávila.

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Fuentes

https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Antonio_Vaca_de_Osma

http://www.fnff.es/Jose_Antonio_Vaca_de_Osma_y_Esteban_de_la_Reguera_Abogado_Diplomatico_e_Historiador_2299_c.htm

http://www.lecturalia.com/autor/1451/jose-antonio-vaca-de-osma

http://www.hislibris.com/patriotas-que-hicieron-espana-jose-antonio-vaca-de-osma/

http://www.diariodeavila.es/noticia/ZEA7B32A7-D5E1-08AE-7761A0BFBCBCB74C/20120902/jose/antonio/vaca/osma/10/a%C3%B1os/progreso/avila

http://www.diariodeavila.es/noticia/ZD5CF8E10-9D78-DCFA-EB0734E13A0A16D2/20120821/fallece/jose/antonio/vaca/osma/91/a

Los salvajes Gog y Magog

«Cuando se cumplan los mil años, Satanás será soltado de su prisión y saldrá para engañar a las naciones que están sobre los cuatro puntos cardinales de la tierra, a Gog y a Magog, a fin de congregarlos para la batalla. El número de ellos es como la arena del mar»

Apocalipsis 20: 7-8.

En el libro de Ezequiel, en la Biblia, aparece la referencia a Gog y Magog. El segundo como un país y el primero como su gobernante, posiblemente como un conjunto de naciones al norte de Israel y que son el preludio de una invasión catastrófica. Por el contrario, en el Apocalipsis del Nuevo Testamento se alude a Gog y Magog como naciones “sobre los cuatro puntos cardinales de la tierra”, engañadas por Satanás y que participarán en la batalla final.

Gog y Magog, además de aparecer tanto en textos bíblicos y en el Corán, han pervivido en el imaginario cristiano medieval con un papel predominante en el Apocalipsis. Cuando el cristianismo se consolidó como religión oficial del imperio romano, llevó a su identificación con el enemigo invasor: los bárbaros fuera de las fronteras del imperio.

En la portada occidental de la catedral de Ávila aparecen representados, sobre las jambas, dos salvajes realizados en granito, de gran tosquedad pero con vigor muscular, rasgos fieros y deformes, y una vestimenta de hojas de árboles, con escudos en la mano izquierda (uno circular, otro ovalado) y una maza en la mano derecha, dándoles un aire perverso, incluso maligno. La representación de éstos salvajes supone «un hecho único, insólito y extraño», según Vicente Aparicio. En cuanto a la autoría de sendos bárbaros, hay todavía quien se le atribuye a Juan Guas, el encargado de trasladar la portada de los Apóstoles a la puerta norte, pero su tosquedad hace difícil hacerlos corresponder con la obra cuidada y detallista del maestro y escultor francés. Por tanto, su autoría resulta, a día de hoy, desconocida, aunque su colocación si sabemos que sucedió a finales del siglo XV o a comienzos del XVI.

Los dos “bárbaros” recibieron el nombre de Gog y Magog por Juan Grande Martín, director del Diario de Ávila y académico de la Real Academia de la Historia en su libro “Ávila, emoción de la ciudad” (1972). Los salvajes, de aspecto fiero, según Aparicio «realizan la función de guardar, proteger y custodiar el templo, lugar sagrado», aunque si bien considera que representan, simbólicamente, «una invitación a todos sus visitantes a desprenderse de la “corteza natural”, de la bestialidad, del instinto de destrucción; a dejar las actitudes de engaño, de brusquedad, de peleas y rapiña, cambiándolas por actitudes de respeto, tolerancia y cuidado antes de traspasar el umbral del templo», consideramos que la representación tan inusual de dos salvajes en la puerta occidental vendría a relacionarse con la corriente cristiana de identificación con el enemigo (bárbaros), y con la representación del tema del Apocalipsis en dicha portada, pues si originalmente la portada de Los Apóstoles —trasladada por Juan Guas en 1475 a la portada norte— trataba el tema del Juicio Final, se mantendría, de manera simbólica y original, el tema del Apocalipsis con dos salvajes quien podían ser, efectivamente, una representación de Gog y Magog.

