Pedro La Gasca, obispo de Palencia y Sigüenza

«Era muy pequeño de cuerpo, con extraña hechura, que de la cintura abajo tenía tanto cuerpo como cualquiera hombre alto y de la cintura al hombro no tenía una tercia. Andando a caballo parecía aún más pequeño de lo que era porque todo era piernas; de rostro era muy feo, pero lo que la naturaleza le negó de los dotes del cuerpo se los dobló en los del ánimo… pues redujo un Imperio, tan perdido como estaba el Perú, al servicio de su Rey”.

Inca Garcilaso de la Vega

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Tras volver del Perú, donde había pacificado la región terminando con la rebelión de Gonzalo Pizarro, Pedro La Gasca fue nombrado obispo de Palencia por el emperador Carlos V, al quedar vacante la mitra tras el fallecimiento de Luis Cabeza de Vaca, maestro del propio emperador. Pidió que le consagraran obispo antes de embarcarse hacia Alemania, donde tenía que ir a encontrarse con el Emperador para darle cuenta de su Real Servicio en el Nuevo Mundo, consagrándole obispo de Vich, Juan Tormo en Barcelona (17 de mayo de 1552). Ocho días después, partió rumbo a Génova, donde estuvo alojado tres días en la casa de Andrea Doria, y desde allí partió hacia Tortona y Milán, parando en casa de Juan de Luna, y reuniéndose en Mantua con el príncipe Felipe, a quién describió su expedición. En Trento le recibieron los prelados españoles que estaban en el Concilio de Trento, en Volcán le saludó el príncipe Maximiliano, pasó por Inskbruk y el 12 de agosto entró en Augusta.

En la ciudad alemana se encontró con el emperador Carlos V, el cual, a pesar de estar convaleciente de gota, le recibe en su cámara donde le detalla largamente su pacificación del Perú. Entre las distinciones con las que Carlos quiso premiar a su vasallo, le concede en su escudo, que constaba de dos cuarteles, el de la derecha un león entre cuatro castillos y en el de la izquierda los trece roeles, sostenidos por dos genios, se añadiese seis banderas, tres por el lado con la letra P y en medio de ellas una anda con la inscripción: « Caesari restitutis Perú Regnis Tiranorum spolia».

Después de muchos agasajos, encomio y admiraciones recibidas, La Gasca retornó a España, comprando antes un tríptico que regaló «a su pueblo el Barco, por haber sido allí bautizado», del pintor flamenco Brujas, maestro de Van Eyck. El accidentado retorno duró hasta el 25 de marzo de 1553, cuando ocupó su silla episcopal en Palencia. Desde entonces y hasta el 19 de agosto de 1561, gobernó la diócesis palentina, hasta que el rey Felipe le promovió para ocupar la diócesis de Sigüenza, puesto que ocupa hasta su muerte, acaecida el 10 de noviembre de 1567. A pesar de tener gran influencia en la Corte y su consejo era bien valorado, poco se dejaba ver por ella, solamente cuando sus deberes pastorales se lo imponían. Cuando alguien le comentaba por qué no se dejaba ver con más frecuencia por la Corte, respondía, tajante: « Los que tienen sagradas obligaciones que cumplir no pueden ni deben gastar el tiempo pavoneándose por los palacios del César».

Pedro La Gasca mandó edificar la iglesia de la Magdalena de Valladolid, a la que dotó de una renta de 225.000 maravedís, construyendo enfrente una casa donde vivirían los trece capellanes. El motivo que le llevó a fundar esta iglesia lo expresa en la escritura fundacional, fechada en Sigüenza el 6 de septiembre de 1567:

Nos, D. Pedro Lagasca, Obispo y Señor de Sigüenza, Obispo que fuimos de Palencia, del Consejo de S.M., fundamos y edificamos la Iglesia de la Magdalena de Valladolid y la dotamos para suplir las faltas que tuvimos en celebrar sobre todo en tiempos de N. S. el Emperador Carlos V, en la visita de los tribunales del Reino de Valencia y en la defensa de aquel Reyno, y de las islas de Mallorca, Menorca e Ibiza, y cuando en 1542 atacó el turco con el francés, y en la ida al Perú; y así que en más de ocho años casi no dijimos misa (no nos atrevimos) aunque teníamos las licencias para no caer en irregularidad.

E incluso pidió y obtuvo del papa Pio IV una bula (de 14 de octubre de 1564) para que en la iglesia de la Magdalena se dijeran dos misas cada mes mediante el rito mozárabe, pues como decía el propio La Gasca, «De tanta devoción y uso en España y en tiempo de las persecuciones dentre los cristianos, y porque no hay razón que oficio tan antiguo caiga en olvido».

La iglesia de la Magdalena fue el lugar escogido para el descanso eterno de Pedro La Gasca, donde fue enterrado. En su majestuosa fachada, a los pies del templo, preside el escudo en piedra más grande del mundo del propio clérigo. En su interior, concretamente en el centro de la nave (inicialmente se encontraba en la capilla mayor, pero fue trasladado a mediados del siglo XX) se encuentra el sepulcro, realizado en jaspe y alabastro, del escultor Estebán Jordá. El obispo La Gasca aparece representado con los atributos episcopales: libro en la mano, capa pluvial, mitra y cetro, en actitud yacente de reposo tranquilo, con la inscripción a los pies «accepit regnum decoris et diadema speciei de manu Domini» (recibió un glorioso reino y una hermosa corona de mano del Señor. Sab. V, 16).

La persona de Pedro La Gasca estuvo ligada a la villa de Barco de Ávila, donde su familia tenía posesiones y se conserva la llamada «Casa de los Gasca», situada antiguamente en la Plaza de los Vados. Lamentablemente, fue derribado en los años 70 para construir  las oficinas de la Caja de Ahorros de Ávila, salvándose únicamente la portada, ubicadas actualmente en la entrada del patio del C.E.P. Juan Arrabal.

Otros sitios que recuerdan la figura de Pedro La Gasca, o Lagasca, como se mantiene en numerosos sitios, es en los callejeros, tanto de la villa de Barco de Ávila, Ávila o Madrid.

Bibliografía

CARVAJAL GALLEJO, I. (1981): Don Pedro de Lagasca pacificador del Perú. Caso único en la Historia. Esbozo de estudio biográfico. Coloquios históricos de Extremadura.

GARCILASO DE LA VEGA, Inca (1617): Historia General del Perú o Segunda Parte de los Comentarios Reales.

