De militar y poeta… a sacerdote y capellán de San Segundo

La fama de Lope de Vega como pendenciero y mujeriego es conocida por todos. Pero por pocos es sabido que el Fénix de los Ingenios, después de tener dos esposas, seis amantes y catorce hijos reconocidos… se ordenó sacerdote. Su vida es digna de una novela de aventuras, y a lo largo de su vida estuvo en varias ocasiones por tierras abulenses.

Lope, después de formarse sin título en la universidad de Alcalá de Henares pero sin recibir título alguno, y seguramente continuar sus estudios en la universidad de Salamanca, entró al servicio del Pedro Dávila, el III Marqués de las Navas, como secretario, para ayudarse en sus labores como Mayordomo de Felipe III y comendador de Elche y Castilleja, permaneciendo a su servicio durante cinco años, y al que escribiría su obra «El Marqués de las Navas».

Después de sufrir destierro y cárcel, y amenazas de pena de muerte si reincidía en sus injurias, se alistó en la Gran Armada e incumplió la pena de destierro al pasar por Toledo, y se instaló en Valencia para después entrar al servicio del duque de Alba hacia mediados de 1591 y hasta 1595, visitando durante su estancia Ávila y algunos pueblos de su provincia.

Al servicio del duque de Alba, primero fue gentil hombre de Cámara, después su secretario y cronista literario de sus amores, su favorito y privado. Lope tenía la confianza del duque y le acompañaba en sus viajes por sus estados. Pero a pesar de todo ello, no dejó de ser un criado y asalariado de 400 ducados anuales.

El 12 de agosto de 1594 escribiría «La Comedia de San Segundo» a petición del obispo Jerónimo Manrique de Lara, y que se representó ese mismo año en la festividad de su traslado, estrenada en la catedral, con gran popularidad y que tuvo que repetirse al día siguiente en la Magdalena, poniendo el broche de oro para cerrar las fiestas de San Segundo.

Y sería con el obispo Jerónimo Manrique de Lara, a quien estuvo a su servicio como criado y en su casa de Madrid, con quien tendría una gran relación a lo largo de su vida, a pesar de los devaneos y aventuras juveniles del poeta, la amistad entre el paje y el señor no se rompió nunca. De hecho, el propio Lope estuvo varias veces en Ávila a visitar a su antiguo protector.

Tras una vida agitada, Lope de Vega tuvo una crisis espiritual en la que se arrepentía de sus pecados y decidió ordenarse sacerdote hacia 1613. En el verano de 1616, Lope viene a Ávila y allí se entera que puede optar para conseguir la capellanía de San Segundo, fundada por su amigo Manrique de Lara, aunque por aquel entonces estaba al servicio del duque de Sessa, y no habría vacantes en dicha capellanía hasta 1619. Y el poeta se presentaría en más de siete ocasiones y si no la consiguió en repetidas ocasiones fue debido en parte, en algunas ocasiones a su dejadez en presentar la información obligada, y otras  por no gozar de buena fama en las altas esferas políticas de la Corte, las mismas que no le concederían la plaza de Cronista Real, a pesar de tus reiteradas aspiraciones.

Finalmente, Lope de Vega y Carpio, el Fénix de los Ingenios, obtendría su plaza como capellán de San Segundo en la catedral de Ávila, con una renta de 150 ducados anuales, cuando pudo probar que sirvió a Jerónimo Manrique de Lara en 1574, cuando residía en Madrid y era Inquisidor general, siendo su paje durante 7 u 8 años.

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Victor Clavijo como Lope de Vega en la serie “El Ministerio del Tiempo”

Bibliografía

DELGADO MESONERO, Fernando G. Ávila en la vida de Lope de Vega: Lope Capellán de San Segundo. Ávila, Institución Gran Duque de Alba, 1970.

http://www.diariodeavila.es/noticia.cfm/Provincia/20101018/lope/vega/marques/navas/74F9CC8A-934F-9A87-A1D0FA6941CBE0DF

https://es.wikipedia.org/wiki/Lope_de_Vega

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La venerable Mari Díaz, la «Virgen penitente de Ávila»

Mari Díaz nació hacia 1495, año arriba, año abajo, en Vita, un pequeño pueblo de la Moraña, en el seno de una familia de labradores acomodados. Hija de Alonso Díaz de Víctor y de Catalina Hernández, tuvieron varios hijos: Francisco, Alonso, Francisca y Mari Díaz. Los padres, cristianos viejos y caritativos, inculcaron los valores de la fe cristiana a su hija, quien lo que tenía lo repartía a los pobres, al mismo tiempo que pasaba todo el día en la iglesia.

Cuando fue doncella la casaron contra su voluntad con un joven de su edad, y ahí es donde las fuentes son poco claras y hay diversidad de opiniones, pues si bien algunos sostienen que no llegaron a ser velados ni jamás cohabitaron, otros dicen que si cohabitaron. Sea como fuere, al poco tiempo de casados, uno de los dos huyó, bien el marido puso pies en polvorosa, bien Mari Díaz. Lo cierto es que se libró del marido y, una vez que sus padres fallecieron, continuó viviendo con humildad en su aldea hasta que tuvo más de 40 años, ejercitándose en obra santas.

