El éxtasis de Santa Teresa

Una de las representaciones escultóricas más famosas en el mundo entero de Santa Teresa se la debemos a Gian Lorenzo Bernini.

Más que ante una escultura, nos encontramos ante un grupo escultórico realizado en mármol blanco tallado con postizos (varas de madera dorada), realizada por encargo del cardenal Cornaro, para ser colocada donde iría su tumba para la Capilla Cornaro de Santa María de la Victoria de Roma, donde actualmente se encuentra. Está considerada una de las obras maestras de la escultura del alto barroco romano. Retrata la imagen de santa Teresa de Ávila durante el don místico de la transverberación que describe en su Libro de la Vida.

Todo el conjunto fue supervisado y completado por Bernini entre 1647 y 1652 durante el papado de Inocencio X.

Durante este tiempo, Bernini había caído en desgracia debido a que se le relacionó con los gastos excesivos del papado de Urbano VIII (octavo), lo que le privó en gran medida del mecenazgo pontificio, aunado al hecho de que el papa Inocencio dio mayor preferencia al rival artístico de Bernini, Alessandro Algardi.

Debido a esta situación, Bernini estaba disponible para ser contratado por patrones privados, entre ellos, el cardenal veneciano Federico Cornaro, que había elegido la iglesia de Santa Maria della Vittoria de los carmelitas descalzos como su capilla de enterramiento. Puesto que quiería evitar que lo enterrasen en Venecia, ya que su nombramiento como cardenal por el papa Barberini Urbano VIII, realizado mientras su padre Giovanni era dogo, había creado cierto escándalo en su ciudad natal y había generado enfrentamientos dentro de las familias. Federico Cornaro eligió la capilla izquierda de la iglesia, donde previamente se encontraba una representación de San Pablo en éxtasis, que fue reemplazada por esta imagen de Santa Teresa de Jesús, escritora mística, reformadora y primera santa carmelita, y que cuya canonización era reciente.

Se completó en 1652 costando la por entonces exorbitante suma de 12.000 escudos.

La obra representa el éxtasis o transverberación de Santa Teresa basado en sus propios escritos. Según ellos, en un arrebato místico, sintió cómo un ángel se le aparecía en sueños y le atravesaba el pecho con una flecha de amor divino que le provocó una sensación de dolor y gozo simultáneo que la dejó desfallecida y suspendida en el aire, levitando sobre las nubes.

El tema es típico del Barroco, tanto por su idea propagandística y visual de las emociones religiosas, como por su actualidad en ese momento. Bernini, como otros autores, se hace eco del hecho y, utilizando la propia bula, crea una nueva iconografía en donde buscará transmitir, de forma emocional, el concepto abstracto del éxtasis para hacerlo entendible por el pueblo.

La obra supera propiamente lo escultórico para convertirse en un verdadero escenario en donde se mezcla arquitectura, escultura, pintura y luz. La capilla, de forma cuadrada, tiene en sus dos paredes laterales sendos relieves que representan a miembros de la familia Cornaro. Se asoman a una especie de palco teatral desde el cual observan el milagro.

Al fondo se encuentra el grupo principal, encerrado en un altar de formas curvilíneas. Sobre él se encuentra, pintado y con nubes de estuco, una representación de la Gloria en la que se abre un gran ventanal que derrama luz cenital sobre la capilla. El espectador entra, de esta manera, dentro de la obra, es rodeado e incluido en ella, tomando un papel activo. Bernini concibió todo el conjunto desde ese punto ideal que ocuparía el fiel, controlando de esta manera su visión.

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En el grupo central, el autor consigue transmitir un fuerte dinamismo a través del cruce de diagonales, formando un aspa. Se puede observar una línea imaginaria que va desde la cabeza del ángel hasta el pie de la santa, cruzándose con otra generada por el cuerpo recostado de Santa Teresa.  Resultando un grupo abierto, con un fuerte movimiento de los ropajes que contribuye a transmitir una sensación de agitación, reforzada, por la sensación de inestabilidad provocada por la falta de apoyo de los personajes, suspendidos en el aire.