FUENTE ARRIMADAS, Nicolás de la (1925): Fisiografía e historia del Barco de Ávila. Senén Martín, Ávila.

LÓPEZ HERNÁNDEZ, Francisco (2004): Personajes abulenses. Caja de Ávila, Ávila, pgs 349-351

RAMÍREZ DE ARELLANO, Carlos (1870): El licenciado Pedro de La-Gasca, estudio biográfico. Revista de España. Tomo XV (58)

SAN MARTÍN PAYO, Jesús (1992): Don Pedro La Gasca (1551-1561). Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses (63): 241-328.

Webgrafía

https://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_de_la_Gasca#Obra_escrita

http://www.santamariadeloscaballeros.com/personajes.asp

http://www3.uah.es/cisneros/carpeta/galpersons.php?pag=personajes&id=78

http://pueblosoriginarios.com/biografias/lagasca.html

http://www.alcaldesvcentenario.org/index.php?option=com_content&view=article&id=107&Itemid=100

http://los4palos.com/2014/04/08/un-escudo-en-pucela-y-una-tarea-en-peru/

Ávila, tierra de santos y cantos (entre otras cosas)

Tradicionalmente se ha dicho que Ávila es tierra de cantos y de santos. Razón no le falta, pero Ávila es mucho más. Es tierra de sabor, de chuletones, de pinchos, de frío, de pimentón, de patatas revolconas, de yemas, de policías y de buena gente. Abreviando, tierra de abulenses y/o avileses, que no avileños, por si a alguien no le ha quedado claro.

Que sea tierra de cantos es sencillo de adivinar, pues en toda su extensión se asienta y se construye sobre granito: piedra dura, austera e inquebrantable, como  el corazón de sus gentes y el temple de la guerra. Con cantos hemos levantado una ciudad a nuestra medida, protegida por una fuerte muralla, construido la catedral, palacios, iglesias y conventos, aparcamientos, puentes, casas solariegas, obras faraónicas y adoquines que dan un toque vintage a la ciudad.

Y también de santos, muchos e importantes, canonizados y doctores por la Santa Iglesia católica. Esto hay que matizarlo y situarlo en su contexto, pues hace siglos, entre el frío y los cantos que nos rodean, sin televisión ni redes sociales con las que entretenerse, las maneras de pasar el rato eran pocas y fundamentalmente dos: orar o luchar. Los que no jugaban con espadas encontraban su sino en la espiritualidad y el misticismo, retirándose a hablar con Dios entre el frío de sus muros de piedra.

Desde el comienzo de los tiempos hemos sentido predilección por los Santos, simplificados muchas veces en San, como por ejemplo nuestro patrón, San Segundo, o los hermanos Vicente, Sabina y Cristeta, santos mártires cuyo cenotafio reposa en una composición de cantos tallados que dan forma a una de las joyas del románico como es la basílica de San Vicente.

Pero además, hay multitud de Santos que titulan pueblos o que son pueblos que dan nombres a otros, como por ejemplo Arenas de San Pedro, San Juan de la Nava, San Juan del Molinillo, Santa Cruz del Valle y muchos más. Para todos aquellos buenos abulenses que pudieran sentirse ofendidos al no nombrar su santo pueblo, he rezado dos padres nuestros para expiar mi pecado. Y si nos centramos en la ciudad, los distintos distritos o barrios que conforman el entramado urbano reciben también el nombre de Santos, correspondido con las parroquias: San Nicolás, Santiago, Santo Tomás, San Juan, San Pedro, San Andrés, San Esteban, San Antonio… Aquí tampoco se sientan ofendidos los del barrio de las Vacas, pues ellos tienen a su Virgen, ¡vivan los mozos!

Con tanto santo viviendo en simbiosis permanente con la ciudad, la confluencia de Santos, espiritualidad, oraciones, ruegos y preguntas, hizo que fuera a nacer en Ávila – no podía suceder en mejor lugar ni en otro sitio – nuestra Santa más internacional, Teresa de Cepeda y Ahumada, hace cinco centenares de años. Conocida internacionalmente como Santa Teresa de Ávila por nosotros y Santa Teresa de Jesús por el resto del mundo, es un personaje fundamental en nuestra historia para entender el misticismo, la reforma del carmelo calzado y el merchandising de la ciudad, además de situar nuestra ciudad en los mapas terrenales y ensalzarse como gran maestra de la vida espiritual en la historia de la Iglesia. Mujer avanzada a su tiempo, fue una prolífera escritora espiritual, emprendedora incansable con diecisiete fundaciones de pequeñas empresas a lo largo de la geografía peninsular y creadora de las patatas fritas. Ni más ni menos. Tuvo como ayudante, confesor y doctor de la iglesia a otro santo abulense, el medio fraile, tan pequeño como astuto, patrono de los poetas y místico renacentista, San Juan de la Cruz, o Juan de Yepes para los amigos.

Otros que no son santos, pero casi y que son más desconocidos para los abulenses pero no por ello menos importantes, son el beato Alonso de Orozco, el obispo Santos Moro (al menos, de nombre) y las venerables María Díaz y María Vela. Por último, señalar la curiosa leyenda de San Pedro del Barco, santo de nuestra tierra que causó conflicto entre Piedrahita y Barco sobre dónde reposarían sus venerables restos, acordando que una mula los llevará sobre sus lomos y allí donde se parara, allí sería enterrado. Cuál fue su sorpresa que la mula siguió sin rumbo fijo pasando pueblos y pueblos hasta llegar a la capital de cantos y santos para caer desplomada en la basílica de San Vicente, donde murió exhausta tras la larga travesía y la responsabilidad moral de cargar un santo a sus espaldas.

Como habéis podido comprobar, en Ávila nos sobran cantos y coleccionamos santos. Canto arriba, santo abajo, Ávila es una amalgama de granito y misticismo que ha resistido el paso de los siglos haciendo frente al frío, a la despoblación y al turismo, con Santa Teresa a la cabeza – tan importante como para dedicar dos estatuas a su figura en una misma plaza –proyectando la imagen de una ciudad orgullosa de sus cantos y de sus santos, entre otras cosas.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

Pedro de La Gasca, Pacificador del Perú

El Licenciado Pedro de La Gasca fue nombrado Presidente de la Audiencia del Perú el 16 de febrero de 1546 con la difícil tarea de pacificar el Perú, que se hallaba en el más absoluto caos tras la sublevación de Gonzalo Pizarro, aceptando tras imponer una serie de condiciones:

“No marcharía al Perú sin que el Emperador le diese poder llano y absoluto, como si fuera el César, para nombrar los cargos que vacaren, separar incluso al virrey, perdonar cualquier clase de delitos cometidos y que se cometieren hasta la rendición del Perú, no solo de oficio, sino contra instancia de parte. No quiero sueldo ni recompensa de especie alguna; con mis hábitos y mi breviario espero llevar a cabo la empresa que se me confía. No quiero más que mi sustento y el de mis acompañantes y pido que se nombre persona que reciba e invierta el dinero y así no se crea que me guía la codicia”.

