La torre de Eiffel

Si nos acercamos a la localidad de las Navas del Marqués, quizá sorprenda encontrarse, en la urbanización de Ciudad Ducal, con una atalaya de hierro fundido con una doble funcionalidad: mirador de un maravilloso paisaje, y como torre de vigilancia de incendios. Pero lo que más sorprende descubrir es que tal monumento es una construcción diseñada en el estudio del renombrado arquitecto francés Gustave Eiffel en 1873, logrando un extraordinario sincretismo entre lo lujoso y lo práctico.

El mercado medieval

Una de las tradiciones más arraigadas de los abulenses es el Mercado Medieval. Durante un fin de semana de septiembre, cuando el verano y las fiestas de las pueblos tocan a su fin, evocamos a nuestros antepasados celebrando unas jornadas lúdico-festivas que si bien no tienen ningún parecido con la realidad de lo que fue el medievo, el objetivo es hacer de nuestras calles el orgullo que no sentimos durante el resto del año. Para ello hemos creado un modelo de jornadas-mercado-circo-carnaval que hemos exportado a cualquier villa, ciudad y pueblo de Castilla y parte del extranjero. No por algo llevamos dos décadas haciendo lo mismo.

El abulense no se disfraza de medieval, se viste, y cualquiera que insinúe lo contrario conllevara batirse en duelo para defender su honor a capa y espada. Y pese a ser una ciudad de caballeros, preferimos vestirnos de campesinos porque, además de pobres, somos humildes.

Ávila es un hervidero de gente que abarrota sus calles, pues tal festividad, además de hacer salir a la calle los autóctonos con nuestras mejores galas, hace retornar a los paisanos que viven en la capital y provincias adyacentes, por no hablar de los turistas que vienen atraídos con falsas promesas de encontrarse a unos incivilizados guerreando con espadas, palos, arcos y flechas, los olores de aromáticos inciensos y el sonido de gaitillas y tambores, además de chuletones, costillares y morcillas asándose en cada esquina.

¿Cómo reconocer a los abulenses entre tanta muchedumbre? Muy sencillo, solemos agruparnos en pequeños corros en medio de las calles, saludando a conocidos de los cuales no habíamos tenido noticias, salvo por whatsapp, desde el pasado mercado medieval, interrumpiendo el paso y molestándonos si alguien nos recrimina el no avanzar y paralizar la marcha en ambos sentidos. Incluso escaramuzas a cuchillo se han llegado a dar por este motivo.

Y en las tabernas. Los abulenses tenemos un sexto sentido para saber dónde están situados todos los bares del mercado, recorrerlos y disfrutar de suculentos pinchos medievales con hidromiel, vino, zumo de cebada, licores, mojitos y daiquiris, dependiendo de la hora.

Por otra parte, a la hora del buen yantar sabemos cuidarnos, pues aparte de carnes a la brasa, caldereta de cabrito y pulpo – exclusivo para guiris, reyes y sibaritas a precios prohibitivos– nos aficionamos, por costumbre o tradición, a la comida rápida medieval como kebabs y crêpes, los cuales se tarda menos en consumirlos que en conseguirlos. Y de postre, podemos deleitarnos con chocolates y dulces artesanales o relajarnos con un té moruno.

Por si fuera poco, en los propios puestos del Mercado podemos comprar todo tipo de productos medievales imprescindibles, como embutidos, hierbas milagrosas, jabones, espadas y cuchillos made in taiwan, artesanía de cuero, vino, platería, libros, ovejas, monedas, amuletos contra el mal de ojo y trastos viejos del pueblo como trillos y llaves oxidadas que se revalorizan a día de hoy gracias al estilo retro última moda.

No suelen faltar a la cita medieval algunos puestos típicos como el campamento de nobles arqueros en San Vicente, el herrero y su fragua que causa gran atracción entre las huestes urbanas que creían que las espadas crecían en los árboles, el campamento medieval en el Mercado Grande, el tiovivo, la judería en la calle de aquellos que los expulsaron, la morería y los puestos de la Cruz Roja y protección civil, además de la cetrería, que aglomera a multitud de curiosos que miran a unas asustadas rapaces a la espera de que hablen o les cuenten un chiste, y hacen una exhibición donde siempre – ya sea por tradición o por abundancia de palomas y tordos – se extravía algún águila, copando titulares al día siguiente.