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FUENTES

DE LA HERAS HERNÁNDEZ, Félix. La catedral de Ávila. Ávila, Gráficas Martín, 1981. 2ª ed.

GONZÁLEZ, Nicolás; SOBRINO, Tomás. La catedral de Ávila. León, Everest S.A., 1981.

VV.AA. Catedrales de Castilla y León. Madrid, El Mundo, 2005.

http://catedralavila.es/la-catedral/puerta-occidental/

https://viajarconelarte.blogspot.com.es/2014/03/la-catedral-de-avila.html

http://www.diariodeavila.es/noticia.cfm/Local/20100425/gog/magog/custodios/templo/30C87074-CFB1-9B39-174073822C36AE3F

Las vidrieras de la Catedral de Ávila

Las primeras vidrieras colocadas fueron en la Girola, hacia 1495. Algunas son obra de Juan de Valdivieso y Arnao de Flandes, vecinos de Burgos, quienes terminaron de colocarlas en el verano de 1525; posteriormente, también intervino Diego de Santillana en las vidrieras de la parte superior del crucero. La vidriera gótica más impresionante es la conservada en la capilla de la Nuestra Señora de Gracia, la central de la girola, y que representa a la Virgen con el Niño, en rojo y azul, con corona real y nimbo.

Al terminar las vidrieras de la catedral, Juan de Valdivieso continuó con las de la parte superior del brazo izquierdo de la cruz, en lo que hoy es la capilla de Nuestra Señora de la Caridad, ayudado de Arnao de Flandes primero, y Diego de Santillana después. Realizaron todo el crucero, incluidas las imágenes de las vírgenes: Santa Inés, Santa Águeda, Santa Marta y Santa Catalina en el hastial norte, de cuerpo entero, y Santa Bárbara y Santa Lucía de medio cuerpo, mientras que los escudos corresponden al obispo Carrillo (1499-1514) y al cabildo.  Continuaron con la vidriera del hastial sur. Las vidrieras situadas sobre el ingreso de la girola, con santos y profetas a ambos lados de la vidriera central, con San Pedro y San Pablo representados —la última con el escudo de cinco torres del obispo Francisco Ruiz, fallecido en 1537—, son renacentistas y atribuidas a Alberto de Holanda. A éste le sucede su hijo Nicolás de Holanda, que realiza la vidriera de la capilla mayor con los Apóstoles situados en el friso inferior de la misma capilla, en las paredes laterales del presbiterio.

En 1549 interviene Hernando de Labia, que continúa trabajando en la capilla mayor y posiblemente realizara las figuras del beato Orozco, San Pedro de Alcántara y Santa Micaela. Hacia 1592 continúa la labor José de Labia, quien realiza las vidrieras del muro derecho de la capilla mayor, en la que aparecen los santos canonizados en esos años: San Pedro*, mártir del Japón, la Anunciación y San Miguel. Le sucede Felipe Angulo en 1660, y en 1759 aparece el nombre de Juan García de la Peña como vidriero de la catedral.

De las intervenciones más recientes, se incorporan en 1929 las últimas vidrieras centrales del friso inferior de la capilla mayor, que representan a Santa Teresa y San Juan de la Cruz, realizada por Maumejean de Madrid. Dicho vidriero también realizaría otras vidrieras como la de San Celedonio, San Eugenio y San Ildefonso.

Con el terremoto de Lisboa de 1755, las vidrieras sufrieron desperfectos pero no así daños de gran consideración, como se ha creído, o incluso la creencia que los ventanales de la nave central fueron destruidos con el seísmo. Estos ventanales nunca tuvieron vidrieras ni estuvieron abiertos. La apertura de algunos de estos vanos se realizó hacia 1950 cuando la Dirección General de Monumentos se interesó por la catedral de Ávila, y en 1964 Gratiniano Nieto, director general de Bellas Artes, ordenó la apertura del resto de vanos, demoliendo los materiales que cegaban por el exterior los huecos y ocupaban una altura que cubría parte de los arbotantes de sostén de la nave central, aprovechando la ocasión para electrificar el cimbalillo. La obra de apertura de los ventanales quedó terminada en octubre de 1965, y las vidrieras de color, sin decoración artística, en septiembre del año siguiente.

