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Entradas referentes a Ávila

Las vidrieras de la Catedral de Ávila

Las primeras vidrieras colocadas fueron en la Girola, hacia 1495. Algunas son obra de Juan de Valdivieso y Arnao de Flandes, vecinos de Burgos, quienes terminaron de colocarlas en el verano de 1525; posteriormente, también intervino Diego de Santillana en las vidrieras de la parte superior del crucero. La vidriera gótica más impresionante es la conservada en la capilla de la Nuestra Señora de Gracia, la central de la girola, y que representa a la Virgen con el Niño, en rojo y azul, con corona real y nimbo.

Al terminar las vidrieras de la catedral, Juan de Valdivieso continuó con las de la parte superior del brazo izquierdo de la cruz, en lo que hoy es la capilla de Nuestra Señora de la Caridad, ayudado de Arnao de Flandes primero, y Diego de Santillana después. Realizaron todo el crucero, incluidas las imágenes de las vírgenes: Santa Inés, Santa Águeda, Santa Marta y Santa Catalina en el hastial norte, de cuerpo entero, y Santa Bárbara y Santa Lucía de medio cuerpo, mientras que los escudos corresponden al obispo Carrillo (1499-1514) y al cabildo.  Continuaron con la vidriera del hastial sur. Las vidrieras situadas sobre el ingreso de la girola, con santos y profetas a ambos lados de la vidriera central, con San Pedro y San Pablo representados —la última con el escudo de cinco torres del obispo Francisco Ruiz, fallecido en 1537—, son renacentistas y atribuidas a Alberto de Holanda. A éste le sucede su hijo Nicolás de Holanda, que realiza la vidriera de la capilla mayor con los Apóstoles situados en el friso inferior de la misma capilla, en las paredes laterales del presbiterio.

En 1549 interviene Hernando de Labia, que continúa trabajando en la capilla mayor y posiblemente realizara las figuras del beato Orozco, San Pedro de Alcántara y Santa Micaela. Hacia 1592 continúa la labor José de Labia, quien realiza las vidrieras del muro derecho de la capilla mayor, en la que aparecen los santos canonizados en esos años: San Pedro, mártir del Japón, la Anunciación y San Miguel. Le sucede Felipe Angulo en 1660, y en 1759 aparece el nombre de Juan García de la Peña como vidriero de la catedral.

De las intervenciones más recientes, se incorporan en 1929 las últimas vidrieras centrales del friso inferior de la capilla mayor, que representan a Santa Teresa y San Juan de la Cruz, realizada por Maujumea de Madrid. Dicho vidriero también realizaría otras vidrieras como la de San Celedonio, San Eugenio y San Ildefonso.

Con el terremoto de Lisboa de 1755, las vidrieras sufrieron desperfectos pero no así daños de gran consideración, como se ha creído, o incluso la creencia que los ventanales de la nave central fueron destruidos con el seísmo. Estos ventanales nunca tuvieron vidrieras ni estuvieron abiertos. La apertura de algunos de estos vanos se realizó hacia 1950 cuando la Dirección General de Monumentos se interesó por la catedral de Ávila, y en 1964 Gratiniano Nieto, director general de Bellas Artes, ordenó la apertura del resto de vanos, demoliendo los materiales que cegaban por el exterior los huecos y ocupaban una altura que cubría parte de los arbotantes de sostén de la nave central, aprovechando la ocasión para electrificar el cimbalillo. La obra de apertura de los ventanales quedó terminada en octubre de 1965, y las vidrieras de color, sin decoración artística, en septiembre del año siguiente.

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La última restauración de las vidrieras de la catedral de Ávila se produjo en 2014 con motivo del V Centenario de Santa Teresa de Jesús con fondos de la Junta de Castilla y León para contribuir a la puesta en valor del patrimonio cultural de la Comunidad.

Fuentes

DE LA HERAS HERNÁNDEZ, Félix. La catedral de Ávila. Ávila, Gráficas Martín, 1981. 2ª ed.

GONZÁLEZ, Nicolás; SOBRINO, Tomás. La catedral de Ávila. León, Everest S.A., 1981.

