Pedro-José Sánchez-Carrascosa Carrión

Pepe, como le conocían en su pueblo, era el hijo del farmacéutico de Manzanares (Ciudad Real). Gracias a la botica y a un pequeño patrimonio de tierras, la familia gozaba de una posición acomodada, lo que permitió al patriarca enviar a su hijo a estudiar a Madrid cuando tenía 10 años, justo cuando muere el rey Fernando VII. Allí, instalado en la casa de su abuelo materno, José Carrión, realiza el Bachillerato y se prepara para continuar la tradición familiar. El joven resulta ser un estudiante brillante, a la vez que un tanto beato, y es admitido en el Colegio de San Fernando para cursar los estudios de farmacia.

Cuando tiene 17 años, abandona momentáneamente sus estudios y vuelve a Manzanares tras el fallecimiento, casi consecutivo, de su abuelo primero, y su padre después. Sería en el pueblo manchego donde prepararía su licenciatura “por libre” y trabajaría como aprendiz en la farmacia familiar que acabaría regentando José Antonio Merino. En su rebotica pasaron gran cantidad de personas influyentes con los que el joven Pepe llegó a tener buena amistad, como con Antonio Cánovas del Castillo, redactor en 1854 del Manifiesto del Manzanares. Durante 14 años el farmacéutico, que sería conocido como «Perico el boticario» o simplemente «Perico», establecería su vida rural en dicha farmacia, afianzando sus conocimientos farmacéuticos.

Una vez que la herencia familiar fue repartida Pepe el Boticario se traslada a Madrid con toda la familia, estableciendo su farmacia en la calle Jacometrezo 32 (uniendo la plaza de Callado con la de Santo Domingo, al lado de Gran Vía). La botica tuvo gran éxito, con una gran y selecta clientela, permitiendo a Pedro-José cultivar sus aficiones, primero relacionadas con la farmacia y después relacionadas con el conocimiento, lo que le llevó a matricularse en la Universidad Central, licenciándose en Teología, y posteriormente en Derecho Civil y Canónico.

Dando un nuevo giro a su vida, Pedro-José Sánchez-Carrascosa decide hacerse sacerdote y seguir la estela de su maestro, Francisco Landeira y Sevilla, nombrado obispo de Cartagena. Fue en esta localidad donde estudia la carrera eclesiástica y es nombrado Provisor de la diócesis, recibiendo los cargos de Fiscal eclesiástico, Provisor y Vicario General. Dando otro giro inoportuno a su vida, renuncia a su cargo e ingresa en la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri (filipenses), en Sevilla, aportando como dote su gran patrimonio tras vender la farmacia de Madrid. Pedro-José fue un gran orador, y tras la epidemia de cólera de 1864 recibe la Cruz de Beneficencia a título personal de Isabel II, tras organizar el hospital frente a la epidemia con gran eficacia. Sin embargo, con la Revolución Gloriosa de 1868, la orden de los filipenses se disuelve y Pedro-José vuelve a Manzanares con su madre, donde permanece hasta 1875 cuando fue invitado a predicar en la novena de la Concepción en Madrid.

Establecido nuevamente en Madrid, retoma su amistad con Cánovas del Castillo, quien quiere concederle el puesto de confesor del joven rey Alfonso XII, cargo para el que no fue elegido, pero Cánovas insistió al nuncio Simeoni para que fuera nombrado con otro cargo de gran distinción, obispo de Ávila, pese a no cumplir las condiciones necesarias. La presión de Cánovas finalmente consiguió su objetivo, esgrimiendo que debía ser elevado a la dignidad episcopal por haber sido el primero en saludar desde el púlpito al advenimiento de Alfonso XII al trono de San Fernando. Y pese a este triunfo de Cánovas, como todos sabemos los favores se pagan, y más en política. Cánovas consiguió este distinguido cargo para su amigo Carrascosa a cambio de algo: debía presentarse a las elecciones como Senador en las Cortes que habían de redactar la Constitución de 1876.

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El obispo Carrascosa no llegaría la diócesis abulense hasta el 15 de marzo de 1876, meses después de su nombramiento, ocupado en los homenajes que recibía por tierras manchegas. Y cumpliendo con el encargo de Cánovas, resultó elegido como senador por Ávila. En el momento de redactar la Constitución, presentó un discurso defendiendo la tolerancia práctica de los no católicos. Pero su intervención fue interpretada como un claro apoyo al gobierno. Toda la prensa liberal difundió elogios y felicitaciones a Carrascosa, presentándole como un tipo perfecto de moderación frente a todo el episcopado intransigente.

Cargado de energías, el obispo de Ávila se dedica totalmente a su diócesis, comenzando con una visita pastoral a todos los pueblos, desplazándose a caballo, donde confirmaba, confesaba, visitaba enfermos, recibía a las autoridades y a los vecinos, repartía limosna… en unas ceremonias calcadas de unas localidades a otras, incluyendo largos sermones, incluso de 7 cuartos de hora en alguna ocasión. La visita pastoral concluiría en la zona de Oropesa (actualmente en Toledo), dirigiéndose a Madrid en tren para tardar menos en desplazarse a la capital abulense. A finales de 1877, deja la diócesis para desplazarse a Manzanares, donde fallece su madre.

En abril de 1878, vuelve a la diócesis abulense a retomar la visita pastoral, esta vez por el norte: Arévalo, Olmedo y Adanero. Poco después viaja a Roma para hacer personalmente la visita “ad limina” y llevar en mano el informe minucioso de su diócesis, recibido por el nuevo papa León XIII, hasta en cinco ocasiones.

Nuevamente en Ávila, acompañó al rey por la provincia, para después caer gravemente enfermo, trasladándose a Madrid para recuperarse, prolongándose en una ausencia que se convertirá en definitiva. Según el nuncio Juan Calttani, el obispo Carrascosa había perdido la cabeza, daba señales de enajenamiento mental y estaba terriblemente preocupado por haber llegado a obispo sin tener mérito y sin instrucción eclesiástica, sintiendo la conducta que tuvo en las Cortes cuando se aprobó la ley sobre tolerancia de cultos, al mismo tiempo que se resentía del desprecio del clero y los fieles de la diócesis. Llega rechazar la cruz pectoral, el anillo, las ropas moradas y se quejaba de lo mucho que le pesaba la mitra. La enfermedad del obispo se llevó en secreto, a pesar de todas las opiniones y comentarios que suscitó.

Pedro-José nunca recuperaría la estabilidad mental necesaria para regresar a la diócesis abulense. Los médicos, a modo de tratamiento le recomendaron viajar, cambiar de lugar para olvidar las preocupaciones. A finales de 1881 y durante el siguiente año, Carrascosa viajará a Barcelona, Lérida, París, Londres, donde fue huésped de los cardenales Manning y Newman durante varios meses, ayudándoles en sus predicaciones y componiendo versos. En Amberes asistió al cardenal Deschamps y confirmó al hijo del cónsul español. De camino a París, le llama la reina Isabel II para confiarle la delicada gestión de reconciliarle con su marido, el rey consorte Francisco. Además, desde la curia querían que dimitiera, y más cuando corrió el rumor que quería nombrar obispo auxiliar al secretario Luis González. Incluso el propio Papa le envía una carta instándole a presentar su dimisión.

