El coro y trascoro de la catedral de Ávila

Coro

La catedral de Ávila, a pesar de contar con un coro realizado en 1407 en madera de nogal ubicado en el actual presbiterio, la costumbre de la época de situar los coros en el centro de la catedral hizo que se sustituyera por uno nuevo. El nuevo coro fue encargado al maestro Cornelio de Holanda en 1535, de madera de nogal a imitación a la sillería de San Benito de Valladolid. Las obras comenzaron en 1539 y se prolongaron hasta 1547, más de una década para terminar una minuciosa obra compuesta por 43 asientos en la sillería alta, y 39 en la baja.

En su realización no solo participó Cornelio de Holanda, también Juan Rodríguez y Lucas Giraldo, discípulos de Vasco de la Zarza, y tras la muerte de Juan (1544), Isidro de Villoldo, quien realizó el revestimiento de los pilares y los remates de mayor calidad de los relieves. En la parte baja de la sillería aparecen unos cuadros enmarcados por columnas —escenas de la vida de varios Santos y una cornisa con filigranas ornamentales—, y en la alta tiene un paño central corrido, dividido en tres cuerpos: un friso con espacios separados por columnas talladas con grutescos y ornamentos; una zona más amplia enmarcada por columnas y paños con figuras de santos y personajes del Antiguo Testamento, de cuerpo entero; y otro friso inferior de las mismas características. Destaca la silla del obispo, con la imagen de San Segundo y el escudo del cabildo representado.

Trascoro

Situado en la parte posterior del coro, en medio de la nave central, de gran calidad artística. Es una renacentista, realizado en piedra caliza entre 1531 y 1536 por Lucas Giraldo y Juan Rodríguez, discípulos del escultor Vasco de la Zarza. El conjunto representa escenas en altorrelieve con detalle de la infancia de Jesús según el evangelio de San Lucas. Compuesto de un zócalo, un segundo cuerpo de tres amplios paneles de la Presentación de Jesús en el templo, la Adoración de los Reyes Magos o Epifanía y el Martirio de los Inocentes. En los espacios enmarcados por las pilastras y en la parte baja, aparecen otros relieves más pequeños que representan la escena de Jesús entre los doctores en Egipto, y en la parte superior, en los tondos, el Abrazo de San Joaquín y Santa Ana y la Visita de la Virgen a Santa Isabel.

En los extremos de la obra presentan un frontis con hornacinas en las que se representan las figuras de San Pedro y San Pablo a la derecha, y las de San Juan Evangelista y San Juan Bautista a la izquierda. El tercer cuerpo es un friso corrido con catorce figuras de ancianos y profetas sentados entre balaustres, identificados mediante filacterias con sus nombres; y la obra se remata con una crestería donde resalta la figura del Padre Eterno bendiciendo, con multitud de grutescos a ambos lados.

El funcionó como altar o capilla de los Reyes, siendo enterrado allí el canónigo Blas Sarafa. La reja fue colocada en 1711 y todavía hoy se conserva. El Cirsto que aparece sobre el arco del trascoro es obra de Vasco de la Zarza, realizado para la Capilla del Cardenal y ubicado en este emplazamiento en 1710.

La magnífica obra renacentista plateresca, denominada “Biblia de piedra”, fue restaurada en 2011, pues tras sufrir severas intervenciones en el siglo XVIII se procedió a eliminar añadiduras (principalmente escayola), óleos, daños y mutilaciones, devolviendo al trascoro el esplendor del siglo XVI.

Fuentes

DE LA HERAS HERNÁNDEZ, Félix. La catedral de Ávila. Ávila, Gráficas Martín, 1981. 2ª ed.

GONZÁLEZ, Nicolás; SOBRINO, Tomás. La catedral de Ávila. León, Everest S.A., 1981.

VV.AA. Catedrales de Castilla y León. Madrid, El Mundo, 2005.

http://www.elnortedecastilla.es/v/20110526/avila/trascoro-catedral-avila-recupera-20110526.html

http://catedralavila.vocces.com/catedral-de-avila-pagina-oficial/el-coro-y-el-trascoro/

https://viajarconelarte.blogspot.com.es/2014/03/la-catedral-de-avila.html

La Virgen de los Reyes Católicos

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El cuadro de la imagen se conserva en el Museo del Prado, aunque no está expuesto al público. Procede del oratorio en el Cuarto Real del Monasterio de Santo Tomás, trasladándose con la Desamortización de 1836 desde Ávila hasta el Museo Nacional de Pintura y Escultura (Museo de la Trinidad) en Madrid. Es un claro ejemplo del goticismo imperante de la época.

Realizado al temple sobre tabla, tiene unas dimensiones de 123 x 112 cm y ha recibido el nombre de «La Virgen de los Reyes Católicos», fijándose su cronología entre 1491 y 1493, datando los trajes, a la moda de 1490, y la edad del príncipe Juan. Su autoría ha sido un tema de gran debate, siendo atribuida a varios autores, denominándose tradicionalmente como Maestro de la Virgen de los Reyes Católicos, aunque últimas investigaciones, como veremos, señalan a dos autores.

La composición del cuadro es la de una sacra conversazione: se representa una estancia con ventanas a través de las cuales se puede contemplar un paisaje de estilo flamenco. El suelo de baldosas y la tarima sobre la que se encuentra el trono de la Virgen presentan una perspectiva algo forzada. Representada en primer plano y en el centro de la composición la Virgen con el Niño. Sentada en un trono de arquitectura gótica, decorado con ángeles músicos que representan la Corte celestial y varias figuras pequeñísimas en hornacinas, la Virgen va vestida con un ostentoso traje rojo y dorado, sosteniendo en brazos al niño Jesús semidesnudo, apenas cubierto por una tela blanca y los brazos doblados de manera imposible.

En un plano inferior, de pie, se sitúan dos santos en hábito dominico: Santo Domingo de Guzmán, a la derecha, y Santo Tomás de Aquino, a la izquierda. Santo Domingo de Guzmán aparece representado como fundador de la orden de los dominicos con un libro —por ser doctor de la Iglesia—, y un lirio —símbolo iconográfico de la Virgen—, por su devoción mariana. Por su parte, Santo Tomás de Aquino representado con un libro por ser también doctor de la Iglesia y una maqueta del monasterio de Santo Tomás por ser la advocación del mismo.

Un plano por debajo, en actitud orante y como donantes, aparecen los Reyes Católicos formando una composición simétrica, Fernando aparece vestido con ropajes similares a los de la Virgen, e Isabel con ricos ropajes dorados y ocres. En el momento de la representación los reyes rondarían en torno a los cuarenta años, de lo que se deduce que los retratos son idealizados y no verídicos.

Junto a los reyes aparecen dos de sus hijos. Al lado de Fernando aparece el príncipe Juan, ataviado con ricos ropajes y también actitud orante, representada como un niño; y la infanta Isabel, la primogénita, junto a la reina Isabel, cuya figura es la única retratada de perfil, lo que dificulta conocer sus rasgos faciales y que ha llevado a dudas sobre a quién personifica.