VV.AA. Catedrales de Castilla y León. Madrid, El Mundo, 2005.

http://catedralavila.vocces.com/catedral-de-avila-pagina-oficial/las-vidrieras/

https://viajarconelarte.blogspot.com.es/2014/03/la-catedral-de-avila.html

El coro y trascoro de la catedral de Ávila

Coro

La catedral de Ávila, a pesar de contar con un coro realizado en 1407 en madera de nogal ubicado en el actual presbiterio, la costumbre de la época de situar los coros en el centro de la catedral hizo que se sustituyera por uno nuevo. El nuevo coro fue encargado al maestro Cornelio de Holanda en 1535, de madera de nogal a imitación a la sillería de San Benito de Valladolid. Las obras comenzaron en 1539 y se prolongaron hasta 1547, más de una década para terminar una minuciosa obra compuesta por 43 asientos en la sillería alta, y 39 en la baja.

En su realización no solo participó Cornelio de Holanda, también Juan Rodríguez y Lucas Giraldo, discípulos de Vasco de la Zarza, y tras la muerte de Juan (1544), Isidro de Villoldo, quien realizó el revestimiento de los pilares y los remates de mayor calidad de los relieves. En la parte baja de la sillería aparecen unos cuadros enmarcados por columnas —escenas de la vida de varios Santos y una cornisa con filigranas ornamentales—, y en la alta tiene un paño central corrido, dividido en tres cuerpos: un friso con espacios separados por columnas talladas con grutescos y ornamentos; una zona más amplia enmarcada por columnas y paños con figuras de santos y personajes del Antiguo Testamento, de cuerpo entero; y otro friso inferior de las mismas características. Destaca la silla del obispo, con la imagen de San Segundo y el escudo del cabildo representado.

Trascoro

Situado en la parte posterior del coro, en medio de la nave central, de gran calidad artística. Es una renacentista, realizado en piedra caliza entre 1531 y 1536 por Lucas Giraldo y Juan Rodríguez, discípulos del escultor Vasco de la Zarza. El conjunto representa escenas en altorrelieve con detalle de la infancia de Jesús según el evangelio de San Lucas. Compuesto de un zócalo, un segundo cuerpo de tres amplios paneles de la Presentación de Jesús en el templo, la Adoración de los Reyes Magos o Epifanía y el Martirio de los Inocentes. En los espacios enmarcados por las pilastras y en la parte baja, aparecen otros relieves más pequeños que representan la escena de Jesús entre los doctores en Egipto, y en la parte superior, en los tondos, el Abrazo de San Joaquín y Santa Ana y la Visita de la Virgen a Santa Isabel.

En los extremos de la obra presentan un frontis con hornacinas en las que se representan las figuras de San Pedro y San Pablo a la derecha, y las de San Juan Evangelista y San Juan Bautista a la izquierda. El tercer cuerpo es un friso corrido con catorce figuras de ancianos y profetas sentados entre balaustres, identificados mediante filacterias con sus nombres; y la obra se remata con una crestería donde resalta la figura del Padre Eterno bendiciendo, con multitud de grutescos a ambos lados.

El funcionó como altar o capilla de los Reyes, siendo enterrado allí el canónigo Blas Sarafa. La reja fue colocada en 1711 y todavía hoy se conserva. El Cirsto que aparece sobre el arco del trascoro es obra de Vasco de la Zarza, realizado para la Capilla del Cardenal y ubicado en este emplazamiento en 1710.

La magnífica obra renacentista plateresca, denominada “Biblia de piedra”, fue restaurada en 2011, pues tras sufrir severas intervenciones en el siglo XVIII se procedió a eliminar añadiduras (principalmente escayola), óleos, daños y mutilaciones, devolviendo al trascoro el esplendor del siglo XVI.

Fuentes

DE LA HERAS HERNÁNDEZ, Félix. La catedral de Ávila. Ávila, Gráficas Martín, 1981. 2ª ed.

GONZÁLEZ, Nicolás; SOBRINO, Tomás. La catedral de Ávila. León, Everest S.A., 1981.