Por último, señalar que durante las jornadas medievales nuestras calles se llenan de personajes de lo más variopinto, donde lo medieval se funde con lo perroflauta pasando por lo hippy. Así, de esta manera, podemos encontrar con caballeros de rancio abolengo, princesas, moros con chilaba, saltimbanquis haciendo acrobacias o espectáculos de fuego y malabares, sarracenos armados, monjes en actitud pecadora , judíos, celtas y tontones, la comitiva de la Inquisición, vikingos extraviados, bailarinas árabes moviendo la panza, templarios, gente con mallas o leotardos, brujas, hobbits, elfos, hadas, druidas haciendo queimadas, romanos, músicos, piratas del Caribe, bufones, hombres vestidos con harapos hablando un lenguaje que nadie entiende, Conan luciendo músculo, arqueros, Águila Roja, personajes de Juego de Tronos descontextualizados intentando sobrevivir y hasta algún concejal disfrazado para la ocasión desfilando como en una procesión.

Ya saben, lo normal en un día cualquiera en la Ávila profunda medieval.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

El Pote de Ávila

«Ávila señorea los graneros, las eras y los mercados de toda Castilla; tiene el privilegio de la medida de los granos; por el “marco de Ávila” se han de regir mercantes y libradores»

Azorín

 

El privilegio de la medida de los granos al que se refiere Azorín, es lo que se ha denominado durante siglos “el pote de Ávila”. El recipiente es cuestión tiene forma de caldero, redondo y de hierro fundido, con tres pies y dos asas, y que fue adoptado por el rey Juan II de Castilla como patrón de medida para todos los Concejos del Reino, en las Cortes de Madrid de 1435 y de Toledo en 1436:

“Item, que la medida para vino, así de arrobas como de cántaras y azumbres y meidas azaumbres y medias azumbres y quartillos, que sean en la medida toledana… Item, que todo el pan que se hobiere de vender y comprar, que se venda y compre por la medida de la ciudad de Ávila“.

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Pote de Ávila

El Pote de Ávila, “que facedoce celemines” o media fanega, equivalía a cincuenta y cinco litros y medio, conformaba la medida legal para el grano (áridos) junto con la vara de Burgos (longitud) y la cántara de Toledo (líquido). El carácter obligatorio de la medida hizo que se extendiera, con los siglos, a todo el territorio de la península Ibérica, e incluso América, según señala Mayoral, con el nombre de almud (de origen árabe). La medida del pote de Ávila se mantuvo en uso hasta la adopción del sistema métrico decimal en 1880.

El pote original se guardaba en la alhóndiga, situada en el Mercado Grande frente a la muralla, lugar donde se controlaba el mercado de cereales. De hecho, en uno de los relieves del edificio que se conservan se puede apreciar la medición del grano en un celemín. Posteriormente, fue custodiado en una de las salas de la Casa de las Carnicerías para después ser cedido por el Ayuntamiento de Ávila al Museo Provincial de la Ciudad, donde puede contemplarse a día de hoy.

La fabricación de todos los potes debían de elaborarse según el troquelado del pote abulense para que todos tuvieran las mismas características, y aquellos que no usaban potes no verificados eran sancionados por las autoridades. De hecho, la verificación de los potes era una ceremonia importante que se realizaba en la plaza junto a la Casa Consistorial, participando en ella, además de un fiel municipal que ejecutaba las mediciones, un secretario que expedía un documento oficial, y las autoridades civiles y eclesiásticas, con sus ornamentos y mejores galas.

Y de esta curiosa “ceremonia” donde se quiere dar más importancia a un hecho que quizá no lo mereciera, deriva la expresión “darse pote, bombo, boato y postín”.