Tras muchas presiones, Pedro-José Sánchez-Carrascosa Carrión firma su renuncia el 15 de noviembre de 1881 en Roma, aunque su estancia allí se prolongaría al complicarse los trámites de la renuncia al no contemplarse una pensión a un obispo dimisionario. Sus últimos años los pasó en su Manzanares natal, donde ayudó al cura de la comarca. Allí, con el título de obispo de Zoara, asiste a un milagro de la Virgen. Murió el 6 de julio de 1896 y a petición propia fue enterrado en la iglesia parroquial de Manzanares.

Después de conocer a este entrañable personaje, vemos a Pedro-José como un erudito, un ilustrado formado en varias ramas de conocimiento, desde farmacia como tradición familiar como derecho civil y eclesiástico por vocación, al que su vida cambió drásticamente al mezclarse en la política y ya fuese de manera directa o indirecta.

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Bibliografía

SOBRINO CHOMÓN, Tomás. Episcopado abulense, siglo XIX. Ávila, Institución Gran Duque de Alba, 1990.

http://www.campodemontiel.es/index.php?view=article&catid=73:off-topic-el-mundo-exterior&id=206:carta-abierta-al-obispo-de-ciudad-real&tmpl=component&print=1&page=

https://www.todocoleccion.net/manuscritos-antiguos/1877-carta-obispo-avila-pedro-jose-sanchez-carrascosa-carrion~x42847863

https://josemunozvillaharta.blog/2017/02/16/1887-un-fausto-suceso-una-curacion-por-intercesion-de-la-virgen-de-la-paz/

http://www.elsevier.es/es-revista-farmacia-profesional-3-articulo-perico-el-boticario-X0213932414617233

http://www.senado.es/web/conocersenado/senadohistoria/senado18341923/senadores/fichasenador/index.html?id1=586

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La muralla de Ávila

La muralla de Ávila es el monumento más representativo de la ciudad. De gran singularidad y belleza, cuenta con un perímetro de 2.516 m., 87 torreones — inicialmente 88, pero uno fue derribado para levantar la capilla de San Segundo a fines del siglo XVI— que lo convierte en el recinto urbano amurallado mejor conservado del mundo. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1985, la muralla es la mejor carta de presentación de Ávila, un magnífico telón de fondo visitado por miles de turistas anualmente y representado en cientos de fotografías, lienzos y películas.

Su origen es objeto de gran controversia entre los historiadores, siempre vinculado a un pasado romano del que si bien se puede constatar la ocupación de la ciudad desde el siglo I a.C., no así la existencia de una cerca hispanorromana sobre la cual se levantaría la actual. De hecho, no se han encontrado evidencias de una base romana en ninguno de sus tramos, lo que lleva a creer que de haber existido una muralla en época imperial no sería más que una mera empalizada con una base de piedra en la base. Solamente se han hallado unas superposiciones de sillares en la puerta del Alcázar, donde se fusionan materiales de tradición indígena y romano, y en la puerta de San Vicente, en la cual se han hallado sendos verracos a cada lado de la zona de paso —uno tallado en la roca, el otro desplazado—, siendo un claro ejemplo de sincretismo entre la tradición vettona y la civilización romana, pero no necesariamente asociados a la muralla, sino como hitos en una zona de paso.  Por tanto, se considera que de haber existido una muralla romana no sería de gran envergadura al tratarse de un pequeño asentamiento sin la categoría de urbe, que debía de pagar tributo considerando extranjeros a sus habitantes y, en cualquier caso, no puede concebirse como el origen de la actual defensa.

Tras el declive del imperio romano, la ciudad de Ávila permaneció poblada, convirtiéndose en una capital de relativa importancia en los siglos VI y VII, bajo dominación visigoda. El cómo se defendió la ciudad frente a las constantes amenazas —principalmente los ataques suevos del siglo V— nos induce a pensar en la organización de un sistema defensivo, siendo de esta época las torres cuadrangulares empotradas en los torreones que flanquean las puertas del tramo oriental. En su construcción reutilizan elementos funerarios romanos, al igual que en los lienzos oriental y meridional, donde se observan gran número de sillares reutilizados, apreciados a simple vista al no coincidir tanto en dimensiones como en disposición, e incluso estelas funerarias del antiguo cementerio romano, localizado en las inmediaciones de la zona de la basílica de San Vicente. Pese a ello, otras evidencias arqueológicas refutan esta hipótesis y consideran que estas primitivas torres deberían enmarcarse a comienzos de la Edad Media, hacia el siglo XI o principios del siglo XII.

Al igual que su origen, el trazado de la muralla no está muy claro, generando, también, un interesante debate: no parece asumible que tuviera el enorme perímetro actual, sino que fuese más reducido en un primer momento —se ha estimado un cerramiento por el oeste en la calle Tres Tazas—, de tal manera que la defensa romana fuese absorbida por la medieval. Hasta el momento, las evidencias arqueológicas no permiten asegurar que el trazado actual, correspondiente con la muralla medieval, fuese el trazado inicial de la probable cerca romana y la defensa visigoda.

Imagen de elviajerofeliz.com
Imagen de elviajerofeliz.com

La repoblación de Ávila, encomendada al conde Raimundo de Borgoña en el año 1088 por parte del rey Alfonso VI, hizo que la ciudad se dotara de un recinto amurallado ante la amenaza de ataques musulmanes, la propia inestabilidad de los reinos de Castilla y de León con continuos enfrentamientos armados que alteraban la seguridad de la población.

La construcción de la muralla medieval, con dos lienzos y relleno interior, fue dirigida por dos maestres de geometría – Casandro, romano, y Florín de Pituenga, francés – según la tradición, y terminada en tan sólo nueve años, lo cual parece poco verosímil. El nuevo trazado es datado hacia mediados y finales del siglo XII, realizada en austero estilo cristiano, pese a la numerosa mano de obra musulmana, aunque si podemos apreciar la huella de alarifes mudéjares en detalles decorativos en las partes altas de los lienzos norte y oeste, además de arquillos realizados en ladrillo, encuadrados en un alfiz.

La muralla marcará la jerarquía y las funciones de los distintos espacios de la ciudad. Mientras en los arrabales se desarrollaban las labores artesanales y agrícolas, junto con otras actividades industriales, en el interior se desenvolvían las actividades institucionales y gran parte de la actividad comercial y de servicios. Durante los siglos XII y XIII, la muralla fue testigo de un gran desarrollo urbanístico de la ciudad, en la que se construyeron la Catedral, el Alcázar, el palacio episcopal y la mayor parte de los templos románicos, además de casonas palaciegas, próximas a los paramentos defensivos de la muralla, con materiales precarios como mampostería.

El perfeccionamiento de las técnicas ofensivas en el medievo — técnicas de asalto, lanzamiento de proyectiles, etc.— exigió dotar de nuevos elementos defensivos — foso y contrafoso, puentes levadizos, matacanes, barbacana, antemuralla… — siendo la reforma más notable el cimorro de la catedral, en la segunda mitad del siglo XV, cuando la cabecera se completa con un triple adarve almenado y matacán corrido, que acentúan el carácter defensivo de la fortaleza, junto con el Alcázar, hoy desaparecido.