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La última restauración de las vidrieras de la catedral de Ávila se produjo en 2014 con motivo del V Centenario de Santa Teresa de Jesús con fondos de la Junta de Castilla y León para contribuir a la puesta en valor del patrimonio cultural de la Comunidad.

Fuentes

DE LAS HERAS HERNÁNDEZ, Félix. La catedral de Ávila. Ávila, Gráficas Martín, 1981. 2ª ed.

GONZÁLEZ, Nicolás; SOBRINO, Tomás. La catedral de Ávila. León, Everest S.A., 1981.

VV.AA. Catedrales de Castilla y León. Madrid, El Mundo, 2005.

http://catedralavila.vocces.com/catedral-de-avila-pagina-oficial/las-vidrieras/

https://viajarconelarte.blogspot.com.es/2014/03/la-catedral-de-avila.html

*  El San Pedro mártir del Japón pudiera ser San Pedro Bautista, protomártir, patrono de San Esteban del Valle, donde se celebra el Vítor de su honor.

El coro y trascoro de la catedral de Ávila

Coro

La catedral de Ávila, a pesar de contar con un coro realizado en 1407 en madera de nogal ubicado en el actual presbiterio, la costumbre de la época de situar los coros en el centro de la catedral hizo que se sustituyera por uno nuevo. El nuevo coro fue encargado al maestro Cornelio de Holanda en 1535, de madera de nogal a imitación a la sillería de San Benito de Valladolid. Las obras comenzaron en 1539 y se prolongaron hasta 1547, más de una década para terminar una minuciosa obra compuesta por 43 asientos en la sillería alta, y 39 en la baja.

En su realización no solo participó Cornelio de Holanda, también Juan Rodríguez y Lucas Giraldo, discípulos de Vasco de la Zarza, y tras la muerte de Juan (1544), Isidro de Villoldo, quien realizó el revestimiento de los pilares y los remates de mayor calidad de los relieves. En la parte baja de la sillería aparecen unos cuadros enmarcados por columnas —escenas de la vida de varios Santos y una cornisa con filigranas ornamentales—, y en la alta tiene un paño central corrido, dividido en tres cuerpos: un friso con espacios separados por columnas talladas con grutescos y ornamentos; una zona más amplia enmarcada por columnas y paños con figuras de santos y personajes del Antiguo Testamento, de cuerpo entero; y otro friso inferior de las mismas características. Destaca la silla del obispo, con la imagen de San Segundo y el escudo del cabildo representado.

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Foto: Lawrence OP

Trascoro

Situado en la parte posterior del coro, en medio de la nave central, de gran calidad artística. Es una renacentista, realizado en piedra caliza entre 1531 y 1536 por Lucas Giraldo y Juan Rodríguez, discípulos del escultor Vasco de la Zarza. El conjunto representa escenas en altorrelieve con detalle de la infancia de Jesús según el evangelio de San Lucas. Compuesto de un zócalo, un segundo cuerpo de tres amplios paneles de la Presentación de Jesús en el templo, la Adoración de los Reyes Magos o Epifanía y el Martirio de los Inocentes. En los espacios enmarcados por las pilastras y en la parte baja, aparecen otros relieves más pequeños que representan la escena de Jesús entre los doctores en Egipto, y en la parte superior, en los tondos, el Abrazo de San Joaquín y Santa Ana y la Visita de la Virgen a Santa Isabel.

En los extremos de la obra presentan un frontis con hornacinas en las que se representan las figuras de San Pedro y San Pablo a la derecha, y las de San Juan Evangelista y San Juan Bautista a la izquierda. El tercer cuerpo es un friso corrido con catorce figuras de ancianos y profetas sentados entre balaustres, identificados mediante filacterias con sus nombres; y la obra se remata con una crestería donde resalta la figura del Padre Eterno bendiciendo, con multitud de grutescos a ambos lados.

El funcionó como altar o capilla de los Reyes, siendo enterrado allí el canónigo Blas Sarafa. La reja fue colocada en 1711 y todavía hoy se conserva. El Cirsto que aparece sobre el arco del trascoro es obra de Vasco de la Zarza, realizado para la Capilla del Cardenal y ubicado en este emplazamiento en 1710.

