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La torre de Eiffel

Si nos acercamos a la localidad de las Navas del Marqués, quizá sorprenda encontrarse, en la urbanización de Ciudad Ducal, con una atalaya de hierro fundido con una doble funcionalidad: mirador de un maravilloso paisaje, y como torre de vigilancia de incendios. Pero lo que más sorprende descubrir es que tal monumento es una construcción diseñada en el estudio del renombrado arquitecto francés Gustave Eiffel en 1873, logrando un extraordinario sincretismo entre lo lujoso y lo práctico.

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Los Cuatro Postes

En la Edad Media era tradición, o costumbre, situar en la entrada de las ciudades pequeños humilladeros o cruces como una muestra de piedad por parte del pueblo y para su fomento entre los viajeros. En Ávila, ciudad medieval y castellana, todavía hoy podemos contemplar alguno de ellos, como el situado a las afueras de la misma, en la carretera de Salamanca, y que tiene una gran tradición y afluencia de turistas al tratarse del mirador por antonomasia de la ciudad, desde donde se puede contemplar una magnífica panorámica de la ciudad: los Cuatro Postes.

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Su construcción fue realizada por Francisco de Arellano, maestro de cantería, quien participara en la cabecera de la iglesia del monasterio de Santa Ana o la cabecera de la iglesia de San Juan, hacia 1566. La iniciativa para la edificación fue por parte del Consistorio abulense, representada por el corregidor Rodrigo Dávila.

La estructura del monumento es muy simple: levantado sobre un pódium, con cuatro columnas dóricas que soportan un entablamento recorrido por una inscripción, hoy casi borrada, relativa al año de su construcción. En el frente, una cartela muestra el escudo de la ciudad y, aunque el plano inicial se proyectó un tejadillo a cuatro aguas, quizá nunca se realizó. En el centro, la imagen de San Sebastián, santo al que estaba consagrado el humilladero pues, recordemos, la ermita de San Segundo, inicialmente, estaba consagrada a éste santo, pero el hallazgo de los restos del obispo cambiaron la advocación de la iglesia, trasladándose el culto a San Sebastián a este emplazamiento, aunque actualmente la figura del centro, sobre una peana, es una cruz.

Leyendas

Tradicionalmente, se ha relacionado este humilladero con dos hechos, difícilmente contrastables, que pueden denominarse, incluso, leyendas.

En 1157, para agradecer el fin de una epidemia de peste que asolaba Ávila, sus habitantes hicieron una romería a la ermita de Narrillos de San Leonardo, quedando la ciudad desguarecida, cosa que fue aprovechada por una hueste musulmana para asaltar la villa y huir con lo que pudieron robar. Al enterarse de lo sucedido, los regidores Nuño Rabia y Gómez Acedo organizan una partida para perseguir a los asaltantes, dividiendo las tropas en dos grupos. Tras alcanzar a los musulmanes y derrotarles, la partida al mando de los corregidores volvió a la ciudad, descubriendo, para su asombro, que la otra hueste de jinetes había retornado antes, cerrando sus puertas y haciéndose con el control de la misma. Les exigían una parte del botín incautado a los musulmanes para poder entrar en Ávila.

La magnitud del conflicto fue tal que hasta el propio rey, Sancho III de Castilla, tuvo que intervenir, presentándose ante los muros de la ciudad amurallada, expulsando a los “usurpadores”, sancionándolos a vivir extramuros y quitándolos cualquier privilegio que pudieran tener. El Concejo abulense acordó repetir la romería anualmente, siendo el humilladero de los Cuatro Postes descanso para las autoridades según unos, y monumento para conmemorar éste desagradable acontecimiento, según otros.

Y no podía faltar Santa Teresa en la historia de este monumento. Según se cuenta, fue en este lugar donde la pequeña Teresa de Cepeda y su hermano Rodrigo fueron encontrados por su tío cuando huían “a tierra de moros” para evangelizar y morir como mártires. Y años después, según cuenta la tradición, sería en este lugar donde Teresa de Jesús, mirando hacia Ávila y sacudiéndose las sandalias, se le atribuye la frase que, posiblemente, nunca pronunciara, y tan tristemente célebre: “De Ávila, ni el polvo”.

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Fuentes