Detrás de la reina y junto a la infanta Isabel, aparece representada una figura masculina con una espada en el pecho, símbolo de su martirio, a quien se ha identificado con Pedro de Arbués, Inquisidor de Aragón y asesinado en 1485, pero también se ha tratado de relacionar con San Pedro de Verona, asesinado por hereje y representado con el cuchillo y la herida abierta en la cabeza, quien para algunos aparece como Pedro Mártir de Anglería, humanista y confesor de la reina, al estar justo a su lado. La intención de representar a la Inquisición —y a Torquemada— es la de afianzar la imagen de los Reyes Católicos como valedores de la defensa de la fe católica, expulsando a los herejes (judíos y musulmanes).

Junto al rey Fernando aparece fray Tomás de Torquemada, confesor de los Reyes Católicos e Inquisidor General de Castilla y Aragón. Su rostro aparece representado con arrugas en la frente y sin estar idealizado, quizá en un intento de representarle de manera fehaciente, porque la tabla formó parte de la capilla funeraria del propio Torquemada: la pintura estuvo situada sobre el sepulcro del inquisidor y el retratarle tendría una función de prestigio y memorial, al perpetuarse su figura como una guía ejemplar a los miembros de la comunidad dominica.

¿Quién fue su autor?

La autoría de «La Virgen de los Reyes Católicos», siempre se ha atribuido a los mejores pintores de finales del siglo XV en Castilla: Pedro Berruguete —según Carderera—, Michel Sittow —según Cruzada Villaamil y Pedro de Madrazo—, Melchor Alemán, Diego de la Cruz, y maestros anónimos como el Maestro de Santa Cruz, el Maestro de Miraflores o el Maestro de Ávila —del que cronológicamente le separan unos treinta años, por lo que no resulta convincente esta hipótesis—, o alguien del taller o círculo de Fernando Gallego, el Maestro Bartolomé o el Maestro de Osma. Demasiados autores para una magnífica pintura que ante la disparidad de opiniones tradicionalmente se conoce como el Maestro de la Virgen de los Reyes Católicos.

Las hipótesis que cobran más fuerza en pos de atribuir su autoría, al identificarse la mano de al menos dos pintores distintos al encontrarse gran diversidad en el estilo y el dibujo, serían Fernando Gallego, al encontrarse similitudes con su obra Bendiciendo a Cristo; y el maestro Bartolomé, con semejanzas en su obra Virgen de la Leche. Ambos artistas trabajaron juntos en el retablo de la catedral de Ciudad Rodrigo (entre 1486 y 1491). A todo esto se suma la investigación realizada por la profesora y epigrafista de la UAM Alicia M. Cantó (28/06/2016), quién ha descubierto  dos firmas escondidas en distintos lugares de la tabla —posiblemente tres firmas—, que se corresponderían a éstos dos pintores. Pendientes de ésta investigación, la Virgen de los Reyes Católicos todavía guarda muchos secretos, que nos serán desvelados a raíz de nuevas investigaciones, pero mientras, sigamos deleitándonos ante la magnífica pintura.

FUENTES

https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/la-virgen-de-los-reyes-catolicos/6be8122a-7cc8-4438-b16d-15d1a03be0eb

http://www.foroxerbar.com/viewtopic.php?t=3140

https://www.uam.es/ss/Satellite/es/1242652962055/1242699679028/articulo/articulo/La_celebre_tabla_%E2%80%9CLa_Virgen_de_los_Reyes_Catolicos%E2%80%9D_del_Prado_saldra_por_fin_del_anonimato.htm

https://www.academia.edu/26,598972/La_celebre_tabla_Virgen_de_los_Reyes_Catolicos_del_Prado_saldra_por_fin_del_anonimato_noticia_junio_2016_4

http://www.cromacultura.com/1-dia-1-obra-de-arte-la-virgen-de-los-reyes-catolicos/

La basílica de San Vicente

La basílica de San Vicente tiene planta isidoriana y alzado compostelano, es decir, planta de cruz latina con tres naves y ábsides semicirculares con un transepto alargado. Debido a la orografía, se hubo de salvar un acusado desnivel con la edificación de la cripta en la cabecera, proporcionando esbeltez a los ábsides.

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San Vicente de Avila. Imagen Juan de la Puente

  • 1ª fase: Entre 1120-1130 y 1150. Se realiza la construcción de la parte principal de la basílica: cabecera, crucero y naves laterales, con fuerte influencia de San Isidoro de León. Un taller de escultores realiza las figuras de la cabecera y otro realiza las cornisas del ábside, crucero, la nave de la Epístola y las dos laterales, creando escuela en Ávila, donde ejercerán su influencia en la ciudad y en los obispados adyacentes.
  • 2ª fase: Entre 1150-1160 y 1180, recibiendo influencia borgoñona y del románico tardío, primordialmente Santiago de Compostela. Durante este periodo se prolongan las naves y se levantan las torres, el nártex y la portada occidental, incluyendo las tribunas y las bóvedas de la nave mayor, siendo contemporáneo a la construcción de la catedral y recibiendo influencia directa del maestro Fruchel.
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Cabecera de San Vicente. Imagen Vicente Camarasa

Los tres ábsides de la cabecera están elevados en batería, decorados con impostas y semicolumnas, donde se encuadran las capillas y la cripta de la Soterraña. Los vanos de la cripta son de medio punto abocinados abiertos en el siglo XVIII tras una restauración, mientras que los de la capilla mayor son arcos de medio punto decreciente. Las impostas son rosetas de cuatro pétalos en círculos, similares a las existentes en otros templos románicos abulenses y el alero decorado con canecillos de motivos vegetales, geométricos y animales. La decoración en el interior de la cabecera es igual que la del interior, resaltando una arquería ciega y las bóvedas que la cubren son de cañón y de horno.

El crucero, sobrio, de grandes dimensiones sin puertas, se decora con contrafuertes en las esquinas y alero con canecillos decorados. La cripta de la Soterraña, el crucero tan saliente y la disposición del Cenotafio de los Santos Mártires, bajo el arco formero al sur del crucero, mantiene relación con la roca martirial del ábside norte de la cripta, manteniendo una vínculo visual entre el cenotafio y el Altar mayor. El crucero se completa con el enterramiento del judío que enterró a los mártires y el sepulcro y altar de San Pedro del Barco (1610).

Se puede apreciar un gran cambio arquitectónico en la escultura y en la disposición de los vanos, además de las bóvedas, además de la construcción de las dos torres, la monumental fachada occidental y el nártex, con bóveda octopartita que hay que poner en relación con la catedral de Ávila y Vezelay.

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Interior San Vicente. Imagen Trevor Huxham

La tribuna tardorrománica cambió su estructura reduciéndose sus dimensiones convirtiéndola casi en un triforio gótico para el contrarresto de las nuevas bóvedas nervadas, concibiéndose la tribuna como un arbotante para situar un tejado sobre ella, sin carácter visible, a diferencia de la cantoría, situada sobre la portada occidental.

La principal decoración escultórica de la basílica son sus capiteles historiados, presentando gran variedad de temas, como grifos, arpías, centauros, felinos, quimeras, sirenas… y otros no tan comunes como uno que representa un castillo, otro con un elefante que aguanta un castillo, y otro con dos felinos con la cabeza entre las patas.