Esta misma sensación de movimiento podemos verla reflejada en la actitud del ángel que, con su flecha, mirada, y su gesto de levantar el ropaje, nos lleva en la dirección de la acción, hacia el cuerpo de la santa.

La luz de la composición está muy estudiada y trabajada por Bernini, está dirigida desde la zona superior (luz cenital), y se va derrama y envolviendo toda la escena, creando una verdadera sensación de aparición milagrosa al espectador. Los rayos de madera dorada que acentúan la sensación anteriormente descrita, sirviendo, además, como simbolismo de lo divino.

Las distintas superficies esculpidas están tratadas con un verdadero virtuosismo, dando un aspecto casi real de las texturas que semejan blandas en las carnes y duras y con cuerpo en los ropajes de la Santa y livianas pegadas al cuerpo del ángel. Esto lo consigue tratando la superficie con un mayor o menor pulido, que dará un distinto aspecto a las partes al reflectar la luz sobre la obra.

Las figuras consiguen transmitir los sentimientos. Bernini consigue que la Santa exprese su éxtasis con los ojos cerrados y la boca entreabierta, en un estado lánguido de su cuerpo desmayado que nos revela su mano. Frente a este estado de pérdida de consciencia, la fuerte expresividad de las telas y paños flotantes, consiguen plasmar de forma plástica la agitación y temblor del momento. En contraste con esta figura, encontramos al ángel que con sus gestos ofrece un contrapunto de serenidad que acentúa más el estado de la santa.


Extracto de la Conferencia “Santa Teresa, viaje desde el Renacimiento hasta nuestros días”, de Teresa Jiménez Hernández, en el ciclo de conferencias, “Ávila en Teresa“.

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Santa Teresa de Jesús, de Gregorio Fernández

La escultura de Gregorio Fernández, realizada hacía el año 1625, en madera policromada y de tamaño natural, actualmente la encontramos en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid. El escultor realiza esta obra para el Carmel Calzado y siguiendo el esquema iconográfico previamente consolidado en el que se representaba a Santa Teresa en su faceta de escritora, con la pluma en la mano derecha y el libro en la izquierda, y la mirada elevada hacia lo alto para indicar la inspiración divina.

En esta escultura podemos apreciar un giro hacia un mayor realismo en la representación de la Santa, respecto de obras anteriores, esto se debe a que por estas fechas cercanas al 1625 ya se conoce el rostro de Teresa con bastante certeza gracias al anteriormente comentado retrato de Fray Juan de la Miseria y un elemento como es el libro que tiene en la mano, adquiere mucha más verosimilitud, al lograr reproducir el cuero de la encuadernación o la flexibilidad de las gruesas hojas de papel, doblado en una de las puntas. En el texto sólo es legible en el encabezamiento el nombre de su confesor, Pedro de Alcántara, aunque parece añadido posteriormente. Por último, destacar que en la policromía predominan los tonos planos, solamente animados por cenefas con labores en oro que adquieren un particular protagonismo al cruzar el manto y dejarlo sujeto bajo el libro, como si estuviera prendido por un alfiler. Ese dominio del plegado se aprecia también en la caída del velo sobre la parte posterior, captada con gran elegancia.

Esta versión tan acorde con los planteamientos del barroco fue de tan gran éxito que la gran mayoría de las imágenes que representan a la Santa derivan de ella. Siendo así el prototipo de obra para la exposición del culto a Santa Teresa.


Extracto de la Conferencia “Santa Teresa, viaje desde el Renacimiento hasta nuestros días”, de Teresa Jiménez Hernández, en el ciclo de conferencias, “Ávila en Teresa“.

