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Ávila, tierra de santos y cantos (entre otras cosas)

Tradicionalmente se ha dicho que Ávila es tierra de cantos y de santos. Razón no le falta, pero Ávila es mucho más. Es tierra de sabor, de chuletones, de pinchos, de frío, de pimentón, de patatas revolconas, de yemas, de policías y de buena gente. Abreviando, tierra de abulenses y/o avileses, que no avileños, por si a alguien no le ha quedado claro.

Que sea tierra de cantos es sencillo de adivinar, pues en toda su extensión se asienta y se construye sobre granito: piedra dura, austera e inquebrantable, como  el corazón de sus gentes y el temple de la guerra. Con cantos hemos levantado una ciudad a nuestra medida, protegida por una fuerte muralla, construido la catedral, palacios, iglesias y conventos, aparcamientos, puentes, casas solariegas, obras faraónicas y adoquines que dan un toque vintage a la ciudad.

Y también de santos, muchos e importantes, canonizados y doctores por la Santa Iglesia católica. Esto hay que matizarlo y situarlo en su contexto, pues hace siglos, entre el frío y los cantos que nos rodean, sin televisión ni redes sociales con las que entretenerse, las maneras de pasar el rato eran pocas y fundamentalmente dos: orar o luchar. Los que no jugaban con espadas encontraban su sino en la espiritualidad y el misticismo, retirándose a hablar con Dios entre el frío de sus muros de piedra.

Desde el comienzo de los tiempos hemos sentido predilección por los Santos, simplificados muchas veces en San, como por ejemplo nuestro patrón, San Segundo, o los hermanos Vicente, Sabina y Cristeta, santos mártires cuyo cenotafio reposa en una composición de cantos tallados que dan forma a una de las joyas del románico como es la basílica de San Vicente.

Pero además, hay multitud de Santos que titulan pueblos o que son pueblos que dan nombres a otros, como por ejemplo Arenas de San Pedro, San Juan de la Nava, San Juan del Molinillo, Santa Cruz del Valle y muchos más. Para todos aquellos buenos abulenses que pudieran sentirse ofendidos al no nombrar su santo pueblo, he rezado dos padres nuestros para expiar mi pecado. Y si nos centramos en la ciudad, los distintos distritos o barrios que conforman el entramado urbano reciben también el nombre de Santos, correspondido con las parroquias: San Nicolás, Santiago, Santo Tomás, San Juan, San Pedro, San Andrés, San Esteban, San Antonio… Aquí tampoco se sientan ofendidos los del barrio de las Vacas, pues ellos tienen a su Virgen, ¡vivan los mozos!

Con tanto santo viviendo en simbiosis permanente con la ciudad, la confluencia de Santos, espiritualidad, oraciones, ruegos y preguntas, hizo que fuera a nacer en Ávila – no podía suceder en mejor lugar ni en otro sitio – nuestra Santa más internacional, Teresa de Cepeda y Ahumada, hace cinco centenares de años. Conocida internacionalmente como Santa Teresa de Ávila por nosotros y Santa Teresa de Jesús por el resto del mundo, es un personaje fundamental en nuestra historia para entender el misticismo, la reforma del carmelo calzado y el merchandising de la ciudad, además de situar nuestra ciudad en los mapas terrenales y ensalzarse como gran maestra de la vida espiritual en la historia de la Iglesia. Mujer avanzada a su tiempo, fue una prolífera escritora espiritual, emprendedora incansable con diecisiete fundaciones de pequeñas empresas a lo largo de la geografía peninsular y creadora de las patatas fritas. Ni más ni menos. Tuvo como ayudante, confesor y doctor de la iglesia a otro santo abulense, el medio fraile, tan pequeño como astuto, patrono de los poetas y místico renacentista, San Juan de la Cruz, o Juan de Yepes para los amigos.

Otros que no son santos, pero casi y que son más desconocidos para los abulenses pero no por ello menos importantes, son el beato Alonso de Orozco, el obispo Santos Moro (al menos, de nombre) y las venerables María Díaz y María Vela. Por último, señalar la curiosa leyenda de San Pedro del Barco, santo de nuestra tierra que causó conflicto entre Piedrahita y Barco sobre dónde reposarían sus venerables restos, acordando que una mula los llevará sobre sus lomos y allí donde se parara, allí sería enterrado. Cuál fue su sorpresa que la mula siguió sin rumbo fijo pasando pueblos y pueblos hasta llegar a la capital de cantos y santos para caer desplomada en la basílica de San Vicente, donde murió exhausta tras la larga travesía y la responsabilidad moral de cargar un santo a sus espaldas.