Con el tiempo, vino a Ávila para acudir a la contemplación y asistencia a la palabra de Dios y se instaló en una pequeña casita en el barrio de las Vacas, alrededor de año y medio, padeciendo una enfermedad bastante larga, agravada por la pobreza, y ganándose el sustento con el trabajo de sus manos con la aguja. Recibía la visita de personajes relevantes de la ciudad, e incluso uno de ellos, Juan de Santiago, quien descubrió en ella tesoros de virtud, perfección y paciencia, intentó que Mari Díaz fuese una buena maestra para su hija Ana Reyes, mostrándole el camino al cielo, y la llevó a vivir a una casita junto a la suya en la calle Santo Domingo, y allí residió algunos años.

En aquel tiempo comenzó a tratar con Ana Reyes y Santa Teresa de Jesús, con la que trató familiarmente, además de los padres de la Compañía de Jesús, siendo su confesor el padre Juan de Prádanos, el mismo que confesaba a Santa Teresa, la cual hizo que Francisco de Borja la viese y tratase, y aprobó su espíritu. El Padre Prádanos, junto con el rector de la Compañía, acordaron acomodarla entrando al servicio de una viuda importante, Guiomar de Ulloa, a la cual sirvió seis años, frecuentando cuando podía sus ejercicios espirituales.

Guiomar de Ulloa, que vivía muy cerca de San Gil, es la misma que ayudó a Santa Teresa. Mientras estuvo en su casa, Maridiaz tuvo que soportar las burlas de los pajes y criados, que incluso la dejaban sin comida al volver tarde de San Vicente. Tal fue la dedicación de Maridiaz a doña Guiomar, a la que cuidaba como si fuese su esclava, que la acompañaba en sus viajes.

Los padres de la Compañía de Jesús le pudieron licencia para que pudiera habitar en la tribuna de la iglesia de San Millán, donde pasó los últimos nueve años de su vida. Durante este tiempo, Maridiaz pasó cinco años con los Niños de Doctrina y cuatro con los colegiales, si bien aislada de unos y otros en un aposento que se hizo en el coro que tenían las monjas benedictinas a costa de Francisco de Salcedo, done abrieron en él una ventanilla que daba al altar mayor, y desde allí podía asistir al Santísimo Sacramento. Allí, Maridiaz fue atendida por una doncella llamada doña Juana de Vera.

El miércoles 12 de noviembre de 1572, habiendo madrugado para comulgar, al subir a sus aposentos se halló sin fuerzas y tuvieron que ayudarle para subir la escalera. Tuvo fiebre y quiso pasar la enfermedad en el suelo, en suma pobreza. La voz se corrió y fueron muchos los sacerdotes y personas piadosas que fueron a verla a San Millán. La velaron día y noche, hasta que al quinto día la administraron la Extremaunción.

Tal fue la devoción de las gentes de la ciudad que querían despedir y ver a la beata que hubo de poner porteros especiales para impedir la entrada y recibir su bendición. Hizo testamento y pidió que la enterrasen en San Millán, y a Santa Teresa y a sus hijas las mandó dos cruces que tenía y dos sayas viejas. Falleció a los 77 años.

El cadáver de Maridiaz fue amortajado y lo bajaron a la iglesia, donde lo pusieron en unas andas. Todas las cofradías se disputaban la honra de enterrarla, hasta que el Cabildo catedralicio acordó correr con los gastos del sepelio. Doblaron las campanas de la catedral y de casi todas las parroquias y conventos. Fue enterrada, como era su deseo, en la Capilla Mayor de San Millán. Sobre su tumba dos inscripciones junto a dos escudos:

Pretiosa in conspectu Domini

Preciosa es a los ojos del Señor

Mors Sanctorum ejus

La muerte de los justos

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Antiguo Seminario. Capilla de San Millán. Vista desde el coro. Hoy desaparecido. Foto Mayoral Encinar. 22 julio 1955 – Archivo de D. Bernardino Jiménez Jiménez.

Bibliografía

Vida de la Venerable María Díaz (Maridiaz). Ávila, Imprenta Catól. y Encuadernación de Sigirano Díaz, 1914.

http://bibliotecadigital.jcyl.es/es/catalogo_imagenes/grupo.cmd?path=10066618

ARIZ, L. Historia de las grandezas de la ciudad de Auila. Alcalá de Henares, 1607.

http://los4palos.com/tag/mari-diaz/

El templete de música

A finales del siglo XX y comienzos del siglo XX comenzó a popularizarse el gusto por la música y a generalizarse los templetes de música en casi todas las ciudades españolas. Ávila, siempre a la vanguardia, no fue menos, y en 1885 se construyó un modesto templete en el Jardín de San Antonio, mientras se consideraba ubicar otro en el centro neurálgico de la ciudad: Mercado Grande, levantándose uno de madera mientras que se aprobaba su construcción definitiva.

A pesar de que la Sociedad Española de Construcciones Metálicas presentó un proyecto de kiosko para la banda de Música de la Academia de Intendencia, su gran coste impidió que el proyecto fuese aprobado

El proyecto del templete de música del arquitecto municipal Emilio González fue aprobado el 20 de octubre de 1920, y construido en 1921 en el Mercado Grande. Tiene planta octogonal, con un zócalo de sillería que cobijaba en su interior un local. Sobre pedestales de piedra se disponía una estructura metálica apoyada en columnas y cerrada por una ligera cubierta de zinc. Los artesanos que participaron en su realización, según J.L. Gutiérrez Robledo, fueron: el herrero Hilario Canto, el vidriero Miguel Gutiérrez, el cantero Aniceto Hernández y el carpintero Sebastián López.

