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Pedro de La Gasca, Pacificador del Perú

El Licenciado Pedro de La Gasca fue nombrado Presidente de la Audiencia del Perú el 16 de febrero de 1546 con la difícil tarea de pacificar el Perú, que se hallaba en el más absoluto caos tras la sublevación de Gonzalo Pizarro, aceptando tras imponer una serie de condiciones:

“No marcharía al Perú sin que el Emperador le diese poder llano y absoluto, como si fuera el César, para nombrar los cargos que vacaren, separar incluso al virrey, perdonar cualquier clase de delitos cometidos y que se cometieren hasta la rendición del Perú, no solo de oficio, sino contra instancia de parte. No quiero sueldo ni recompensa de especie alguna; con mis hábitos y mi breviario espero llevar a cabo la empresa que se me confía. No quiero más que mi sustento y el de mis acompañantes y pido que se nombre persona que reciba e invierta el dinero y así no se crea que me guía la codicia”.

Estas condiciones causaron admiración y asombro en el Consejo de Indias, y ante su insistencia para que alterara sus condiciones, el licenciado insinuó que renunciaría al cargo, además de escribir al Emperador su deseo de volver a España tan pronto como acometiese la misión encomendada: “Como tengo por cierto que no se pretende desterrarme de mi Patria, en cuanto consiga lo necesario para la pacificación del Perú, pido llevar licencia y aún esperar otra, para volverme a España”. Tras pasar dos días con su madre en Barco de Ávila para despedirse de ella, el 26 de mayo de 1546 embarcó en Sanlúcar de Barrameda acompañado de su hermano Juan y del caballero abulense Alonso de Alvarado, y el 27 de julio llegaba a Nombre de Dios (Panamá).

El recibimiento al desembarcar no fue, ni mucho menos, cordial. Sembrado de gritos, amenazas y  burlas por su apariencia, la única respuesta del Licenciado fue mostrar buen semblante. Desde el primer momento comenzó a poner en práctica el plan que había elaborado: sosegar y pacificar a todos, e incluso conceder el perdón por los desórdenes cometidos al estar autorizado a ello. Su gran labor diplomática no tardó en mostrarse, ganando a su causa el general Pedro de Hinojosa y los demás jefes de la armada pizarrista, quienes fueron perdonados por su rebeldía y la promesa de nuevas encomiendas de indios. Más tarde se le unieron otros rebeldes pizarristas como Sebastián de Benalcázar, Pedro de Valdivia, el oidor Pedro Ramírez, el contador Juan de Cáceres y Lorenzo de Aldana. Por algo diría el Maestro de Campo Francisco de Carvajal “que las mañas y palabras del clérigo eran más de temer que las lanzas del Rey de Castilla”.

El mismo Gonzalo Pizarro intuía, a través de las ministras que intercambió por La Gasca y las noticias que de él tenía, que bajo la apariencia de hombre modesto se ocultaba un poder moral más fuerte que el de todos sus soldados cubiertos de acero, pues actuando silenciosamente frente a la opinión pública, minaba toda fuerza y poder, ratificado por el rebelde Juan de Acosta que llegó a decir “este cura del cayadillo es mucho más de temer que un ejército”. Además, el levantamiento del capitán Diego Centeno, que conquista Cuzco, supone otro frente para Pizarro, pero éste mantiene su empeño, y condena a muerte a La Gasca, Hinojosa y Aldama.

Al fracasar su intento de buscar una solución pacífica al conflicto de los rebeldes pizarristas, el presidente La Gasca no pierde un instante. Reúne y equipa sus tropas, colocándolas en los lugares más estratégicos para vencer a los rebeldes, y en abril de 1547 parte de Panamá con una flota de dieciocho navíos y unos dos mil soldados veteranos con buen armamento, desembarcando en el puerto de Manta (Ecuador), y continuando su marcha por los Andes, donde tienen que atravesar precipicios y nieve, hasta acampar en el valle de Xaquisaguana, donde le esperaba el ejército de Gonzalo Pizarro.

Antes de comenzar la batalla cerca de Cuzco, el 9 de abril de 1548, La Gasca ofrece nuevamente el perdón a los rebeldes para que depusieran las armas, pero no tiene prisa por comenzar la campaña: contaba con que parte de las fuerzas de pizarristas se pasaran a su bando, como así fue (desertaron el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega y el oidor Diego Vásquez de Cepeda), y en recibir apoyos desde Guatemala, Popayán y Chile.

Prácticamente, no hubo batalla. Los efectivos rebeldes se fueron pasando al ejército realista y Gonzalo Pizarro, viéndose casi solo, preguntó a su lugarteniente Juan de Acosta: “¿Qué haremos?”, a lo que le contesta, furioso: “Arremeter al enemigo y morir como romanos”. Pero Pizarro, reconociendo su derrota, le replica: “Mejor es morir como cristianos” y adelantándose, entrega su espada a Juan de Berrio Villacencio, presentando su rendición. Al ser conducido ante el presidente La Gasca, le hizo una respetuosa inclinación, y éste le preguntó, con severidad, por qué había puesto al país en esta situación, levantándose en armas contra el Emperador, por qué había asesinado al Virrey Blasco Núñez Vela, usurpado el gobierno y rechazado las ofertas de perdón que le había ofrecido en repetidas ocasiones. Gonzalo Pizarro trató de justificarse vanamente, sin que ello convenciera al Presidente de la Audiencia del Perú.