Como habéis podido comprobar, en Ávila nos sobran cantos y coleccionamos santos. Canto arriba, santo abajo, Ávila es una amalgama de granito y misticismo que ha resistido el paso de los siglos haciendo frente al frío, a la despoblación y al turismo, con Santa Teresa a la cabeza – tan importante como para dedicar dos estatuas a su figura en una misma plaza –proyectando la imagen de una ciudad orgullosa de sus cantos y de sus santos, entre otras cosas.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

La desaparición de los Santos

Hace cinco años, en el verano de 2009, ocurrió un hecho insólito en el pueblo de Duruelo, anejo de Casasola (Ávila), que hoy se recuerda y se va constituyendo como una fiesta más en el pueblo.

Foto de Bernardo Santiago

Foto de Bernardo Santiago

Una mañana de julio, un grupo de mujeres se dirigieron a la iglesia, consagrada a Nuestra Señora de la Asunción, para limpiar el templo ante las celebraciones religiosas que se iban a celebrar. La iglesia, situada a poco más de un kilómetro del pueblo y que comparte con Casasola, presentaba el mismo aspecto imponente que siempre, pero al llegar a su puerta descubrieron, para su asombro, que la puerta no estaba cerrada, y al entrar descubrieron horrorizadas que había sido visitada por los amigos de lo ajeno. Entrando por una ventana, los ladrones se habían llevado las posesiones más preciadas del templo: las imágenes de los santos. Las tallas policromadas de San Blas, San Roque, San José y Santa Águeda, además del Sagrado Corazón de Jesús y la Purísima Concepción y otros ornamentos del retablo habían desaparecido.
Las mujeres que lo descubrieron, asustadas, hicieron correr la voz en el pueblo en menos que canta un gallo y en menos tiempo de lo que dura una misa se personaron en el templo vecinos, el párroco, la guardia civil, el CSI y algún curioso, que nada pudieron hacer salvo confirmar la sustracción de las imágenes sin ningún motivo y sin un por qué. Sea como fuere, la desesperanza hizo mella en el pueblo, quien acogió este suceso como una desgracia, lamentándose del robo y maldiciendo a quien o quienes los hubieran robado.
Casualidades del destino, triunfo de las historias felices, ésta también lo tuvo, porque inexplicablemente y sin que nadie sepa los motivos, los santos aparecieron al día siguiente, 17 de julio, en un cercado en las inmediaciones del pueblo llamado “la Vijuela”. Apenas habían salido los primeros rayos de sol cuando un vecino descubrió atónito las tallas de San Blas, San Roque y Santa Águeda en el cercado, y rápidamente se difundió la noticia para alegría y júbilo de todos los vecinos de Duruelo. ¿Quién se había llevado los Santos? ¿Se habían ido los santos de parranda? Y lo que es más raro… ¿por qué los habían devuelto? Tras las averiguaciones policiales poco pudieron esclarecer del caso. Posiblemente los cacos se dieron cuenta del poco valor que tenían las imágenes pues, a pesar de ser tallas del siglo XVII, tienen más valor religioso o sentimental que material, o incluso pudiera ser que las devolvieron ante la imposibilidad de venderlas en el mercado negro. Quién sabe.
Pero la historia aún no ha acabado. ¿Y San José? La imagen del santo seguía sin aparecer, no estaba junto con las tallas que habían devuelto, y poco a poco se perdió la esperanza de recuperarlo. No sería hasta una semana después cuando por fin hallaron al Santo. ¿Dónde? En un jardín en las inmediaciones del Centro Comercial El Tormes, en Santa Marta (Salamanca). El hecho no deja de ser insólito. Así como nadie supo quién robó los santos, ni quién los devolvió, nada se supo de por qué San José apareció ni más ni menos que en Salamanca. Quizá San José se fue de rebajas, cansado de que de los ratones le roían los calzones, o porque los ladrones dieran a la imagen más valor que las otras, o simplemente necesitaban deshacerse de ella y la abandonaron allí. Supongo que será un misterio que nunca se desvelará.
Los vecinos de Duruelo, lejos de olvidar este suceso, lo han convertido en fiesta, consolidándose año tras año en lo que se conoce como “la recuperación de los Santos”, y conmemorándose el “Paseo de los Santos”, recorriendo en procesión con las imágenes el trayecto entre la iglesia y la Vijuela, el lugar donde aparecieron. Después, hay un aperitivo, baile, comida fraternal y verbena popular.