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Los goliardos

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El resurgir del comercio y la industria supuso la modificación desde el siglo XII de la situación social y económica que vivía la Europa feudal. Gracias a las actividades de los cruzados, se retomó la navegación por el Mediterráneo, lo que benefició al tráfico de los puertos, surgiendo así una clase integrada por comerciantes y artesanos que basaban su riqueza en el dinero. Los gobiernos de las ciudades eran ejercidos por magistrados elegidos anualmente por los ciudadanos, apareciendo una nueva clase de intelectuales.

De entre esta sociedad, surgieron movimientos radicales que se levantaron contra estas nuevas injusticias que les oprimían. En concreto, los goliardos supusieron uno de los grupos más radicales dentro de la sociedad cristiana. Y es que, como dice Jacques Le Goff[1], los Goliardos son el producto de esa movilidad social característica del siglo XII. El primer escándalo para los espíritus tradicionales es el hecho de que esas gentes escapan a las estructuras establecidas”.

A lo largo del siglo XII esta nueva sensibilidad se extiende tratando de satisfacer todos los gustos mediante poesías, en su mayoría, obras de desconocidos a los que, por su género de vida y condición se les ha denominado como clerici vaganti, es decir, clérigos errantes. Estaban constituidos por todo tipo de hombres, monjes salidos del convento, sacerdotes apóstatas, escolares en busca de maestros,…

Dado que no han podido integrarse en el mundo clerical, se encuentran en ruptura.  Es el tipo de vida lo que les une, no podemos hablar de ningún tipo de institución con jefes y obligaciones[2].

Usaron sus conocimientos del latín y la escritura para criticar las prácticas religiosas del momento. A cambio de sus composiciones, recibían algunas monedas como pago, hecho que les permitía beber y tomar comida caliente.

Conservaron la tonsura y los hábitos, y se reunían en hermandades para protegerse y sistematizar sus actividades, lo que les servía para subsistir. Los numerosos concilios[3] que se nombraron en su contra les terminó identificando con los integrantes del bajo mundo. Pero no podemos estancar la posición que se tomó hacia ellos de esta manera. Hay que destacar, que la actitud que se les precisó fue muy variada. Algunos señores les profesaron gran simpatía, llegando a convertirse en  su mecenas. Tal es el caso conocido del Archipoeta, que contó con la protección de Reginaldo Dossel[4].

Fueron numerosos desde el año 1050, pero a partir de comienzos del siglo XIII apenas sí se les puede distinguir de los juglares. Su distribución es determinada, no se extienden por Italia pero sí por numerosas ciudades del sur de Francia, donde abundaban los estudiantes, y en la zona del valle del Rin. En concreto, la ciudad que más les atraerá será París, a la que denominaron por unanimidad como la Rosa del mundo, o Rosa mundi.

En cuanto a su obra poética, se puede afirmar que constituye un canto a la miseria, las calamidades que deben pasar aquellos que no se encuentran bien definidos en una clase social determinada. Se trata de una liberación social de la cultura, la cual puede ser observada a través del lirismo de sus poemas.

Durante el siglo XII sus poesías se vuelven más abundantes, persistiendo aún su anonimato, hecho que les lleva a vincularse a este colectivo en concreto. Pocos poetas atribuirán su nombre a determinadas piezas, saliendo del oscurantismo que les caracteriza.

Los estudios contemporáneos han atribuido un nombre a las colecciones dependiendo del lugar en que fueron encontradas, destacando así las colecciones del Vaticano, Stuttgart, Viena, etc., entre otras. Concretamente, este trabajo versa sobre los encontrados en una abadía bávara y actualmente conservados en Munich, a los que se le han venido a denominar como Carmina Burana, conteniendo 228 versos en latín y alguna que otra contribución en alemán. Parece que su compilación por parte de tres autores, tuvo lugar hacia el primer cuarto del siglo XIII, sobre un repertorio ya muy difundido en la época. Entre los más destacados, autores como Gauthier de Châtillon, Hugo de Órleans o Pierre de Blois.

En lo que se refiere a su temática, las piezas que hacen mención a la religiosidad son mucho menos numerosas, aunque habría que destacar algunos fragmentos contra Roma de gran significancia. El tema político es tocante a personajes ricos del momento, sobre los cuales hacen una intensa crítica en relación al abuso de poder que llevan a cabo. Los placeres carnales es un tema que cantan con gran libertad, acercándose a ellos de forma directa y sin ningún tipo de tabúes. La gula también constituirá un hecho fundamental en sus burlas, siendo la taberna el centro de su poesía y lugar de escenario predilecto. En lo que respecta al amor, frecuentemente lo unen al concepto de primavera, como un sentimiento auténtico de la naturaleza. En muchos de sus poemas encontramos el lamento del poeta ante la no presencia de su amada.