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Bóveda del cimborrio. Imagen Carlos Morales

El proceso constructivo culminará en el siglo XIII con la ejecución de la bóveda ochavada del cimborrio y el pórtico meridional de granito, con cubierta de madera y enlosado, cuyos capiteles se hermanan con las obras de la catedral, principalmente con los capiteles de la cabecera. Posteriormente se realizarán otros añadidos, como el último cuerpo de la torre, la sacristía y refuerzos.

La basílica finaliza en la transición del románico al gótico, pero a comienzos del siglo XIX y XX se realizaran una serie de restauraciones (Hernández Callejo, Repullés y Vargas…) que transformarán sustancialmente la morfología del templo.

Declarado Monumento Nacional en 1882.

El proyecto de ciudad lineal de Ávila

La Ciudad Lineal fue un proyecto de 1882 del ingeniero Arturo Soria en la periferia de Madrid, con el que pretendía ruralizar la ciudad y urbanizar el campo, plasmando una ciudad alargada que se expandía a través de una vía principal de 40 metros de ancho rodeando completamente la ciudad de Madrid. El propósito era crear una alternativa urbanística a los barrios caóticos de nueva creación, principalmente obreros, que carecían de infraestructuras y condiciones de salubridad e higiene.

La vía principal estaba comunicada por tranvía, y a ambos lados de la calzada viviendas unifamiliares de la misma extensión que la calle, de tal manera que cada parcela se compusiera de casa, huerto y jardín, mejorando las condiciones higiénicas. Solamente se realizó un tramo de 5 Km, y la muerte de Arturo Soria y la guerra civil hicieron abandonar definitivamente el proyecto. A día de hoy, poco queda de este proyecto, apenas unos cuantos chalets originales y el nombre de una parada de metro, pero el plan del ingeniero sirvió como modelo de inspiración a otros arquitectos, como al francés Le Corbusier en su diseño de su Cité Lineaire Industrielle, o al arquitecto municipal de Ávila, Ángel Barbero y Mathieu.

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Ángel Barbero y Mathieu fue el arquitecto municipal de Ávila entre 1893 y 1895. Durante éstos dos años, presentó cuatro proyectos, uno de los cuales fue el mayor plan de reforma imaginado en la ciudad abulense, y que guarda muchas similitudes con el gran proyecto que desarrolló Arturo Soria.

Ya desde finales del siglo XIX —y vigente a día de hoy—, se manifiesta la necesidad de atraer turistas a la ciudad de Ávila. Para ello, el arquitecto Ángel Barbero ideó un proyecto que consideraba mejorar la alineación del urbanizado, aceras, alumbrado, embellecimiento y reforma de los edificios en la parte este de la ciudad, es decir, desde el Mercado Grande a la Estación de Ferrocarril, suprimiendo las tortuosas calles por un amplio bulevar con varias calles delimitadas por áreas de arbolado, con diferente adoquinado y anchura según el tránsito al que fueran destinadas, e incluso establecer un tranvía, al igual que en el proyecto de Arturo Soria.

El bulevar, aunque a escala mucho menor, seguía la moda de las grandes ciudades europeas como París o Viena: partiendo de una Glorieta con forma de herradura —y un parterre en su interior— situado frente a la Estación de Ferrocarril, llegaba a una plaza elíptica, bautizada con el nombre de Madrid, situada en lo que hoy es la actual plaza de Santa Ana, e imaginada con jardines. Desde ésta plaza elíptica, una nueva avenida llegaba hasta el Circuito de San Pedro, donde se concibe una nueva rotonda semicircular ajardinada. Los jardines existentes, como el de El Recreo, se fusionaba con el nuevo proyecto, al mismo tiempo que el arquitecto tenía en cuenta la menor expropiación posible para que el proyecto no fuera tan oneroso.

El proyecto de ciudad lineal abulense no se llevó a cabo y, aunque ni por magnitud ni trascendencia se puede comparar al proyecto de Ciudad Lineal de Arturo Soria, la composición del trazado urbano de la ciudad hubiera variado considerablemente, uniendo el centro histórico de Ávila con la Estación de Ferrocarril a través de una avenida de algo más de un kilómetro de longitud, facilitando las comunicaciones entre la urbe y el centro neurálgico de comunicaciones ferroviarias.

¿Una oportunidad perdida? Quién sabe. Lo más razonable es pensar que un proyecto de tales características hubiera modificado trascendentalmente la ciudad de Ávila, fruto de las teorías, planes y obras urbanísticas de finales del siglo XIX.

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Fuentes

NIETO CALDEIRO, Sonsoles. Paseos y jardines públicos de Ávila. Institución Gran Duque de Alba, 2001. Pgs. 25-28

En Ávila no hay de nada

Los abulenses somos esas personas que nos pasamos media vida queriendo salir de Ávila y la otra mitad queriendo volver a ella. Si no os ha pasado esto… Lo siento, no sois abulenses o todavía no habéis salido de nuestra majestuosa y vilipendiada ciudad. Puede que lo seáis por nacimiento, matrimonio o convicción, pero no de corazón.

El buen abulense es aquel que siempre se queja de su ciudad, con frases manidas y de vigente actualidad que lleven décadas utilizándose, pasando de padres a hijos: ¡En Ávila hace mucho frío! ¡En Ávila no hay de nada! ¡Claro que hace frío! ¡Por supuesto que en Ávila no hay de nada! Ni gente por las calles, ni trabajo, ni tiendas, ni jóvenes… ¡Qué os habéis pensado!, ¿que Ávila es una ONG? Pues claro que no, en Ávila no hay de nada.

En nuestra ciudad las cosas hay que ganárselas, y es que somos muy nuestros, por encima de cualquier cosa. ¿Cómo va a haber gente por la calle si la mayor parte del tiempo hace una temperatura ideal para curar jamones? Lo normal cuando cae la tarde, sobre todo en invierno, es que haga un frío de cien pares de adoquines y no se piense en salir a la calle, sino enclaustrarnos dentro de nuestras fortalezas, al lado de nuestras chimeneas mientras asamos castañas y matamos el tiempo discutiendo cosas trascendentales como la vida del vecino del quinto, haciendo honor a nuestro gen biográfico, y vigilando con el rabillo del ojo a través del visillo que, efectivamente, no pasa nadie por la calle, concluyendo la mayoría de las veces como causa más probable el de nuestro crudo clima.

Bueno, eso a no ser que seas un joven adolescente, adaptado al frío para realizar típicas actividades de riesgo abulense como hacer botellón a -6 grados en tacones, medias y minifalda. Según viene recogido en el código de circulación y convivencia de la ciudad, la policía suele desalojar «a los del botellón», no sólo por la ilegalidad del acto, que también, sino para evitar su congelación e incluso la amputación de algún miembro, movilizándolos en penitencias nocturnas de una zona a otra, como si de ganado se tratase.