Tan solo unos años después comenzaría el desuso y el olvido del templete. En 1934, cuando se estaban realizando obras en el Mercado Grande, se optó la desaparición del templete de música, al igual que el Monumento a Santa Teresa, y así es como finalmente, salvado su desaparición, el templete fue ubicado en el Jardín del Recreo, donde se encuentra actualmente, relegado a un olvido sin uso como testigo mudo de otro tiempo.

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Imagen avilas.es

Bibliografía

GUTIÉRREZ ROBLEDO, José Luis. Emilio González: arquitecto municipal de Ávila. Ávila, Fundación Pública Santa Teresa, D.L., 1985.

VV.AA. Documentos para la historia de Ávila: IX centenario de la conquista y repoblación de Ávila, 1085-1985. Ávila, Centro Asociado de la UNED, 1985.

https://www.elnortedecastilla.es/20131019/local/templete-musica-jardin-recreo-201310191053.html

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Detalle. Imagen de diariodeavila.es

Pedro-José Sánchez-Carrascosa Carrión

Pepe, como le conocían en su pueblo, era el hijo del farmacéutico de Manzanares (Ciudad Real). Gracias a la botica y a un pequeño patrimonio de tierras, la familia gozaba de una posición acomodada, lo que permitió al patriarca enviar a su hijo a estudiar a Madrid cuando tenía 10 años, justo cuando muere el rey Fernando VII. Allí, instalado en la casa de su abuelo materno, José Carrión, realiza el Bachillerato y se prepara para continuar la tradición familiar. El joven resulta ser un estudiante brillante, a la vez que un tanto beato, y es admitido en el Colegio de San Fernando para cursar los estudios de farmacia.

Cuando tiene 17 años, abandona momentáneamente sus estudios y vuelve a Manzanares tras el fallecimiento, casi consecutivo, de su abuelo primero, y su padre después. Sería en el pueblo manchego donde prepararía su licenciatura “por libre” y trabajaría como aprendiz en la farmacia familiar que acabaría regentando José Antonio Merino. En su rebotica pasaron gran cantidad de personas influyentes con los que el joven Pepe llegó a tener buena amistad, como con Antonio Cánovas del Castillo, redactor en 1854 del Manifiesto del Manzanares. Durante 14 años el farmacéutico, que sería conocido como «Perico el boticario» o simplemente «Perico», establecería su vida rural en dicha farmacia, afianzando sus conocimientos farmacéuticos.

Una vez que la herencia familiar fue repartida Pepe el Boticario se traslada a Madrid con toda la familia, estableciendo su farmacia en la calle Jacometrezo 32 (uniendo la plaza de Callado con la de Santo Domingo, al lado de Gran Vía). La botica tuvo gran éxito, con una gran y selecta clientela, permitiendo a Pedro-José cultivar sus aficiones, primero relacionadas con la farmacia y después relacionadas con el conocimiento, lo que le llevó a matricularse en la Universidad Central, licenciándose en Teología, y posteriormente en Derecho Civil y Canónico.

Dando un nuevo giro a su vida, Pedro-José Sánchez-Carrascosa decide hacerse sacerdote y seguir la estela de su maestro, Francisco Landeira y Sevilla, nombrado obispo de Cartagena. Fue en esta localidad donde estudia la carrera eclesiástica y es nombrado Provisor de la diócesis, recibiendo los cargos de Fiscal eclesiástico, Provisor y Vicario General. Dando otro giro inoportuno a su vida, renuncia a su cargo e ingresa en la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri (filipenses), en Sevilla, aportando como dote su gran patrimonio tras vender la farmacia de Madrid. Pedro-José fue un gran orador, y tras la epidemia de cólera de 1864 recibe la Cruz de Beneficencia a título personal de Isabel II, tras organizar el hospital frente a la epidemia con gran eficacia. Sin embargo, con la Revolución Gloriosa de 1868, la orden de los filipenses se disuelve y Pedro-José vuelve a Manzanares con su madre, donde permanece hasta 1875 cuando fue invitado a predicar en la novena de la Concepción en Madrid.

Establecido nuevamente en Madrid, retoma su amistad con Cánovas del Castillo, quien quiere concederle el puesto de confesor del joven rey Alfonso XII, cargo para el que no fue elegido, pero Cánovas insistió al nuncio Simeoni para que fuera nombrado con otro cargo de gran distinción, obispo de Ávila, pese a no cumplir las condiciones necesarias. La presión de Cánovas finalmente consiguió su objetivo, esgrimiendo que debía ser elevado a la dignidad episcopal por haber sido el primero en saludar desde el púlpito al advenimiento de Alfonso XII al trono de San Fernando. Y pese a este triunfo de Cánovas, como todos sabemos los favores se pagan, y más en política. Cánovas consiguió este distinguido cargo para su amigo Carrascosa a cambio de algo: debía presentarse a las elecciones como Senador en las Cortes que habían de redactar la Constitución de 1876.