La gran labor constructiva del siglo XVI, coincidiendo con la época de mayor esplendor político, económico y demográfico de la ciudad, determinó un auge en las actividades constructoras —tanto pública como privada— que llevó al reemplazo de las precarias casonas palaciegas medievales por palacios renacentistas de las grandes familias nobiliarias. A este siglo tan fructífero le siguió un largo periodo de decadencia como fue el siglo XVII y parte del XVIII, limitando las intervenciones constructivas en la muralla a reparaciones de urgencia, y marcado por la ausencia de la nobleza —emigrada a la Corte buscando cargos en la Administración—, al aumento de la presión fiscal y la sucesión de epidemias que llevarán a una paralización de las actividades económicas y a una profunda recesión de la ciudad.

Progresivamente, la muralla va perdiendo su carácter defensivo aunque adquiere cierto protagonismo en conflictos puntuales como la Guerra de la Independencia (1701-1703), en la cual no se interviene directamente en la contienda pero se tapian algunas puertas y se fortalecen sus muros; y la Guerra de la Independencia (1808-1814), a pesar de no impedir la invasión de las tropas napoleónicas al mando del mariscal Lefèvre.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, la muralla comienza a tener una función contemplativa, buscando una recuperación idealizada del monumento, libre de adosamientos excepto de las arquitecturas monumentales, pasando a ser apreciado y admirado como monumento histórico, ganando la batalla a aquellos sectores que la consideraban un freno al desarrollo urbano y abogaban por su derribo tal y como se estaba haciendo en algunas ciudades europeas, gracias al empeño del Ayuntamiento y a su declaración como Monumento Nacional (24 de marzo de 1884).

La muralla de Ávila ha sido el escenario elegido para multitud de películas nacionales e internacionales, siendo Ávila un «destino de película» gracias a la monumentalidad de sus lienzos, contribuyendo a difundir el rico patrimonio histórico de la ciudad. Entre las numerosas producciones que tienen la muralla como telón de fondo, señalamos «Orgullo y Pasión» (1957) con Cary Grant, Frank Sinatra y Sofía Loren; «Campanadas a medianoche» (1965), de Orson Welles; la serie «Teresa de Jesús» (1984), con Concha Velasco en el papel principal; «Los señores del acero» (1985), de Paul Verhoeven; o «La sombra del ciprés es alargada» (1990), adaptación homónima de la obra de Miguel Delibes, ambientada en las calles de Ávila.

El visitante de la ciudad de Ávila puede deleitarse con la belleza de su muralla realizando un recorrido a lo largo de sus más de tres kilómetros de perímetro exterior, en los que puede contemplar, además de su grandeza, multitud de lugares pintorescos de entrañable belleza, como el Jardín de Prisciliano, el lienzo norte o el paseo del Rastro, además de palacios renacentistas, vestigios de otro tiempo, y los templos románicos que rodean la muralla, como si de un cinturón espiritual se tratara.

A través sus nueve puertas, el visitante recorrerá las calles de una ciudad protegida por su muralla, y si decide recorrer su adarve —dividido en dos tramos visitables, 1.700 metros en total—, podrá contemplar, desde una posición privilegiada, entre cumbres y torres, la majestuosidad de una muralla orgullo de los abulenses y que invitamos a imaginar, soñar y descubrir.

Sebastián de Vivanco, el polifonista ignorado

Prácticamente un desconocido para muchos, y eclipsado por la figura de Tomás Luis de Victoria —no solo en el tiempo, al ser contemporáneos, también comparten lugar de origen: Ávila—, Sebastián Vivanco es una de las figuras más importantes de la música española del siglo XVI.

Poco conocemos de la infancia del futuro compositor, salvo que tuvo un hermano, Gabriel, y que cantó en el coro de la catedral, encaminando sus estudios hacia el sacerdocio. Con 25 años, siendo subdiácono, se trasladará a Lérida donde ocupa el cargo de Maestro de Capilla en la catedral, al menos durante poco tiempo, despidiéndole “por ciertas causas justas que no afectan a su honor”. En febrero de 1577, ocupa el maestrazgo en la catedral de Segovia, donde permanecerá durante diez años. En esta etapa fue diácono y ordenado sacerdote en 1581.

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Sebastián Vivanco fue cogiendo prestigio en las diócesis, y el cabildo de la catedral de Sevilla le hizo una oferta que no podía rechazar, y a la ofrecida por la diócesis abulense apenas podía compararse. Sin embargo, la incertidumbre y seguramente las ganas de regresar a su ciudad natal, hizo que Vivanco se trasladara a Ávila y tomara posición de su cargo en marzo de 1588.

A pesar de lo poco que se conoce de esta época, si tenemos una descripción detallada del traslado del patrón san Segundo. Además, parece ser que no tenía en gran estima la figura de Tomás Luis de Victoria, al rechazar unos ejemplares de composiciones del maestro, porque “no son a propósito de esta santa iglesia”.

La etapa salmantina de Sebastián Vivanco comienza el 30 de septiembre de 1602, consiguiendo allí sus mayores hitos como músico. Salamanca tenía el aliciente de la universidad, la cual le permitía compaginar sus puestos musicales con los de la catedral. Y será en la diócesis charra donde permanecerá durante el resto de su vida compaginando los puestos de catedrático de música y maestro de capilla. De hecho, no hubiera conseguido estos puestos si no hubiera tenido una graduación académica -de récord- en la Universidad de Ávila, en Santo Tomás, donde obtuvo, tras superar los exámenes pero sin cursar los cursos, el grado de bachiller, licenciado y maestro que le permitieron cobrar el sueldo completo de su cátedra de música, regularizando de esta manera en pocos meses su situación académica.

La obra de Sebastián Vivanco es la más prolífica de todos los maestros salmantinos anteriores al siglo XVIII, encontrándose la mayoría de ellos en tres cantorales polifónicos publicados entre 1607 y 1610: Liber magnificarum, Libro de misas, Libro de motetes, himnos… etc.

El compositor fallece el 25 de octubre de 1622 en Salamanca, enterrado por orden del cabildo en la propia catedral salmantina, un honor y privilegio dado a quien fue y es uno de los más importantes compositores polifonistas de nuestra historia.

Bibliografía

http://www.tomasluisvictoria.es/node/155

http://www.tomasluisvictoria.es/node/1221

https://es.wikipedia.org/wiki/Sebasti%C3%A1n_de_Vivanco

http://musicaesferas-izarraketailargia.blogspot.com/2011/03/sebastian-de-vivanco-el-gran.html

http://www.musicaantigua.com/el-gran-polifonista-olvidado/

Pedro de Alvarado, conquistador de Guatemala

Era de «muy buen cuerpo y bien proporcionado, y tenía el rostro y cara muy alegre, y en el mirar muy amoroso, y por ser tan agraciado le pusieron por nombre los indios mexicanos Tonatio, que quiere decir sol, era muy alto y buen jinete, y sobre todo ser franco y de buena conversación, en vestirse era muy pulido, y con ropas costosas y ricas…»[1]

Pedro de Alvarado era lugarteniente de Cortés, y como ya me referí antes acompañó a Grijalba y estuvo en la conquista del imperio mexica. Una vez conquistado éste, ya fuese por curiosidad de conocer nuevos pueblos, ilusión de encontrar minas y metales preciosos o ampliar sus dominios, Hernán Cortés decidió enviar dos expediciones al sur: una al mando de Cristóbal de Olid a Honduras, y otra al mando de Pedro de Alvarado hacia Guatemala. “le despaché desta cibdad a seis días del mes de deciembre del mill y quinientos y veintetrés años. Y llevó ciento y veinte de caballo, en que con las dobladuras que lleva ciento y sesenta caballos y trecientos peones, en que son los ciento y treinta ballesteros y escopeteros. Lleva cuatro tiros de artillería con mucha pólvora y munición, y lleva algunas personas principales ansí de los naturales desta cibdad como de otras cibdades desta comarca y con ellos alguna gente, aunque no mucha por ser el camino tan largo[2]. Entre la gente iban tres de los hermanos Alvarado y dos primos suyos, dos clérigos y unos mil indígenas tlaxcaltecas, mexicanos y cholutecas.