La magnífica obra renacentista plateresca, denominada “Biblia de piedra”, fue restaurada en 2011, pues tras sufrir severas intervenciones en el siglo XVIII se procedió a eliminar añadiduras (principalmente escayola), óleos, daños y mutilaciones, devolviendo al trascoro el esplendor del siglo XVI.

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Foto: santiago lopez-pastor

Fuentes

DE LA HERAS HERNÁNDEZ, Félix. La catedral de Ávila. Ávila, Gráficas Martín, 1981. 2ª ed.

GONZÁLEZ, Nicolás; SOBRINO, Tomás. La catedral de Ávila. León, Everest S.A., 1981.

VV.AA. Catedrales de Castilla y León. Madrid, El Mundo, 2005.

http://www.elnortedecastilla.es/v/20110526/avila/trascoro-catedral-avila-recupera-20110526.html

http://catedralavila.vocces.com/catedral-de-avila-pagina-oficial/el-coro-y-el-trascoro/

https://viajarconelarte.blogspot.com.es/2014/03/la-catedral-de-avila.html

Ávila, tierra de santos y cantos (entre otras cosas)

Tradicionalmente se ha dicho que Ávila es tierra de cantos y de santos. Razón no le falta, pero Ávila es mucho más. Es tierra de sabor, de chuletones, de pinchos, de frío, de pimentón, de patatas revolconas, de yemas, de policías y de buena gente. Abreviando, tierra de abulenses y/o avileses, que no avileños, por si a alguien no le ha quedado claro.

Que sea tierra de cantos es sencillo de adivinar, pues en toda su extensión se asienta y se construye sobre granito: piedra dura, austera e inquebrantable, como  el corazón de sus gentes y el temple de la guerra. Con cantos hemos levantado una ciudad a nuestra medida, protegida por una fuerte muralla, construido la catedral, palacios, iglesias y conventos, aparcamientos, puentes, casas solariegas, obras faraónicas y adoquines que dan un toque vintage a la ciudad.

Y también de santos, muchos e importantes, canonizados y doctores por la Santa Iglesia católica. Esto hay que matizarlo y situarlo en su contexto, pues hace siglos, entre el frío y los cantos que nos rodean, sin televisión ni redes sociales con las que entretenerse, las maneras de pasar el rato eran pocas y fundamentalmente dos: orar o luchar. Los que no jugaban con espadas encontraban su sino en la espiritualidad y el misticismo, retirándose a hablar con Dios entre el frío de sus muros de piedra.

Desde el comienzo de los tiempos hemos sentido predilección por los Santos, simplificados muchas veces en San, como por ejemplo nuestro patrón, San Segundo, o los hermanos Vicente, Sabina y Cristeta, santos mártires cuyo cenotafio reposa en una composición de cantos tallados que dan forma a una de las joyas del románico como es la basílica de San Vicente.

Pero además, hay multitud de Santos que titulan pueblos o que son pueblos que dan nombres a otros, como por ejemplo Arenas de San Pedro, San Juan de la Nava, San Juan del Molinillo, Santa Cruz del Valle y muchos más. Para todos aquellos buenos abulenses que pudieran sentirse ofendidos al no nombrar su santo pueblo, he rezado dos padres nuestros para expiar mi pecado. Y si nos centramos en la ciudad, los distintos distritos o barrios que conforman el entramado urbano reciben también el nombre de Santos, correspondido con las parroquias: San Nicolás, Santiago, Santo Tomás, San Juan, San Pedro, San Andrés, San Esteban, San Antonio… Aquí tampoco se sientan ofendidos los del barrio de las Vacas, pues ellos tienen a su Virgen, ¡vivan los mozos!