Fuentes

Medir sin metro

http://www.unaventanadesdemadrid.com/avila-i.html

http://avilared.com/not/14232/el-pote-de-avila-pieza-del-mes-en-el-museo

http://www.tribunaavila.com/noticias/el-pote-de-avila-es-la-pieza-del-mes-de-abril-y-mayo-del-museo-de-avila

http://www.lasyernas.com/historia.htm

http://www.1de3.es/tag/medida/

 

P.D. El Pote de Ávila es tan importante que ha merecido la distinción de dar nombre a una pequeña calle en el sur de la ciudad abulense.

La ermita de San Segundo

La iglesia de San segundo es la más occidental de los templos abulenses, y también situada a menor altitud al situarse a orillas del río Adaja. Tenía advocación a San Sebastián y Santa Lucía, pero en 1519, tras abrir la pared que separaba la capilla mayor de la colateral derecha, apareció un arca de piedra en el que se podía leer «Santus Secundus» y dentro otra de madera que contenía huesos, cenizas, restos de vestiduras, un anillo de oro y un cáliz. Esto hizo que se creyera que pertenecería a los restos del apóstol Segundo, el cual, además de ser quien fundara la ciudad de Ávila, sería el primer obispo de la ciudad.

El traslado de los restos de San Segundo desde la ermita a la catedral se celebró a finales del siglo XVI, con gran júbilo entre los abulenses. Desde entonces, la ermita pasó a llamarse de San Segundo, y el culto a San Sebastián se trasladó a un pequeño humilladero a la salida de la ciudad en la carretera de Salamanca, y que hoy conocemos como los Cuatro Postes. Con la nueva advocación a San Segundo se pasó a tener un vínculo sentimental de la ciudad con la iglesia, aunque durante los siglos de la modernidad hubo una pérdida de actividad y olvido hasta 1923, con la declaración de Monumento Nacional, que hizo que se volviera a conmemorar y celebrar el patronazgo del Santo sobre la ciudad de Ávila.

La construcción del templo se estima que sería entre el 1130 y 1160, al ser coetánea de San Andrés y a la que tradicionalmente se le relaciona. Tiene planta de tres naves y una cabecera tripartita desviada, lo que se en alguna ocasión se ha justificado al relacionarlo con la inclinación de la cabeza de Cristo en la cruz, aunque no parece plausible esta explicación, señalando como causa más probable que se debiera a alguna irregularidad del terreno, a un fallo de los constructores o incluso a la existencia de alguna estructura de un culto anterior. De estilo románico solamente se conserva la cabecera triabsidal, la portada meridional y los muros de carga aunque la cabecera ha sido muy transformada al abrirse comunicación entre las tres capillas a través de arcos.

El templo se alza sobre un zócalo de sillares de granito, sobre las cuales se levantan hiladas de granito ocre de piedra caleña. La cabecera, rematada con canecillos de nacela, no tiene vanos y en su parte norte se han añadido algunas edificaciones posteriores adosadas, mientras que en el interior se cubre con bóveda de cañón y horno. Las naves fueron desmanteladas en 1519 y rehechas por los canteros Lázaro de la Peña y Pedro de Huelmes, mientras que la armadura de madera fue realizada en 1521 por el carpintero Rodrigo de Matienzo.

Mientras que la puerta oeste es del siglo XVII, con un gran arco carpanel y un óculo sobre ella, es de estilo barroco y permanece cegada, la puerta del mediodía, si es de estilo románico, abocinada y de medio punto, está decorada con arquivoltas de rosetas y de baquetón sobre jambas y columnas lisas, grifos, hojas similares a las de San Andrés e incluso un ave con las alas extendidas que decoran los capiteles. Se estima que intervinieron dos talleres escultóricos en la fábrica de San Segundo, uno que trabajaría la cabecera, y otro la portada, hacia el segundo tercio del siglo XII.

Con el devenir de los siglos la iglesia de San Segundo ha sufrido grandes transformaciones, como la construcción de una pequeña sacristía, o los grandes arcos de separación de las naves y que soportan la armadura y cubiertas de madera. Y también, la curiosa construcción adosada a su pared norte, hoy en ruinas y de la cual solo permanecen en pie los muros exteriores, que pertenece a la primera casa que tuvieran los carmelitas calzadas al establecerse en Ávila, allá por el 1600.