Se dirigieron hacia Tehuantepec, y a partir del 13 de febrero se pusieron en marcha avanzando hacia los dominios del reino quiché, llegando a Zapotitlán, donde se tuvieron que enfrentar a los indios y los derrotaron. A continuación libraron numerosos enfrentamientos contra los indios, saliendo victoriosos pasando grandes apuros, superándoles en tácticas militares, y con la gran suerte de caer en la batalla Tecum Umán, que lideraba las tropas quichés, y que contribuyó a la derrota, pudiendo los españoles descansar en Quetzaltenango (antigua Lahuh-Quieh), pero rápidamente atacaron otra vez los indígenas, que volvieron a ser derrotados. Según algunos relatos los señoríos quichés solicitaron la paz e invitaron a Alvarado a la capital, Utatlán, y una vez allí consiguió atraer a los dos caciques principales, que hizo prisioneros y el 7 de marzo de 1524 los mandó quemar, al igual que la ciudad. Esto produjo un levantamiento de los quichés.

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Como ya hicieran los españoles en la conquista del imperio mexica, también ahora aprovecharon la rivalidad de las tribus indígenas, y conocida la rivalidad entre quichés y cakchiqueles, Alvarado se dirigió a estos últimos solicitándoles ayuda, recibiendo 4.000 guerreros y destruyó poblados y labranzas, aniquilando a los rebeldes y haciendo esclavos a los prisioneros. Su fama devastadora que le precedía era un sistema eficaz a la hora de enfrentarse a los adversarios. Sometidos los quichés Alvarado y su hueste se dirigieron a la capital del reino cakchiquel, Iximché o Quahtemallan, llegando el 12 de abril de 1524 y recibidos en son de paz. Pese a las muestras de amistad de los cakchiqueles, Alvarado se mostró desconfiado.

Recabadas noticias de las tierras inmediatas, el comandante conoció la existencia del pueblo de Atitlán, enemigos de Iximché, y decidió someterlos partiendo el 17 de abril con 60 jinetes, 140 infantes y un destacamento de cakchiqueles. Tras un primer enfrentamiento donde vencieron fácilmente, llegaron a la capital, que estaba vacía, y consiguió la pacificación del territorio optando por la vía diplomática. En un espacio de tiempo relativamente corto, los 3 principales reinos de Guatemala habían quedado dominados, y otros pequeños cacicazgos se sometieron voluntariamente.

Alvarado siguió avanzando territorios y pronto tuvo contacto con pueblos de lenguas distintas a las conocidas, y allá donde iba era recibido en son de paz, pero a continuación los indios abandonaban los poblados y huían a los montes cercanos para organizar la resistencia, y los causaban bajas a los españoles, robándoles material y obligándoles a permanecer siempre en guardia. El 6 de junio de 1524 la hueste cruzaba el río Paz, y al cabo de unos días penetraron en Acajutla, donde los esperaba un ejército de 6.000 indígenas en formación de combate, librándose una lucha durísima donde el propio Alvarado quedó malherido en una pierna. Se encaminaron al norte pasando por Tacuzcalco, donde se organizaban los indios, y dividiendo el ejército hispano en tres secciones obtuvieron la victoria, y el 17 de junio estaban en Cuzcatlán, la capital, donde la población huyó y no regresó. La expedición se saldó con muchos mexicanos, tlaxcaltecas muertos, pérdida de caballos, no habían obtenido oro ni plata pero si una resistencia latente, y decidieron regresar a Iximché, donde llegaron el 21 de julio. Allí y sobre esa ciudad Alvarado decide fundar Santiago de los Caballeros de Guatemala (que sufriría varios traslados). Los indios mexicanos fueron autorizados a regresar a su tierra, de manera que solo quedaron en tierras guatemaltecas los soldados españoles y tlaxcaltecas.

Con escaso número de personas Alvarado cometió un error producto de su temperamento exaltado y belicoso, pues decepcionado por el escaso botín recaudado en su última expedición, decidió imponer a los cakchiqueles un tributo de oro excesivo y un duro castigo si no se recaudaba lo establecido, y los indios se sublevaron en todo el territorio, y se tardó varios años en pacificar la zona, hasta 1530, teniendo que abandonar Iximché y trasladarse a Olintepeque. Los indios capitularon el 8 de mayo de 1530 y Alvarado impuso graves penas y tributos excesivos, exigió la entrega de oro, obligó a trabajos forzados y esclavizó a un gran número de nativos.

Entre 1526 y 1527 Pedro de Alvarado viajó a España a entrevistarse con Carlos pues creía que merecía una recompensa por haber luchado por Dios, el Rey y la Patria. Allí se casó con Francisca de la Cueva que hizo que desaparecieran sus dificultades: recibió el hábito de Santiago en grado de Comendador; se le confirmaron los repartimientos de indios; y el 18 de diciembre de 1527 fue nombrado Gobernador y Capitán General de la provincia de Guatemala, y a los dos días se le designaba “Adelantado”, título proporcionado a un gobernador civil y militar.

Después volvió a América, y desde allí planeó una expedición a la Mar del Sur partiendo el 23 de enero de 1534 y allí anduvieron perdidos durante algunos meses, pero tuvo que desistir en la conquista del Perú por hallar enfrentamiento con otros capitanes españoles, entre ellos Francisco de Pizarro, Diego de Almagro y Sebastián de Benalcázar, y la hueste de Alvarado no estaba en condiciones de iniciar un combate; y tuvo que volver derrotado, humillado y con la pérdida de todo lo invertido. Después volvió a Honduras donde pacificó la región. Volvió de nuevo a España donde obtuvo una capitulación para descubrir y conquistar las islas del Mar del Sur, y ante el fallecimiento de su mujer contrae de nuevo nupcias, esta vez con Beatriz de la Cueva, hermana de la difunta.

No dudó en volver a ponerse en marcha, y esta vez planeó ir hacia las islas de las especias. En septiembre de 1540 partió rumbo norte, pero llegó a la región de Nueva Galicia en un momento en el que los indígenas se encontraban sublevados, y no dudó en prestarse a pacificar la región militarmente. El 24 de junio de 1541 los españoles ponían cerco a Nochistlán, Alvarado fue arrollado por el caballo de un compañero inexperto que huía del contraataque de los indios chichimecas, y murió el 4 de julio de 1541.