VV.AA. Catedrales de Castilla y León. Madrid, El Mundo, 2005.

http://www.elnortedecastilla.es/v/20110526/avila/trascoro-catedral-avila-recupera-20110526.html

http://catedralavila.vocces.com/catedral-de-avila-pagina-oficial/el-coro-y-el-trascoro/

https://viajarconelarte.blogspot.com.es/2014/03/la-catedral-de-avila.html

La basílica de San Vicente

La basílica de San Vicente tiene planta isidoriana y alzado compostelano, es decir, planta de cruz latina con tres naves y ábsides semicirculares con un transepto alargado. Debido a la orografía, se hubo de salvar un acusado desnivel con la edificación de la cripta en la cabecera, proporcionando esbeltez a los ábsides.

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San Vicente de Avila. Imagen Juan de la Puente

  • 1ª fase: Entre 1120-1130 y 1150. Se realiza la construcción de la parte principal de la basílica: cabecera, crucero y naves laterales, con fuerte influencia de San Isidoro de León. Un taller de escultores realiza las figuras de la cabecera y otro realiza las cornisas del ábside, crucero, la nave de la Epístola y las dos laterales, creando escuela en Ávila, donde ejercerán su influencia en la ciudad y en los obispados adyacentes.
  • 2ª fase: Entre 1150-1160 y 1180, recibiendo influencia borgoñona y del románico tardío, primordialmente Santiago de Compostela. Durante este periodo se prolongan las naves y se levantan las torres, el nártex y la portada occidental, incluyendo las tribunas y las bóvedas de la nave mayor, siendo contemporáneo a la construcción de la catedral y recibiendo influencia directa del maestro Fruchel.
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Cabecera de San Vicente. Imagen Vicente Camarasa

Los tres ábsides de la cabecera están elevados en batería, decorados con impostas y semicolumnas, donde se encuadran las capillas y la cripta de la Soterraña. Los vanos de la cripta son de medio punto abocinados abiertos en el siglo XVIII tras una restauración, mientras que los de la capilla mayor son arcos de medio punto decreciente. Las impostas son rosetas de cuatro pétalos en círculos, similares a las existentes en otros templos románicos abulenses y el alero decorado con canecillos de motivos vegetales, geométricos y animales. La decoración en el interior de la cabecera es igual que la del interior, resaltando una arquería ciega y las bóvedas que la cubren son de cañón y de horno.

El crucero, sobrio, de grandes dimensiones sin puertas, se decora con contrafuertes en las esquinas y alero con canecillos decorados. La cripta de la Soterraña, el crucero tan saliente y la disposición del Cenotafio de los Santos Mártires, bajo el arco formero al sur del crucero, mantiene relación con la roca martirial del ábside norte de la cripta, manteniendo una vínculo visual entre el cenotafio y el Altar mayor. El crucero se completa con el enterramiento del judío que enterró a los mártires y el sepulcro y altar de San Pedro del Barco (1610).

Se puede apreciar un gran cambio arquitectónico en la escultura y en la disposición de los vanos, además de las bóvedas, además de la construcción de las dos torres, la monumental fachada occidental y el nártex, con bóveda octopartita que hay que poner en relación con la catedral de Ávila y Vezelay.

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Interior San Vicente. Imagen Trevor Huxham

La tribuna tardorrománica cambió su estructura reduciéndose sus dimensiones convirtiéndola casi en un triforio gótico para el contrarresto de las nuevas bóvedas nervadas, concibiéndose la tribuna como un arbotante para situar un tejado sobre ella, sin carácter visible, a diferencia de la cantoría, situada sobre la portada occidental.

La principal decoración escultórica de la basílica son sus capiteles historiados, presentando gran variedad de temas, como grifos, arpías, centauros, felinos, quimeras, sirenas… y otros no tan comunes como uno que representa un castillo, otro con un elefante que aguanta un castillo, y otro con dos felinos con la cabeza entre las patas.

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Bóveda del cimborrio. Imagen Carlos Morales

El proceso constructivo culminará en el siglo XIII con la ejecución de la bóveda ochavada del cimborrio y el pórtico meridional de granito, con cubierta de madera y enlosado, cuyos capiteles se hermanan con las obras de la catedral, principalmente con los capiteles de la cabecera. Posteriormente se realizarán otros añadidos, como el último cuerpo de la torre, la sacristía y refuerzos.

La basílica finaliza en la transición del románico al gótico, pero a comienzos del siglo XIX y XX se realizaran una serie de restauraciones (Hernández Callejo, Repullés y Vargas…) que transformarán sustancialmente la morfología del templo.