La justicia aplicada a los rebeldes fue un ejemplo para todos, nombrándose un tribunal que aplicase la ley, y en el que Pedro La Gasca no quiso intervenir. Los cabecillas Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal fueron sentenciados a muerte, y otros muchos fueron condenados a azotes, destierro, trabajo en galeras y confiscación de sus bienes.

Terminaba la guerra, el presidente se dedicó a gobernar. Realizó el Reparto de Guaynarima (16 de agosto de 1548), distribuyendo encomiendas entre los soldados, dejando a muchos insatisfechos. Sentó sobre bases firmes y permanentes la autoridad real, realizando un ordenamiento racional y económicamente la explotación de las minas, saneó la hacienda pública y organizó la contabilidad, aumentando la recaudación y aliviando el peso de los contribuyentes. Por todo ello fue aclamado en Lima como «Padre restaurador y pacificador del Perú».

Pedro de La Gasca consideró que su misión había terminado y consideró volverse a España. Su partida produjo gran estupor entre los indios, quienes llevaron a apreciarle y le mostraron su agradecimiento ofreciéndole gran cantidad de plata, que no aceptó. Los colones españoles, al despedirle en el navío (27 de enero de 1550), le llevaron como regalo 50.000 castellanos de oro. A ello, el presidente les dijo: «No lo acepto. He venido a pacificar el Perú y a servir al Rey y no quiero deshonrarme con un acto que empañaría mi pureza de conciencia y mis intenciones».  Desde Nombre de Dios, partió hacia España el 24 de mayo de 1550, llegando a Sanlúcar el 14 de septiembre y desembarcando en Sevilla el 24, aclamado por la muchedumbre y depositando en la Casa de Contratación el Tesoro que traía consigo, llegando igual que se fue, con la misma sotana, brevario y cayado.

El Emperador Carlos V escribió a Pedro La Gasca desde Augusta (Alemania) en términos de mucho reconocimiento: «Y puede ser cierto que lo que se ofreciere, tenemos siempre memoria de vos como lo merecéis». Le ordenó que fuera a verle, como así lo establecía el Real Servicio, junto con gran cantidad de oro y plaza. También le recomendaba que antes de emprender el viaje fuese a Barco de Ávila a abrazar a su madre, con la que pasó casi un mes.

 

Pedro de La Gasca, hombre de letras (I)

Nació en el lugar de Navarregadilla, perteneciente a Santa María de los Caballeros (Ávila), hacia 1493, siendo bautizado en la iglesia parroquial de Barco de Ávila a los nueve días de su nacimiento. Sus padres pertenecían a una familia de hidalgos acomodados próxima al cardenal Cisneros. Su padre, Juan Jiménez de Ávila García, era descendiente de los Cimbrones y García extremeños, primo del Cardenal Cisneros y Señor de Navarregadilla; y su madre María González Dávila Gasca, bisnieta del caballero castellano Gil González Dávila, Señor de Puente del Congosto (Salamanca).

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Boceto y retrato de Pedro La Gasca. Valentín Carderera (1847)

Los primeros años de su vida los pasa en Barco de Ávila, pero debido a las circunstancias familiares (enfermedad de su padre), Pedro es llevado a vivir a Puente del Congosto con su abuelo materno, Pedro García Gasca, señor de la villa. No habiendo en la villa “dómine” que se encargara de su enseñanza, a los diez años vuelve a El Barco de Ávila, donde estudió Humanidades con el Bachiller Minaya, en compañía de sus hermanos: Juan, Francisco y Diego. Durante varios años se formó con el Bachiller, el cual, complacido de la inteligencia de su discípulo, aconsejó a sus padres que le llevaran a Salamanca a continuar sus estudios de la carrera eclesiástica, a la cual se veía llamado.

Poco tiempo estaría el joven estudiante en Salamanca, pues al ir su padre a consultar a un médico la dolencia crónica que padecía, su mal se agravó y hubo de ser trasladado en una silla de manos de Salamanca a Navarregadilla, donde murió poco después (1513). Diego González Dávila, hermano de su padre, fue a Barco a consolar a su cuñada y a poner en orden los asuntos familiares, y contentado de la inteligencia de sus sobrinos Pedro y Diego, los llevó consigo a la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares, donde Pedro estudió durante once años, manifestándose como un alumno sagaz, intrépido, enérgico y fidelísimo al Rey, como demostró luchando en el bando realista en la guerra de las Comunidades. Tras realizar excelentes exámenes, fue el segundo alumno que se graduó  con el título de Maestro en Artes y el primero en conseguir el título de Maestro en Teología, con aplauso unánime de profesores y alumnos.