 Carlos Cañas Dinarte

 Bibliografía

[1] DIAZ DEL CASTILLO, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva  España. Madrid, Alianza Editorial, 1989

[2] CORTÉS, HERNÁN. Cartas de Relación.. Madrid, Edit. Castalia, 1993, pg. 475

BENNASSAR, Bartolomé. Hernán Cortés. El conquistador de lo imposible. Madrid, Temas de Hoy, 2002

DIAZ DEL CASTILLO, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva  España. Madrid, Alianza Editorial, 1989

CORTÉS, Hernán. Cartas de relación. Edición de Ángel Delgado Gómez. Madrid, Edit. Castalia, 1993

GUTIÉRREZ ESCUDERO, Antonio.  Pedro de Alvarado, el conquistador del país de los quetzales. Madrid, Anaya, 1989.

LOPEZ DE GOMARA, Francisco. La conquista de México, Madrid, Dastin, 2000

LUCENA SALMORAL, Manuel (Coor). Historia de Iberoamérica. T. II. Madrid, Sociedad Quinto Centenario [etc.], D.L., 1992.

MIRALLES, Juan. Hernán Cortés. Inventor de México. Barcelona, Tusquets Editores, 2002.

MENA GARCÍA, Mª. Carmen. Pedrarias Dávila o la Ira de Dios, una historia olvidada. Universidad de Sevilla, 1992.

THOMAS, Hugh. La conquista de México, Barcelona, Planeta, 1995.

Hernán Cortés, el conquistador del Imperio mexica

Era Cortés de «buena estatura y cuerpo bien proporcionado… y la color de la cara tiraba algo a cenienta, y no muy alegre…, los ojos algo amorosos y suaves… diestro de todas lar armas… en todo daba señales de gran señor… de afable condición con todos…platicaba con muy retórica… limonesnero… en las batallas entraba juntamente con nosotros… con demasía dado a las mujeres»[1].

La expedición de Hernán Cortés partió el 18 de febrero de 1519 de Cuba con destino a las costas mexicanas, anticipando la salida por temor a que el gobernador Velázquez lo relevara por querer actuar en beneficio propio. A pesar de no tener experiencia en incursiones al continente, Cortés se impuso como verdadero jefe. La expedición consistía en arribar en la isla de Cozumel, donde se incorporó Jerónimo de Aguilar, uno de los supervivientes de la expedición de Grijalva que había aprendido la lengua maya. En San Juan de Ulúa empezaron a escasear los víveres, y la expedición ya había perdido 35 hombres en diferentes enfrentamientos con los indios; y el 19 de julio funda la ciudad de Veracruz acogiéndose al Código de las Siete Partidas, aunque no tenía poder legal para establecerse. No obstante, Cortés siempre demostró una gran habilidad “para justificar y legitimar su muy difícil posición tras la ruptura con el gobierno de Cuba” y tras nombrar cargos en el gobierno de la ciudad es elegido “capitán y justicia mayor[2].

Con 508 soldados de a pie (más un centenar de marineros), 16 jinetes, 32 ballesteros, 13 escopeteros/arcabuceros; algunas piezas de artillería, 4 falconetes de hierro y 12 pequeños cañones de bronca, Hernán Cortés inició la penetración del continente, de donde tenía noticias de un gran imperio gobernado por Moctezuma, y fue la inteligencia de los conquistadores y el sentido político de su jefe las claves de su éxito, pero no adelantaremos acontecimientos.

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Después de establecerse en Veracruz, liberaron a las poblaciones indígenas de la costa (totonacas) que estaban bajo dominación mexica consiguiendo que el cacique de Cempoala le diera 200 porteadores y 50 indios de guerra El 8 de agosto 60 hombres (más los marineros) se quedan en Veracruz y Cortés y su hueste penetran hacia el interior con intención de dirigirse hacia el territorio de los tlaxcaltecas, que según le habían informado los cempoaltecas éstos eran enemigos mortales de los mexicas, y cierto era esto aunque eran de la misma raza y lengua náhuatl, pero los habían ido cercando territorialmente. Los tlaxcaltecas estaban constituidos por 4 parcialidades, y rechazaron la oferta de paz. Del 2 al 5 de septiembre se sucederían terribles batallas contra la hueste de Cortés en proporción de 1 contra 20 ó 30, pero los españoles resultan victoriosos por su buena organización táctica, a la artillería y a la caballería. Tuvieron muchos heridos y pocos muertos, pero aún así habían perdido 155 hombres. Tlaxcala firma la paz y Cortés entra en la ciudad el 23 de septiembre de 1519.

En Tlaxcala los españoles curaron sus heridas, los caciques entregaron en matrimonio a varias de sus hijas que Cortés repartió entre sus capitanes; y además ofrecieron millares de indios de guerra para la conquista de México. El 12 de octubre los españoles continuarían su avance hacia México-Tenochtitlán, la capital del imperio mexica, y debido a los consejos de Moctezuma (a través de sus emisarios) pasan por Cholula, centro religioso muy importante donde los indígenas preveían una emboscada para exterminar a los españoles; pero éstos se adelantaron y cometieron una auténtica matanza, masacrando a unos 3000 indígenas en dos horas, según Cortés en defensa propia. Después de esto Moctezuma aceptó recibir a los españoles en la capital, donde entraron el 8 de noviembre de 1519. No se trató de una conquista, sino que fueron recibidos por una fastuosa recepción, instalándose en la capital mexica.

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Representación idealizada del encuentro de Cortés con Moctezuma

Los españoles pasan un tiempo en Tenochtitlán y parece ser que Moctezuma vio en los españoles a dioses, y en Cortés una reencarnación del dios Quetzalcóatl. Los hispanos quedaron asombrados por la ciudad-isla. A los 6 días de su llegada hicieron prisionero a Moctezuma, así garantizarían su seguridad, dando la excusa de que un ataque indígena en Veracruz habían asesinado al lugarteniente Juan de Escalante y 6 soldados. No obstante, la situación se hacía cada vez más tensa y se rumoreaba que Cacamatzin,  señor de Tezcoco y sobrino de Moctezuma preparaba una rebelión.

A comienzos del mes de mayo Cortés se entera de un importante ejército al mando de Pánfilo de Narváez ha desembarcado en San Juan de Ulúa (de 800 a 1400 hombres, 80-90 caballos, de 100 a 150 ballesteros y escopeteros, 12 artilleros), y el 10 de ese mes Cortés deja una importante guarnición al mando de Pedro de Alvarado y parte con 70 hombres al encuentro del ejército de Narváez (uniéndosele en el camino otros destacamentos, en total unos 300 hombres). El 27 de mayo, bajo la lluvia, la hueste de Cortés logra apoderarse de Narváez y consigue incorporar su ejército, y hace desarmar los barcos. Pero unos mensajeros le llevan a Cortés una noticia fatal: Alvarado y sus hombres están sitiados en el Templo Mayor porque ha estallado una gran rebelión, pues estando los indígenas en la celebración de Toxcatl, apareció Alvarado con sus soldados procediendo a una matanza horrible en la que perecieron gran parte de la nobleza y caciques mexicas que se encontraban desarmados.

De la Noche Triste a la Conquista de México

Hernán Cortés y su ejército vuelve a Tlaxcala rápidamente el 20 de junio, donde pasa revista a sus tropas: 1300 soldados, 96 caballeros, 80 escopeteros y ballesteros, 2000 indios de guerra tlaxcaltecas. El 24 de junio está de nuevo en Tenochtitlán. La situación en la capital mexica era desastrosa, agravada por la muerte de Moctezuma que murió víctima de una piedra lanzada por los indios cuando se asomó al balcón a pedir paz al pueblo. Los mexicas están dirigidos por Cuitláhuac, el nuevo tlatoani, y muchos españoles mueren o son heridos. Cortés comprende que la única solución es retirarse.