¡Qué no hay trabajo? ¡Será por campo! ¡A labrar tierras los ponía yo! No hay bien más preciado que la tierra… Y de eso nos sobra, ya sea para sembrar trigo, cebada o fresas, ¡para que luego digan que son de Palos! La mitad de su existencia la pasan en nuestras tierras, y por ello deberíamos darles, al menos, el título honorífico de «hijas adoptivas», e incorporarlas a nuestra dieta tradicional gastronómica de subsistencia, junto con las revolconas, las judías del Barco, el chuletón y las yemas. Ciertamente, nuestra dieta quedaría completa al incorporar como postre algo tan selecto y exquisito como unas fresas con nata. Nata que saldría de la leche de nuestras vacas, por supuesto.

¿Qué no hay tiendas? Pero habrase visto… ¿Y qué son esos sitios que abren los domingos según el año que haya algún centenario? ¿Bares? ¡Pues claro que no! Tenemos un montón de tiendas en las que por supuesto tenemos de todo, pero ¿para qué queremos elegir una prenda de ropa entre diez o veinte posibles modelos? Nuestros queridos comerciantes nos facilitaban las cosas ahorrándonos tomar elecciones erróneas con nuestra ropa y reducen al máximo nuestra capacidad de decisión, reduciendo nuestro margen de error en cuestión de estilo. ¡Qué desagradecidos somos! Si ahora hasta tenemos un Decathlon para que nuestros jóvenes, afincados en Madrid y provincias limítrofes, vengan a comprar tranquilamente los fines de semana, sin los agobios que suponen las largas colas de los enormes centros comerciales de las metrópolis, aunque nuestro Tontódromo particular no les tiene nada que envidiar, ni mucho menos.

No sabemos apreciar el comercio abulense, y lo que acaba pasando es que la mayoría de nosotros continuamos la costumbre de «ir de compras» a Madrid, Valladolid, Salamanca… Y ya de paso a pasar el día… No escarmentamos. Estos viajes, a priori familiares de paz y armonía, sonrisas y felicidad, se acaban convirtiendo en una pesadilla insufrible de discusiones familiares, ceños fruncidos e incluso lágrimas en las que más de una ha abocado en una crisis conyugal que no se ha solucionado hasta el día siguiente, ya en casa. Recordad, queridos lectores, que Ikea ha provocado casi tantas rupturas de pareja como Whatsapp.

Ávila es tranquilidad, y no sabemos valorarlo.

Los jóvenes… ¡Ay, los jóvenes! Nos quejamos que tienen que emigrar fuera de nuestras murallas para ganarse la vida… Pero eso no es cierto, ¡ni mucho menos! Enviamos a nuestros jóvenes para que sepan apreciar lo maravillosa y perfecta que es nuestra ciudad, cosa que no comprenden hasta que no están fuera… Lo digo de primera mano y por si no os habéis fijado… ¡los jóvenes regresan el fin de semana! Si tan mala fuera ésta nuestra ciudad no volverían. Y no vuelven solamente porque el ambiente nocturno abulense es mejor que la de cualquier otra ciudad (puedo dar testimonio de ello), sino también para rellenar los «tapers» que consumen durante la semana. No es que no sepan ni freír un huevo, no, es que nuestros jóvenes saben apreciar la comida casera abulense por encima de cualquier delicia gastronómica de sus lugares de adopción. De hecho, son tales las ansias que tienen los jóvenes de regresar a Ávila cuando vienen en el tren, que son fácilmente reconocibles al levantarse de sus asientos 20 km antes de llegar, y situarse frente a las puertas esperando a que se abran, como en una carrera silenciosa para ser los primeros en pisar la tierra de nuestra gélida patria.

Por último, señalar que en Ávila, para no haber de nada, existen unos lugares de culto y peregrinación muy concurridos en proporción de uno por cada diez abulenses. Me estoy refiriendo, por si había alguna duda, a los bares. De hecho, desde que habéis comenzado a leer este relato ya se ha abierto un nuevo establecimiento. Ávila es una de las mejores ciudades del mundo mundial para tapear, siendo la combinación «caña + pincho» ideal y perfecta, exportando un modelo de negocio que apenas existe fuera de nuestros muros y que añoramos cuando nos cobran una cantidad exorbitada por un pincho algo más elaborado que unas patatas fritas de bolsa. En Ávila el bar se elige por el pincho, habiéndolos de todos los gustos, tipos y tamaños: desde los minimalistas de diseño para gente que no quiere reconocer que está a dieta, hasta gigantescos que sobrepasan el tamaño medio de un menú del día.

Como hemos visto, en Ávila no hay de nada. Los abulenses nos quejamos por naturaleza cuando estamos en nuestra localidad, pero sufrimos una transformación de anhelo y patriotismo cuando estamos en el exilio: esperamos con ansia que salga en las noticias la capital abulense cuando nieva, presumimos de cuestas, de frío, de iglesias, del edificio de Moneo, de comernos un chuletón entre pecho y espalda, de bares, de pinchos, de místicos… ¡hasta de que no hay de nada! Pero sacamos las uñas cuando alguien se mete con nuestra ciudad, actuando con el mismo proteccionismo que si fuera nuestro hermano pequeño: puede ser muchas cosas, pero mi hermano es mi hermano y nadie se mete con él. A lo sumo, solo yo.

Ávila es nuestra y no consentimos que nadie diga nada malo de ella —aunque tenga razón—, porque Ávila somos todos, y sólo nosotros podemos criticarla sin levantar las iras de abulenses acérrimos.

Queda claro que es falso que en Ávila no haya de nada. ¿Por qué? Muy sencillo, porque Ávila somos nosotros, y mientras haya un abulense siempre será un lugar que nos recibirá con los brazos abiertos. La ciudad es un reflejo del alma de la gente que lo compone y un pedacito de todos y cada uno de nosotros. Siempre será nuestra casa, aunque a veces tenga las comodidades de una mansión y otras la austeridad de un adoquín, o sea odiaba o añorada a partes iguales. Ávila siempre será nuestro hogar.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

Además, con el objetivo de mejorar la competencia en comunicación lingüística de los alumnos en Educación Primaria y Secundaria, la Junta de Castilla y León promueve el I certamen de «Lectura en público».
A nivel provincial en secundaria, los alumnos del Colegio Santísimo Rosario han ganado el certamen con este relato «En Ávila no hay de nada», lo cual me llena de orgullo y satisfacción.

Pedro La Gasca, obispo de Palencia y Sigüenza

«Era muy pequeño de cuerpo, con extraña hechura, que de la cintura abajo tenía tanto cuerpo como cualquiera hombre alto y de la cintura al hombro no tenía una tercia. Andando a caballo parecía aún más pequeño de lo que era porque todo era piernas; de rostro era muy feo, pero lo que la naturaleza le negó de los dotes del cuerpo se los dobló en los del ánimo… pues redujo un Imperio, tan perdido como estaba el Perú, al servicio de su Rey”.