Créditos de fotografías

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El retrato de Santa Teresa de Jesús

Copia del retrato de Santa Teresa realizado por fray Juan de la Miseria

Se trata del primer retrato de Santa Teresa de Jesús. Basado en obra de Juan de la Miseria, realizada en el año 1576, cuando Teresa contaba con 61 años de edad. Esta copia se encuentra en el convento de religiosas carmelitas descalzas de San José del Carmen en Sevilla.

Posiblemente este es el retrato más fiel a su verdadera apariencia física, ya que se trata de la copia del original pintado con la propia Teresa posando como modelo. Cito textualmente que “Fray Juan de la Miseria pintó el rostro de Santa Teresa sobre lienzo, que es el cuadro más parecido al aspecto original, por realizarlo con la protagonista delante de sus ojos, y con los pinceles en la mano.

Se considera el único retrato en vida de la Santa. Al parecer, según la leyenda, tras posar Teresa para el artista, esta le dio su opinión: “Dios te perdone, Fray Juan, que ya que me pintaste, podías haberme sacado menos fea y legañosa”, mostrando así que además de monja también era una mujer coqueta (como buena abulense). Y es cierto es que tenía motivos para quejarse, ya que en esta copia se aprecian ojeras y varias verrugas poco favorecedoras.

También encontramos otro retrato realizado en vida de la santa, pero esta vez no en una pintura, sino en una descripción meticulosa que debemos al jesuita P. Francisco Ribera, primer biógrafo de santa Teresa.

 “Era Teresa de Jesús de muy buena estatura; y en su mocedad hermosa, y aún después de vieja, parecía harto bien; el cuerpo abultado y muy blanco; el rostro redondo y lleno, de muy buen tamaño y proporción; la color blanca y encarnada, y, cuando estaba en oración, se le encendía y se ponía hermosísimo, todo él limpio y apacible.

El cabello negro y crespo; frente ancha, igual y hermosa; las cejas de un color rubio que tiraba algo a negro, grandes y algo gruesas, no muy en arco, sino algo llanas. Los ojos negros y redondos y un poco papujados (que así los llaman y no sé cómo mejor declararme), no grandes, pero muy bien puestos, y vivos y graciosos, que, en riéndose, se reían todos, y mostraban alegría, y, por otra parte, muy graves, cuando ella quería mostrar en el rostro gravedad.

La nariz, pequeña, y no muy levantada de en medio, tenía la punta redonda y un poco inclinada para abajo, las ventanas de ella arqueadas y pequeñas; la boca ni grande ni pequeña, el labio de arriba delgado y derecho, y el de abajo grueso y un poco caído, de muy buena gracia y color; los dientes muy buenos y la barbilla bien hecha; las orejas ni chicas ni grandes. La garganta, ancha y no alta, sino antes metida un poco; las manos, pequeñas y muy lindas.

En la cara tenía tres lunares pequeños al lado izquierdo, que la daban mucha gracia; uno más abajo de la mitad de la nariz, otro entre la nariz y la boca, y el tercero, debajo de la boca. Toda junta parecía muy bien, y de buen aire en el andar, y era tan amable y apacible, que a todas las personas que la miraban, comúnmente aplacía mucho.”


Extracto de la Conferencia “Santa Teresa, viaje desde el Renacimiento hasta nuestros días”, de Teresa Jiménez Hernández, en el ciclo de conferencias, “Ávila en Teresa

La fundación del Convento de San José

Teresa de Ahumada, monja del convento de la Encarnación, no estaba de acuerdo con el relajado modo de vida que imperaba en el monasterio. Entendía una mayor entrega, viviendo la austeridad de la Regla primitiva de la Orden a la que pertenecía, y de ahí nació el primer pensamiento de la fundación del convento de San José, mientras hilada la rueca en su celda junto con su sobrina María de Ocampo. Esta idea se la trasladó a su amiga Guiomar de Ulloa, noble de alta alcurnia con la que Teresa tenía muy buena relación. Guiomar se entusiasmó con la idea y ofreció su nombre, su disposición y lo que la quedaba de renta para llevar a cabo este pensamiento, jugando un papel muy importante en todo el proceso. De hecho, no entenderíamos la figura de Teresa de Jesús sin la de Guiomar de Ulloa. Y aquí comenzarían las dificultades.