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El obispo Carrascosa no llegaría la diócesis abulense hasta el 15 de marzo de 1876, meses después de su nombramiento, ocupado en los homenajes que recibía por tierras manchegas. Y cumpliendo con el encargo de Cánovas, resultó elegido como senador por Ávila. En el momento de redactar la Constitución, presentó un discurso defendiendo la tolerancia práctica de los no católicos. Pero su intervención fue interpretada como un claro apoyo al gobierno. Toda la prensa liberal difundió elogios y felicitaciones a Carrascosa, presentándole como un tipo perfecto de moderación frente a todo el episcopado intransigente.

Cargado de energías, el obispo de Ávila se dedica totalmente a su diócesis, comenzando con una visita pastoral a todos los pueblos, desplazándose a caballo, donde confirmaba, confesaba, visitaba enfermos, recibía a las autoridades y a los vecinos, repartía limosna… en unas ceremonias calcadas de unas localidades a otras, incluyendo largos sermones, incluso de 7 cuartos de hora en alguna ocasión. La visita pastoral concluiría en la zona de Oropesa (actualmente en Toledo), dirigiéndose a Madrid en tren para tardar menos en desplazarse a la capital abulense. A finales de 1877, deja la diócesis para desplazarse a Manzanares, donde fallece su madre.

En abril de 1878, vuelve a la diócesis abulense a retomar la visita pastoral, esta vez por el norte: Arévalo, Olmedo y Adanero. Poco después viaja a Roma para hacer personalmente la visita “ad limina” y llevar en mano el informe minucioso de su diócesis, recibido por el nuevo papa León XIII, hasta en cinco ocasiones.

Nuevamente en Ávila, acompañó al rey por la provincia, para después caer gravemente enfermo, trasladándose a Madrid para recuperarse, prolongándose en una ausencia que se convertirá en definitiva. Según el nuncio Juan Calttani, el obispo Carrascosa había perdido la cabeza, daba señales de enajenamiento mental y estaba terriblemente preocupado por haber llegado a obispo sin tener mérito y sin instrucción eclesiástica, sintiendo la conducta que tuvo en las Cortes cuando se aprobó la ley sobre tolerancia de cultos, al mismo tiempo que se resentía del desprecio del clero y los fieles de la diócesis. Llega rechazar la cruz pectoral, el anillo, las ropas moradas y se quejaba de lo mucho que le pesaba la mitra. La enfermedad del obispo se llevó en secreto, a pesar de todas las opiniones y comentarios que suscitó.

Pedro-José nunca recuperaría la estabilidad mental necesaria para regresar a la diócesis abulense. Los médicos, a modo de tratamiento le recomendaron viajar, cambiar de lugar para olvidar las preocupaciones. A finales de 1881 y durante el siguiente año, Carrascosa viajará a Barcelona, Lérida, París, Londres, donde fue huésped de los cardenales Manning y Newman durante varios meses, ayudándoles en sus predicaciones y componiendo versos. En Amberes asistió al cardenal Deschamps y confirmó al hijo del cónsul español. De camino a París, le llama la reina Isabel II para confiarle la delicada gestión de reconciliarle con su marido, el rey consorte Francisco. Además, desde la curia querían que dimitiera, y más cuando corrió el rumor que quería nombrar obispo auxiliar al secretario Luis González. Incluso el propio Papa le envía una carta instándole a presentar su dimisión.

Tras muchas presiones, Pedro-José Sánchez-Carrascosa Carrión firma su renuncia el 15 de noviembre de 1881 en Roma, aunque su estancia allí se prolongaría al complicarse los trámites de la renuncia al no contemplarse una pensión a un obispo dimisionario. Sus últimos años los pasó en su Manzanares natal, donde ayudó al cura de la comarca. Allí, con el título de obispo de Zoara, asiste a un milagro de la Virgen. Murió el 6 de julio de 1896 y a petición propia fue enterrado en la iglesia parroquial de Manzanares.

Después de conocer a este entrañable personaje, vemos a Pedro-José como un erudito, un ilustrado formado en varias ramas de conocimiento, desde farmacia como tradición familiar como derecho civil y eclesiástico por vocación, al que su vida cambió drásticamente al mezclarse en la política y ya fuese de manera directa o indirecta.

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Bibliografía

SOBRINO CHOMÓN, Tomás. Episcopado abulense, siglo XIX. Ávila, Institución Gran Duque de Alba, 1990.

http://www.campodemontiel.es/index.php?view=article&catid=73:off-topic-el-mundo-exterior&id=206:carta-abierta-al-obispo-de-ciudad-real&tmpl=component&print=1&page=

https://www.todocoleccion.net/manuscritos-antiguos/1877-carta-obispo-avila-pedro-jose-sanchez-carrascosa-carrion~x42847863

https://josemunozvillaharta.blog/2017/02/16/1887-un-fausto-suceso-una-curacion-por-intercesion-de-la-virgen-de-la-paz/

http://www.elsevier.es/es-revista-farmacia-profesional-3-articulo-perico-el-boticario-X0213932414617233

http://www.senado.es/web/conocersenado/senadohistoria/senado18341923/senadores/fichasenador/index.html?id1=586

La muralla de Ávila

La muralla de Ávila es el monumento más representativo de la ciudad. De gran singularidad y belleza, cuenta con un perímetro de 2.516 m., 87 torreones — inicialmente 88, pero uno fue derribado para levantar la capilla de San Segundo a fines del siglo XVI— que lo convierte en el recinto urbano amurallado mejor conservado del mundo. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1985, la muralla es la mejor carta de presentación de Ávila, un magnífico telón de fondo visitado por miles de turistas anualmente y representado en cientos de fotografías, lienzos y películas.

