La fundación del Convento de San José

Teresa de Ahumada, monja del convento de la Encarnación, no estaba de acuerdo con el relajado modo de vida que imperaba en el monasterio. Entendía una mayor entrega, viviendo la austeridad de la Regla primitiva de la Orden a la que pertenecía, y de ahí nació el primer pensamiento de la fundación del convento de San José, mientras hilada la rueca en su celda junto con su sobrina María de Ocampo. Esta idea se la trasladó a su amiga Guiomar de Ulloa, noble de alta alcurnia con la que Teresa tenía muy buena relación. Guiomar se entusiasmó con la idea y ofreció su nombre, su disposición y lo que la quedaba de renta para llevar a cabo este pensamiento, jugando un papel muy importante en todo el proceso. De hecho, no entenderíamos la figura de Teresa de Jesús sin la de Guiomar de Ulloa. Y aquí comenzarían las dificultades.

Teresa se trasladó, nuevamente, al palacio de Guiomar para tener mayor libertad para ir de un lado para otro y hacer las gestiones necesarias, pero se encontró con la contrariedad de las monjas de la Encarnación, que se extendió a la ciudad: los vecinos y el Concejo de Ávila amenazaron con movilizarse por la creación de un nuevo convento de monjas.

Teresa buscó apoyos, incluso la del padre Ibáñez del monasterio de Santo Tomás, pero a finales de 1560 el Provincial de la orden, frente a tanta presión, le retira su apoyo, e incluso le mandan de regreso a su celda de la Encarnación y abandonar el palacio de doña Guiomar. A ésta incluso su confesor se negó a darle la absolución si no abandonaba el proyecto. Pero pasó el tiempo y el tema parecía olvidarse, hasta que en abril de 1561 cambiaron al rector de los jesuitas, y el nuevo, Gaspar de Salazar, se puso a favor de Teresa, y ésta decidió seguir adelante con el proyecto de fundación de un nuevo convento, pero con el máximo de los secretos:

Hizo venir a su hermana Juana de Ahumada y a su cuñado, Juan de Ovalle, desde Alba de Tormes, para la compra de la casa, un solar que había pertenecido a un clérigo ya difunto llamado Valvellido, y que será la sede del futuro convento. Éste figuraba con el nombre de su hermana y su cuñado para evitar las sospechas que levantarían las obras de acondicionamiento, y fueron la coartada perfecta para disfrazar las obras como reforma de su vivienda familiar. Para seguir las reformas del convento más de cerca, nuevamente Teresa se trasladó al palacio de Guiomar con la excusa de acompañar a su hija, Antonia de Guzmán, monja también en el convento de la Encarnación y que estaba enferma. Guiomar apoyó contra viento y marea a Teresa, siendo cofundadora del convento. Cubrió gran parte del coste de la compra, y el dinero necesario para acabar las obras fue llegando con cuentagotas, pidiendo dinero incluso a las novicias de la Encarnación, hasta que su hermano Lorenzo le envió desde América más dinero del que entonces les hacía falta.

Comenzaron las sospechas sobre el camino que tomaban las obras de la casa de los Ovalle, incluso escuchando misa en la iglesia de Santo Tomé, le predicador se refirió a Santa Teresa diciendo “a las monjas que inventen nuevas fundaciones para nadar sueltas por las calles”. Pero Teresa tenía la conciencia muy tranquila. Éstas y otras acusaciones hicieron acelerar las obras.

Ya fuera por nuevos indicios y sospechas sobre las obras del barrio de San Roque, Teresa tuvo que acudir a Toledo para consolar a la dama de alta alcurnia doña Luisa de la Cerda, hermana del duque de Medinaceli, donde permaneció durante más de medio año. A su vuelta, le esperaba una grata sorpresa: la Breve de Roma que autorizaba su fundación. Aunque estaba fechado en Roma a 7 de febrero de 1562, no se tuvo noticias hasta la llegada de Teresa a Ávila, a mediados de año. Otorgaba la jurisdicción al Obispo de Ávila y venía dirigido a doña Guiomar de Ulloa y a su madre, doña Aldonza de Guzmán. Aunque Guiomar se encontraba en Toro, evitando sospechas.

Dos días antes de la inauguración del convento, el concejo de la ciudad, que vigilaba toda nueva construcción, investigó la rara obra que se estaba llevando a cabo en el barrio de San Roque, y preocupaba demasiado porque quedaba muy cerca de donde acababan los arcos del acueducto que traía agua a la ciudad, y un inspector se presentó ante la sospechosa casa.

El cuñado de Teresa, Juan de Ovalle, se defendió ante las preguntas del inspector y éste no quedó muy convencido pues siendo su visita en sábado, quedó en volver a visitar la casa el lunes, el día previsto para la inauguración, quedando claro así que el secreto no había sido revelado.

La madrugada del domingo día 23 al lunes 24 de agosto de 1562, Teresa, sus hijas y sus amigos, comenzaron a descubrir las verdaderas trazas del convento. Despertó al mundo el convento de San José, el primero con esta advocación al carpintero de Nazaret, y con esta inauguración puso fin al vínculo de 27 años que había vivido bajo el amparo y cobijo del monasterio de la Encarnación. Con una campana rota, anunció a los vecinos la inauguración de un nuevo convento, sin imaginar todavía que sería el comienzo de la Reforma teresiana.

Le acompañaron sus hijas, cuatro novicias que fueron sus grandes colaboradoras: Antonia del Espíritu, María de San José, Úrsula de los Santos y María de la Paz. J Señalar que Teresa de Ahumada dejó atrás su nombre y comenzó a llamarse y firmar, como Teresa de Jesús.

El primitivo convento era muy humilde, fue reformado totalmente por el arquitecto real Francisco de Mora hacia 1607, creando un estilo propio de conventos carmelitanos.

Tras la fundación de este convento, Teresa de Jesús comienza su etapa andariega y fundadora, recorriéndose parte de la geografía de Castilla fundando monasterios, hasta un total de 17, y murió en Alba de Tormes, en brazos de Ana de San Bartolomé, donde se había desplazado al ser requerida por la duquesa de Alba, aunque su deseo siempre fue el de morir en su pequeña fundación del convento de San José.

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Acerca de serzi

Licenciado en Historia y Graduado en Educación Primaria, especialista en Archivística y Gestión Cultural del patrimonio histórico, artístico y cultural. Defensor de la divulgación y convencido de la importancia que tiene educar con y para la cultura. Como profesor de Geografía e Historia me he formado en el campo de la educación y de la enseñanza durante toda mi vida, orientando mi formación hacia el fomento de una escuela diversa e inclusiva. Siempre en el camino de nuevos proyectos, dispuesto a descubrir historias que contar y retos que afrontar.

Publicado el junio 6, 2015 en Ávila y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Dámaso Pérez Prado.

    Y, por su pluma, sabemos que los cinco años que pasó en San José: “Creo que fueron los años más tranquilos y apacibles de mi vida, pues disfruté entonces de la paz que tanto había deseado mi alma . . . Su Divina Majestad nos enviaba lo necesario para vivir sin que tuviésemos necesidad de pedirlo, y en las raras ocasiones en que nos veíamos en necesidad, el gozo de nuestras almas era todavía mayor”.
    Pues aún hay quien se recrea en afirmar que la Santa renegaba de Ávila.

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