Teresa se trasladó, nuevamente, al palacio de Guiomar para tener mayor libertad para ir de un lado para otro y hacer las gestiones necesarias, pero se encontró con la contrariedad de las monjas de la Encarnación, que se extendió a la ciudad: los vecinos y el Concejo de Ávila amenazaron con movilizarse por la creación de un nuevo convento de monjas.

Teresa buscó apoyos, incluso la del padre Ibáñez del monasterio de Santo Tomás, pero a finales de 1560 el Provincial de la orden, frente a tanta presión, le retira su apoyo, e incluso le mandan de regreso a su celda de la Encarnación y abandonar el palacio de doña Guiomar. A ésta incluso su confesor se negó a darle la absolución si no abandonaba el proyecto. Pero pasó el tiempo y el tema parecía olvidarse, hasta que en abril de 1561 cambiaron al rector de los jesuitas, y el nuevo, Gaspar de Salazar, se puso a favor de Teresa, y ésta decidió seguir adelante con el proyecto de fundación de un nuevo convento, pero con el máximo de los secretos:

Hizo venir a su hermana Juana de Ahumada y a su cuñado, Juan de Ovalle, desde Alba de Tormes, para la compra de la casa, un solar que había pertenecido a un clérigo ya difunto llamado Valvellido, y que será la sede del futuro convento. Éste figuraba con el nombre de su hermana y su cuñado para evitar las sospechas que levantarían las obras de acondicionamiento, y fueron la coartada perfecta para disfrazar las obras como reforma de su vivienda familiar. Para seguir las reformas del convento más de cerca, nuevamente Teresa se trasladó al palacio de Guiomar con la excusa de acompañar a su hija, Antonia de Guzmán, monja también en el convento de la Encarnación y que estaba enferma. Guiomar apoyó contra viento y marea a Teresa, siendo cofundadora del convento. Cubrió gran parte del coste de la compra, y el dinero necesario para acabar las obras fue llegando con cuentagotas, pidiendo dinero incluso a las novicias de la Encarnación, hasta que su hermano Lorenzo le envió desde América más dinero del que entonces les hacía falta.

Comenzaron las sospechas sobre el camino que tomaban las obras de la casa de los Ovalle, incluso escuchando misa en la iglesia de Santo Tomé, le predicador se refirió a Santa Teresa diciendo “a las monjas que inventen nuevas fundaciones para nadar sueltas por las calles”. Pero Teresa tenía la conciencia muy tranquila. Éstas y otras acusaciones hicieron acelerar las obras.

Ya fuera por nuevos indicios y sospechas sobre las obras del barrio de San Roque, Teresa tuvo que acudir a Toledo para consolar a la dama de alta alcurnia doña Luisa de la Cerda, hermana del duque de Medinaceli, donde permaneció durante más de medio año. A su vuelta, le esperaba una grata sorpresa: la Breve de Roma que autorizaba su fundación. Aunque estaba fechado en Roma a 7 de febrero de 1562, no se tuvo noticias hasta la llegada de Teresa a Ávila, a mediados de año. Otorgaba la jurisdicción al Obispo de Ávila y venía dirigido a doña Guiomar de Ulloa y a su madre, doña Aldonza de Guzmán. Aunque Guiomar se encontraba en Toro, evitando sospechas.

Dos días antes de la inauguración del convento, el concejo de la ciudad, que vigilaba toda nueva construcción, investigó la rara obra que se estaba llevando a cabo en el barrio de San Roque, y preocupaba demasiado porque quedaba muy cerca de donde acababan los arcos del acueducto que traía agua a la ciudad, y un inspector se presentó ante la sospechosa casa.