Inca Garcilaso de la Vega

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Tras volver del Perú, donde había pacificado la región terminando con la rebelión de Gonzalo Pizarro, Pedro La Gasca fue nombrado obispo de Palencia por el emperador Carlos V, al quedar vacante la mitra tras el fallecimiento de Luis Cabeza de Vaca, maestro del propio emperador. Pidió que le consagraran obispo antes de embarcarse hacia Alemania, donde tenía que ir a encontrarse con el Emperador para darle cuenta de su Real Servicio en el Nuevo Mundo, consagrándole obispo de Vich, Juan Tormo en Barcelona (17 de mayo de 1552). Ocho días después, partió rumbo a Génova, donde estuvo alojado tres días en la casa de Andrea Doria, y desde allí partió hacia Tortona y Milán, parando en casa de Juan de Luna, y reuniéndose en Mantua con el príncipe Felipe, a quién describió su expedición. En Trento le recibieron los prelados españoles que estaban en el Concilio de Trento, en Volcán le saludó el príncipe Maximiliano, pasó por Inskbruk y el 12 de agosto entró en Augusta.

En la ciudad alemana se encontró con el emperador Carlos V, el cual, a pesar de estar convaleciente de gota, le recibe en su cámara donde le detalla largamente su pacificación del Perú. Entre las distinciones con las que Carlos quiso premiar a su vasallo, le concede en su escudo, que constaba de dos cuarteles, el de la derecha un león entre cuatro castillos y en el de la izquierda los trece roeles, sostenidos por dos genios, se añadiese seis banderas, tres por el lado con la letra P y en medio de ellas una anda con la inscripción: « Caesari restitutis Perú Regnis Tiranorum spolia».

Después de muchos agasajos, encomio y admiraciones recibidas, La Gasca retornó a España, comprando antes un tríptico que regaló «a su pueblo el Barco, por haber sido allí bautizado», del pintor flamenco Brujas, maestro de Van Eyck. El accidentado retorno duró hasta el 25 de marzo de 1553, cuando ocupó su silla episcopal en Palencia. Desde entonces y hasta el 19 de agosto de 1561, gobernó la diócesis palentina, hasta que el rey Felipe le promovió para ocupar la diócesis de Sigüenza, puesto que ocupa hasta su muerte, acaecida el 10 de noviembre de 1567. A pesar de tener gran influencia en la Corte y su consejo era bien valorado, poco se dejaba ver por ella, solamente cuando sus deberes pastorales se lo imponían. Cuando alguien le comentaba por qué no se dejaba ver con más frecuencia por la Corte, respondía, tajante: « Los que tienen sagradas obligaciones que cumplir no pueden ni deben gastar el tiempo pavoneándose por los palacios del César».

Pedro La Gasca mandó edificar la iglesia de la Magdalena de Valladolid, a la que dotó de una renta de 225.000 maravedís, construyendo enfrente una casa donde vivirían los trece capellanes. El motivo que le llevó a fundar esta iglesia lo expresa en la escritura fundacional, fechada en Sigüenza el 6 de septiembre de 1567:

Nos, D. Pedro Lagasca, Obispo y Señor de Sigüenza, Obispo que fuimos de Palencia, del Consejo de S.M., fundamos y edificamos la Iglesia de la Magdalena de Valladolid y la dotamos para suplir las faltas que tuvimos en celebrar sobre todo en tiempos de N. S. el Emperador Carlos V, en la visita de los tribunales del Reino de Valencia y en la defensa de aquel Reyno, y de las islas de Mallorca, Menorca e Ibiza, y cuando en 1542 atacó el turco con el francés, y en la ida al Perú; y así que en más de ocho años casi no dijimos misa (no nos atrevimos) aunque teníamos las licencias para no caer en irregularidad.

E incluso pidió y obtuvo del papa Pio IV una bula (de 14 de octubre de 1564) para que en la iglesia de la Magdalena se dijeran dos misas cada mes mediante el rito mozárabe, pues como decía el propio La Gasca, «De tanta devoción y uso en España y en tiempo de las persecuciones dentre los cristianos, y porque no hay razón que oficio tan antiguo caiga en olvido».

La iglesia de la Magdalena fue el lugar escogido para el descanso eterno de Pedro La Gasca, donde fue enterrado. En su majestuosa fachada, a los pies del templo, preside el escudo en piedra más grande del mundo del propio clérigo. En su interior, concretamente en el centro de la nave (inicialmente se encontraba en la capilla mayor, pero fue trasladado a mediados del siglo XX) se encuentra el sepulcro, realizado en jaspe y alabastro, del escultor Estebán Jordá. El obispo La Gasca aparece representado con los atributos episcopales: libro en la mano, capa pluvial, mitra y cetro, en actitud yacente de reposo tranquilo, con la inscripción a los pies «accepit regnum decoris et diadema speciei de manu Domini» (recibió un glorioso reino y una hermosa corona de mano del Señor. Sab. V, 16).

La persona de Pedro La Gasca estuvo ligada a la villa de Barco de Ávila, donde su familia tenía posesiones y se conserva la llamada «Casa de los Gasca», situada antiguamente en la Plaza de los Vados. Lamentablemente, fue derribado en los años 70 para construir  las oficinas de la Caja de Ahorros de Ávila, salvándose únicamente la portada, ubicadas actualmente en la entrada del patio del C.E.P. Juan Arrabal.

Otros sitios que recuerdan la figura de Pedro La Gasca, o Lagasca, como se mantiene en numerosos sitios, es en los callejeros, tanto de la villa de Barco de Ávila, Ávila o Madrid.

Bibliografía

CARVAJAL GALLEJO, I. (1981): Don Pedro de Lagasca pacificador del Perú. Caso único en la Historia. Esbozo de estudio biográfico. Coloquios históricos de Extremadura.

GARCILASO DE LA VEGA, Inca (1617): Historia General del Perú o Segunda Parte de los Comentarios Reales.

FUENTE ARRIMADAS, Nicolás de la (1925): Fisiografía e historia del Barco de Ávila. Senén Martín, Ávila.

LÓPEZ HERNÁNDEZ, Francisco (2004): Personajes abulenses. Caja de Ávila, Ávila, pgs 349-351

RAMÍREZ DE ARELLANO, Carlos (1870): El licenciado Pedro de La-Gasca, estudio biográfico. Revista de España. Tomo XV (58)

SAN MARTÍN PAYO, Jesús (1992): Don Pedro La Gasca (1551-1561). Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses (63): 241-328.

Webgrafía

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http://www.santamariadeloscaballeros.com/personajes.asp

http://www3.uah.es/cisneros/carpeta/galpersons.php?pag=personajes&id=78

http://pueblosoriginarios.com/biografias/lagasca.html

http://www.alcaldesvcentenario.org/index.php?option=com_content&view=article&id=107&Itemid=100

http://los4palos.com/2014/04/08/un-escudo-en-pucela-y-una-tarea-en-peru/

Ávila, tierra de santos y cantos (entre otras cosas)

Tradicionalmente se ha dicho que Ávila es tierra de cantos y de santos. Razón no le falta, pero Ávila es mucho más. Es tierra de sabor, de chuletones, de pinchos, de frío, de pimentón, de patatas revolconas, de yemas, de policías y de buena gente. Abreviando, tierra de abulenses y/o avileses, que no avileños, por si a alguien no le ha quedado claro.

Que sea tierra de cantos es sencillo de adivinar, pues en toda su extensión se asienta y se construye sobre granito: piedra dura, austera e inquebrantable, como  el corazón de sus gentes y el temple de la guerra. Con cantos hemos levantado una ciudad a nuestra medida, protegida por una fuerte muralla, construido la catedral, palacios, iglesias y conventos, aparcamientos, puentes, casas solariegas, obras faraónicas y adoquines que dan un toque vintage a la ciudad.