Su origen es objeto de gran controversia entre los historiadores, siempre vinculado a un pasado romano del que si bien se puede constatar la ocupación de la ciudad desde el siglo I a.C., no así la existencia de una cerca hispanorromana sobre la cual se levantaría la actual. De hecho, no se han encontrado evidencias de una base romana en ninguno de sus tramos, lo que lleva a creer que de haber existido una muralla en época imperial no sería más que una mera empalizada con una base de piedra en la base. Solamente se han hallado unas superposiciones de sillares en la puerta del Alcázar, donde se fusionan materiales de tradición indígena y romano, y en la puerta de San Vicente, en la cual se han hallado sendos verracos a cada lado de la zona de paso —uno tallado en la roca, el otro desplazado—, siendo un claro ejemplo de sincretismo entre la tradición vettona y la civilización romana, pero no necesariamente asociados a la muralla, sino como hitos en una zona de paso.  Por tanto, se considera que de haber existido una muralla romana no sería de gran envergadura al tratarse de un pequeño asentamiento sin la categoría de urbe, que debía de pagar tributo considerando extranjeros a sus habitantes y, en cualquier caso, no puede concebirse como el origen de la actual defensa.

Tras el declive del imperio romano, la ciudad de Ávila permaneció poblada, convirtiéndose en una capital de relativa importancia en los siglos VI y VII, bajo dominación visigoda. El cómo se defendió la ciudad frente a las constantes amenazas —principalmente los ataques suevos del siglo V— nos induce a pensar en la organización de un sistema defensivo, siendo de esta época las torres cuadrangulares empotradas en los torreones que flanquean las puertas del tramo oriental. En su construcción reutilizan elementos funerarios romanos, al igual que en los lienzos oriental y meridional, donde se observan gran número de sillares reutilizados, apreciados a simple vista al no coincidir tanto en dimensiones como en disposición, e incluso estelas funerarias del antiguo cementerio romano, localizado en las inmediaciones de la zona de la basílica de San Vicente. Pese a ello, otras evidencias arqueológicas refutan esta hipótesis y consideran que estas primitivas torres deberían enmarcarse a comienzos de la Edad Media, hacia el siglo XI o principios del siglo XII.

Al igual que su origen, el trazado de la muralla no está muy claro, generando, también, un interesante debate: no parece asumible que tuviera el enorme perímetro actual, sino que fuese más reducido en un primer momento —se ha estimado un cerramiento por el oeste en la calle Tres Tazas—, de tal manera que la defensa romana fuese absorbida por la medieval. Hasta el momento, las evidencias arqueológicas no permiten asegurar que el trazado actual, correspondiente con la muralla medieval, fuese el trazado inicial de la probable cerca romana y la defensa visigoda.

Imagen de elviajerofeliz.com
Imagen de elviajerofeliz.com

La repoblación de Ávila, encomendada al conde Raimundo de Borgoña en el año 1088 por parte del rey Alfonso VI, hizo que la ciudad se dotara de un recinto amurallado ante la amenaza de ataques musulmanes, la propia inestabilidad de los reinos de Castilla y de León con continuos enfrentamientos armados que alteraban la seguridad de la población.

La construcción de la muralla medieval, con dos lienzos y relleno interior, fue dirigida por dos maestres de geometría – Casandro, romano, y Florín de Pituenga, francés – según la tradición, y terminada en tan sólo nueve años, lo cual parece poco verosímil. El nuevo trazado es datado hacia mediados y finales del siglo XII, realizada en austero estilo cristiano, pese a la numerosa mano de obra musulmana, aunque si podemos apreciar la huella de alarifes mudéjares en detalles decorativos en las partes altas de los lienzos norte y oeste, además de arquillos realizados en ladrillo, encuadrados en un alfiz.

La muralla marcará la jerarquía y las funciones de los distintos espacios de la ciudad. Mientras en los arrabales se desarrollaban las labores artesanales y agrícolas, junto con otras actividades industriales, en el interior se desenvolvían las actividades institucionales y gran parte de la actividad comercial y de servicios. Durante los siglos XII y XIII, la muralla fue testigo de un gran desarrollo urbanístico de la ciudad, en la que se construyeron la Catedral, el Alcázar, el palacio episcopal y la mayor parte de los templos románicos, además de casonas palaciegas, próximas a los paramentos defensivos de la muralla, con materiales precarios como mampostería.

El perfeccionamiento de las técnicas ofensivas en el medievo — técnicas de asalto, lanzamiento de proyectiles, etc.— exigió dotar de nuevos elementos defensivos — foso y contrafoso, puentes levadizos, matacanes, barbacana, antemuralla… — siendo la reforma más notable el cimorro de la catedral, en la segunda mitad del siglo XV, cuando la cabecera se completa con un triple adarve almenado y matacán corrido, que acentúan el carácter defensivo de la fortaleza, junto con el Alcázar, hoy desaparecido.

