La venerable Mari Díaz, la «Virgen penitente de Ávila»

Mari Díaz nació hacia 1495, año arriba, año abajo, en Vita, un pequeño pueblo de la Moraña, en el seno de una familia de labradores acomodados. Hija de Alonso Díaz de Víctor y de Catalina Hernández, tuvieron varios hijos: Francisco, Alonso, Francisca y Mari Díaz. Los padres, cristianos viejos y caritativos, inculcaron los valores de la fe cristiana a su hija, quien lo que tenía lo repartía a los pobres, al mismo tiempo que pasaba todo el día en la iglesia.

Cuando fue doncella la casaron contra su voluntad con un joven de su edad, y ahí es donde las fuentes son poco claras y hay diversidad de opiniones, pues si bien algunos sostienen que no llegaron a ser velados ni jamás cohabitaron, otros dicen que si cohabitaron. Sea como fuere, al poco tiempo de casados, uno de los dos huyó, bien el marido puso pies en polvorosa, bien Mari Díaz. Lo cierto es que se libró del marido y, una vez que sus padres fallecieron, continuó viviendo con humildad en su aldea hasta que tuvo más de 40 años, ejercitándose en obra santas.

Con el tiempo, vino a Ávila para acudir a la contemplación y asistencia a la palabra de Dios y se instaló en una pequeña casita en el barrio de las Vacas, alrededor de año y medio, padeciendo una enfermedad bastante larga, agravada por la pobreza, y ganándose el sustento con el trabajo de sus manos con la aguja. Recibía la visita de personajes relevantes de la ciudad, e incluso uno de ellos, Juan de Santiago, quien descubrió en ella tesoros de virtud, perfección y paciencia, intentó que Mari Díaz fuese una buena maestra para su hija Ana Reyes, mostrándole el camino al cielo, y la llevó a vivir a una casita junto a la suya en la calle Santo Domingo, y allí residió algunos años.

En aquel tiempo comenzó a tratar con Ana Reyes y Santa Teresa de Jesús, con la que trató familiarmente, además de los padres de la Compañía de Jesús, siendo su confesor el padre Juan de Prádanos, el mismo que confesaba a Santa Teresa, la cual hizo que Francisco de Borja la viese y tratase, y aprobó su espíritu. El Padre Prádanos, junto con el rector de la Compañía, acordaron acomodarla entrando al servicio de una viuda importante, Guiomar de Ulloa, a la cual sirvió seis años, frecuentando cuando podía sus ejercicios espirituales.

Guiomar de Ulloa, que vivía muy cerca de San Gil, es la misma que ayudó a Santa Teresa. Mientras estuvo en su casa, Maridiaz tuvo que soportar las burlas de los pajes y criados, que incluso la dejaban sin comida al volver tarde de San Vicente. Tal fue la dedicación de Maridiaz a doña Guiomar, a la que cuidaba como si fuese su esclava, que la acompañaba en sus viajes.

Los padres de la Compañía de Jesús le pudieron licencia para que pudiera habitar en la tribuna de la iglesia de San Millán, donde pasó los últimos nueve años de su vida. Durante este tiempo, Maridiaz pasó cinco años con los Niños de Doctrina y cuatro con los colegiales, si bien aislada de unos y otros en un aposento que se hizo en el coro que tenían las monjas benedictinas a costa de Francisco de Salcedo, done abrieron en él una ventanilla que daba al altar mayor, y desde allí podía asistir al Santísimo Sacramento. Allí, Maridiaz fue atendida por una doncella llamada doña Juana de Vera.

El miércoles 12 de noviembre de 1572, habiendo madrugado para comulgar, al subir a sus aposentos se halló sin fuerzas y tuvieron que ayudarle para subir la escalera. Tuvo fiebre y quiso pasar la enfermedad en el suelo, en suma pobreza. La voz se corrió y fueron muchos los sacerdotes y personas piadosas que fueron a verla a San Millán. La velaron día y noche, hasta que al quinto día la administraron la Extremaunción.

Tal fue la devoción de las gentes de la ciudad que querían despedir y ver a la beata que hubo de poner porteros especiales para impedir la entrada y recibir su bendición. Hizo testamento y pidió que la enterrasen en San Millán, y a Santa Teresa y a sus hijas las mandó dos cruces que tenía y dos sayas viejas. Falleció a los 77 años.

El cadáver de Maridiaz fue amortajado y lo bajaron a la iglesia, donde lo pusieron en unas andas. Todas las cofradías se disputaban la honra de enterrarla, hasta que el Cabildo catedralicio acordó correr con los gastos del sepelio. Doblaron las campanas de la catedral y de casi todas las parroquias y conventos. Fue enterrada, como era su deseo, en la Capilla Mayor de San Millán. Sobre su tumba dos inscripciones junto a dos escudos:

Pretiosa in conspectu Domini

Preciosa es a los ojos del Señor

Mors Sanctorum ejus

La muerte de los justos

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Antiguo Seminario. Capilla de San Millán. Vista desde el coro. Hoy desaparecido. Foto Mayoral Encinar. 22 julio 1955 – Archivo de D. Bernardino Jiménez Jiménez.