Declarado Monumento Nacional en 1882.

El proyecto de ciudad lineal de Ávila

La Ciudad Lineal fue un proyecto de 1882 del ingeniero Arturo Soria en la periferia de Madrid, con el que pretendía ruralizar la ciudad y urbanizar el campo, plasmando una ciudad alargada que se expandía a través de una vía principal de 40 metros de ancho rodeando completamente la ciudad de Madrid. El propósito era crear una alternativa urbanística a los barrios caóticos de nueva creación, principalmente obreros, que carecían de infraestructuras y condiciones de salubridad e higiene.

La vía principal estaba comunicada por tranvía, y a ambos lados de la calzada viviendas unifamiliares de la misma extensión que la calle, de tal manera que cada parcela se compusiera de casa, huerto y jardín, mejorando las condiciones higiénicas. Solamente se realizó un tramo de 5 Km, y la muerte de Arturo Soria y la guerra civil hicieron abandonar definitivamente el proyecto. A día de hoy, poco queda de este proyecto, apenas unos cuantos chalets originales y el nombre de una parada de metro, pero el plan del ingeniero sirvió como modelo de inspiración a otros arquitectos, como al francés Le Corbusier en su diseño de su Cité Lineaire Industrielle, o al arquitecto municipal de Ávila, Ángel Barbero y Mathieu.

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Ángel Barbero y Mathieu fue el arquitecto municipal de Ávila entre 1893 y 1895. Durante éstos dos años, presentó cuatro proyectos, uno de los cuales fue el mayor plan de reforma imaginado en la ciudad abulense, y que guarda muchas similitudes con el gran proyecto que desarrolló Arturo Soria.

Ya desde finales del siglo XIX —y vigente a día de hoy—, se manifiesta la necesidad de atraer turistas a la ciudad de Ávila. Para ello, el arquitecto Ángel Barbero ideó un proyecto que consideraba mejorar la alineación del urbanizado, aceras, alumbrado, embellecimiento y reforma de los edificios en la parte este de la ciudad, es decir, desde el Mercado Grande a la Estación de Ferrocarril, suprimiendo las tortuosas calles por un amplio bulevar con varias calles delimitadas por áreas de arbolado, con diferente adoquinado y anchura según el tránsito al que fueran destinadas, e incluso establecer un tranvía, al igual que en el proyecto de Arturo Soria.

El bulevar, aunque a escala mucho menor, seguía la moda de las grandes ciudades europeas como París o Viena: partiendo de una Glorieta con forma de herradura —y un parterre en su interior— situado frente a la Estación de Ferrocarril, llegaba a una plaza elíptica, bautizada con el nombre de Madrid, situada en lo que hoy es la actual plaza de Santa Ana, e imaginada con jardines. Desde ésta plaza elíptica, una nueva avenida llegaba hasta el Circuito de San Pedro, donde se concibe una nueva rotonda semicircular ajardinada. Los jardines existentes, como el de El Recreo, se fusionaba con el nuevo proyecto, al mismo tiempo que el arquitecto tenía en cuenta la menor expropiación posible para que el proyecto no fuera tan oneroso.

El proyecto de ciudad lineal abulense no se llevó a cabo y, aunque ni por magnitud ni trascendencia se puede comparar al proyecto de Ciudad Lineal de Arturo Soria, la composición del trazado urbano de la ciudad hubiera variado considerablemente, uniendo el centro histórico de Ávila con la Estación de Ferrocarril a través de una avenida de algo más de un kilómetro de longitud, facilitando las comunicaciones entre la urbe y el centro neurálgico de comunicaciones ferroviarias.

¿Una oportunidad perdida? Quién sabe. Lo más razonable es pensar que un proyecto de tales características hubiera modificado trascendentalmente la ciudad de Ávila, fruto de las teorías, planes y obras urbanísticas de finales del siglo XIX.

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Fuentes

NIETO CALDEIRO, Sonsoles. Paseos y jardines públicos de Ávila. Institución Gran Duque de Alba, 2001. Pgs. 25-28

En Ávila no hay de nada

Los abulenses somos esas personas que nos pasamos media vida queriendo salir de Ávila y la otra mitad queriendo volver a ella. Si no os ha pasado esto… Lo siento, no sois abulenses o todavía no habéis salido de nuestra majestuosa y vilipendiada ciudad. Puede que lo seáis por nacimiento, matrimonio o convicción, pero no de corazón.