La gran labor constructiva del siglo XVI, coincidiendo con la época de mayor esplendor político, económico y demográfico de la ciudad, determinó un auge en las actividades constructoras —tanto pública como privada— que llevó al reemplazo de las precarias casonas palaciegas medievales por palacios renacentistas de las grandes familias nobiliarias. A este siglo tan fructífero le siguió un largo periodo de decadencia como fue el siglo XVII y parte del XVIII, limitando las intervenciones constructivas en la muralla a reparaciones de urgencia, y marcado por la ausencia de la nobleza —emigrada a la Corte buscando cargos en la Administración—, al aumento de la presión fiscal y la sucesión de epidemias que llevarán a una paralización de las actividades económicas y a una profunda recesión de la ciudad.

Progresivamente, la muralla va perdiendo su carácter defensivo aunque adquiere cierto protagonismo en conflictos puntuales como la Guerra de la Independencia (1701-1703), en la cual no se interviene directamente en la contienda pero se tapian algunas puertas y se fortalecen sus muros; y la Guerra de la Independencia (1808-1814), a pesar de no impedir la invasión de las tropas napoleónicas al mando del mariscal Lefèvre.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, la muralla comienza a tener una función contemplativa, buscando una recuperación idealizada del monumento, libre de adosamientos excepto de las arquitecturas monumentales, pasando a ser apreciado y admirado como monumento histórico, ganando la batalla a aquellos sectores que la consideraban un freno al desarrollo urbano y abogaban por su derribo tal y como se estaba haciendo en algunas ciudades europeas, gracias al empeño del Ayuntamiento y a su declaración como Monumento Nacional (24 de marzo de 1884).

La muralla de Ávila ha sido el escenario elegido para multitud de películas nacionales e internacionales, siendo Ávila un «destino de película» gracias a la monumentalidad de sus lienzos, contribuyendo a difundir el rico patrimonio histórico de la ciudad. Entre las numerosas producciones que tienen la muralla como telón de fondo, señalamos «Orgullo y Pasión» (1957) con Cary Grant, Frank Sinatra y Sofía Loren; «Campanadas a medianoche» (1965), de Orson Welles; la serie «Teresa de Jesús» (1984), con Concha Velasco en el papel principal; «Los señores del acero» (1985), de Paul Verhoeven; o «La sombra del ciprés es alargada» (1990), adaptación homónima de la obra de Miguel Delibes, ambientada en las calles de Ávila.

El visitante de la ciudad de Ávila puede deleitarse con la belleza de su muralla realizando un recorrido a lo largo de sus más de tres kilómetros de perímetro exterior, en los que puede contemplar, además de su grandeza, multitud de lugares pintorescos de entrañable belleza, como el Jardín de Prisciliano, el lienzo norte o el paseo del Rastro, además de palacios renacentistas, vestigios de otro tiempo, y los templos románicos que rodean la muralla, como si de un cinturón espiritual se tratara.

A través sus nueve puertas, el visitante recorrerá las calles de una ciudad protegida por su muralla, y si decide recorrer su adarve —dividido en dos tramos visitables, 1.700 metros en total—, podrá contemplar, desde una posición privilegiada, entre cumbres y torres, la majestuosidad de una muralla orgullo de los abulenses y que invitamos a imaginar, soñar y descubrir.

Sebastián de Vivanco, el polifonista ignorado

Prácticamente un desconocido para muchos, y eclipsado por la figura de Tomás Luis de Victoria —no solo en el tiempo, al ser contemporáneos, también comparten lugar de origen: Ávila—, Sebastián Vivanco es una de las figuras más importantes de la música española del siglo XVI.

Poco conocemos de la infancia del futuro compositor, salvo que tuvo un hermano, Gabriel, y que cantó en el coro de la catedral, encaminando sus estudios hacia el sacerdocio. Con 25 años, siendo subdiácono, se trasladará a Lérida donde ocupa el cargo de Maestro de Capilla en la catedral, al menos durante poco tiempo, despidiéndole “por ciertas causas justas que no afectan a su honor”. En febrero de 1577, ocupa el maestrazgo en la catedral de Segovia, donde permanecerá durante diez años. En esta etapa fue diácono y ordenado sacerdote en 1581.

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Sebastián Vivanco fue cogiendo prestigio en las diócesis, y el cabildo de la catedral de Sevilla le hizo una oferta que no podía rechazar, y a la ofrecida por la diócesis abulense apenas podía compararse. Sin embargo, la incertidumbre y seguramente las ganas de regresar a su ciudad natal, hizo que Vivanco se trasladara a Ávila y tomara posición de su cargo en marzo de 1588.

A pesar de lo poco que se conoce de esta época, si tenemos una descripción detallada del traslado del patrón san Segundo. Además, parece ser que no tenía en gran estima la figura de Tomás Luis de Victoria, al rechazar unos ejemplares de composiciones del maestro, porque “no son a propósito de esta santa iglesia”.

La etapa salmantina de Sebastián Vivanco comienza el 30 de septiembre de 1602, consiguiendo allí sus mayores hitos como músico. Salamanca tenía el aliciente de la universidad, la cual le permitía compaginar sus puestos musicales con los de la catedral. Y será en la diócesis charra donde permanecerá durante el resto de su vida compaginando los puestos de catedrático de música y maestro de capilla. De hecho, no hubiera conseguido estos puestos si no hubiera tenido una graduación académica -de récord- en la Universidad de Ávila, en Santo Tomás, donde obtuvo, tras superar los exámenes pero sin cursar los cursos, el grado de bachiller, licenciado y maestro que le permitieron cobrar el sueldo completo de su cátedra de música, regularizando de esta manera en pocos meses su situación académica.