El 30 de junio es la llamada Noche Triste, cuando los españoles deciden abandonar la capital en secreto. Pero un gran destacamento como el español no podía pasar desapercibido, y dada la alerta son atacados por los mexicas en la calzada de Tlacopan, rompiéndose la retaguardia con Pedro de Alvarado y Velázquez de León (salvándose el primero gracias a un legendario salto). Las pérdidas fueron minimizadas por Cortés en sus Cartas de Relación, y exageradas por Bernal Díaz del Castillo, quizá fueran de 400 a 600 españoles y unos 4000 indios (la mayoría tlaxcaltecas). Durante la batalla y la huída se perdió gran parte del tesoro que llevaban, tragado hacia las profundidades de la laguna, acompañado de cientos de restos humanos que tiñeron durante meses de rojo sus aguas, y según dicen jamás volvieron a verse peces en la laguna. Cortés y sus tropas fueron hostigados durante la persecución, pero se replegaron, y con gran fuerza e inteligencia táctica consiguieron infligir una dura derrota a los indios en Otumba el 1 de julio de 1520.

Desde julio de 1520 al 28 de abril de 1521 los españoles permanecieron en Tlaxcala, que permaneció fiel a su alianza, y fue esta la que salvó a los españoles. Allí Cortés planeó la reconquista de la capital mexica en dos direcciones: diplomáticamente negociando con pueblos colindantes para privar a los mexicas de aliados; y militarmente, pues dobló el número de tropas por refuerzos llegados de las islas y entrenando a indios tlaxcaltecas aprendiendo principios tácticos. Según algunos autores parece que Cortés intentó entrevistarse con Cuauhtémoc, el sucesor de Cuitláhuac, para negociar la paz, pero no hay evidencias.

Durante el Pentecostés de 1521 Cortés pasó revista a sus tropas, destacando unos 25.000 indios, de los cuales al menos 16.000 eran tlaxcaltecas, 16 bergantines que mandó construir para el asalto a la ciudad. Parece que la suerte estuvo del lado de los españoles, pues un brote de viruela, posiblemente introducido por uno de los hombres de Narváez, hizo estragos en la población de Tenochtitlán. El 30 de mayo comenzó la batalla por México-Tenochtitlán, dividiendo el ejército en varias patrullas: Cortés al mando de la fuerza naval, con 300 soldados y artilleros; y 3 destacamentos de número  de soldados similar confiados a Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid y Gonzalo de Saldoval, cada uno apoyado por unos 8000 indios de guerra. Toda la disposición les permite tener una inmediata ventaja, pero los indios se defienden, casa por casa y enfrentándose cuerpo a cuerpo, viéndose obligados los españoles a quemar las casas ocupadas para evitar ser sitiados. No obstante, sufren un fracaso humillante en el primer ataque a la plaza del mercado y pierden terreno.

Los asediados carecen de todo, incluso de agua potable, pero rechazan en repetidas ocasiones las ofertas de paz. El 13 de agosto Cuauhtémoc se rinde y la guerra termina. Cortés enviará pequeños destacamentos a las regiones vecinas que no estaban sometidas a los mexicas, y tuvieron éxito.

Hernán Cortes entrando en Tenochtitlán

Parece imposible calcular el número de bajas que se dieron durante el sitio de Tenochtitlán, y quizá se podría decir acertadamente que al día siguiente los vencedores no son sino “supervivientes”. Cortés hizo una llamada a los españoles de las islas para poblar lo que el denominó Nueva España, y casi las despuebla. Se iba configurando un México mestizo, y no solo producto de violaciones como se ha querido demostrar, sino por consentimiento, destinado a hacer una generación de hijos de los conquistadores; y con las uniones de Tlaxcala nos encontramos con los orígenes de una nobleza-mexicana y los matrimonios auténticos, contraídos por los conquistadores con indias, no fueron excepcionales, extendiendo el mestizaje. Puede afirmarse que fueron los indios los que hicieron la conquista de México bajo la dirección de Cortés, es  por lo que pudo en los siguientes años consolidar su victoria y poner, en medio del dolor, los cimientos de una nueva nación.

Por otra parte, refiriéndome al gobierno de la recién adquirida Nueva España, Carlos V no tenía intención de dar a Cortés el gobierno, pero mediante la Real Cédula Imperial expedida en Valladolid el 15 de octubre de 1522 se le otorgó el título de gobernador y capitán general de la Nueva España, título y poder absoluto que ostentó hasta su partida a Honduras el 10 de octubre de 1524, a lo que más tarde me referiré.

Hernán Cortés hizo una distribución de encomiendas como venía siendo habitual, y durante este tiempo extendió una actividad incansable desplegando su talento político, sus dotes de organizador y dinamismo creativo. Estableció cabildos en las nuevas ciudades; además, relanzó la exploración de minas de oro, pues era una necesidad política, y también se ocupó del desarrollo económico de México.

Cortés no quiso destruir México-Tenochtitlán, y se propuso reconstruirla ante la negativa de sus compañeros. El trazado de la nueva ciudad fue en damero, clásico del urbanismo español en América, abriendo una gran plaza central. Los españoles se reservaron el centro de la ciudad y a los indios la periferia distribuida en cuatro barrios. Se utilizó gran mano de obra indígena con gran coste humano. El resultado fue una ciudad híbrida donde convivieron los supervivientes de una sociedad rota y unos extranjeros con ansias de enriquecerse.

De la expedición a las Hibuelas y su regreso a México

Cortés en sus cartas al emperador convertía las adhesiones a su persona en declaraciones de su misión a un rey lejano del que los indios ignoraban todo. La conquista hacia el Sur del territorio comprendido entre Oaxaca y el istmo de Tehuantepec fue rápida y fácil. Quisieron continuar hacia el sur para encontrar un estrecho que permitiera pasar del Atlántico a la Mar del Sur, y el 13 de noviembre de 1523 envió a Pedro de Alvarado con un destacamento a conquistar la región de Guatemala; también confió el mando de un ejército a Cristóbal de Olid, que había jugado un papel importante en México para conquistar las Hibuelas (Honduras) y partió con 5 navíos y 400 españoles pasando primero por la Habana, donde el gobernador Diego de Velázquez lo tentó y convenció para que tomara posesión de Honduras en nombre del rey, pues no era Nueva España (actuando de la misma manera que había actuado Cortés con Velázquez en Veracruz).

Cuando Cortés fue informado montó en cólera, escribió al emperador y mandó una expedición al mando de Francisco las Casas, pero las naves cayeron en manos de Olid; y decidió ponerse al frente de un ejército para castigar al rebelde. Fue precipitado y se enfrentó a lo desconocido, fue una epopeya triste donde solo se demostró la aptitud para el sufrimiento de los conquistadores sin justificación alguna. Además, dos caciques alertaron a Cortés de una conspiración de Cuauhtémoc que pretendía rebelarse y eliminar a los españoles de la expedición, y fue juzgado, condenado y ahorcado, pero no hubo una revuelta de los indios de guerra, demasiado preocupados en sobrevivir.