Estas condiciones causaron admiración y asombro en el Consejo de Indias, y ante su insistencia para que alterara sus condiciones, el licenciado insinuó que renunciaría al cargo, además de escribir al Emperador su deseo de volver a España tan pronto como acometiese la misión encomendada: “Como tengo por cierto que no se pretende desterrarme de mi Patria, en cuanto consiga lo necesario para la pacificación del Perú, pido llevar licencia y aún esperar otra, para volverme a España”. Tras pasar dos días con su madre en Barco de Ávila para despedirse de ella, el 26 de mayo de 1546 embarcó en Sanlúcar de Barrameda acompañado de su hermano Juan y del caballero abulense Alonso de Alvarado, y el 27 de julio llegaba a Nombre de Dios (Panamá).

El recibimiento al desembarcar no fue, ni mucho menos, cordial. Sembrado de gritos, amenazas y  burlas por su apariencia, la única respuesta del Licenciado fue mostrar buen semblante. Desde el primer momento comenzó a poner en práctica el plan que había elaborado: sosegar y pacificar a todos, e incluso conceder el perdón por los desórdenes cometidos al estar autorizado a ello. Su gran labor diplomática no tardó en mostrarse, ganando a su causa el general Pedro de Hinojosa y los demás jefes de la armada pizarrista, quienes fueron perdonados por su rebeldía y la promesa de nuevas encomiendas de indios. Más tarde se le unieron otros rebeldes pizarristas como Sebastián de Benalcázar, Pedro de Valdivia, el oidor Pedro Ramírez, el contador Juan de Cáceres y Lorenzo de Aldana. Por algo diría el Maestro de Campo Francisco de Carvajal “que las mañas y palabras del clérigo eran más de temer que las lanzas del Rey de Castilla”.

El mismo Gonzalo Pizarro intuía, a través de las ministras que intercambió por La Gasca y las noticias que de él tenía, que bajo la apariencia de hombre modesto se ocultaba un poder moral más fuerte que el de todos sus soldados cubiertos de acero, pues actuando silenciosamente frente a la opinión pública, minaba toda fuerza y poder, ratificado por el rebelde Juan de Acosta que llegó a decir “este cura del cayadillo es mucho más de temer que un ejército”. Además, el levantamiento del capitán Diego Centeno, que conquista Cuzco, supone otro frente para Pizarro, pero éste mantiene su empeño, y condena a muerte a La Gasca, Hinojosa y Aldama.

Al fracasar su intento de buscar una solución pacífica al conflicto de los rebeldes pizarristas, el presidente La Gasca no pierde un instante. Reúne y equipa sus tropas, colocándolas en los lugares más estratégicos para vencer a los rebeldes, y en abril de 1547 parte de Panamá con una flota de dieciocho navíos y unos dos mil soldados veteranos con buen armamento, desembarcando en el puerto de Manta (Ecuador), y continuando su marcha por los Andes, donde tienen que atravesar precipicios y nieve, hasta acampar en el valle de Xaquisaguana, donde le esperaba el ejército de Gonzalo Pizarro.

Antes de comenzar la batalla cerca de Cuzco, el 9 de abril de 1548, La Gasca ofrece nuevamente el perdón a los rebeldes para que depusieran las armas, pero no tiene prisa por comenzar la campaña: contaba con que parte de las fuerzas de pizarristas se pasaran a su bando, como así fue (desertaron el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega y el oidor Diego Vásquez de Cepeda), y en recibir apoyos desde Guatemala, Popayán y Chile.

Prácticamente, no hubo batalla. Los efectivos rebeldes se fueron pasando al ejército realista y Gonzalo Pizarro, viéndose casi solo, preguntó a su lugarteniente Juan de Acosta: “¿Qué haremos?”, a lo que le contesta, furioso: “Arremeter al enemigo y morir como romanos”. Pero Pizarro, reconociendo su derrota, le replica: “Mejor es morir como cristianos” y adelantándose, entrega su espada a Juan de Berrio Villacencio, presentando su rendición. Al ser conducido ante el presidente La Gasca, le hizo una respetuosa inclinación, y éste le preguntó, con severidad, por qué había puesto al país en esta situación, levantándose en armas contra el Emperador, por qué había asesinado al Virrey Blasco Núñez Vela, usurpado el gobierno y rechazado las ofertas de perdón que le había ofrecido en repetidas ocasiones. Gonzalo Pizarro trató de justificarse vanamente, sin que ello convenciera al Presidente de la Audiencia del Perú.

La justicia aplicada a los rebeldes fue un ejemplo para todos, nombrándose un tribunal que aplicase la ley, y en el que Pedro La Gasca no quiso intervenir. Los cabecillas Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal fueron sentenciados a muerte, y otros muchos fueron condenados a azotes, destierro, trabajo en galeras y confiscación de sus bienes.

Terminaba la guerra, el presidente se dedicó a gobernar. Realizó el Reparto de Guaynarima (16 de agosto de 1548), distribuyendo encomiendas entre los soldados, dejando a muchos insatisfechos. Sentó sobre bases firmes y permanentes la autoridad real, realizando un ordenamiento racional y económicamente la explotación de las minas, saneó la hacienda pública y organizó la contabilidad, aumentando la recaudación y aliviando el peso de los contribuyentes. Por todo ello fue aclamado en Lima como «Padre restaurador y pacificador del Perú».

Pedro de La Gasca consideró que su misión había terminado y consideró volverse a España. Su partida produjo gran estupor entre los indios, quienes llevaron a apreciarle y le mostraron su agradecimiento ofreciéndole gran cantidad de plata, que no aceptó. Los colones españoles, al despedirle en el navío (27 de enero de 1550), le llevaron como regalo 50.000 castellanos de oro. A ello, el presidente les dijo: «No lo acepto. He venido a pacificar el Perú y a servir al Rey y no quiero deshonrarme con un acto que empañaría mi pureza de conciencia y mis intenciones».  Desde Nombre de Dios, partió hacia España el 24 de mayo de 1550, llegando a Sanlúcar el 14 de septiembre y desembarcando en Sevilla el 24, aclamado por la muchedumbre y depositando en la Casa de Contratación el Tesoro que traía consigo, llegando igual que se fue, con la misma sotana, brevario y cayado.