El cuñado de Teresa, Juan de Ovalle, se defendió ante las preguntas del inspector y éste no quedó muy convencido pues siendo su visita en sábado, quedó en volver a visitar la casa el lunes, el día previsto para la inauguración, quedando claro así que el secreto no había sido revelado.

La madrugada del domingo día 23 al lunes 24 de agosto de 1562, Teresa, sus hijas y sus amigos, comenzaron a descubrir las verdaderas trazas del convento. Despertó al mundo el convento de San José, el primero con esta advocación al carpintero de Nazaret, y con esta inauguración puso fin al vínculo de 27 años que había vivido bajo el amparo y cobijo del monasterio de la Encarnación. Con una campana rota, anunció a los vecinos la inauguración de un nuevo convento, sin imaginar todavía que sería el comienzo de la Reforma teresiana.

Le acompañaron sus hijas, cuatro novicias que fueron sus grandes colaboradoras: Antonia del Espíritu, María de San José, Úrsula de los Santos y María de la Paz. J Señalar que Teresa de Ahumada dejó atrás su nombre y comenzó a llamarse y firmar, como Teresa de Jesús.

El primitivo convento era muy humilde, fue reformado totalmente por el arquitecto real Francisco de Mora hacia 1607, creando un estilo propio de conventos carmelitanos.

Tras la fundación de este convento, Teresa de Jesús comienza su etapa andariega y fundadora, recorriéndose parte de la geografía de Castilla fundando monasterios, hasta un total de 17, y murió en Alba de Tormes, en brazos de Ana de San Bartolomé, donde se había desplazado al ser requerida por la duquesa de Alba, aunque su deseo siempre fue el de morir en su pequeña fundación del convento de San José.

Las reliquias de Santa Teresa

 “Vivo sin vivir en mí, y de tal manera espero, que muero porque no muero”

Teresa de Jesús falleció un 4 de octubre de 1582 en Alba de Tormes, lugar al que se había trasladado ante la petición de la duquesa de Alba. Exhaló su último suspiro en brazos de Ana de San Bartolomé, siendo sus últimas palabras «En fin, muero hija de la Iglesia» pese a su deseo de morir en la pequeña fundación de San José de Ávila. Fue enterrada en la iglesia de la Anunciación del convento de Carmelitas descalzas de Alba de Tormes al día siguiente, 15 de octubre, coincidiendo con el momento de cambio del calendario juliano al calendario gregoriano actual.

No es sólo se produjo ésta peculiaridad del entierro de la Santa, si no que recibió tres entierros. Como hemos dicho, el primero de ellos se produjo al día siguiente de su muerte. Nueve meses después, la tumba se abrió – por haber cedido parte de la misma – descubriéndose que el cuerpo de Teresa de Jesús permanecía incorrupto. El padre Jerónimo Gracián le cortó la mano izquierda, llevándola a las madres carmelitas del convento de San José de Ávila, aunque se guardó el dedo meñique para él.

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Sepulcro de Santa Teresa en Alba de Tormes

En 1585, la Orden de los Carmelitas Descalzos ordenó trasladar el cuerpo incorrupto a Ávila, exhumando los restos el 25 de noviembre, aunque un brazo permaneció en Alba de Tormes para compensar, de algún modo, la pérdida. El cuerpo de Santa Teresa permaneció en la capital abulense hasta que los duques de Alba, molestos por la decisión carmelita, hicieron gala de su poder logrando que el papa Sixto V aprobara un nuevo traslado – y definitivo – de los restos de Teresa de Jesús a Alba de Tormes, oficiándose el tercer y último de los entierros oficiales de la Santa abulense.