Las últimas obras de restauración de la ermita se han centrado en las cubiertas, a cargo de construcción y restauración Stoa. Aquí se puede consultar, además del antes y el después, el proceso de restauración del mismo.

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Foto de elcaballoalvaro

FUENTES

FERRER GARCÍA, Félix A., La Invención de la Iglesia de San Segundo. Cofrades y frailes abulenses en los siglos XVI y XVII, Excma. Diputación Provincial de Ávila. Institución “Gran Duque de Alba”, 2006.

http://www.romanicodigital.com/detalle-Pdf.aspx?archivo=%C3%81VILA&localidad=%C3%81VILA

http://www.avilaturismo.com/es/que-ver/item/41-san-segundo

http://www.arquivoltas.com/24-Avila/02-AvilaSSegundo.htm

https://es.wikipedia.org/wiki/Ermita_de_San_Segundo_del_R%C3%ADo_Adaja

 

El Jardín de San Segundo

En este mes de junio se ha realizado el proyecto “Si las paredes hablasen”, donde se mezcla la Historia, el Arte y el Teatro, con un resultado más que notable. A través de la Fundación de Casas Históricas y Singulares, la colaboración de Microteatro por Dinero y subvencionado por el MECD, hemos podido descubrir un rincón de Ávila desconocido para la mayoría y que recibe varios nombres: la finca Güell, Villa Winthuysen, Huerto de Santo Domingo o Jardín de San Segundo.

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Haciendo un recorrido por la historia del espacio, situado en el extremo noroeste del recinto amurallado, encontramos su origen en la compra de unos terrenos por parte de Eusebio de Güell y López, hijo del promotor del Parque Güell. En éstas huertas, con el plano firmado en 1922, el sevillano Javier Winthuysen, uno de los mejores paisajistas españoles, creó uno de sus mejores jardines como finca de recreo estival, compuesto de “canales de agua, gran alberca, estanques, distintos ambientes (patio, laberinto miniatura, rosaleda, bosquete…) que se van descubriendo durante el paseo que sigue los distintos niveles del suelo, delicadamente aterrazado”, de clara influencia hispanoárabe donde el agua, a lo largo de sus más de tres mil metros cuadrados, es el absoluto protagonista.

Tras la guerra civil, la finca pasó al II Marqués de Santo Domingo, Francisco Maroto y Pérez del Pulgar, quién adornó el jardín con diversos restos arquitectónicos y esculturas, como cinco verracos celtíberos, escudos (emblemas de la ciudad de Ávila y de los Guillamas, entre otros), restos de la antigua alhóndiga, lápidas, esculturas, capiteles y columnas, así como reforma de una de las dos casas de labranza que existen en la finca, con una portada renacentista procedente del derribo de un palacete, que dan un aspecto singular al jardín, quizá un tanto alejado de la concepción inicial de Winthuysen.

Marco excepcional alejado de las miradas de curiosos por un muro que esconde la belleza del jardín interior, durante décadas ha sido lugar de celebración de fiestas de la nobleza, y escenario de encuentros de personalidades de la cultura y la sociedad, como Jacqueline Kennedy o Mario Vargas Llosa. Actualmente, la finca pertenece al marqués de Pozoblanco, el médico y escritor Juan Martínez de las Rivas y Maroto, quién además de mantener el espacio está sujeto a celebración de eventos, alojamiento, visitas guiadas e incluso espacio de interés fotográfico y rodajes cinematográficos.

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Volviendo a la visita “Si las paredes hablarán”, tras una explicación por la historia de la Huerta de Santo Domingo y el Jardín Histórico, pudimos recorrer y contemplarlo, amenizado por dos pequeñas obras de teatro que habían sido creadas para la ocasión y para este espacio en cuestión. La primera, “Missing Teresa”, nos muestra una Teresa paseando junto a la muralla, pero su tranquilidad se verá trastocada por la visita de su ¿Dios? ¿Diablo?, quién tentará a la Santa. Con tintes de comedia, la obra deleitó al público amenizando el paseo.  La segunda obra, “Estoy esperando a mi amor”, combina microteatro con una danza histórica muy cuidada junto con unos trajes de época espectaculares.