Con tanto santo viviendo en simbiosis permanente con la ciudad, la confluencia de Santos, espiritualidad, oraciones, ruegos y preguntas, hizo que fuera a nacer en Ávila – no podía suceder en mejor lugar ni en otro sitio – nuestra Santa más internacional, Teresa de Cepeda y Ahumada, hace cinco centenares de años. Conocida internacionalmente como Santa Teresa de Ávila por nosotros y Santa Teresa de Jesús por el resto del mundo, es un personaje fundamental en nuestra historia para entender el misticismo, la reforma del carmelo calzado y el merchandising de la ciudad, además de situar nuestra ciudad en los mapas terrenales y ensalzarse como gran maestra de la vida espiritual en la historia de la Iglesia. Mujer avanzada a su tiempo, fue una prolífera escritora espiritual, emprendedora incansable con diecisiete fundaciones de pequeñas empresas a lo largo de la geografía peninsular y creadora de las patatas fritas. Ni más ni menos. Tuvo como ayudante, confesor y doctor de la iglesia a otro santo abulense, el medio fraile, tan pequeño como astuto, patrono de los poetas y místico renacentista, San Juan de la Cruz, o Juan de Yepes para los amigos.

Otros que no son santos, pero casi y que son más desconocidos para los abulenses pero no por ello menos importantes, son el beato Alonso de Orozco, el obispo Santos Moro (al menos, de nombre) y las venerables María Díaz y María Vela. Por último, señalar la curiosa leyenda de San Pedro del Barco, santo de nuestra tierra que causó conflicto entre Piedrahita y Barco sobre dónde reposarían sus venerables restos, acordando que una mula los llevará sobre sus lomos y allí donde se parara, allí sería enterrado. Cuál fue su sorpresa que la mula siguió sin rumbo fijo pasando pueblos y pueblos hasta llegar a la capital de cantos y santos para caer desplomada en la basílica de San Vicente, donde murió exhausta tras la larga travesía y la responsabilidad moral de cargar un santo a sus espaldas.

Como habéis podido comprobar, en Ávila nos sobran cantos y coleccionamos santos. Canto arriba, santo abajo, Ávila es una amalgama de granito y misticismo que ha resistido el paso de los siglos haciendo frente al frío, a la despoblación y al turismo, con Santa Teresa a la cabeza – tan importante como para dedicar dos estatuas a su figura en una misma plaza –proyectando la imagen de una ciudad orgullosa de sus cantos y de sus santos, entre otras cosas.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

Pedro de La Gasca, hombre de letras (I)

Nació en el lugar de Navarregadilla, perteneciente a Santa María de los Caballeros (Ávila), hacia 1493, siendo bautizado en la iglesia parroquial de Barco de Ávila a los nueve días de su nacimiento. Sus padres pertenecían a una familia de hidalgos acomodados próxima al cardenal Cisneros. Su padre, Juan Jiménez de Ávila García, era descendiente de los Cimbrones y García extremeños, primo del Cardenal Cisneros y Señor de Navarregadilla; y su madre María González Dávila Gasca, bisnieta del caballero castellano Gil González Dávila, Señor de Puente del Congosto (Salamanca).

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Boceto y retrato de Pedro La Gasca. Valentín Carderera (1847)

Los primeros años de su vida los pasa en Barco de Ávila, pero debido a las circunstancias familiares (enfermedad de su padre), Pedro es llevado a vivir a Puente del Congosto con su abuelo materno, Pedro García Gasca, señor de la villa. No habiendo en la villa “dómine” que se encargara de su enseñanza, a los diez años vuelve a El Barco de Ávila, donde estudió Humanidades con el Bachiller Minaya, en compañía de sus hermanos: Juan, Francisco y Diego. Durante varios años se formó con el Bachiller, el cual, complacido de la inteligencia de su discípulo, aconsejó a sus padres que le llevaran a Salamanca a continuar sus estudios de la carrera eclesiástica, a la cual se veía llamado.

Poco tiempo estaría el joven estudiante en Salamanca, pues al ir su padre a consultar a un médico la dolencia crónica que padecía, su mal se agravó y hubo de ser trasladado en una silla de manos de Salamanca a Navarregadilla, donde murió poco después (1513). Diego González Dávila, hermano de su padre, fue a Barco a consolar a su cuñada y a poner en orden los asuntos familiares, y contentado de la inteligencia de sus sobrinos Pedro y Diego, los llevó consigo a la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares, donde Pedro estudió durante once años, manifestándose como un alumno sagaz, intrépido, enérgico y fidelísimo al Rey, como demostró luchando en el bando realista en la guerra de las Comunidades. Tras realizar excelentes exámenes, fue el segundo alumno que se graduó  con el título de Maestro en Artes y el primero en conseguir el título de Maestro en Teología, con aplauso unánime de profesores y alumnos.