El cuerpo incorrupto de Teresa de Jesús permanece en la capilla de la Anunciación de Alba de Tormes, custodiado bajo nueve llaves y según se puede oír popularmente, se dice que hasta que no se junten todas las llaves, no se puede abrir el sepulcro de Santa Teresa. Tantas llaves, o cerraduras, se deben para evitar sustracciones de reliquias. Las llaves están distribuidas en juegos de tres (reja exterior, arca externa de mármol, arca interior de plata), a cada uno de los representantes: la priora del convento de Alba de Tormes, el superior general de la Orden carmelitana en Roma y la casa del duque de Alba. Cabe señalar que existe una cuarta llave en el caso del arca de plata y cuya custodia tiene – simbólicamente – la monarquía española. La última vez que se abrió el sepulcro fue en agosto de 1914, bajo gran expectación y bajo permiso vaticano.

Las reliquias de Santa Teresa

El cuerpo incorrupto de Santa Teresa es venerado y de él se han extraído partes de su anatomía para reverenciarse como reliquias, hasta tal punto que se encuentran diseminados por lo largo del mundo. A continuación exponemos algunas de las reliquias de la Santa y su ubicación:

En Alba de Tormes se encuentra lo que queda de su cuerpo, el brazo izquierdo y el corazón, expuesto en el museo. En Roma se encuentra el pie derecho, concretamente en el convento de Santa María della Scala, y la mandíbula. En San Pancracio se conservan algunos fragmentos de cráneo y unos dientes.

En Lisboa, la mano izquierda, cortada, como hemos visto, por el padre Gracián en 1583 – quedándose con el meñique – y que fue entregada a las monjas de San José, llevándose en 1585 al monasterio de carmelitas descalzas de Lisboa, donde se encuentra actualmente.

Las Carmelitas de Madrid veneran un pedacito de carne con forma de corazón, al igual que las carmelitas de Malagón y Valladolid, junto a parte del escapulario. Pero también existen reliquias  de trocitos de tela mojadas en sangre, que las monjas cogieron cuando veneraban el cuerpo de una herida que tenía en la espalda. Y muelas, como en Toledo, Santiago de Compostela, o Ciudad de Puebla en México. Y en Ronda el ojo izquierdo, junto con la reliquia que ha tenido más devoción: la mano derecha.

De esta mano derecha se cortaron varios dedos y fueron repartidos por distintos sitios: París, Roma, Ávila, Sevilla y Bruselas (Gent y Antwerpen), donde también se encuentra una de las clavículas.

Pero la historia de esta mano es, cuanto menos, curiosa, y se remonta a los tiempos de la guerra civil. Tras el estallido del conflicto, Ronda quedó en territorio republicano, y el convento de carmelitas descalzas de esta localidad fue capturado por el bando republicano. Las autoridades provinciales reclamaron y la reliquia fue llevada a Málaga, pero cuando llegaron los nacionales encontraron la mano entre los objetos personales del coronel José Villalba Rubio. Entonces Franco pidió un permiso especial a la iglesia y se la llevó a su capilla particular del palacio de El Pardo – la leyenda cuenta que la tenía en su dormitorio, y que incluso le construyó su propio altarcito – y la veneró hasta su muerte. Dos semanas después, la mano fue devuelta a la priora de las madres carmelitas descalzas del convento de Ronda.

Y también, con objetos materiales que utilizó Santa Teresa, podemos encontrar el báculo que utilizó en su vejez, conservado en el monasterio de San José y que con el propósito del V Centenario ha recorrido todo el mundo, incluido el Vaticano, hasta regresar de nuevo a la primera fundación.

Se conserva también en San José el rosario que utilizó y una sandalia. En Zaragoza la correa del hábito con el que fue enterrado, y del cual se destilaban unas gotitas de aceite de sangre que hacía milagros; en Calahorra el velo; en Granada la sábana donde permaneció enterrada el tiempo que estuvo en San José. Además, hay otras reliquias más curiosas, como un trozo de una silla que perteneció a Santa Teresa, madera del ciprés plantado por ella; o tierra de la tumba primitiva.