El buen abulense es aquel que siempre se queja de su ciudad, con frases manidas y de vigente actualidad que lleven décadas utilizándose, pasando de padres a hijos: ¡En Ávila hace mucho frío! ¡En Ávila no hay de nada! ¡Claro que hace frío! ¡Por supuesto que en Ávila no hay de nada! Ni gente por las calles, ni trabajo, ni tiendas, ni jóvenes… ¡Qué os habéis pensado!, ¿que Ávila es una ONG? Pues claro que no, en Ávila no hay de nada.

En nuestra ciudad las cosas hay que ganárselas, y es que somos muy nuestros, por encima de cualquier cosa. ¿Cómo va a haber gente por la calle si la mayor parte del tiempo hace una temperatura ideal para curar jamones? Lo normal cuando cae la tarde, sobre todo en invierno, es que haga un frío de cien pares de adoquines y no se piense en salir a la calle, sino enclaustrarnos dentro de nuestras fortalezas, al lado de nuestras chimeneas mientras asamos castañas y matamos el tiempo discutiendo cosas trascendentales como la vida del vecino del quinto, haciendo honor a nuestro gen biográfico, y vigilando con el rabillo del ojo a través del visillo que, efectivamente, no pasa nadie por la calle, concluyendo la mayoría de las veces como causa más probable el de nuestro crudo clima.

Bueno, eso a no ser que seas un joven adolescente, adaptado al frío para realizar típicas actividades de riesgo abulense como hacer botellón a -6 grados en tacones, medias y minifalda. Según viene recogido en el código de circulación y convivencia de la ciudad, la policía suele desalojar «a los del botellón», no sólo por la ilegalidad del acto, que también, sino para evitar su congelación e incluso la amputación de algún miembro, movilizándolos en penitencias nocturnas de una zona a otra, como si de ganado se tratase.

¡Qué no hay trabajo? ¡Será por campo! ¡A labrar tierras los ponía yo! No hay bien más preciado que la tierra… Y de eso nos sobra, ya sea para sembrar trigo, cebada o fresas, ¡para que luego digan que son de Palos! La mitad de su existencia la pasan en nuestras tierras, y por ello deberíamos darles, al menos, el título honorífico de «hijas adoptivas», e incorporarlas a nuestra dieta tradicional gastronómica de subsistencia, junto con las revolconas, las judías del Barco, el chuletón y las yemas. Ciertamente, nuestra dieta quedaría completa al incorporar como postre algo tan selecto y exquisito como unas fresas con nata. Nata que saldría de la leche de nuestras vacas, por supuesto.

¿Qué no hay tiendas? Pero habrase visto… ¿Y qué son esos sitios que abren los domingos según el año que haya algún centenario? ¿Bares? ¡Pues claro que no! Tenemos un montón de tiendas en las que por supuesto tenemos de todo, pero ¿para qué queremos elegir una prenda de ropa entre diez o veinte posibles modelos? Nuestros queridos comerciantes nos facilitaban las cosas ahorrándonos tomar elecciones erróneas con nuestra ropa y reducen al máximo nuestra capacidad de decisión, reduciendo nuestro margen de error en cuestión de estilo. ¡Qué desagradecidos somos! Si ahora hasta tenemos un Decathlon para que nuestros jóvenes, afincados en Madrid y provincias limítrofes, vengan a comprar tranquilamente los fines de semana, sin los agobios que suponen las largas colas de los enormes centros comerciales de las metrópolis, aunque nuestro Tontódromo particular no les tiene nada que envidiar, ni mucho menos.

No sabemos apreciar el comercio abulense, y lo que acaba pasando es que la mayoría de nosotros continuamos la costumbre de «ir de compras» a Madrid, Valladolid, Salamanca… Y ya de paso a pasar el día… No escarmentamos. Estos viajes, a priori familiares de paz y armonía, sonrisas y felicidad, se acaban convirtiendo en una pesadilla insufrible de discusiones familiares, ceños fruncidos e incluso lágrimas en las que más de una ha abocado en una crisis conyugal que no se ha solucionado hasta el día siguiente, ya en casa. Recordad, queridos lectores, que Ikea ha provocado casi tantas rupturas de pareja como Whatsapp.