Desde que se graduó en Alcalá, Pedro de La Gasca firmó siempre como el «Licenciado La Gasca», sin adoptar nunca los apellidos que le correspondían, Jiménez de Ávila y García y González Dávila, al igual que sus hermanos. Quizá adoptara este apellido al elegir los apellidos que más le gustaban, como era costumbre, por afinidad a la familia materna o considerarlo de mayor abolengo que el Ximénez de Ávila.

Posteriormente pasa a estudiar en Salamanca Derecho Civil y Eclesiástico, pese a su frustrada idea de realizarlo en Italia (invadida por Francisco I) dio probadas muestras de su prudencia, sagacidad, tacto y energía que le granjearon la admiración de todos. Por su valía es nombrado Rector de la Universidad de Salamanca (en el curso de 1528-1529), y Vice-escolástico, cargos que simultaneaba con el de Subcolector Apostólico, elegido por el Nuncio Pogio. El acierto con el que desempeñó su cargo en la Universidad se plasmó en los Estatutos que él mismo realizó y que se mantuvieron durante muchos años. Fue elegido Rector del Colegio de San Bartolomé en dos ocasiones, donde se licenció en Cánones (1531).

Acabados sus estudios, fue ordenado sacerdote comenzando su carrera eclesiástica en la propia Salamanca, pero la influencia del cardenal Juan Pardo de Tavera le lleva a ser nombrado Juez Metropolitano en la Catedral de Toledo y Vicario en Alcalá de Henares (1537). Sería en el propio Toledo donde conoce personalmente a Carlos V, el cual le favorece y autoriza para que se haga cargo de un difícil proceso de sacrilegio en Valencia que el Consejo de la Inquisición que no acertaba a resolver, nombrándole Oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición, teniendo que abandonar el resto de sus cargos. Tras más de dieciocho meses de laboriosa investigación, entregó todo el proceso minuciosamente ordenado y resuelto a justicia, lo que le valió la admiración de los varones del Consejo de la Inquisición, e incluso la del propio emperador Carlos, quien le llamó a su cámara para oírle personalmente todo lo referente al caso.

Su primer cargo político fue el de Visitador de los Tribunales, Justicia y Hacienda de todo el Reino  de Valencia en 1541, a petición de las Cortes de Monzón, un cargo reservado a los allí nacidos. Durante estos años (1542-1545), Pedro de La Gasca se dedicó a comprobar la labor de los funcionarios, la recaudación de impuestos y el respeto a los poderes reales, así como aplicar los juicios de residencia a los ministros de justicia y ocuparse del adoctrinamiento de los moros, adquiriendo durante su desempeño un notable conocimiento de las funciones gubernativas.

A pesar de ser un hombre de letras, las circunstancias hicieron que La Gasca mostrara que debajo de su hábito sacerdotal había también un valiente guerrero, heredero de los antepasados de su familia. En 1543 se tuvo constancia, de manera secreta, que el corsario otomano Barbarroja y los franceses planeaban desembarcar y saquear las costas valencianas y la islas baleares. El pánico cundió entre los caballeros que intentaban organizar la defensa, con Fernando de Aragón (viudo de Germana de Foix), duque de Calabria y Virrey de Valencia, a la cabeza, pero aparece en escena Pedro La Gasca, echándoles en cara su cobardía y mostrando que era posible una defensa fortificando las playas e islas con los medios de los que disponían. El plan se traza según las exigencias de La Gasca y los intentos de Barbarroja de desembarcar son duramente rechazados por las defensas realizadas, obligando a los berberiscos a desistir de sus intentos de asaltar las costas levantinas.

Pedro de La Gasca es aclamado como un hombre providencial, volviendo a Castilla en 1545.