El Emperador Carlos V escribió a Pedro La Gasca desde Augusta (Alemania) en términos de mucho reconocimiento: «Y puede ser cierto que lo que se ofreciere, tenemos siempre memoria de vos como lo merecéis». Le ordenó que fuera a verle, como así lo establecía el Real Servicio, junto con gran cantidad de oro y plaza. También le recomendaba que antes de emprender el viaje fuese a Barco de Ávila a abrazar a su madre, con la que pasó casi un mes.

 

La Posada de la Feria

Hace 20 años, se inauguraba la Biblioteca Municipal Posada de la Feria. Situada en la zona sur de Ávila, bajo el arrabal de Santiago y cerca de la plaza del Rollo, está ubicada en un edificio que data de 1558, conocido por el nombre de «La Posada del Tío Goriche», y que mantuvo su uso como venta hasta comienzos del siglo XX, conservando su estructura primigenia hasta su abandono, condenando al inmueble a un estado de ruina.

Tras varias décadas de abandono, el Ayuntamiento de Ávila consideró recuperar y rehabilitar el espacio, quizá tras poner de manifiesto el valor de la posada como ejemplo de arquitectura popular por parte del arquitecto municipal Armando de los Ríos en “Cuaderno de Arquitectura” (1987), y que años más tarde se haría cargo del proyecto de rehabilitación.

Finalmente, tras años de obras, la Biblioteca Posada de la Feria abrió sus puertas en enero de 1997, y desde entonces permanece abierta para el préstamo y estudio, atendido por grandes profesionales.

Debo añadir que en esta biblioteca he pasado horas desde la adolescencia, leyendo y estudiando, llegando a considerarla una segunda casa. Mando desde aquí un saludo a los trabajadores que están y han estado en la Posada de la Feria: Teresa, Javi, Eulogio, Bea, Beatriz, Michel, Gemma, Rufino, y tantos otros. Todos vosotros sois parte de la Posada de la Feria y sin vuestro trabajo la biblioteca no sería lo mismo. Gracias por todo.

Ávila. Plaza de la Feria. Posada del Tio Goriche.

Ávila. Plaza de la Feria.

Ávila. "Casa de labriegos en el arrabal". Posada del Tio Goriche, plaza de la Feria.

Ávila. Posada de la Feria.

Ávila. Plaza y posada de la Feria.

Ávila. Plaza de la Feria.

Pedro de La Gasca, hombre de letras (I)

Nació en el lugar de Navarregadilla, perteneciente a Santa María de los Caballeros (Ávila), hacia 1493, siendo bautizado en la iglesia parroquial de Barco de Ávila a los nueve días de su nacimiento. Sus padres pertenecían a una familia de hidalgos acomodados próxima al cardenal Cisneros. Su padre, Juan Jiménez de Ávila García, era descendiente de los Cimbrones y García extremeños, primo del Cardenal Cisneros y Señor de Navarregadilla; y su madre María González Dávila Gasca, bisnieta del caballero castellano Gil González Dávila, Señor de Puente del Congosto (Salamanca).

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Boceto y retrato de Pedro La Gasca. Valentín Carderera (1847)

Los primeros años de su vida los pasa en Barco de Ávila, pero debido a las circunstancias familiares (enfermedad de su padre), Pedro es llevado a vivir a Puente del Congosto con su abuelo materno, Pedro García Gasca, señor de la villa. No habiendo en la villa “dómine” que se encargara de su enseñanza, a los diez años vuelve a El Barco de Ávila, donde estudió Humanidades con el Bachiller Minaya, en compañía de sus hermanos: Juan, Francisco y Diego. Durante varios años se formó con el Bachiller, el cual, complacido de la inteligencia de su discípulo, aconsejó a sus padres que le llevaran a Salamanca a continuar sus estudios de la carrera eclesiástica, a la cual se veía llamado.

Poco tiempo estaría el joven estudiante en Salamanca, pues al ir su padre a consultar a un médico la dolencia crónica que padecía, su mal se agravó y hubo de ser trasladado en una silla de manos de Salamanca a Navarregadilla, donde murió poco después (1513). Diego González Dávila, hermano de su padre, fue a Barco a consolar a su cuñada y a poner en orden los asuntos familiares, y contentado de la inteligencia de sus sobrinos Pedro y Diego, los llevó consigo a la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares, donde Pedro estudió durante once años, manifestándose como un alumno sagaz, intrépido, enérgico y fidelísimo al Rey, como demostró luchando en el bando realista en la guerra de las Comunidades. Tras realizar excelentes exámenes, fue el segundo alumno que se graduó  con el título de Maestro en Artes y el primero en conseguir el título de Maestro en Teología, con aplauso unánime de profesores y alumnos.

Desde que se graduó en Alcalá, Pedro de La Gasca firmó siempre como el «Licenciado La Gasca», sin adoptar nunca los apellidos que le correspondían, Jiménez de Ávila y García y González Dávila, al igual que sus hermanos. Quizá adoptara este apellido al elegir los apellidos que más le gustaban, como era costumbre, por afinidad a la familia materna o considerarlo de mayor abolengo que el Ximénez de Ávila.

Posteriormente pasa a estudiar en Salamanca Derecho Civil y Eclesiástico, pese a su frustrada idea de realizarlo en Italia (invadida por Francisco I) dio probadas muestras de su prudencia, sagacidad, tacto y energía que le granjearon la admiración de todos. Por su valía es nombrado Rector de la Universidad de Salamanca (en el curso de 1528-1529), y Vice-escolástico, cargos que simultaneaba con el de Subcolector Apostólico, elegido por el Nuncio Pogio. El acierto con el que desempeñó su cargo en la Universidad se plasmó en los Estatutos que él mismo realizó y que se mantuvieron durante muchos años. Fue elegido Rector del Colegio de San Bartolomé en dos ocasiones, donde se licenció en Cánones (1531).