Ávila es tranquilidad, y no sabemos valorarlo.

Los jóvenes… ¡Ay, los jóvenes! Nos quejamos que tienen que emigrar fuera de nuestras murallas para ganarse la vida… Pero eso no es cierto, ¡ni mucho menos! Enviamos a nuestros jóvenes para que sepan apreciar lo maravillosa y perfecta que es nuestra ciudad, cosa que no comprenden hasta que no están fuera… Lo digo de primera mano y por si no os habéis fijado… ¡los jóvenes regresan el fin de semana! Si tan mala fuera ésta nuestra ciudad no volverían. Y no vuelven solamente porque el ambiente nocturno abulense es mejor que la de cualquier otra ciudad (puedo dar testimonio de ello), sino también para rellenar los «tapers» que consumen durante la semana. No es que no sepan ni freír un huevo, no, es que nuestros jóvenes saben apreciar la comida casera abulense por encima de cualquier delicia gastronómica de sus lugares de adopción. De hecho, son tales las ansias que tienen los jóvenes de regresar a Ávila cuando vienen en el tren, que son fácilmente reconocibles al levantarse de sus asientos 20 km antes de llegar, y situarse frente a las puertas esperando a que se abran, como en una carrera silenciosa para ser los primeros en pisar la tierra de nuestra gélida patria.

Por último, señalar que en Ávila, para no haber de nada, existen unos lugares de culto y peregrinación muy concurridos en proporción de uno por cada diez abulenses. Me estoy refiriendo, por si había alguna duda, a los bares. De hecho, desde que habéis comenzado a leer este relato ya se ha abierto un nuevo establecimiento. Ávila es una de las mejores ciudades del mundo mundial para tapear, siendo la combinación «caña + pincho» ideal y perfecta, exportando un modelo de negocio que apenas existe fuera de nuestros muros y que añoramos cuando nos cobran una cantidad exorbitada por un pincho algo más elaborado que unas patatas fritas de bolsa. En Ávila el bar se elige por el pincho, habiéndolos de todos los gustos, tipos y tamaños: desde los minimalistas de diseño para gente que no quiere reconocer que está a dieta, hasta gigantescos que sobrepasan el tamaño medio de un menú del día.

Como hemos visto, en Ávila no hay de nada. Los abulenses nos quejamos por naturaleza cuando estamos en nuestra localidad, pero sufrimos una transformación de anhelo y patriotismo cuando estamos en el exilio: esperamos con ansia que salga en las noticias la capital abulense cuando nieva, presumimos de cuestas, de frío, de iglesias, del edificio de Moneo, de comernos un chuletón entre pecho y espalda, de bares, de pinchos, de místicos… ¡hasta de que no hay de nada! Pero sacamos las uñas cuando alguien se mete con nuestra ciudad, actuando con el mismo proteccionismo que si fuera nuestro hermano pequeño: puede ser muchas cosas, pero mi hermano es mi hermano y nadie se mete con él. A lo sumo, solo yo.

Ávila es nuestra y no consentimos que nadie diga nada malo de ella —aunque tenga razón—, porque Ávila somos todos, y sólo nosotros podemos criticarla sin levantar las iras de abulenses acérrimos.

Queda claro que es falso que en Ávila no haya de nada. ¿Por qué? Muy sencillo, porque Ávila somos nosotros, y mientras haya un abulense siempre será un lugar que nos recibirá con los brazos abiertos. La ciudad es un reflejo del alma de la gente que lo compone y un pedacito de todos y cada uno de nosotros. Siempre será nuestra casa, aunque a veces tenga las comodidades de una mansión y otras la austeridad de un adoquín, o sea odiaba o añorada a partes iguales. Ávila siempre será nuestro hogar.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

Además, con el objetivo de mejorar la competencia en comunicación lingüística de los alumnos en Educación Primaria y Secundaria, la Junta de Castilla y León promueve el I certamen de «Lectura en público».
A nivel provincial en secundaria, los alumnos del Colegio Santísimo Rosario han ganado el certamen con este relato «En Ávila no hay de nada», lo cual me llena de orgullo y satisfacción.