 

Bonus Track: Como curiosidad, el brazo incorrupto de Alba de Tormes, cuando fue llevado de visita a Nueva York por las monjas de la congregación, al pasar la aduana tuvo problemas en la declaración y finalmente fue reconocido como “salazones y pesca salada

Iglesia de San Juan Bautista

Foto de avilas.es
Foto de avilas.es

La iglesia de San Juan fue, en un principio románica, y aunque había sufrido varias reformas, se decidió, hacia 1504, su ampliación, transformándose en un templo gótico. Esta parroquia ha sido muy importante en el acontecer de la ciudad, pues desde el siglo XIII se reunían bajo sus soportales  los regidores cuando no había de Ayuntamiento, y era la sede del llamado banco de San Juan, uno de los bandos en los que se organizaba el concejo de la ciudad y representado por el linaje de Esteban Domingo, es decir, los Dávila con trece roeles en su escudo.

La reforma del siglo XVI fue diseñada por Martín de Solórzano, el cual, pese a partir hacia Plasencia al poco de firmar los contratos de construcción, definió las trazas y líneas maestras del templo, comenzando en 1504 y continuándose a lo largo de todo el siglo, y continuando las obras Pedro Guelmes y Pedro de Gumiel. El templo se estructura con una nave central, con tres desiguales tramos que cubrieron con bóvedas, y con capillas irregulares en los laterales, aunque no se sabe hasta qué punto la estructura anterior del templo condicionó la planta del nuevo. Un poco por su planta, la traza de las bóvedas, los perfiles de los arcos y el juego bícromo de los materiales – la sillería gris granítica de los muros y las bóvedas con ocre arenisca románica reutilizada – recuerdan un poco al monasterio de Santo Tomás.

En 1537, el mismo maestro levantó frente a la puerta norte, una torre gótica que cegó una de las ventanas del templo, y que se llamó “torrejón”, constando de tres cuerpos de campanas y chapitel que se puede apreciar en la vista de Ávila de Wyngaerde (1570). El mismo torrejón fue sustituido por la actual torre hacia 1700. Además, en 1539 se instaló la campana llamada “zumbo”, traída desde Olmedo, que marcaba las horas y el ritmo de la vida de los abulenses, y que llevaba grabado el escudo de armas de la ciudad y dos cruces, junto con la leyenda “esta campana o reloj mandaron hacer justicia y regidores de esta ciudad a su costa y es suya. Hizose año de 1539”. Un año después se colocó el reloj de la torre, traído de Medina del Campo y comprado a Juan Jalón, pagando 100 ducados de oro por el artilugio.

Hacia mediados del siglo XVI se acometió una nueva reforma, esta vez de la cabecera para acoger la capilla funeraria de Sancho Dávila, el Rayo de la Guerra, entre 1559-1598. Pese a que su primera intención fue enterrarse en la catedral, su deseo no pudo verse cumplido, y también, pese a pertenecer al linaje de Blasco Jimeno, los Dávila de los seis roeles, por sus méritos y como reconocimiento a sus méritos, le fue concedido el privilegio de poder enterrarse en la sede del banco de San Juan, del linaje de los Dávila de los trece roeles.

En la capilla intervinieron Pedro Tolosa, Diego Martín de Vandadas y Francisco de Arellano, que en 1570 realizaron las capillas laterales con bóvedas de horno aveneradas, y a partir de 1585 serán Diego Martín de Vandadas, Cristóbal Jiménez y Francisco Martín quienes terminen el edificio. El resultado es una cabecera cubierta por una gran bóveda de cañón con motivos geométricos, que incorpora un altar elevado con dos hornacinas laterales de enterramiento en el que va incluida una gran cripta funeraria con bóveda de medio cañón fajeados y con lunetos de ajustada estereotomía.

Es considerada un ejemplo del último lenguaje renacentista cercano al purismo escurialense.

En esta misma iglesia fue bautizada, el 4 de abril de 1515, Teresa de Cepeda y Ahumada, en la misma pila bautista que se conserva en el templo y, curiosamente, el mismo día que se inauguraba el monasterio de la Encarnación, el mismo donde años después sería Teresa su priora.