Acabados sus estudios, fue ordenado sacerdote comenzando su carrera eclesiástica en la propia Salamanca, pero la influencia del cardenal Juan Pardo de Tavera le lleva a ser nombrado Juez Metropolitano en la Catedral de Toledo y Vicario en Alcalá de Henares (1537). Sería en el propio Toledo donde conoce personalmente a Carlos V, el cual le favorece y autoriza para que se haga cargo de un difícil proceso de sacrilegio en Valencia que el Consejo de la Inquisición que no acertaba a resolver, nombrándole Oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición, teniendo que abandonar el resto de sus cargos. Tras más de dieciocho meses de laboriosa investigación, entregó todo el proceso minuciosamente ordenado y resuelto a justicia, lo que le valió la admiración de los varones del Consejo de la Inquisición, e incluso la del propio emperador Carlos, quien le llamó a su cámara para oírle personalmente todo lo referente al caso.

Su primer cargo político fue el de Visitador de los Tribunales, Justicia y Hacienda de todo el Reino  de Valencia en 1541, a petición de las Cortes de Monzón, un cargo reservado a los allí nacidos. Durante estos años (1542-1545), Pedro de La Gasca se dedicó a comprobar la labor de los funcionarios, la recaudación de impuestos y el respeto a los poderes reales, así como aplicar los juicios de residencia a los ministros de justicia y ocuparse del adoctrinamiento de los moros, adquiriendo durante su desempeño un notable conocimiento de las funciones gubernativas.

A pesar de ser un hombre de letras, las circunstancias hicieron que La Gasca mostrara que debajo de su hábito sacerdotal había también un valiente guerrero, heredero de los antepasados de su familia. En 1543 se tuvo constancia, de manera secreta, que el corsario otomano Barbarroja y los franceses planeaban desembarcar y saquear las costas valencianas y la islas baleares. El pánico cundió entre los caballeros que intentaban organizar la defensa, con Fernando de Aragón (viudo de Germana de Foix), duque de Calabria y Virrey de Valencia, a la cabeza, pero aparece en escena Pedro La Gasca, echándoles en cara su cobardía y mostrando que era posible una defensa fortificando las playas e islas con los medios de los que disponían. El plan se traza según las exigencias de La Gasca y los intentos de Barbarroja de desembarcar son duramente rechazados por las defensas realizadas, obligando a los berberiscos a desistir de sus intentos de asaltar las costas levantinas.

Pedro de La Gasca es aclamado como un hombre providencial, volviendo a Castilla en 1545.

Las noticias de revueltas sucedidas en Perú, con la rebelión de Gonzalo Pizarro, sublevado contra las Leyes Nuevas y el gobierno del virrey Blasco Núñez Vela, muerto en la batalla de Añaquito, hizo que se reuniera en el verano de 1945 el Consejo de Indias con el príncipe Felipe (el Emperador se encontraba en Alemania) para adoptar una solución al conflicto. Entre los miembros del Consejo estaban los cardenales Tavera y Laoisa, el obispo de Sigüenza (Consejo Real de Castilla), el presidente de la Chancillería y varios nobles, debatiéndose entre dos posturas: la de enviar a un ejército para reducir la rebelión por la fuerza, y poner a un militar con experiencia al mando; y la de enviar a un hombre de letras, negociador, que consiguiera la obediencia por la vía de la persuasión y los halagos. Se optó por la segunda opción, y parece ser que fue el propio Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, quien propuso el nombre de Pedro La Gasca como la persona más capacitada para encomendarle la difícil tarea, diciéndole al príncipe Felipe: “Señor, Gasca tiene aún más carácter y energía que yo”.

Tras mandar un emisario al Emperador para darle cuenta de lo sucedido y acordado por el Consejo de Indias, Carlos V, orgulloso con el desempeño de La Gasca en los asuntos encomendados anteriormente, no solo aprueba su nombramiento, sino que escribió de su puño y letra una carta (fechada el 17 de septiembre de 1545) manifestándole su complacencia por su nombramiento como Presidente de la Audiencia del Perú, estableciendo que abandonase todos sus cargos  y realizase su salida hacia el Perú lo más pronto posible.

 

La iglesia de San Andrés

La iglesia de San Andrés está situada extramuros de la ciudad de Ávila, a pocos metros de la basílica de San Vicente, en el barrio de los canteros. Fue construida en el segundo cuarto del siglo XII, entre el 1130 y 1160, pese a que para algunos autores la consideran la más antigua y levantada hacia el 1100, mientras que para otros es posterior al arranque de las obras en San Vicente y San Pedro. Al igual que otros templos abulenses, la primera referencia documental la encontramos en la carta del cardenal Gil Torres en 1250. Sus reducidas dimensiones (29,75 m. de longitud interior, 15,65 m. de anchura y 11,45 m. de altura máxima en la nave central) hacen que se erigiera en pocos años, lo que se manifiesta al observar una gran unidad en el estilo constructivo, de románico pleno. Durante el devenir de los siglos se ha ido transformando tanto el interior como el exterior (sacristía, espadaña, armadura…), siendo intervenida en varias ocasiones (años 30 y 60 del siglo XX principalmente), con distinta fortuna.

 

El templo tiene una sencilla planta de tres naves, con triple cabecera, sin crucero, con una capilla mayor con arquerías murales ciegas con decoración y formas de clara influencia del norte peninsular (en concreto, del segundo maestro de San Isidoro de León). La capilla absidal de la Epístola cuenta con un arco polilobulado, de clara influencia islámica, al igual que algunos capiteles e impostas, o la propia cubierta de madera, solución utilizada habitualmente en el ámbito islámico. Las actuales cubiertas fueron reemplazadas ene l siglo XV. La torre, de sección cuadrada, tiene tres cuerpos, cada uno en progresión más pequeña, el primero de granito y el resto de arenisca, siendo el campanario una reforma de los años 60.

La fábrica está constituida por aparejo cuasi isódomo, de granito ocre y ripio, alzado sobre un zócalo de grandes sillares de granito de sobre un metro de altitud, al igual que otros templos románicos abulenses. Las portadas se sitúan a mediodía y poniente, mientras que en el muro norte permanece cegada una puerta gótica que daba paso a la sacristía, hoy desaparecida. En el caso de la portada oeste, se sitúa entre la torre y dos machones de sillares de granito, bajo una pequeña ventana, y protegido por un pequeño tejaroz que sobresale un pie. La portada, en arco de medio punto, está rodeado de una imposta ajedrezada con cuatro arquivoltas decrecientes, que descansan sobre columnas cortadas, y sus capiteles se decoran con hojas y animales fantásticos: grifo, paloma y arpía, muy deteriorados. La decoración se completa con un baquetón y una roseta de ocho puntas inscritas en un círculo en cada una de sus dovelas.