Y también de santos, muchos e importantes, canonizados y doctores por la Santa Iglesia católica. Esto hay que matizarlo y situarlo en su contexto, pues hace siglos, entre el frío y los cantos que nos rodean, sin televisión ni redes sociales con las que entretenerse, las maneras de pasar el rato eran pocas y fundamentalmente dos: orar o luchar. Los que no jugaban con espadas encontraban su sino en la espiritualidad y el misticismo, retirándose a hablar con Dios entre el frío de sus muros de piedra.

Desde el comienzo de los tiempos hemos sentido predilección por los Santos, simplificados muchas veces en San, como por ejemplo nuestro patrón, San Segundo, o los hermanos Vicente, Sabina y Cristeta, santos mártires cuyo cenotafio reposa en una composición de cantos tallados que dan forma a una de las joyas del románico como es la basílica de San Vicente.

Pero además, hay multitud de Santos que titulan pueblos o que son pueblos que dan nombres a otros, como por ejemplo Arenas de San Pedro, San Juan de la Nava, San Juan del Molinillo, Santa Cruz del Valle y muchos más. Para todos aquellos buenos abulenses que pudieran sentirse ofendidos al no nombrar su santo pueblo, he rezado dos padres nuestros para expiar mi pecado. Y si nos centramos en la ciudad, los distintos distritos o barrios que conforman el entramado urbano reciben también el nombre de Santos, correspondido con las parroquias: San Nicolás, Santiago, Santo Tomás, San Juan, San Pedro, San Andrés, San Esteban, San Antonio… Aquí tampoco se sientan ofendidos los del barrio de las Vacas, pues ellos tienen a su Virgen, ¡vivan los mozos!

Con tanto santo viviendo en simbiosis permanente con la ciudad, la confluencia de Santos, espiritualidad, oraciones, ruegos y preguntas, hizo que fuera a nacer en Ávila – no podía suceder en mejor lugar ni en otro sitio – nuestra Santa más internacional, Teresa de Cepeda y Ahumada, hace cinco centenares de años. Conocida internacionalmente como Santa Teresa de Ávila por nosotros y Santa Teresa de Jesús por el resto del mundo, es un personaje fundamental en nuestra historia para entender el misticismo, la reforma del carmelo calzado y el merchandising de la ciudad, además de situar nuestra ciudad en los mapas terrenales y ensalzarse como gran maestra de la vida espiritual en la historia de la Iglesia. Mujer avanzada a su tiempo, fue una prolífera escritora espiritual, emprendedora incansable con diecisiete fundaciones de pequeñas empresas a lo largo de la geografía peninsular y creadora de las patatas fritas. Ni más ni menos. Tuvo como ayudante, confesor y doctor de la iglesia a otro santo abulense, el medio fraile, tan pequeño como astuto, patrono de los poetas y místico renacentista, San Juan de la Cruz, o Juan de Yepes para los amigos.

Otros que no son santos, pero casi y que son más desconocidos para los abulenses pero no por ello menos importantes, son el beato Alonso de Orozco, el obispo Santos Moro (al menos, de nombre) y las venerables María Díaz y María Vela. Por último, señalar la curiosa leyenda de San Pedro del Barco, santo de nuestra tierra que causó conflicto entre Piedrahita y Barco sobre dónde reposarían sus venerables restos, acordando que una mula los llevará sobre sus lomos y allí donde se parara, allí sería enterrado. Cuál fue su sorpresa que la mula siguió sin rumbo fijo pasando pueblos y pueblos hasta llegar a la capital de cantos y santos para caer desplomada en la basílica de San Vicente, donde murió exhausta tras la larga travesía y la responsabilidad moral de cargar un santo a sus espaldas.

Como habéis podido comprobar, en Ávila nos sobran cantos y coleccionamos santos. Canto arriba, santo abajo, Ávila es una amalgama de granito y misticismo que ha resistido el paso de los siglos haciendo frente al frío, a la despoblación y al turismo, con Santa Teresa a la cabeza – tan importante como para dedicar dos estatuas a su figura en una misma plaza –proyectando la imagen de una ciudad orgullosa de sus cantos y de sus santos, entre otras cosas.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

Pedro de La Gasca, Pacificador del Perú

El Licenciado Pedro de La Gasca fue nombrado Presidente de la Audiencia del Perú el 16 de febrero de 1546 con la difícil tarea de pacificar el Perú, que se hallaba en el más absoluto caos tras la sublevación de Gonzalo Pizarro, aceptando tras imponer una serie de condiciones:

“No marcharía al Perú sin que el Emperador le diese poder llano y absoluto, como si fuera el César, para nombrar los cargos que vacaren, separar incluso al virrey, perdonar cualquier clase de delitos cometidos y que se cometieren hasta la rendición del Perú, no solo de oficio, sino contra instancia de parte. No quiero sueldo ni recompensa de especie alguna; con mis hábitos y mi breviario espero llevar a cabo la empresa que se me confía. No quiero más que mi sustento y el de mis acompañantes y pido que se nombre persona que reciba e invierta el dinero y así no se crea que me guía la codicia”.

Estas condiciones causaron admiración y asombro en el Consejo de Indias, y ante su insistencia para que alterara sus condiciones, el licenciado insinuó que renunciaría al cargo, además de escribir al Emperador su deseo de volver a España tan pronto como acometiese la misión encomendada: “Como tengo por cierto que no se pretende desterrarme de mi Patria, en cuanto consiga lo necesario para la pacificación del Perú, pido llevar licencia y aún esperar otra, para volverme a España”. Tras pasar dos días con su madre en Barco de Ávila para despedirse de ella, el 26 de mayo de 1546 embarcó en Sanlúcar de Barrameda acompañado de su hermano Juan y del caballero abulense Alonso de Alvarado, y el 27 de julio llegaba a Nombre de Dios (Panamá).

El recibimiento al desembarcar no fue, ni mucho menos, cordial. Sembrado de gritos, amenazas y  burlas por su apariencia, la única respuesta del Licenciado fue mostrar buen semblante. Desde el primer momento comenzó a poner en práctica el plan que había elaborado: sosegar y pacificar a todos, e incluso conceder el perdón por los desórdenes cometidos al estar autorizado a ello. Su gran labor diplomática no tardó en mostrarse, ganando a su causa el general Pedro de Hinojosa y los demás jefes de la armada pizarrista, quienes fueron perdonados por su rebeldía y la promesa de nuevas encomiendas de indios. Más tarde se le unieron otros rebeldes pizarristas como Sebastián de Benalcázar, Pedro de Valdivia, el oidor Pedro Ramírez, el contador Juan de Cáceres y Lorenzo de Aldana. Por algo diría el Maestro de Campo Francisco de Carvajal “que las mañas y palabras del clérigo eran más de temer que las lanzas del Rey de Castilla”.