En la edición de Las Edades del Hombre, “Teresa, Maestra de Oración” la iglesia de San Juan Bautista fue una de las tres sedes abulenses y acogió el Capítulo Cuarto “Maestra de Oración“, donde se desarrolló la exposición centrada en la meditación, la oración y la búsqueda de Cristo a través del Evangelio por parte de Teresa de Jesús.

El Castellano y Leonés de la Historia

Desde Rtvcyl se propusieron elegir ni más ni menos que al “Castellano y leonés de la historia”, como si la fama, la gloria, las gestas o el dinero pudieran medirse. Para ello, un “gabinete de expertos” (me hace gracia lo de expertos), hicieron un recorrido por la historia eligiendo a las 100 personas, según su criterio, más importantes y representativos de nuestra comunidad. Dentro de estas “celebritis” nos encontramos con varios reyes, Alfonso VIII, IX, X, Fernando I, III, Felipe II e Isabel la Católica; santos como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, escritores como Carmen Martín Gaite, Paco Umbral, George Santayana o José Jiménez Lozano, teniendo también su puesto de honor políticos, toreros, literatos, cardenales, artistas, ciclistas y Vicente del Bosque, ese charro que consiguió un mundial para España, nada más importa. Sorprende, además de la variedad de figuras, algunas inclusiones como por ejemplo la de… ¡Viriato! Todos sabemos lo castellano y leonés que era, por supuesto; al igual que Prisciliano de Ávila, natural de Gallaecia; o Amancio Ortega, tan castellano y leonés como coruñés de pro.

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El concurso, elegido por los votantes, lo ganó con gran ventaja, la gran reina Isabel de Castilla. Ella y su porte es, sin duda la figura más importante de Castilla, ensalzada en nuestros días por la magnífica serie de TVE y que ha puesto de moda a la reina. Esto lo convertía en la gran candidata a ganar el concurso incluso antes de las votaciones. En segundo lugar, el elegido fue Adolfo Suárez, presidente trascendental en la Transición y que su figura y legado es recordado no solo a nivel castellano-leonés, sino de toda España. El tercer puesto fue para Rodrigo Díaz de Vivar, ese que ganaba batallas después de muerto e hizo jurar a un rey en Santa Gadea.

Como pueden observar, la historia de Castilla y de León es fundamental sin estos personajes… Como pude constatar en las redes sociales, cada castellano y leonés hizo campaña para personajes de su ciudad o provincia, sea de esta manera que los abulenses votaran, además de Isabel, por supuesto, por Santa Teresa de Jesús; los burgaleses por el Cid; los zamoranos por Claudio Moyano; los leoneses por Zapatero y los gallegos por Amancio. Poniéndonos serios, ¿es necesario hacer un concurso para nombrar a alguien “castellano y leonés de la historia”? Con esto caemos en el localismo y provincialismo. ¿Qué será lo próximo, el abulense, segoviano, soriano, burgalés, palentino, leonés, zamorano, salmantino o pucelano de la historia?

Siendo realistas, y poniéndonos a elaborar méritos, Isabel de Castilla fue importante, sin duda, más en el contexto de la unión con Aragón y crear las bases del estado moderno, pero ¿acaso no fue Felipe II más importante al ser la cabeza de un Imperio en donde no se ponía el sol? Y centrándonos exclusivamente en Castilla y León, ¿no sería más importante Fernando III el Santo al unir ambos territorios bajo una misma corona? ¿O Vicente del Bosque por ganar un mundial, dos Eurocopas y tener el título de Marqués?

El concurso, bajo mi punto de vista, está bien como entretenimiento, pero no tiene ningún rigor histórico al pretender mediante una votación nombrar al más importante de la historia. Como he dicho, se cae en el víctimismo de los provincialismos, sin ningún orden y desconcierto. Sin duda, este evento ha aumentado la audiencia de Rtvcyl, pero no ha conseguido generar un debate en la población que de verdad crea en quién fue, o merece ser, el primer castellano y leonés de la historia.