En la portada sur, donde inicialmente existieron dos portadas, las columnas y capiteles se conservan en mejor estado, distinguiéndose dos leones agachados, pero el arco externo está constituido por piezas lisas. Una espadaña clásica en ladrillo, que recuerda a la de Santa María de la Cabeza, corona la portada, mientras que en la portada norte continúa desnuda, con un diminuto vano.

De la cabecera se deduce que no tuvo un plan definido de construcción, dando como resultado distintos tipos de ábsides. Mientras que el central es muy profundo —y con arquerías murales—, los dos laterales son meras hornacinas, principalmente el de la Epístola, con el arco polilobulado relacionado con San Isidoro de León. En el exterior tiene una arquería ciega, con dos arcos sobre columnas, con capiteles historiados en un estado de conservación bastante pésimo. Bajo las ventanas y arquerías existe una cornisa de tres baquetas, sobre la cual se sitúa una imposta ajedreada.

En el interior, la capilla mayor continúa la misma estructura que el exterior, repitiendo los vanos ciegos y arquerías, pero con unos capiteles historiados, de gran calidad y con un gran repertorio de motivos diferentes. Las bóvedas de cañón y horno se abren tras un arco triunfal y un arco fajón sobre columnas ménsulas. El ábside lateral izquierdo tiene u altar barroco; y el lateral derecho el ya citado con el arco con cinco lóbulos sobre capiteles sin columna. En el resto del templo, arcos doblados apoyados en pilares cruciformes separan las naves.

A partir del siglo XX se acometieron varias restauraciones, excesivas en su mayoría de la mano de Arenillas Álvarez, que afectaron y transformaron los muros y portadas, así como la torre, superponiéndole un vasto campanario. Tras la última restauración, acometida entre 2008 y 2010 por la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, se han solventado problemas estructurales y humedades, devolviendo parte del esplendor inicial del templo.

El 23 de junio de 1923 es declarado Monumento Nacional.

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Fuentes

Enciclopedia del románico pgs. 173-180

https://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_de_San_Andr%C3%A9s_(%C3%81vila)

http://www.arteguias.com/iglesia/sanandresavila.htm

http://www.arquivoltas.com/24-Avila/02-AvilaSAndres.htm

http://www.fundacionpatrimoniocyl.es/textos01.asp?id=517&bmbi=BI

http://www.avilaturismo.com/es/galeria/item/36-iglesia-de-san-andr%C3%A9s

El cenotafio de los Santos Mártires Vicente, Sabina y Cristeta

El cenotafio de los Santos Mártires Vicente, Sabina y Cristeta, en la basílica de San Vicente en Ávila, es una de las joyas de la escultura románica funeraria española. Está situado en el transepto del templo, a un lado del brazo sur, con forma de nave de templo basilical y protegido por un baldaquino del siglo XV levantado sobre cuatro columnas, con tejadillo a dos aguas en la zona central y otros dos a un solo agua en los laterales, decorados con escamas y un San Miguel en la cúspide. En él están representados los escudos de las máximas autoridades civiles y eclesiásticas de la época: Castilla y León, el Papa, la catedral y el obispo don Martín Vilches.

La autoría del cenotafio es atribuida al maestro Fruchel, de origen borgoñón, el mismo que diseñó el trazado actual de la catedral de Ávila. Una obra maestra realizada hacia finales del siglo XII que, a día de hoy, y tras una profunda restauración, se puede contemplar la policromía original al haber sido retirada una capa de pintura blanquecina que la cubría (2007).

La zona central o parte alta del cenotafio está decorado con diez escenas, cinco por cada lado, que representan el juicio, martirio y muerte de los Santos. Comienza el relato en el ángulo nororiental en dirección opuesta a las agujas del reloj. En la zona inferior y en los cuatro ángulos se representan los doce apóstoles, agrupados de manera par, salvo en la cara que está representada la Epifanía. En los laterales de la zona inferior emergen cuatro arquillos polilobulados con capiteles y columnas perfectamente tallados. Sobre cada columna del interior, se levantan tres figuras —una por cada columna—, como conocidas como «ora et labora».

En el frontal anterior, orientado hacia el altar, observamos una Epifanía o adoración de los Reyes Magos (donde faltan los Apóstoles): el rey Melchor, arrodillado, ofrece su presente mientras Gaspar y Baltasar esperan tras él. La Virgen, sedente y coronada, sostiene al niño sobre su rodilla izquierda, girado hacia el rey. A la izquierda de la Virgen aparece un San José con pose ausente, con la cara apoyada en la palma de su mano izquierda y la derecha sobre un bastón en forma de tau.

En la parte posterior del cenotafio contemplamos un Pantocrátor flanqueado por dos de los tetramorfos: el águila de San Juan y el toro de San Lucas. Debajo, un doble vano trilobulado y, entre ambos, la rosa juradera, sostenida por un atlante a modo de columna. La rosa es dorada, perforada en el centro de sus pétalos y centrada entre dos arcos trebolados con radios distintos. Cabe destacar que esta rosa juradera era una de las tres en toda Castilla, junto a San Isidoro de León y Santa Gadea en Burgos, destinados a tal fin.

Fuentes

RUIZ AYÚCAR, Eduardo. Sepulcros artísticos de Ávila. Ávila, Institución Gran Duque de Alba, 1985.

http://roble.pntic.mec.es/~jvelayos/pagsvic.html

http://viajarconelarte.blogspot.com.es/2013/03/avila-ii-san-vicente-i-cenotafio-de-los.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Cenotafio_de_los_santos_Vicente,_Sabina_y_Cristeta

La muralla de Ávila (y sus múltiples usos)

Ay, qué murallas tan altas,

Ay, que remanso de nieve,

Ay, qué niña tan bonita

dichoso el que se la lleve

(Jota popular)

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Nuestra muralla es el emblema, orgullo y pasión de nuestra ciudad. Con casi tres kilómetros de recorrido, nueve puertas y 87 torreones, todos los abulenses nos sentimos identificados con el monumento, construida en tiempos remotos para la defensa de nuestros antepasados y la llevamos en el corazón exportando y proyectando su imagen a cada rincón del planeta, ya sea a través de reproducciones en miniatura, nombres de comercios, empresas, logos, el Murallito o manifestaciones artísticas y/o fotográficas, pues si de algo podemos presumir, es que la muralla queda estupenda en fotos y cuadros, en cualesquiera de sus lienzos, sobre todo cuando nieva y sale en la televisión abriendo informativos.