La obra de Sebastián Vivanco es la más prolífica de todos los maestros salmantinos anteriores al siglo XVIII, encontrándose la mayoría de ellos en tres cantorales polifónicos publicados entre 1607 y 1610: Liber magnificarum, Libro de misas, Libro de motetes, himnos… etc.

El compositor fallece el 25 de octubre de 1622 en Salamanca, enterrado por orden del cabildo en la propia catedral salmantina, un honor y privilegio dado a quien fue y es uno de los más importantes compositores polifonistas de nuestra historia.

Bibliografía

http://www.tomasluisvictoria.es/node/155

http://www.tomasluisvictoria.es/node/1221

https://es.wikipedia.org/wiki/Sebasti%C3%A1n_de_Vivanco

http://musicaesferas-izarraketailargia.blogspot.com/2011/03/sebastian-de-vivanco-el-gran.html

http://www.musicaantigua.com/el-gran-polifonista-olvidado/

Pedro de Alvarado, conquistador de Guatemala

Era de «muy buen cuerpo y bien proporcionado, y tenía el rostro y cara muy alegre, y en el mirar muy amoroso, y por ser tan agraciado le pusieron por nombre los indios mexicanos Tonatio, que quiere decir sol, era muy alto y buen jinete, y sobre todo ser franco y de buena conversación, en vestirse era muy pulido, y con ropas costosas y ricas…»[1]

Pedro de Alvarado era lugarteniente de Cortés, y como ya me referí antes acompañó a Grijalba y estuvo en la conquista del imperio mexica. Una vez conquistado éste, ya fuese por curiosidad de conocer nuevos pueblos, ilusión de encontrar minas y metales preciosos o ampliar sus dominios, Hernán Cortés decidió enviar dos expediciones al sur: una al mando de Cristóbal de Olid a Honduras, y otra al mando de Pedro de Alvarado hacia Guatemala. “le despaché desta cibdad a seis días del mes de deciembre del mill y quinientos y veintetrés años. Y llevó ciento y veinte de caballo, en que con las dobladuras que lleva ciento y sesenta caballos y trecientos peones, en que son los ciento y treinta ballesteros y escopeteros. Lleva cuatro tiros de artillería con mucha pólvora y munición, y lleva algunas personas principales ansí de los naturales desta cibdad como de otras cibdades desta comarca y con ellos alguna gente, aunque no mucha por ser el camino tan largo[2]. Entre la gente iban tres de los hermanos Alvarado y dos primos suyos, dos clérigos y unos mil indígenas tlaxcaltecas, mexicanos y cholutecas.

Se dirigieron hacia Tehuantepec, y a partir del 13 de febrero se pusieron en marcha avanzando hacia los dominios del reino quiché, llegando a Zapotitlán, donde se tuvieron que enfrentar a los indios y los derrotaron. A continuación libraron numerosos enfrentamientos contra los indios, saliendo victoriosos pasando grandes apuros, superándoles en tácticas militares, y con la gran suerte de caer en la batalla Tecum Umán, que lideraba las tropas quichés, y que contribuyó a la derrota, pudiendo los españoles descansar en Quetzaltenango (antigua Lahuh-Quieh), pero rápidamente atacaron otra vez los indígenas, que volvieron a ser derrotados. Según algunos relatos los señoríos quichés solicitaron la paz e invitaron a Alvarado a la capital, Utatlán, y una vez allí consiguió atraer a los dos caciques principales, que hizo prisioneros y el 7 de marzo de 1524 los mandó quemar, al igual que la ciudad. Esto produjo un levantamiento de los quichés.

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Como ya hicieran los españoles en la conquista del imperio mexica, también ahora aprovecharon la rivalidad de las tribus indígenas, y conocida la rivalidad entre quichés y cakchiqueles, Alvarado se dirigió a estos últimos solicitándoles ayuda, recibiendo 4.000 guerreros y destruyó poblados y labranzas, aniquilando a los rebeldes y haciendo esclavos a los prisioneros. Su fama devastadora que le precedía era un sistema eficaz a la hora de enfrentarse a los adversarios. Sometidos los quichés Alvarado y su hueste se dirigieron a la capital del reino cakchiquel, Iximché o Quahtemallan, llegando el 12 de abril de 1524 y recibidos en son de paz. Pese a las muestras de amistad de los cakchiqueles, Alvarado se mostró desconfiado.

Recabadas noticias de las tierras inmediatas, el comandante conoció la existencia del pueblo de Atitlán, enemigos de Iximché, y decidió someterlos partiendo el 17 de abril con 60 jinetes, 140 infantes y un destacamento de cakchiqueles. Tras un primer enfrentamiento donde vencieron fácilmente, llegaron a la capital, que estaba vacía, y consiguió la pacificación del territorio optando por la vía diplomática. En un espacio de tiempo relativamente corto, los 3 principales reinos de Guatemala habían quedado dominados, y otros pequeños cacicazgos se sometieron voluntariamente.