Desde que se graduó en Alcalá, Pedro de La Gasca firmó siempre como el «Licenciado La Gasca», sin adoptar nunca los apellidos que le correspondían, Jiménez de Ávila y García y González Dávila, al igual que sus hermanos. Quizá adoptara este apellido al elegir los apellidos que más le gustaban, como era costumbre, por afinidad a la familia materna o considerarlo de mayor abolengo que el Ximénez de Ávila.

Posteriormente pasa a estudiar en Salamanca Derecho Civil y Eclesiástico, pese a su frustrada idea de realizarlo en Italia (invadida por Francisco I) dio probadas muestras de su prudencia, sagacidad, tacto y energía que le granjearon la admiración de todos. Por su valía es nombrado Rector de la Universidad de Salamanca (en el curso de 1528-1529), y Vice-escolástico, cargos que simultaneaba con el de Subcolector Apostólico, elegido por el Nuncio Pogio. El acierto con el que desempeñó su cargo en la Universidad se plasmó en los Estatutos que él mismo realizó y que se mantuvieron durante muchos años. Fue elegido Rector del Colegio de San Bartolomé en dos ocasiones, donde se licenció en Cánones (1531).

Acabados sus estudios, fue ordenado sacerdote comenzando su carrera eclesiástica en la propia Salamanca, pero la influencia del cardenal Juan Pardo de Tavera le lleva a ser nombrado Juez Metropolitano en la Catedral de Toledo y Vicario en Alcalá de Henares (1537). Sería en el propio Toledo donde conoce personalmente a Carlos V, el cual le favorece y autoriza para que se haga cargo de un difícil proceso de sacrilegio en Valencia que el Consejo de la Inquisición que no acertaba a resolver, nombrándole Oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición, teniendo que abandonar el resto de sus cargos. Tras más de dieciocho meses de laboriosa investigación, entregó todo el proceso minuciosamente ordenado y resuelto a justicia, lo que le valió la admiración de los varones del Consejo de la Inquisición, e incluso la del propio emperador Carlos, quien le llamó a su cámara para oírle personalmente todo lo referente al caso.

Su primer cargo político fue el de Visitador de los Tribunales, Justicia y Hacienda de todo el Reino  de Valencia en 1541, a petición de las Cortes de Monzón, un cargo reservado a los allí nacidos. Durante estos años (1542-1545), Pedro de La Gasca se dedicó a comprobar la labor de los funcionarios, la recaudación de impuestos y el respeto a los poderes reales, así como aplicar los juicios de residencia a los ministros de justicia y ocuparse del adoctrinamiento de los moros, adquiriendo durante su desempeño un notable conocimiento de las funciones gubernativas.

A pesar de ser un hombre de letras, las circunstancias hicieron que La Gasca mostrara que debajo de su hábito sacerdotal había también un valiente guerrero, heredero de los antepasados de su familia. En 1543 se tuvo constancia, de manera secreta, que el corsario otomano Barbarroja y los franceses planeaban desembarcar y saquear las costas valencianas y la islas baleares. El pánico cundió entre los caballeros que intentaban organizar la defensa, con Fernando de Aragón (viudo de Germana de Foix), duque de Calabria y Virrey de Valencia, a la cabeza, pero aparece en escena Pedro La Gasca, echándoles en cara su cobardía y mostrando que era posible una defensa fortificando las playas e islas con los medios de los que disponían. El plan se traza según las exigencias de La Gasca y los intentos de Barbarroja de desembarcar son duramente rechazados por las defensas realizadas, obligando a los berberiscos a desistir de sus intentos de asaltar las costas levantinas.

Pedro de La Gasca es aclamado como un hombre providencial, volviendo a Castilla en 1545.

Las noticias de revueltas sucedidas en Perú, con la rebelión de Gonzalo Pizarro, sublevado contra las Leyes Nuevas y el gobierno del virrey Blasco Núñez Vela, muerto en la batalla de Añaquito, hizo que se reuniera en el verano de 1945 el Consejo de Indias con el príncipe Felipe (el Emperador se encontraba en Alemania) para adoptar una solución al conflicto. Entre los miembros del Consejo estaban los cardenales Tavera y Laoisa, el obispo de Sigüenza (Consejo Real de Castilla), el presidente de la Chancillería y varios nobles, debatiéndose entre dos posturas: la de enviar a un ejército para reducir la rebelión por la fuerza, y poner a un militar con experiencia al mando; y la de enviar a un hombre de letras, negociador, que consiguiera la obediencia por la vía de la persuasión y los halagos. Se optó por la segunda opción, y parece ser que fue el propio Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, quien propuso el nombre de Pedro La Gasca como la persona más capacitada para encomendarle la difícil tarea, diciéndole al príncipe Felipe: “Señor, Gasca tiene aún más carácter y energía que yo”.

Tras mandar un emisario al Emperador para darle cuenta de lo sucedido y acordado por el Consejo de Indias, Carlos V, orgulloso con el desempeño de La Gasca en los asuntos encomendados anteriormente, no solo aprueba su nombramiento, sino que escribió de su puño y letra una carta (fechada el 17 de septiembre de 1545) manifestándole su complacencia por su nombramiento como Presidente de la Audiencia del Perú, estableciendo que abandonase todos sus cargos  y realizase su salida hacia el Perú lo más pronto posible.