Se ignora el origen del término “goliardo”. Las etimologías fantasiosas lo han relacionado con la encarnación del diablo, Goliat, enemigo de Dios, e incluso algunos observan que el término podría derivar de la gula. También se estima que pudiera estar relacionado con el mítico “obispo Golias”, a quien tenían por una especie de santo patrono, incluso se ha relacionado con Pedro Abelardo, contemporáneo de este fenómeno y con sentimientos afines y que usó el sobrenombre de Golia para firmar en algunas de sus obras.

En cualquier caso, la influencia de los goliardos comenzó a decaer hacia el año 1225, según iban creciendo las grandes universidades medievales y los estudiantes comenzaban a residir en un lugar determinado[5]. El caso es que la línea que divide la música sacra de la profana seguiría siendo muy vaga a lo largo del siglo.


[1] LE GOFF, Jacques (1986), Los intelectuales en la Edad Media, Barcelona.

[2] PAUL, Jacques (2003), Historia intelectual del occidente medieval, Cátedra.

[3] Rouen, por ejemplo, en 1072

[4] Arzobispo de Colonia y canciller de Federico Barbarroja

[5] REESE, Gustave (1989), La música en la Edad Media, Alianza, editorial Madrid.

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Templarios en territorio abulense

La Orden del Temple nació en el siglo XII como consecuencia de la liberación de los lugares santos de la Cristiandad, es decir, las Cruzadas. Un grupo de caballeros, nueve según la documentación, decidieron crear una Orden militar en Tierra Santa, con la labor de proteger a los peregrinos de los infieles, instalándose en lo que había sido el Templo de Salomón, de ahí su nombre, “templarios”, y formado por monjes-guerreros. En breve periodo de tiempo se extendieron por todas las tierras de la cristiandad, siendo principalmente Francia donde tuvieron más efectivos. En la península Ibérica también tuvieron una labor reseñable en las zonas en disputa fronteriza con los musulmanes.

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Lema de la orden del temple en la portada del palacio de Valderrábanos

No obstante, llegaron a acumular un gran poder, principalmente por ejercer de banqueros, pero del 12 al 13 de octubre de 1307, por orden del rey francés Felipe IV el Hermoso y el papa Clemente V, se abolió la orden y se persiguió a sus integrantes, acusándoles de, entre otras cosas, sacrilegio a la cruz, herejía, sodomía y adoración a ídolos paganos. Su disolución ha hecho correr ríos de tinta hasta la actualidad, generando gran debate y leyenda.

En lo que a la península Ibérica se refiere, los templarios jugaron un papel muy importante en la repoblación y conquista de nuevos territorios frente a los musulmanes, teniendo mayor o menor relevancia según los distintos reinos cristianos (Aragón, Castilla, León y Portugal). Sin embargo, hoy hemos venido a señalar la existencia de templarios en los territorios abulenses, como lo señala Dámaso Barranco Moreno en su obra “El rastro templario en el territorio abulense. Una realidad olvidada”, obra a la cual nos remitimos, pues si bien queda bien patente la existencia de esta orden militar en Ávila, con frecuencia ha sido obviada por la historiografía.

Para situarnos en el contexto medieval abulense debemos aclarar que los territorios no eran los mismos que los actuales, sino que el espacio estaba configurado sobre las bases que Raimundo de Borgoña sentó para la constitución de la nueve sede episcopal abulense, es decir, Arévalo y Olmedo en el norte, y hasta la Sierra de San Vicente y desembocadura del río Alberche al sur. Por tanto, y siguiendo al autor, hacia 1181 en los territorios abulenses había los siguientes enclaves templarios: en el alfoz de Olmedo, Muriel de Zapardiel; en el de Arévalo, Arévalo y Moraleja de Santa Cruz (despoblado); en el alfoz de Ávila, Villanueva del Campillo, Duruelo, Aldea del Rey Niño, Hervás, Santibañez el Alto, Coria, Portezuelo y la encomienda con cabecera en Alconétar  formada por: Garrovillas, Cañaveral, Santiago del Campo, Hinojal y Talaván.

La presencia del temple, si bien en la capital fue nula, si tuvo relevancia en la Transierra, zona fronteriza con territorios musulmanes y que hizo que se construyeran una serie de fortificaciones para vigilar y controlar el territorio, como por ejemplo y de gran importancia Hervás, pero también Villanueva del Campillo

La desaparición del Temple en León y Castilla no fue tan drástica como lo fue en Francia. El grado de permisibilidad de los monarcas hizo que la Orden no se disgregara hasta 1312 y de manera gradual. Sus miembros y posesiones pasaron a manos de otras órdenes militares como fueron la de San Juan, Calatrava, Montesa o Alcántara, que siguieron administrando y realizando las mismas funciones que venía realizando el Temple.

Para finalizar, les remito otra vez a la obra de Barranco Moreno, despidiéndome con una cita que resume, con gran perfección, lo expuesto anteriormente: “…y concluir  que la presencia del Temple en el territorio abulense estuvo limitada a la mínima expresión, y sin ninguna trascendencia, es, no sólo un error, sino, además, una pura falsedad histórica”.

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