El mismo Gonzalo Pizarro intuía, a través de las ministras que intercambió por La Gasca y las noticias que de él tenía, que bajo la apariencia de hombre modesto se ocultaba un poder moral más fuerte que el de todos sus soldados cubiertos de acero, pues actuando silenciosamente frente a la opinión pública, minaba toda fuerza y poder, ratificado por el rebelde Juan de Acosta que llegó a decir “este cura del cayadillo es mucho más de temer que un ejército”. Además, el levantamiento del capitán Diego Centeno, que conquista Cuzco, supone otro frente para Pizarro, pero éste mantiene su empeño, y condena a muerte a La Gasca, Hinojosa y Aldama.

Al fracasar su intento de buscar una solución pacífica al conflicto de los rebeldes pizarristas, el presidente La Gasca no pierde un instante. Reúne y equipa sus tropas, colocándolas en los lugares más estratégicos para vencer a los rebeldes, y en abril de 1547 parte de Panamá con una flota de dieciocho navíos y unos dos mil soldados veteranos con buen armamento, desembarcando en el puerto de Manta (Ecuador), y continuando su marcha por los Andes, donde tienen que atravesar precipicios y nieve, hasta acampar en el valle de Xaquisaguana, donde le esperaba el ejército de Gonzalo Pizarro.

Antes de comenzar la batalla cerca de Cuzco, el 9 de abril de 1548, La Gasca ofrece nuevamente el perdón a los rebeldes para que depusieran las armas, pero no tiene prisa por comenzar la campaña: contaba con que parte de las fuerzas de pizarristas se pasaran a su bando, como así fue (desertaron el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega y el oidor Diego Vásquez de Cepeda), y en recibir apoyos desde Guatemala, Popayán y Chile.

Prácticamente, no hubo batalla. Los efectivos rebeldes se fueron pasando al ejército realista y Gonzalo Pizarro, viéndose casi solo, preguntó a su lugarteniente Juan de Acosta: “¿Qué haremos?”, a lo que le contesta, furioso: “Arremeter al enemigo y morir como romanos”. Pero Pizarro, reconociendo su derrota, le replica: “Mejor es morir como cristianos” y adelantándose, entrega su espada a Juan de Berrio Villacencio, presentando su rendición. Al ser conducido ante el presidente La Gasca, le hizo una respetuosa inclinación, y éste le preguntó, con severidad, por qué había puesto al país en esta situación, levantándose en armas contra el Emperador, por qué había asesinado al Virrey Blasco Núñez Vela, usurpado el gobierno y rechazado las ofertas de perdón que le había ofrecido en repetidas ocasiones. Gonzalo Pizarro trató de justificarse vanamente, sin que ello convenciera al Presidente de la Audiencia del Perú.

La justicia aplicada a los rebeldes fue un ejemplo para todos, nombrándose un tribunal que aplicase la ley, y en el que Pedro La Gasca no quiso intervenir. Los cabecillas Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal fueron sentenciados a muerte, y otros muchos fueron condenados a azotes, destierro, trabajo en galeras y confiscación de sus bienes.

Terminaba la guerra, el presidente se dedicó a gobernar. Realizó el Reparto de Guaynarima (16 de agosto de 1548), distribuyendo encomiendas entre los soldados, dejando a muchos insatisfechos. Sentó sobre bases firmes y permanentes la autoridad real, realizando un ordenamiento racional y económicamente la explotación de las minas, saneó la hacienda pública y organizó la contabilidad, aumentando la recaudación y aliviando el peso de los contribuyentes. Por todo ello fue aclamado en Lima como «Padre restaurador y pacificador del Perú».

Pedro de La Gasca consideró que su misión había terminado y consideró volverse a España. Su partida produjo gran estupor entre los indios, quienes llevaron a apreciarle y le mostraron su agradecimiento ofreciéndole gran cantidad de plata, que no aceptó. Los colones españoles, al despedirle en el navío (27 de enero de 1550), le llevaron como regalo 50.000 castellanos de oro. A ello, el presidente les dijo: «No lo acepto. He venido a pacificar el Perú y a servir al Rey y no quiero deshonrarme con un acto que empañaría mi pureza de conciencia y mis intenciones».  Desde Nombre de Dios, partió hacia España el 24 de mayo de 1550, llegando a Sanlúcar el 14 de septiembre y desembarcando en Sevilla el 24, aclamado por la muchedumbre y depositando en la Casa de Contratación el Tesoro que traía consigo, llegando igual que se fue, con la misma sotana, brevario y cayado.

El Emperador Carlos V escribió a Pedro La Gasca desde Augusta (Alemania) en términos de mucho reconocimiento: «Y puede ser cierto que lo que se ofreciere, tenemos siempre memoria de vos como lo merecéis». Le ordenó que fuera a verle, como así lo establecía el Real Servicio, junto con gran cantidad de oro y plaza. También le recomendaba que antes de emprender el viaje fuese a Barco de Ávila a abrazar a su madre, con la que pasó casi un mes.

 

La Posada de la Feria

Hace 20 años, se inauguraba la Biblioteca Municipal Posada de la Feria. Situada en la zona sur de Ávila, bajo el arrabal de Santiago y cerca de la plaza del Rollo, está ubicada en un edificio que data de 1558, conocido por el nombre de «La Posada del Tío Goriche», y que mantuvo su uso como venta hasta comienzos del siglo XX, conservando su estructura primigenia hasta su abandono, condenando al inmueble a un estado de ruina.

Tras varias décadas de abandono, el Ayuntamiento de Ávila consideró recuperar y rehabilitar el espacio, quizá tras poner de manifiesto el valor de la posada como ejemplo de arquitectura popular por parte del arquitecto municipal Armando de los Ríos en “Cuaderno de Arquitectura” (1987), y que años más tarde se haría cargo del proyecto de rehabilitación.

Finalmente, tras años de obras, la Biblioteca Posada de la Feria abrió sus puertas en enero de 1997, y desde entonces permanece abierta para el préstamo y estudio, atendido por grandes profesionales.

Debo añadir que en esta biblioteca he pasado horas desde la adolescencia, leyendo y estudiando, llegando a considerarla una segunda casa. Mando desde aquí un saludo a los trabajadores que están y han estado en la Posada de la Feria: Teresa, Javi, Eulogio, Bea, Beatriz, Michel, Gemma, Rufino, y tantos otros. Todos vosotros sois parte de la Posada de la Feria y sin vuestro trabajo la biblioteca no sería lo mismo. Gracias por todo.

Ávila. Plaza de la Feria. Posada del Tio Goriche.

Ávila. Plaza de la Feria.

Ávila. "Casa de labriegos en el arrabal". Posada del Tio Goriche, plaza de la Feria.

Ávila. Posada de la Feria.

Ávila. Plaza y posada de la Feria.

Ávila. Plaza de la Feria.

Pedro de La Gasca, hombre de letras (I)

Nació en el lugar de Navarregadilla, perteneciente a Santa María de los Caballeros (Ávila), hacia 1493, siendo bautizado en la iglesia parroquial de Barco de Ávila a los nueve días de su nacimiento. Sus padres pertenecían a una familia de hidalgos acomodados próxima al cardenal Cisneros. Su padre, Juan Jiménez de Ávila García, era descendiente de los Cimbrones y García extremeños, primo del Cardenal Cisneros y Señor de Navarregadilla; y su madre María González Dávila Gasca, bisnieta del caballero castellano Gil González Dávila, Señor de Puente del Congosto (Salamanca).