Sin duda, se agradece la realización de actividades como “Si las paredes hablaran”, felicitando de manera sobresaliente a sus organizadores pues, además de combinar magníficamente Historia, Arte y Teatro, nos permite disfrutar, contemplar y admirar de un espacio tan espectacular como desconocido para los abulenses.

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FUENTES

http://www.fincaguellavila.com/

https://www.facebook.com/fincaguellavila/

http://elviajero.elpais.com/elviajero/2016/06/16/actualidad/1466089961_594727.html

http://viajacyl.blogspot.com.es/2013/05/jardin-de-san-segundo-avila.html

La pobreza en Ávila a comienzos del siglo XX

La pobreza estaba extendida en la primera mitad del siglo XX en Ávila. Había barrios con viviendas realizadas al azar y construidas con humildad, sin ningún orden urbanístico, formando callejuelas tortuosas. Se podía considerar la pobreza como un mal endémico, y en la Ávila miserable de los pobres, muchos de ellos esperaban la llamada sopa boba, por parte de los frailes de Santo Tomás. Gutiérrez Solana hace muy buen relato de este acto social, como queda reflejado en la fotografía de la izquierda:

 

por fin, abren las puertas y entran en el patio del convento, con bancos de piedra y arbole seos. Bajo un cielo banco y frío, todos los pobres con sus escudillas y botes de latón, sonando una cuchara roñosa y negra dentro de su fondo; sus cabezas llenas de greñas, y las barbas enmarañadas y canosas, que destacan muy duras de sus caras curtidas y brillantes como moros; enseñando el pecho entre los rasgados de la camisa, con los pantalones y las mangas de sus americanas hechas jirones, por lo que asoman la carne y todas las vergüenzas, se colocan alrededor de un gran caldero que sacan del convento en un carrito de hierro con ruedas. Un hermano limosnero, con su capucha negra y hábitos blancos de fraile, su cabeza redonda, cortado el pelo al rape, con la frente saliente como un segador, que da la impresión de ser dura como la piedra, va llenando con un cazo las escudillas, botes y pucheros de las mujeres”.

En la imagen de la derecha, de un niño y un anciano mendigos comiendo a las puertas del convento de Santo Tomás, tomada por Redondo de Zúñiga, obtuvo la Medalla de Oro en el Concurso fotográfico Nacional de 1901.

Fotografías: avilas.es

Extracto de la conferencia: “Ávila en la primera mitad del siglo XX

Ávila en la primera mitad del siglo XX

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Se cumplen 100 años de la llegada del pintor Guido Caprotti a Ávila, el cual quedó atrapado en la ciudad amurallada en el invierno de 1916, tras una copiosa nevada. Desde aquella noche, Ávila sedujo el espíritu artístico del italiano durante cincuenta años, desarrollando en ella gran parte de su obra.

Desde el Ayuntamiento de Ávila se están desarrollando una serie de actos para conmemorar la llegada de Caprotti, entre los cuales señalo la conferencia «Ávila en la primera mitad del siglo XX», el próximo jueves 21, a las 19.00 h en el palacio de Superunda y que tengo el honor de impartir.

En ella realizaremos un recorrido por cómo era la ciudad de Ávila durante éste periodo: sus gentes, sus calles, sus comercios, sus monumentos… y algunos acontecimientos importantes para la sociedad abulense de este tiempo.

Quedáis invitados. No faltéis. Pongo falta.

Sergio Sánchez

P.D. Foto avilas.es

Torquemada no descansa en paz

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Auto de fe. Berruguete

La controvertida figura del dominico fray Tomás de Torquemada ha quedado ligada a la historia del Santo Oficio, institución de la que formó parte como Inquisidor General, dedicándose a la defensa de la fe católica, persiguiendo a herejes y conversos. También, fue fundador del monasterio de Santo Tomás de Ávila, donde se retiró en 1496, ya anciano y con los achaques de la edad, aprovechando sus últimos años para establecer el estatuto de limpieza de sangre que se mantendría en los siglos siguientes, y donde fallecería dos años después, el 20 de septiembre de 1498. Fue enterrado en el mismo monasterio de Santo Tomás, pero sus restos no encontrarían descanso eterno.