Bibliografía

Vida de la Venerable María Díaz (Maridiaz). Ávila, Imprenta Catól. y Encuadernación de Sigirano Díaz, 1914.

http://bibliotecadigital.jcyl.es/es/catalogo_imagenes/grupo.cmd?path=10066618

ARIZ, L. Historia de las grandezas de la ciudad de Auila. Alcalá de Henares, 1607.

http://los4palos.com/tag/mari-diaz/

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María Vela y Cueto

maria_vela (2)La Venerable María Vela es considerada la segunda mística de Ávila y quizá, por ello, pese a ser contemporánea de Santa Teresa de Jesús, ha pasado a un segundo plano y a ser prácticamente una desconocida para los abulenses. Sin embargo, su nombre se puede leer en el apartado de Santos del “Monumento a las Grandezas de Ávila”, situado en la plaza del Mercado Grande.


 

El 5 de abril de 1561, Sábado Santo, nació en el lugar de Cardeñosa María Vela y Cueto, la primogénita de Diego Álvarez de Cueto y Vela y Ana de Aguirre. El matrimonio, que gozaba de una posición elevada, estaba emparentados con varias casas nobles abulenses, como Blasco Núñez Vela, primer virrey de Perú, hermano de su abuela paterna, María Vela, de la cual adoptó su nombre. Tras el nacimiento de su hija María, la favorita de su madre, le seguirían cuatro hermanos: Diego, Jerónima, Isabel y Lorenzo, quienes, salvo Diego, dedicaron su vida al estamento eclesiástico.

María fue bautizada en la iglesia de Cardeñosa el 13 de abril de ese mismo año, y fue en este pueblo, situados a dos leguas de Ávila, donde residió gran parte de su infancia, al disponer su familia de gran parte de su mayorazgo allí, incluida una casa-palacio. En el hogar, y de mano de su madre, recibió educación, aprendiendo a leer y escribir, música, tecla y bordado, instruyéndola en la oración, e intuimos que la pequeña María ayudaría a su madre con sus hermanos, al quedar viuda en 1570.

Sería a la edad de 15 años cuando, postrada ante la imagen de Nuestra Señora de Sonsoles, le dio una repentina enfermedad, llegando a temer por su vida. Fue durante esta larga y penosa enfermedad cuando oyó la voz de Dios y se entregó a él sin reservas, dedicando, a partir de entonces, su vida a la oración. Entró en el convento de Santa Ana, en Ávila, junto a su hermana Jerónima, donde era religiosa su tía Isabel de Cueto, hermana de su padre. Tomaron el hábito del Císter el día de San Juan de mayo de 1576. María Vela tuvo un complicado noviciado, debido, en parte, a su frágil salud, y sería en 1580 cuando entrara en el convento su hermana menor, Isabel de Villalba, aunque fallecería ese mismo año. En el día de San Juan de mayo de 1582, las dos hermanas, María y Jerónima, profesaron como monjas confirmando sus votos. La mala fortuna quiso que Jerónima viviera solamente tres años más.

María Vela ejerció el oficio de cantora y organista durante el resto de su vida en el convento, y también el de maestra de novicias durante un largo tiempo. Tuvo una gran devoción a la Virgen María y ella fue la encargada, tras la muerte de su tía Isabel de Cueto, de adornar y cuidar el altarcito  de María Santísima con la advocación de Nuestra Señora de Sonsoles que hay en el convento. María, en sus escritos, no cesa de invocar a la Virgen con los títulos de María, Mater gratiae, Mater misericordiae.

La religiosa tuvo mucha fama por su santidad en su vida por las gracias o fenómenos extraordinarios que la acompañaban y no siempre fue comprendida,  incluso por su confesor y director espiritual, el Dr. Miguel González Baquero. La trataron de loca e incluso sus compañeras se burlaban de ella tratándola de ilusa, hipócrita y endemoniada, llegando a denunciarla al Tribunal de la Inquisición, quedando absuelta al no cometer pecado alguno. No obstante, debido a su sacrificio y espiritualidad, las dudas, persecuciones y escrúpulos de monjas y confesores se habían vuelto admiración y alabanzas hacia María Vela, una humilde monja a quien acabaron por venerarla como santa tanto dentro como fuera del convento.

El 17 de septiembre de 1582, año Jubileo decretado a toda la cristiandad por Paulo V, María Vela cayó enferma con un dolor en el costado, del cual no se recuperaría. Le trataron con esmero, aplicándole, entre otros remedios, sangrías, administrándole la Extremaunción. Su agonía se prolongaría hasta el domingo 24 de septiembre, cuando falleció después de repetir la invocación que Dios le había enseñado “Mi amado para mí y yo para mi amado”.

La monja fue no fue sepultada en el claustro común como era tradición, sino al pie del altar de la capilla de Nuestra Señora de Sonsoles del monasterio de Santa Ana, por orden del obispo Francisco de Gamarra quien, poco después, en 1619, dispusiera que se abrieran informaciones sobre la vida y virtudes de la Venerable María Vela y Cueto.

Fuentes

ESTEBAN MARTÍN, Francisco. La mujer fuerte, venerable sierva de Dios Doña María Vela y Cueto, Monja Bernarda del convento de Santa Ana de Ávila del s. XVI-XVII, Ávila, 1917.

GONZÁLEZ VAQUERO, Miguel. La mujer fuerte. Vida de Doña María Vela, Monja de San Bernardo en el convento de Santa Ana de Ávila. Madrid, 1618.

RESS, Margaret Ann. Doña María Vela y Cueto. Cistercian Mystic of Spain’s Golden Age, en Spanish Studies, vol. 27, 2004.

RESS, Margaret Ann. The Spiritual Diaries of doña María Vela y Cueto. Lewiston, Nueva York, Lampeter, Edwin Mellen Press, 2007.