Alvarado siguió avanzando territorios y pronto tuvo contacto con pueblos de lenguas distintas a las conocidas, y allá donde iba era recibido en son de paz, pero a continuación los indios abandonaban los poblados y huían a los montes cercanos para organizar la resistencia, y los causaban bajas a los españoles, robándoles material y obligándoles a permanecer siempre en guardia. El 6 de junio de 1524 la hueste cruzaba el río Paz, y al cabo de unos días penetraron en Acajutla, donde los esperaba un ejército de 6.000 indígenas en formación de combate, librándose una lucha durísima donde el propio Alvarado quedó malherido en una pierna. Se encaminaron al norte pasando por Tacuzcalco, donde se organizaban los indios, y dividiendo el ejército hispano en tres secciones obtuvieron la victoria, y el 17 de junio estaban en Cuzcatlán, la capital, donde la población huyó y no regresó. La expedición se saldó con muchos mexicanos, tlaxcaltecas muertos, pérdida de caballos, no habían obtenido oro ni plata pero si una resistencia latente, y decidieron regresar a Iximché, donde llegaron el 21 de julio. Allí y sobre esa ciudad Alvarado decide fundar Santiago de los Caballeros de Guatemala (que sufriría varios traslados). Los indios mexicanos fueron autorizados a regresar a su tierra, de manera que solo quedaron en tierras guatemaltecas los soldados españoles y tlaxcaltecas.

Con escaso número de personas Alvarado cometió un error producto de su temperamento exaltado y belicoso, pues decepcionado por el escaso botín recaudado en su última expedición, decidió imponer a los cakchiqueles un tributo de oro excesivo y un duro castigo si no se recaudaba lo establecido, y los indios se sublevaron en todo el territorio, y se tardó varios años en pacificar la zona, hasta 1530, teniendo que abandonar Iximché y trasladarse a Olintepeque. Los indios capitularon el 8 de mayo de 1530 y Alvarado impuso graves penas y tributos excesivos, exigió la entrega de oro, obligó a trabajos forzados y esclavizó a un gran número de nativos.

Entre 1526 y 1527 Pedro de Alvarado viajó a España a entrevistarse con Carlos pues creía que merecía una recompensa por haber luchado por Dios, el Rey y la Patria. Allí se casó con Francisca de la Cueva que hizo que desaparecieran sus dificultades: recibió el hábito de Santiago en grado de Comendador; se le confirmaron los repartimientos de indios; y el 18 de diciembre de 1527 fue nombrado Gobernador y Capitán General de la provincia de Guatemala, y a los dos días se le designaba “Adelantado”, título proporcionado a un gobernador civil y militar.

Después volvió a América, y desde allí planeó una expedición a la Mar del Sur partiendo el 23 de enero de 1534 y allí anduvieron perdidos durante algunos meses, pero tuvo que desistir en la conquista del Perú por hallar enfrentamiento con otros capitanes españoles, entre ellos Francisco de Pizarro, Diego de Almagro y Sebastián de Benalcázar, y la hueste de Alvarado no estaba en condiciones de iniciar un combate; y tuvo que volver derrotado, humillado y con la pérdida de todo lo invertido. Después volvió a Honduras donde pacificó la región. Volvió de nuevo a España donde obtuvo una capitulación para descubrir y conquistar las islas del Mar del Sur, y ante el fallecimiento de su mujer contrae de nuevo nupcias, esta vez con Beatriz de la Cueva, hermana de la difunta.

No dudó en volver a ponerse en marcha, y esta vez planeó ir hacia las islas de las especias. En septiembre de 1540 partió rumbo norte, pero llegó a la región de Nueva Galicia en un momento en el que los indígenas se encontraban sublevados, y no dudó en prestarse a pacificar la región militarmente. El 24 de junio de 1541 los españoles ponían cerco a Nochistlán, Alvarado fue arrollado por el caballo de un compañero inexperto que huía del contraataque de los indios chichimecas, y murió el 4 de julio de 1541.

 Carlos Cañas Dinarte

 Bibliografía

[1] DIAZ DEL CASTILLO, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva  España. Madrid, Alianza Editorial, 1989

[2] CORTÉS, HERNÁN. Cartas de Relación.. Madrid, Edit. Castalia, 1993, pg. 475

BENNASSAR, Bartolomé. Hernán Cortés. El conquistador de lo imposible. Madrid, Temas de Hoy, 2002

DIAZ DEL CASTILLO, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva  España. Madrid, Alianza Editorial, 1989

CORTÉS, Hernán. Cartas de relación. Edición de Ángel Delgado Gómez. Madrid, Edit. Castalia, 1993

GUTIÉRREZ ESCUDERO, Antonio.  Pedro de Alvarado, el conquistador del país de los quetzales. Madrid, Anaya, 1989.

LOPEZ DE GOMARA, Francisco. La conquista de México, Madrid, Dastin, 2000

LUCENA SALMORAL, Manuel (Coor). Historia de Iberoamérica. T. II. Madrid, Sociedad Quinto Centenario [etc.], D.L., 1992.

MIRALLES, Juan. Hernán Cortés. Inventor de México. Barcelona, Tusquets Editores, 2002.

MENA GARCÍA, Mª. Carmen. Pedrarias Dávila o la Ira de Dios, una historia olvidada. Universidad de Sevilla, 1992.

THOMAS, Hugh. La conquista de México, Barcelona, Planeta, 1995.