Pedro de La Gasca, Pacificador del Perú

El Licenciado Pedro de La Gasca fue nombrado Presidente de la Audiencia del Perú el 16 de febrero de 1546 con la difícil tarea de pacificar el Perú, que se hallaba en el más absoluto caos tras la sublevación de Gonzalo Pizarro, aceptando tras imponer una serie de condiciones:

“No marcharía al Perú sin que el Emperador le diese poder llano y absoluto, como si fuera el César, para nombrar los cargos que vacaren, separar incluso al virrey, perdonar cualquier clase de delitos cometidos y que se cometieren hasta la rendición del Perú, no solo de oficio, sino contra instancia de parte. No quiero sueldo ni recompensa de especie alguna; con mis hábitos y mi breviario espero llevar a cabo la empresa que se me confía. No quiero más que mi sustento y el de mis acompañantes y pido que se nombre persona que reciba e invierta el dinero y así no se crea que me guía la codicia”.

Estas condiciones causaron admiración y asombro en el Consejo de Indias, y ante su insistencia para que alterara sus condiciones, el licenciado insinuó que renunciaría al cargo, además de escribir al Emperador su deseo de volver a España tan pronto como acometiese la misión encomendada: “Como tengo por cierto que no se pretende desterrarme de mi Patria, en cuanto consiga lo necesario para la pacificación del Perú, pido llevar licencia y aún esperar otra, para volverme a España”. Tras pasar dos días con su madre en Barco de Ávila para despedirse de ella, el 26 de mayo de 1546 embarcó en Sanlúcar de Barrameda acompañado de su hermano Juan y del caballero abulense Alonso de Alvarado, y el 27 de julio llegaba a Nombre de Dios (Panamá).

El recibimiento al desembarcar no fue, ni mucho menos, cordial. Sembrado de gritos, amenazas y  burlas por su apariencia, la única respuesta del Licenciado fue mostrar buen semblante. Desde el primer momento comenzó a poner en práctica el plan que había elaborado: sosegar y pacificar a todos, e incluso conceder el perdón por los desórdenes cometidos al estar autorizado a ello. Su gran labor diplomática no tardó en mostrarse, ganando a su causa el general Pedro de Hinojosa y los demás jefes de la armada pizarrista, quienes fueron perdonados por su rebeldía y la promesa de nuevas encomiendas de indios. Más tarde se le unieron otros rebeldes pizarristas como Sebastián de Benalcázar, Pedro de Valdivia, el oidor Pedro Ramírez, el contador Juan de Cáceres y Lorenzo de Aldana. Por algo diría el Maestro de Campo Francisco de Carvajal “que las mañas y palabras del clérigo eran más de temer que las lanzas del Rey de Castilla”.

El mismo Gonzalo Pizarro intuía, a través de las ministras que intercambió por La Gasca y las noticias que de él tenía, que bajo la apariencia de hombre modesto se ocultaba un poder moral más fuerte que el de todos sus soldados cubiertos de acero, pues actuando silenciosamente frente a la opinión pública, minaba toda fuerza y poder, ratificado por el rebelde Juan de Acosta que llegó a decir “este cura del cayadillo es mucho más de temer que un ejército”. Además, el levantamiento del capitán Diego Centeno, que conquista Cuzco, supone otro frente para Pizarro, pero éste mantiene su empeño, y condena a muerte a La Gasca, Hinojosa y Aldama.

Al fracasar su intento de buscar una solución pacífica al conflicto de los rebeldes pizarristas, el presidente La Gasca no pierde un instante. Reúne y equipa sus tropas, colocándolas en los lugares más estratégicos para vencer a los rebeldes, y en abril de 1547 parte de Panamá con una flota de dieciocho navíos y unos dos mil soldados veteranos con buen armamento, desembarcando en el puerto de Manta (Ecuador), y continuando su marcha por los Andes, donde tienen que atravesar precipicios y nieve, hasta acampar en el valle de Xaquisaguana, donde le esperaba el ejército de Gonzalo Pizarro.

Antes de comenzar la batalla cerca de Cuzco, el 9 de abril de 1548, La Gasca ofrece nuevamente el perdón a los rebeldes para que depusieran las armas, pero no tiene prisa por comenzar la campaña: contaba con que parte de las fuerzas de pizarristas se pasaran a su bando, como así fue (desertaron el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega y el oidor Diego Vásquez de Cepeda), y en recibir apoyos desde Guatemala, Popayán y Chile.