La muralla se configura como un gran cinturón que abraza a la ciudad hasta casi asfixiarla, una obra magnífica que nos ha llegado hasta hoy con un aspecto inmejorable, rejuveneciendo a cada año que pasa, siendo un joyero extraordinario que guarda en su interior un casco antiguo que todavía es un diamante por pulir, pero pese a toda la afluencia masificada de turistas que claman por sus subir a sus muros… ¿cuántos de vosotros, abulenses, habéis subido a la muralla?

No nos cansamos de admirarla, eso está claro, pero si subir a ella y por ello pocos lo hacemos, solamente cuando es absolutamente necesario, como cuando unos vienen amigos de otra ciudad y les explicamos o inventamos la ciudad desde las alturas, o cuando queremos ligar y buscamos un lugar idílico y romántico donde pasear con nuestra pareja – y que no tenga escapatoria –.  De hecho, no conozco todavía a ningún abulense que salga a dar una vuelta “por el adarve de la muralla” y mucho menos el increíble caso de dos conocidos que se encuentran arriba por casualidad. Hago constar que la entrada para los abulenses es gratuita, si llegan a cobrarnos… pues eso, que suban los turistas, nosotros ya lo tenemos todo muy visto.

Como testigo mudo e inmóvil de la ciudad, la muralla ha visto el devenir de su historia y su uso ha sido transformado con el paso de los siglos, pasando de fortaleza que evitaba ser asaltada por huestes de bárbaros, a usos turísticos y recreativos. Todo niño abulense que se precie ha jugado en el paseo de El Rastro a subirse a las piedras junto a la muralla bajo atentas observaciones del peligro que ello conllevaba y haciendo caso omiso de ellas seguro que ha podido comprobar la veracidad de estas advertencias, luciendo inclusive algún recordatorio cutáneo del lugar. Éstos niños, cosas que tiene el tiempo, crecen y pasan a ser ellos los que den e impongan la prohibición de subirse a las piedras – “En esa piedra me caí yo” – a sus hijos, sobrinos y animales de compañía, creando un bucle infinito que pasa de padres a hijos por los siglos de los siglos.

 Pero si hay algo que nos gusta a los abulenses son los espectáculos pirotécnicos en la muralla, aunque digamos que siempre es lo mismo. De hecho, es lo que esperamos, año tras año, el día de la Virgen del Pilar y el día de la Santa con gran ilusión. Bueno, quizá con ilusión no, pero es algo que todo abulense de pro espera ver, ya sea desde el recinto ferial, Fuentebuena o los Cuatro Postes. Durante el espectáculo pirotécnico – y musical –, es típico que durante los cohetes artificiales simulen que incendian la muralla y siempre, por regla general, tradición o estupidez, hay alguien que dice: ¿y si la incendian de verdad? Seguro que lo han oído. Eso y ¿ya no hay fuegos artificiales en el Grande? Donde también era tradición que la ceniza cayera sobre algunos afortunados abulenses que clamaban al cielo bendiciendo tal suerte.

Además, y para no movernos de nuestro fotogénico lienzo norte, con su hierbecita verde, su espadaña y sus humedades, cuando nieva se transforma en una improvisada pista de culoesquí, donde centenares de nosotros acudimos a participar en una multitudinaria guerra de bolas de nieve, hacemos ángeles y muñecos de nieve o nos tiramos por la loma a velocidad endiablada sobre improvisados trineos, plásticos o rodando hasta dar con nuestros huesos en el helado suelo acabando exhaustos, calados y con leves signos de hipotermia pero felices, pues la felicidad se compone de pequeñas cosas como estas.

Ávila no se puede entender sin su muralla, y debemos seguir reclamando su figura y su importancia, ya sea con actividades como “abrazar la muralla” – en un esfuerzo colectivo de abulensidad –, consolidarla como muro de las lamentaciones, acantonarnos toda la ciudad tras sus muros y proclamar la independencia o realizar un Gran Hermano abulense, amenazar con derribarla para darnos cuenta de su valor histórico, moral y sentimental o explotarla como reclamo del próximo film de Almodóvar.

Sea como fuere los abulenses no podemos escapar ni del embrujo ni del encanto de nuestra muralla, pero no debemos olvidar que si aún sigue en pie es porque no tuvimos dinero para tirarla.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

El rey pasmado

La película «El rey pasmado» (Imanol Uribe, 1991), ganadora de ocho Goyas, incluyendo mejor película y mejor director, está basada en el libro «Crónica del rey pasmado» de Gonzalo Torrente Ballester. Ambientada en la corte del rey Felipe IV, donde un increíble Gabino Diego encarna al rey español que, tras irse de picos pardos con el conde de la Peña Andrada (Eusebio Poncela), queda «pasmado» tras contemplar el cuerpo desnudo y con medias rojas de la mejor prostituta de la villa. Entonces el rey quiere ver desnuda a su mujer, la reina Isabel de Borbón (Anne Roussel), tejiéndose una trama en tono parodesco que refleja, hasta límites absurdos, las preocupaciones, miedos, tópicos y costumbres de la Corte española del siglo XVII. Destacan en el reparto el conde-duque de Olivares (Javier Guruchaga), el fraile Villaescusa (Juan Diego) y el Gran Inquisidor (Fernando Fernán Gómez).

La película, además de ser una buena adaptación cinematográfica y tener una magnífica ambientación histórica y artística, se rodó en varias localizaciones como el palacio renacentista del Marqués de Santa Cruz en Viso del Marqués (Ciudad Real), hoy Archivo de la Armada y cerrado si nadie lo remedia, el Alcázar y Museo de Santa Cruz de Toledo, la Sala de Batallas de El Escorial, el castillo de Guimaraes (Portugal), las calles de Salamanca pero también el Real Monasterio de Santo Tomás de Ávila, mostrándose en varios planos el claustro de los Reyes, el Lavado de las Abluciones y el claustro del Silencio, así como el Aula Magna de la Universidad, antes de su restauración.

El último abulense de Filipinas

Hacia 1899, en el pueblo de Aldeavieja (Ávila), sus vecinos dedicaron una misa a uno de sus vecinos destinado como soldado de segunda en Filipinas, interpretando la ausencia de noticias como un desenlace funesto. Sorprendentemente, Domingo Castro Camarena seguía vivo, y regresó. Fue uno de los «los últimos de Filipinas», superviviente del Sitio de Baler, resistiendo durante casi un año los ataques de los filipinos sublevados, meses después de haber perdido la guerra.