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Boceto y retrato de Pedro La Gasca. Valentín Carderera (1847)

Los primeros años de su vida los pasa en Barco de Ávila, pero debido a las circunstancias familiares (enfermedad de su padre), Pedro es llevado a vivir a Puente del Congosto con su abuelo materno, Pedro García Gasca, señor de la villa. No habiendo en la villa “dómine” que se encargara de su enseñanza, a los diez años vuelve a El Barco de Ávila, donde estudió Humanidades con el Bachiller Minaya, en compañía de sus hermanos: Juan, Francisco y Diego. Durante varios años se formó con el Bachiller, el cual, complacido de la inteligencia de su discípulo, aconsejó a sus padres que le llevaran a Salamanca a continuar sus estudios de la carrera eclesiástica, a la cual se veía llamado.

Poco tiempo estaría el joven estudiante en Salamanca, pues al ir su padre a consultar a un médico la dolencia crónica que padecía, su mal se agravó y hubo de ser trasladado en una silla de manos de Salamanca a Navarregadilla, donde murió poco después (1513). Diego González Dávila, hermano de su padre, fue a Barco a consolar a su cuñada y a poner en orden los asuntos familiares, y contentado de la inteligencia de sus sobrinos Pedro y Diego, los llevó consigo a la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares, donde Pedro estudió durante once años, manifestándose como un alumno sagaz, intrépido, enérgico y fidelísimo al Rey, como demostró luchando en el bando realista en la guerra de las Comunidades. Tras realizar excelentes exámenes, fue el segundo alumno que se graduó  con el título de Maestro en Artes y el primero en conseguir el título de Maestro en Teología, con aplauso unánime de profesores y alumnos.

Desde que se graduó en Alcalá, Pedro de La Gasca firmó siempre como el «Licenciado La Gasca», sin adoptar nunca los apellidos que le correspondían, Jiménez de Ávila y García y González Dávila, al igual que sus hermanos. Quizá adoptara este apellido al elegir los apellidos que más le gustaban, como era costumbre, por afinidad a la familia materna o considerarlo de mayor abolengo que el Ximénez de Ávila.

Posteriormente pasa a estudiar en Salamanca Derecho Civil y Eclesiástico, pese a su frustrada idea de realizarlo en Italia (invadida por Francisco I) dio probadas muestras de su prudencia, sagacidad, tacto y energía que le granjearon la admiración de todos. Por su valía es nombrado Rector de la Universidad de Salamanca (en el curso de 1528-1529), y Vice-escolástico, cargos que simultaneaba con el de Subcolector Apostólico, elegido por el Nuncio Pogio. El acierto con el que desempeñó su cargo en la Universidad se plasmó en los Estatutos que él mismo realizó y que se mantuvieron durante muchos años. Fue elegido Rector del Colegio de San Bartolomé en dos ocasiones, donde se licenció en Cánones (1531).

Acabados sus estudios, fue ordenado sacerdote comenzando su carrera eclesiástica en la propia Salamanca, pero la influencia del cardenal Juan Pardo de Tavera le lleva a ser nombrado Juez Metropolitano en la Catedral de Toledo y Vicario en Alcalá de Henares (1537). Sería en el propio Toledo donde conoce personalmente a Carlos V, el cual le favorece y autoriza para que se haga cargo de un difícil proceso de sacrilegio en Valencia que el Consejo de la Inquisición que no acertaba a resolver, nombrándole Oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición, teniendo que abandonar el resto de sus cargos. Tras más de dieciocho meses de laboriosa investigación, entregó todo el proceso minuciosamente ordenado y resuelto a justicia, lo que le valió la admiración de los varones del Consejo de la Inquisición, e incluso la del propio emperador Carlos, quien le llamó a su cámara para oírle personalmente todo lo referente al caso.

Su primer cargo político fue el de Visitador de los Tribunales, Justicia y Hacienda de todo el Reino  de Valencia en 1541, a petición de las Cortes de Monzón, un cargo reservado a los allí nacidos. Durante estos años (1542-1545), Pedro de La Gasca se dedicó a comprobar la labor de los funcionarios, la recaudación de impuestos y el respeto a los poderes reales, así como aplicar los juicios de residencia a los ministros de justicia y ocuparse del adoctrinamiento de los moros, adquiriendo durante su desempeño un notable conocimiento de las funciones gubernativas.

A pesar de ser un hombre de letras, las circunstancias hicieron que La Gasca mostrara que debajo de su hábito sacerdotal había también un valiente guerrero, heredero de los antepasados de su familia. En 1543 se tuvo constancia, de manera secreta, que el corsario otomano Barbarroja y los franceses planeaban desembarcar y saquear las costas valencianas y la islas baleares. El pánico cundió entre los caballeros que intentaban organizar la defensa, con Fernando de Aragón (viudo de Germana de Foix), duque de Calabria y Virrey de Valencia, a la cabeza, pero aparece en escena Pedro La Gasca, echándoles en cara su cobardía y mostrando que era posible una defensa fortificando las playas e islas con los medios de los que disponían. El plan se traza según las exigencias de La Gasca y los intentos de Barbarroja de desembarcar son duramente rechazados por las defensas realizadas, obligando a los berberiscos a desistir de sus intentos de asaltar las costas levantinas.

Pedro de La Gasca es aclamado como un hombre providencial, volviendo a Castilla en 1545.

Las noticias de revueltas sucedidas en Perú, con la rebelión de Gonzalo Pizarro, sublevado contra las Leyes Nuevas y el gobierno del virrey Blasco Núñez Vela, muerto en la batalla de Añaquito, hizo que se reuniera en el verano de 1945 el Consejo de Indias con el príncipe Felipe (el Emperador se encontraba en Alemania) para adoptar una solución al conflicto. Entre los miembros del Consejo estaban los cardenales Tavera y Laoisa, el obispo de Sigüenza (Consejo Real de Castilla), el presidente de la Chancillería y varios nobles, debatiéndose entre dos posturas: la de enviar a un ejército para reducir la rebelión por la fuerza, y poner a un militar con experiencia al mando; y la de enviar a un hombre de letras, negociador, que consiguiera la obediencia por la vía de la persuasión y los halagos. Se optó por la segunda opción, y parece ser que fue el propio Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, quien propuso el nombre de Pedro La Gasca como la persona más capacitada para encomendarle la difícil tarea, diciéndole al príncipe Felipe: “Señor, Gasca tiene aún más carácter y energía que yo”.

Tras mandar un emisario al Emperador para darle cuenta de lo sucedido y acordado por el Consejo de Indias, Carlos V, orgulloso con el desempeño de La Gasca en los asuntos encomendados anteriormente, no solo aprueba su nombramiento, sino que escribió de su puño y letra una carta (fechada el 17 de septiembre de 1545) manifestándole su complacencia por su nombramiento como Presidente de la Audiencia del Perú, estableciendo que abandonase todos sus cargos  y realizase su salida hacia el Perú lo más pronto posible.