En 1572, sus restos fueron trasladados para acoger la tumba del obispo Francisco de Soto y Salazar. Con el devenir de los siglos, los restos del inquisidor Torquemada se han perdido. Se cree que estaría enterrado bajo un pequeño altar en la sacristía, pero en 1699 fue destruido por un gran incendio, el cual, al reconstruirse, se perdieron todas las referencias a la tumba del dominico. Según algunos historiadores, sus restos fueron profanados durante la invasión napoleónica, sin conocerse siquiera quienes serían los autores de semejante acto, cumpliendo, de esta manera, una supuesta venganza demorada en el tiempo.

Por el contrario, José Belmonte, en su obra Ávila Contemporánea, dice: “Y en otro momento -1836- se sacaron de su sepulcro, se arrastraron y aventaron en el “Brasero de la Dehesa” –patíbulo de llamas inquisitoriales- los restos del inquisidor Torquemada”. Esta localización, el llamado Brasero de la Dehesa, se corresponde con el lugar donde quemaban a los condenados de la Inquisición en Ávila, en algún punto próximo al monasterio de Sancti Spiritu, como los ajusticiados en el proceso del Santo Niño de la Guardia, en los inicios del Santo Oficio y cuando Torquemada era Inquisidor General.

Fuese como fuese, los restos de fray Tomás de Torquemada se han perdido. La leyenda negra ha empañado la vida del austero dominico que sentó las bases de una institución muy importante en la historia de España. No debemos caer en el error de juzgar el pasado con los ojos del presente, sino ponernos en el contexto la sociedad de la época, y no guardar, en ningún caso, odios y rencores de siglos pasados.

V Centenario de la muerte de Fernando el Católico

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Un año más, el Ayuntamiento de Ávila organiza el ciclo «100 años en 5 días» con la que pretenden acercar a los abulenses a diferentes efemérides que se celebran durante este año 2016 relacionadas con el mundo de la cultura.

Así, tendremos las siguientes charlas:

  • 22 de febrero. V Centenario de la muerte de Fernando el Católico. Sergio Sánchez, historiador.
  • 23 de febrero. Centenario de la muerte de Enrique Granados. Beatriz Arés y Beatriz del Pozo González, musicólogas y profesoras de la Escuela Municipal de Música de Ávila.
  • 24 de febrero. IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes. José Emilio Díez Ferrer, profesor de Literatura del IES Vasco de la Zarza.
  • 25 de febrero. V Centenario de la muerte de El Bosco. José Antonio Piedrahita, pintor.
  • 26 de febrero. Bicentenario de la primera fotografía. Francisco Javier Calvo Martín, fotógrafo.

Todas las conferencias serán en el Episcopio a las 20.00 h

V Centenario de la muerte de Fernando II de Aragón

 

 

María Vela y Cueto

maria_vela (2)La Venerable María Vela es considerada la segunda mística de Ávila y quizá, por ello, pese a ser contemporánea de Santa Teresa de Jesús, ha pasado a un segundo plano y a ser prácticamente una desconocida para los abulenses. Sin embargo, su nombre se puede leer en el apartado de Santos del “Monumento a las Grandezas de Ávila”, situado en la plaza del Mercado Grande.


 

El 5 de abril de 1561, Sábado Santo, nació en el lugar de Cardeñosa María Vela y Cueto, la primogénita de Diego Álvarez de Cueto y Vela y Ana de Aguirre. El matrimonio, que gozaba de una posición elevada, estaba emparentados con varias casas nobles abulenses, como Blasco Núñez Vela, primer virrey de Perú, hermano de su abuela paterna, María Vela, de la cual adoptó su nombre. Tras el nacimiento de su hija María, la favorita de su madre, le seguirían cuatro hermanos: Diego, Jerónima, Isabel y Lorenzo, quienes, salvo Diego, dedicaron su vida al estamento eclesiástico.