Tras vagabundear por la selva encontraron a cuatro españoles que les relataron los acontecimientos que allí se habían vivido, pues al final Francisco las Casas había conseguido imponerse y Cristóbal de Olid resultó procesado y ejecutado. Llegaron hasta el puerto de Trujillo donde Cortés tuvo violentos ataques de fiebre y parecía que iba a morir. Así acababa un viaje insensato que solo valió para conocer mejor la geografía.

La expedición volvió a México el 19 de junio de 1526, siendo recibido con entusiasmo, pero en su ausencia había habido torturas, persecuciones y asesinatos, estallando una sublevación indígena, pues los indios solo respetaban a Cortés, a sus más fieles amigos y a los religiosos franciscanos. Nueva España era un barco sin rumbo que parecía estar en manos de un borracho. Llegó también Luis Ponce de León, que moriría al poco tiempo, encargado de someter a Cortés a un juicio de residencia dadas las acusaciones sobre Cortés que llegaban a la Corte, y la gobernación estaba al mando de Alonso de Estrada que lo hizo salir de México desterrándole a Coyoacán.

Últimos días del conquistador

En 1527 se decidió establecer en Nueva España el gobierno de una Real Audiencia presidida por Nuño de Guzmán (con la intención de neutralizar y superar a Cortés), y el capitán general se trasladó a España para defenderse de las acusaciones y fue recibido por el emperador el 6 de julio de 1529, y lo nombró “marqués del valle de Oaxaca” y nombramiento como capitán general, pero sin darle la gobernación.  Posteriormente, Cortés realizaría otras expediciones hacia el norte, descubriendo California (que él creyó una isla) y tuvo una nueva estancia en España, llegando a participar en la batalla de Argel (1541). Se ocupó de la gestión de sus intereses comerciales y de sus posesiones, pues resultó endeudado.

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Hernán Cortés moría viernes 2 de diciembre del año 1547 en Castilleja de la Cuesta, tras haber ganado con su espada otro mundo, tras haber dado a España triunfos y laureles, al Rey tierras infinitas y a Dios, una infinidad de guerras.

Bibliografía

[1] DIAZ DEL CASTILLO, Bernal. Historia verdadera de la conquista de Nueva España. Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] ELLIOTT, John H. “The Mental World of Hernán Cortés”, en Spain and its World, 1500-1700, New Haven y Londres, Yale University Press, New Haven y Londres, 1989, pp 27-41.

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Pedrarias Dávila, el «Furor Domini»

«que vos el dicho Pedrarias Dávila tengáis por Nos en nuestro nombre, la gobernación e capitanía general de toda la gente e navíos que agora van en la dicha armada; e así mismo, de la que esta o estuviere o fuere de aquí adelante a la dicha tierra de Castilla del Oro (…)»[1]

            Nacido en Segovia hacia 1440, hijo del conde Puñonrostro y criado en la corte de Juan II y Enrique IV de Trastámara, Pedrarias Dávila participó en la conquista de Granada y en las guerras de África (1508-1511). De gran estatura, tez blanca, ojos verdes y cabellos rojos, fue apodado “el Galán” y “el Gran Justador”. Se casó con Isabel de Bobadilla, quien acrecentó su prestigio, linaje y fortuna, y le sacó de numerosos problemas y lo acompañó a las Indias junto a dos de sus hijos.

            Fue nombrado por la Corona como Gobernador de la Castilla del Oro, elección algo inusual, pues estaba entrado en años (77). Aún así, recibió quejas sobre su crueldad, arrogancia, impetuosidad y audacia siendo éstas, no obstante, desestimadas. El 11 de abril de 1514 zarpó hacia el Nuevo Mundo, dotándose de un ejército nunca visto antes, numeroso y el mejor preparado de la conquista, disponiendo de 22 navíos y casi 2.000 hombres. Tenía instrucciones de organizar las regiones conquistadas, fundar ciudades, establecer colonos y negociar con los indios. El motivo por el que se retrasó su salida fue la redacción del famoso “Requerimiento” de Palacios Rubio.

            El 19 de junio llegaron a las costas colombianas, donde leyeron por vez primera el Requerimiento, y el 30 del mismo mes arribaron a Sta. María la Antigua donde sus habitantes, con Núñez de Balboa a la cabeza, les recibieron y acogieron amistosamente, y juzgaron la residencia de Balboa, saliendo éste airoso. La colonia no estaba capacitada para absorber a tanta población y en un mes murieron 700 personas debido a la escasez de alimentos, una invasión de langosta y a la “modorra”. Para contrarrestar esta dramática situación, Pedrarias inició la conquista, convirtiéndose en monterías infernales,  tan fructíferas como violentas que consiguieron sublevar a todos los cacicazgos, por lo que Balboa redactó un informe el 26 de octubre de 1.515 denunciando los abusos.

            Por la Real Cédula del 23 de septiembre de 1.514, el rey nombra a Balboa “Adelantado de la mar del Sur y gobernador de Panamá y Coiba”, pero supeditado a Pedrarias. Éste retuvo la cédula y se vio obligado a entregársela, pero lo condenó a pagar 1.565.000 maravedís de multa como resultado de su juicio de residencia.

            Después continuaron realizando cabalgadas para buscar oro y esclavos, muy fructíferos pero muy violentos. El mismo Pedrarias se puso al mando una expedición con 250 hombres y 12 caballos, desembarcando en Acla, y en su ausencia Núñez de Balboa conspiró en su contra y expresó sus quejas a la Corona, pero con la vuelta de Pedrarias se le apresó por rebeldía, reconciliándose posteriormente, pactándose el matrimonio de Balboa con una de las hijas de Pedrarias.

Después, Balboa partió a Acla, donde se estableció y preparó una expedición a la Mar del Sur, llegando en octubre de 1.518 a la isla de las Perlas, donde construyó una flota. Balboa reclutó a gente en la Española, y su llegada sin control a los territorios de Pedrarias fue interpretado por éste como una traición, y mando apresarle. Sometido a proceso por el licenciado Espinosa, fue condenado a muerte (degollado) por traidor, y su cabeza permaneció clavada en la picota de la plaza de Acla durante varios días para que sirviera de advertencia a aquellos que intentaran enfrentarse al “Furor Domini”, la Ira de Dios, como le llamaba Las Casas.

            Sin Balboa Pedrarias podía llegar hasta el Pacífico antes de que llegase el nuevo gobernador Lope de Sosa, y tras una expedición al Mar del Sur buscaron el punto más estrecho del istmo y fundaron Panamá, que significaba “lugar donde abunda el pescado”. El emplazamiento no era muy favorable para la vida humana debido a la vegetación y a las enfermedades. Su elección parece debida a una táctica política de largo alcance y planificada, pues se preveían riquezas áureas y mano de obra indígena, a la vez que el establecimiento en la zona más angosta. Posteriormente repobló Nombre de Dios (al cargo de Diego de Albítez).

En Panamá, a diferencia de El Darién, Pedrarias repartió encomiendas de indios, que consistían en dar a un conquistador unas tierras y con ellas un número variable de indios para su explotación; con ellos se cometieron muchos abusos, pero resultó que no había indios para todos, de manera que ¾ partes de las encomiendas resultaron poco rentables (de menos de 60 indios), salvo excepciones ( amigos del gobernador). Como resultado, Sta. María la Antigua quedó despoblada y abandonada a su suerte, a pesar de los esfuerzos de Fernández de Oviedo.