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Los «Últimos de Filipinas» posando con el general Despujol a su llegada a Barcelona

Domingo Castro Camarena nació en Aldevieja el 13 de mayo de 1877, uno de los cinco hijos del matrimonio formado por José, de origen gallego, y Blasa, vecina de Aldevieja. Medía 1,66 m., con una cicatriz en la cara que intentaba ocultar con una poblada barba, ganándose la vida como cantero, al igual que su padre. Se ignoran las razones que le llevaron a alistarse como voluntario en el ejército hasta el final de la revuelta, quizá creyendo, al igual que la opinión pública, que el conflicto estaba próximo a su fin, y así cobrar las doscientas pesetas como prima de alistamiento voluntario.

El 23 de abril de 1897 emprende el viaje a Madrid en ferrocarril, y lo continúa hasta Barcelona, partiendo el 20 de mayo a bordo del correo de vapor Covadonga rumbo a Manila. Estuvo algunos meses en la guarnición de la Perla de Oriente, como era conocida Manila, y después enviado al municipio de Aliaga en auxilio de una pequeña guarnición de sesenta efectivos que estaba sufriendo ataques por parte de sublevados indígenas. Más tarde se sabe que estuvo en la provincia de Capiz hasta finales de 1898, desconociendo las acciones militares en las que intervino o siquiera lo acontecido en aquellos meses, donde adquiriría experiencia bélica en combate. Tras dos meses de descanso en Manila, el día 10 de febrero fue destinado a Baler, formando parte de un destacamento de cincuenta soldados que compondrían su guarnición. Partió a bordo del vapor Compañía de Filipinas, llegando a Baler el día 12.

El comienzo del Sitio a Baler comenzó el 27 de junio de 1898, prolongándose hasta el 2 de junio de 1899, meses después de la pérdida de soberanía española sobre Filipinas, en favor de los Estados Unidos de América. Durante la duración del asedio, las tropas españolas permanecieron atrincheradas en la iglesia de San Luis de Tolosa, rechazando tajantemente las ofertas de rendición, hasta que la falta de alimentos les obligaron a terminar con su feroz resistencia, y comprobar a través de unos periódicos la realidad de la derrota española en la guerra. El balance del asedio se saldó con 19 muertos: doce por beriberi, tres por disentería; dos por fuego enemigo y dos fusilados.

A pesar de conocer muy bien lo sucedido en el sitio de Baler, prácticamente se ignora la intervención de Domingo Castro Camarena durante todo el sitio. Al igual que el resto compañeros, sufrió hambre, aislamiento y también beriberi, enfermedad causada por malnutrición padeciendo fatiga intensa y lentitud, permaneciendo tres o cuatro meses enfermo (posiblemente de septiembre a diciembre, según su propia declaración), y no fue herido por los disparos de los sitiadores ni herido de gravedad. La no inclusión de su nombre entre los más destacados según el teniente Martín Cerezo, nos induce a pensar que no realizó ningún acto de valentía ni heroicidad digna de mención, limitándose a sobrevivir, aunque si se posicionó como partidario a no rendirse.

Tras su rendición, los 33 supervivientes no fueron hechos prisioneros, sino trasladados a Manila para su repatriación. Sería en este trayecto cuando el propio Domingo Castro, encargado de trasladar la documentación, equipaje, munición y acta de capitulación, fue atacado por unos bandidos (tulisanes), robándole todo lo que llevaba consigo dejándole maniatado en un árbol hasta que pudo ser rescatado, sin que se pudiera recuperar nada excepto el acta de capitulación.

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Los «33 de Filipinas», posando tras llegar a Manila. Domingo Castro, nº 30

Los «33 de Filipinas» llegaron a Manila (8 de julio de 1899), donde prestaron declaración de lo sucedido, haciéndose la fotografía superior, único testimonio que tenemos del soldado abulense. El 29 de julio partieron a España en el vapor Alicante, llegando a Barcelona el 1 de septiembre, donde fueron pocos los que acudieron a recibirles. Tras la visita obligada al general Despujol partieron rumbo a Madrid para visitar el Ministerio de la Guerra, donde le concedieron a cada soldado dos cruces de plata al Mérito Militar con distintivo rojo, y una pensión vitalicia de 7,5 pesetas anuales como reconocimiento a su heroísmo. Después, cada soldado partió a su pueblo natal.

Una vez licenciado, Domingo Castro estaría poco tiempo en Aldeavieja, quizá padeciendo estrés post-traumático, secuelas del beriberi, ansiedad, e incluso rechazo social y resentimiento, lo que debió de ocasionarle dificultades en su vuelta a la vida diaria. Poco tiempo después se trasladaría a Madrid, donde mantendría amistad con Marcelo Adrián Obregón, compañero en Baler. La reducida pensión vitalicia hace que solicite el ingreso en cuerpos militares (Regimiento de Infantería Reserva de Montenegrón nº 84, Regimiento de Reserva de Monforte, nº 110, Lugo) y policiales, en el Cuerpo de Carabineros de Infantería, destinándole a la Comandancia de Algeciras (Cádiz), donde recibe instrucción para comenzar el servicio activo.

La historia de Domingo Castro Camarena se diluye en el anonimato a partir de 1908, desconociendo más detalles sobre su vida más allá de esta fecha, ignorando cualquier detalle de su vida civil e incluso la fecha de su fallecimiento, sumiendo su figura en un aletargado olvido ante el desinterés de sus contemporáneos, hasta la actualidad, cuando no fue hasta el I Centenario del Sitio de Baler cuando en su pueblo natal le dedicaron una calle para tratar de honrar su memoria.

Ahora, con el lanzamiento de la película «Los últimos de Filipinas» (Salvador Calvo, 2016), tenemos una magnífica oportunidad de rescatar del olvido y de connotaciones ideológicas este pasaje de la historia de España, donde un grupo de soldados resistieron durante casi un año un asedio en unas pésimas condiciones, dando su vida por una guerra que no comprendían y que ya no existía, marcándoles para el resto de su vida, sin recompensarles ni reconocerles cómo se debiera tal gesta, si ésta es la palabra adecuada que mejor calificaría el sitio de Baler. Y recordemos, también, al «último abulense de Filipinas», el desconocido Domingo Castro Camarena.

FUENTES

MARTÍN RUIZ, Juan Antonio (2013): Apuntes biográficos sobre un abulense defensor de Baler (Filipinas): Domingo Castro Camarena. Cuadernos abulenses, nº 42, pgs. 209-226.