María fue bautizada en la iglesia de Cardeñosa el 13 de abril de ese mismo año, y fue en este pueblo, situados a dos leguas de Ávila, donde residió gran parte de su infancia, al disponer su familia de gran parte de su mayorazgo allí, incluida una casa-palacio. En el hogar, y de mano de su madre, recibió educación, aprendiendo a leer y escribir, música, tecla y bordado, instruyéndola en la oración, e intuimos que la pequeña María ayudaría a su madre con sus hermanos, al quedar viuda en 1570.

Sería a la edad de 15 años cuando, postrada ante la imagen de Nuestra Señora de Sonsoles, le dio una repentina enfermedad, llegando a temer por su vida. Fue durante esta larga y penosa enfermedad cuando oyó la voz de Dios y se entregó a él sin reservas, dedicando, a partir de entonces, su vida a la oración. Entró en el convento de Santa Ana, en Ávila, junto a su hermana Jerónima, donde era religiosa su tía Isabel de Cueto, hermana de su padre. Tomaron el hábito del Císter el día de San Juan de mayo de 1576. María Vela tuvo un complicado noviciado, debido, en parte, a su frágil salud, y sería en 1580 cuando entrara en el convento su hermana menor, Isabel de Villalba, aunque fallecería ese mismo año. En el día de San Juan de mayo de 1582, las dos hermanas, María y Jerónima, profesaron como monjas confirmando sus votos. La mala fortuna quiso que Jerónima viviera solamente tres años más.

María Vela ejerció el oficio de cantora y organista durante el resto de su vida en el convento, y también el de maestra de novicias durante un largo tiempo. Tuvo una gran devoción a la Virgen María y ella fue la encargada, tras la muerte de su tía Isabel de Cueto, de adornar y cuidar el altarcito  de María Santísima con la advocación de Nuestra Señora de Sonsoles que hay en el convento. María, en sus escritos, no cesa de invocar a la Virgen con los títulos de María, Mater gratiae, Mater misericordiae.

La religiosa tuvo mucha fama por su santidad en su vida por las gracias o fenómenos extraordinarios que la acompañaban y no siempre fue comprendida,  incluso por su confesor y director espiritual, el Dr. Miguel González Baquero. La trataron de loca e incluso sus compañeras se burlaban de ella tratándola de ilusa, hipócrita y endemoniada, llegando a denunciarla al Tribunal de la Inquisición, quedando absuelta al no cometer pecado alguno. No obstante, debido a su sacrificio y espiritualidad, las dudas, persecuciones y escrúpulos de monjas y confesores se habían vuelto admiración y alabanzas hacia María Vela, una humilde monja a quien acabaron por venerarla como santa tanto dentro como fuera del convento.

El 17 de septiembre de 1582, año Jubileo decretado a toda la cristiandad por Paulo V, María Vela cayó enferma con un dolor en el costado, del cual no se recuperaría. Le trataron con esmero, aplicándole, entre otros remedios, sangrías, administrándole la Extremaunción. Su agonía se prolongaría hasta el domingo 24 de septiembre, cuando falleció después de repetir la invocación que Dios le había enseñado “Mi amado para mí y yo para mi amado”.

La monja fue no fue sepultada en el claustro común como era tradición, sino al pie del altar de la capilla de Nuestra Señora de Sonsoles del monasterio de Santa Ana, por orden del obispo Francisco de Gamarra quien, poco después, en 1619, dispusiera que se abrieran informaciones sobre la vida y virtudes de la Venerable María Vela y Cueto.

Fuentes

ESTEBAN MARTÍN, Francisco. La mujer fuerte, venerable sierva de Dios Doña María Vela y Cueto, Monja Bernarda del convento de Santa Ana de Ávila del s. XVI-XVII, Ávila, 1917.

GONZÁLEZ VAQUERO, Miguel. La mujer fuerte. Vida de Doña María Vela, Monja de San Bernardo en el convento de Santa Ana de Ávila. Madrid, 1618.

RESS, Margaret Ann. Doña María Vela y Cueto. Cistercian Mystic of Spain’s Golden Age, en Spanish Studies, vol. 27, 2004.

RESS, Margaret Ann. The Spiritual Diaries of doña María Vela y Cueto. Lewiston, Nueva York, Lampeter, Edwin Mellen Press, 2007.