Las noticias de revueltas sucedidas en Perú, con la rebelión de Gonzalo Pizarro, sublevado contra las Leyes Nuevas y el gobierno del virrey Blasco Núñez Vela, muerto en la batalla de Añaquito, hizo que se reuniera en el verano de 1945 el Consejo de Indias con el príncipe Felipe (el Emperador se encontraba en Alemania) para adoptar una solución al conflicto. Entre los miembros del Consejo estaban los cardenales Tavera y Laoisa, el obispo de Sigüenza (Consejo Real de Castilla), el presidente de la Chancillería y varios nobles, debatiéndose entre dos posturas: la de enviar a un ejército para reducir la rebelión por la fuerza, y poner a un militar con experiencia al mando; y la de enviar a un hombre de letras, negociador, que consiguiera la obediencia por la vía de la persuasión y los halagos. Se optó por la segunda opción, y parece ser que fue el propio Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, quien propuso el nombre de Pedro La Gasca como la persona más capacitada para encomendarle la difícil tarea, diciéndole al príncipe Felipe: “Señor, Gasca tiene aún más carácter y energía que yo”.

Tras mandar un emisario al Emperador para darle cuenta de lo sucedido y acordado por el Consejo de Indias, Carlos V, orgulloso con el desempeño de La Gasca en los asuntos encomendados anteriormente, no solo aprueba su nombramiento, sino que escribió de su puño y letra una carta (fechada el 17 de septiembre de 1545) manifestándole su complacencia por su nombramiento como Presidente de la Audiencia del Perú, estableciendo que abandonase todos sus cargos  y realizase su salida hacia el Perú lo más pronto posible.

 

La iglesia de San Andrés

La iglesia de San Andrés está situada extramuros de la ciudad de Ávila, a pocos metros de la basílica de San Vicente, en el barrio de los canteros. Fue construida en el segundo cuarto del siglo XII, entre el 1130 y 1160, pese a que para algunos autores la consideran la más antigua y levantada hacia el 1100, mientras que para otros es posterior al arranque de las obras en San Vicente y San Pedro. Al igual que otros templos abulenses, la primera referencia documental la encontramos en la carta del cardenal Gil Torres en 1250. Sus reducidas dimensiones (29,75 m. de longitud interior, 15,65 m. de anchura y 11,45 m. de altura máxima en la nave central) hacen que se erigiera en pocos años, lo que se manifiesta al observar una gran unidad en el estilo constructivo, de románico pleno. Durante el devenir de los siglos se ha ido transformando tanto el interior como el exterior (sacristía, espadaña, armadura…), siendo intervenida en varias ocasiones (años 30 y 60 del siglo XX principalmente), con distinta fortuna.

 

El templo tiene una sencilla planta de tres naves, con triple cabecera, sin crucero, con una capilla mayor con arquerías murales ciegas con decoración y formas de clara influencia del norte peninsular (en concreto, del segundo maestro de San Isidoro de León). La capilla absidal de la Epístola cuenta con un arco polilobulado, de clara influencia islámica, al igual que algunos capiteles e impostas, o la propia cubierta de madera, solución utilizada habitualmente en el ámbito islámico. Las actuales cubiertas fueron reemplazadas ene l siglo XV. La torre, de sección cuadrada, tiene tres cuerpos, cada uno en progresión más pequeña, el primero de granito y el resto de arenisca, siendo el campanario una reforma de los años 60.

La fábrica está constituida por aparejo cuasi isódomo, de granito ocre y ripio, alzado sobre un zócalo de grandes sillares de granito de sobre un metro de altitud, al igual que otros templos románicos abulenses. Las portadas se sitúan a mediodía y poniente, mientras que en el muro norte permanece cegada una puerta gótica que daba paso a la sacristía, hoy desaparecida. En el caso de la portada oeste, se sitúa entre la torre y dos machones de sillares de granito, bajo una pequeña ventana, y protegido por un pequeño tejaroz que sobresale un pie. La portada, en arco de medio punto, está rodeado de una imposta ajedrezada con cuatro arquivoltas decrecientes, que descansan sobre columnas cortadas, y sus capiteles se decoran con hojas y animales fantásticos: grifo, paloma y arpía, muy deteriorados. La decoración se completa con un baquetón y una roseta de ocho puntas inscritas en un círculo en cada una de sus dovelas.