Pedrarias comenzó a organizar expediciones, reclutar gente, explorar y conquistar, funda ciudades y convierte el istmo de Panamá en el foco de expediciones como centro. En 1.522 saldrá una expedición de Gil González Dávila de la isla de las Perlas, se adentraron en tierras de los caciques Nicarao y Nicoya, avanzando hasta el lago Nicaragua, donde creyeron haber descubierto el ansiado estrecho, y volvieron en junio de 1523 con gran botín, del cual Pedrarias reclamó un quinto, pero Dávila consiguió huir a la Española desde donde envío a España regalos y la noticia de que habían descubierto el estrecho, y confiaba en que lo nombraran gobernador de esos territorios. El incansable Pedrarias también alegaba derechos sobre esos territorios y también escribió a la Corona, además, envió una expedición a Nicaragua y Costa a cargo de Hernández de Córdoba fundando varias ciudades.

La continuación es la rivalidad entre varios capitanes que pugnan por hacer valer sus derechos de descubrimiento y conquista de un territorio. Da igual por quien sean enviados, sino que culminada la hazaña querrán independizarse de cualquier autoridad indiana y reivindicar sus conquistas ante el rey. A comienzos de 1.524, partió otra vez González Dávila desde la Española desembarcando en la costa de Honduras, y su ejército chocó con el enviado a Pedrarias comandado por Hernández de Soto en una dura batalla, y aún así llegó una expedición al mando de Cristóbal de Olid, y la Corona amonestaba a Cortés, Pedrarias y Olid por luchar entre ellos.

Hernández de Córdoba intento independizarse de Pedrarias, pero no fue secundado por sus soldados y el “Furor Domini”, cuando tuvo noticias de ello, embarcó a comienzos de 1.526 y tras un rápido juicio lo condenó a ser decapitado. Seis meses permaneció Pedrarias en Nicaragua, una tierra que no le pertenecía pero que alegaba sus derechos, y tras su segundo juicio en 1.527, del que salio airoso gracias a su astucia y a la influencia de su mujer en la Corte, amiga íntima de la emperatriz Isabel de Portugal; y ante el fallecimiento del reciente nombrado gobernador de Nicaragua, Gil González Dávila, que murió sin tomar posesión, Pedrarias fue nombrado “gobernador y capitán general de Nicaragua”.

El anciano gobernador desembarcó el sábado santo de 1.528 en el golfo de Sanlúcar, donde reinaba la anarquía debido a un motín provocado por el gobernador de Honduras, López de Salcedo. Era un momento difícil y con él llegaron muchos pobladores, tantos que según las crónicas señalan que se despobló la Castilla del Oro. Con el aporte de nuevos hombres prosiguió las expediciones que llegaron hasta el borde de Guatemala, donde las tropas regidas por Pedro de Alvarado los expulsaron (1530). La población indígena sufrió una devastadora extinción debido a la esclavitud y a las epidemias, teniendo su principal denunciante en Castañeda, enemigo de Pedrarias que lo denuncio ante la Corte.

En los últimos años de su vida Pedrarias estuvo muy enfermo, sin poder andar (en silla o cama) pero siguió firme y altivo. Violencia, ambición y nepotismo lo caracterizan, pero una gran labor colonizadora en Panamá y Nicaragua. Murió un 6 de marzo de 1531 con casi noventa años y fue enterrado en el monasterio de Nuestra Señora de la Merced; fue “un hombre muy acelerado en demasía” como lo estimó su antagonista Núñez de Balboa.

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BIBLIOGRAFÍA

[1] GARCÍA JORDÁN, Pilar; IZARD, Miquel (Coor). Conquista y Resistencia en la Historia de América. Barcelona, Universitat de Barcelona, 1992. pg. 91

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José Antonio Vaca de Osma y Esteban de la Reguera

José Antonio nació en Madrid en 1921. Se licenció en Derecho y Diplomático. Fue militante de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, llegando a ser jefe provincial en Ávila, donde desempeñó el cargo de gobernador civil (1957-1966). Fue el impulsor de la expansión y modernización de la ciudad de Ávila, comenzando con la urbanización de la Plaza de Santa Ana y continuando con las avenidas de José Antonio (Paseo de la Estación) y 18 de Julio (Hornos Caleros). Además, procuró viviendas de protección oficial, dignas y asequibles a familias, estableciendo conciertos ventajosos entre los inquilinos y el Ministerio de la Vivienda y de Fomento, a través de la Obra Sindical del Hogar y del Patronato Francisco Franco.

Estuvo casado con Zenaida María Zunzunegui, con la que tuvo dos hijos, José Antonio y Ana Isabel, y casado en segundas nupcias con Begoña González de Careaga y Fontecha.

En su carrera diplomática, fue embajador de España, Ministro Plenipotenciario de Primera Clase, miembro de número de los Institutos de Estudios Políticos y de Cooperación Iberoamericana, Secretario General de la Comisión Nacional de la UNESCO, representante español en el Consejo de Cooperación Cultural del Consejo de Europa, y Secretario General del Consejo Superior de Asuntos Exteriores, desempeñando importantes puestos diplomáticos y muchas actividades culturales nacionales a internacionales.

Desde el ámbito de la cultura, fue miembro de la sección historia de la Institución Gran Duque de Alba y académico de la Real Academia de la Historia (1959) y de la Jurisprudencia y Legislación; autor de numerosos estudios y libros de historia y divulgación histórica. En 1993 recibió el premio «Sánchez-Albornoz» por su trayectoria, resaltando que el propio José Antonio se confesaba como amigo y aprendiz de don Claudio, al que por el contrario se refería a él como de dudosa humildad y de vanidad sin medida. Además, fue Caballero de las Órdenes de Isabel la Católica, de la Legión de Honor francesa y de la Orden de Carlos III. Comendador de la Orden de Alfonso X el Sabio; de la Orden de Cisneros; de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas; de la Corona de Bélgica, del Mérito de la República italiana, Gran Cruz del Mérito Civil y Medalla de Oro de Ávila, por destacar algunas de sus condecoraciones y distinciones nacionales y extranjeras, civiles y militares.

José Antonio Vaca de Osma falleció el 20 de agosto de 2012, en Madrid, y fue enterrado al día siguiente en el Cementerio municipal de Ávila, en el panteón familiar que mandó construir, al quedar muy ligado e influenciado por la ciudad donde fue gobernador civil, nombrado hijo adoptivo en decenas de localidades de la provincia de Ávila.

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Fuentes

https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Antonio_Vaca_de_Osma

http://www.fnff.es/Jose_Antonio_Vaca_de_Osma_y_Esteban_de_la_Reguera_Abogado_Diplomatico_e_Historiador_2299_c.htm

http://www.lecturalia.com/autor/1451/jose-antonio-vaca-de-osma

http://www.hislibris.com/patriotas-que-hicieron-espana-jose-antonio-vaca-de-osma/

http://www.diariodeavila.es/noticia/ZEA7B32A7-D5E1-08AE-7761A0BFBCBCB74C/20120902/jose/antonio/vaca/osma/10/a%C3%B1os/progreso/avila

http://www.diariodeavila.es/noticia/ZD5CF8E10-9D78-DCFA-EB0734E13A0A16D2/20120821/fallece/jose/antonio/vaca/osma/91/a