En la portada sur, donde inicialmente existieron dos portadas, las columnas y capiteles se conservan en mejor estado, distinguiéndose dos leones agachados, pero el arco externo está constituido por piezas lisas. Una espadaña clásica en ladrillo, que recuerda a la de Santa María de la Cabeza, corona la portada, mientras que en la portada norte continúa desnuda, con un diminuto vano.

De la cabecera se deduce que no tuvo un plan definido de construcción, dando como resultado distintos tipos de ábsides. Mientras que el central es muy profundo —y con arquerías murales—, los dos laterales son meras hornacinas, principalmente el de la Epístola, con el arco polilobulado relacionado con San Isidoro de León. En el exterior tiene una arquería ciega, con dos arcos sobre columnas, con capiteles historiados en un estado de conservación bastante pésimo. Bajo las ventanas y arquerías existe una cornisa de tres baquetas, sobre la cual se sitúa una imposta ajedreada.

En el interior, la capilla mayor continúa la misma estructura que el exterior, repitiendo los vanos ciegos y arquerías, pero con unos capiteles historiados, de gran calidad y con un gran repertorio de motivos diferentes. Las bóvedas de cañón y horno se abren tras un arco triunfal y un arco fajón sobre columnas ménsulas. El ábside lateral izquierdo tiene u altar barroco; y el lateral derecho el ya citado con el arco con cinco lóbulos sobre capiteles sin columna. En el resto del templo, arcos doblados apoyados en pilares cruciformes separan las naves.

A partir del siglo XX se acometieron varias restauraciones, excesivas en su mayoría de la mano de Arenillas Álvarez, que afectaron y transformaron los muros y portadas, así como la torre, superponiéndole un vasto campanario. Tras la última restauración, acometida entre 2008 y 2010 por la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, se han solventado problemas estructurales y humedades, devolviendo parte del esplendor inicial del templo.

El 23 de junio de 1923 es declarado Monumento Nacional.

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Fuentes

Enciclopedia del románico pgs. 173-180

https://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_de_San_Andr%C3%A9s_(%C3%81vila)

http://www.arteguias.com/iglesia/sanandresavila.htm

http://www.arquivoltas.com/24-Avila/02-AvilaSAndres.htm

http://www.fundacionpatrimoniocyl.es/textos01.asp?id=517&bmbi=BI

http://www.avilaturismo.com/es/galeria/item/36-iglesia-de-san-andr%C3%A9s

El rey pasmado

La película «El rey pasmado» (Imanol Uribe, 1991), ganadora de ocho Goyas, incluyendo mejor película y mejor director, está basada en el libro «Crónica del rey pasmado» de Gonzalo Torrente Ballester. Ambientada en la corte del rey Felipe IV, donde un increíble Gabino Diego encarna al rey español que, tras irse de picos pardos con el conde de la Peña Andrada (Eusebio Poncela), queda «pasmado» tras contemplar el cuerpo desnudo y con medias rojas de la mejor prostituta de la villa. Entonces el rey quiere ver desnuda a su mujer, la reina Isabel de Borbón (Anne Roussel), tejiéndose una trama en tono parodesco que refleja, hasta límites absurdos, las preocupaciones, miedos, tópicos y costumbres de la Corte española del siglo XVII. Destacan en el reparto el conde-duque de Olivares (Javier Guruchaga), el fraile Villaescusa (Juan Diego) y el Gran Inquisidor (Fernando Fernán Gómez).

La película, además de ser una buena adaptación cinematográfica y tener una magnífica ambientación histórica y artística, se rodó en varias localizaciones como el palacio renacentista del Marqués de Santa Cruz en Viso del Marqués (Ciudad Real), hoy Archivo de la Armada y cerrado si nadie lo remedia, el Alcázar y Museo de Santa Cruz de Toledo, la Sala de Batallas de El Escorial, el castillo de Guimaraes (Portugal), las calles de Salamanca pero también el Real Monasterio de Santo Tomás de Ávila, mostrándose en varios planos el claustro de los Reyes, el Lavado de las Abluciones y el claustro del Silencio, así como el Aula Magna de la Universidad, antes de su restauración.