Prácticamente, no hubo batalla. Los efectivos rebeldes se fueron pasando al ejército realista y Gonzalo Pizarro, viéndose casi solo, preguntó a su lugarteniente Juan de Acosta: “¿Qué haremos?”, a lo que le contesta, furioso: “Arremeter al enemigo y morir como romanos”. Pero Pizarro, reconociendo su derrota, le replica: “Mejor es morir como cristianos” y adelantándose, entrega su espada a Juan de Berrio Villacencio, presentando su rendición. Al ser conducido ante el presidente La Gasca, le hizo una respetuosa inclinación, y éste le preguntó, con severidad, por qué había puesto al país en esta situación, levantándose en armas contra el Emperador, por qué había asesinado al Virrey Blasco Núñez Vela, usurpado el gobierno y rechazado las ofertas de perdón que le había ofrecido en repetidas ocasiones. Gonzalo Pizarro trató de justificarse vanamente, sin que ello convenciera al Presidente de la Audiencia del Perú.

La justicia aplicada a los rebeldes fue un ejemplo para todos, nombrándose un tribunal que aplicase la ley, y en el que Pedro La Gasca no quiso intervenir. Los cabecillas Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal fueron sentenciados a muerte, y otros muchos fueron condenados a azotes, destierro, trabajo en galeras y confiscación de sus bienes.

Terminaba la guerra, el presidente se dedicó a gobernar. Realizó el Reparto de Guaynarima (16 de agosto de 1548), distribuyendo encomiendas entre los soldados, dejando a muchos insatisfechos. Sentó sobre bases firmes y permanentes la autoridad real, realizando un ordenamiento racional y económicamente la explotación de las minas, saneó la hacienda pública y organizó la contabilidad, aumentando la recaudación y aliviando el peso de los contribuyentes. Por todo ello fue aclamado en Lima como «Padre restaurador y pacificador del Perú».

Pedro de La Gasca consideró que su misión había terminado y consideró volverse a España. Su partida produjo gran estupor entre los indios, quienes llevaron a apreciarle y le mostraron su agradecimiento ofreciéndole gran cantidad de plata, que no aceptó. Los colones españoles, al despedirle en el navío (27 de enero de 1550), le llevaron como regalo 50.000 castellanos de oro. A ello, el presidente les dijo: «No lo acepto. He venido a pacificar el Perú y a servir al Rey y no quiero deshonrarme con un acto que empañaría mi pureza de conciencia y mis intenciones».  Desde Nombre de Dios, partió hacia España el 24 de mayo de 1550, llegando a Sanlúcar el 14 de septiembre y desembarcando en Sevilla el 24, aclamado por la muchedumbre y depositando en la Casa de Contratación el Tesoro que traía consigo, llegando igual que se fue, con la misma sotana, brevario y cayado.

El Emperador Carlos V escribió a Pedro La Gasca desde Augusta (Alemania) en términos de mucho reconocimiento: «Y puede ser cierto que lo que se ofreciere, tenemos siempre memoria de vos como lo merecéis». Le ordenó que fuera a verle, como así lo establecía el Real Servicio, junto con gran cantidad de oro y plaza. También le recomendaba que antes de emprender el viaje fuese a Barco de Ávila a abrazar a su madre, con la que pasó casi un mes.

 

La Posada de la Feria

Hace 20 años, se inauguraba la Biblioteca Municipal Posada de la Feria. Situada en la zona sur de Ávila, bajo el arrabal de Santiago y cerca de la plaza del Rollo, está ubicada en un edificio que data de 1558, conocido por el nombre de «La Posada del Tío Goriche», y que mantuvo su uso como venta hasta comienzos del siglo XX, conservando su estructura primigenia hasta su abandono, condenando al inmueble a un estado de ruina.

Tras varias décadas de abandono, el Ayuntamiento de Ávila consideró recuperar y rehabilitar el espacio, quizá tras poner de manifiesto el valor de la posada como ejemplo de arquitectura popular por parte del arquitecto municipal Armando de los Ríos en “Cuaderno de Arquitectura” (1987), y que años más tarde se haría cargo del proyecto de rehabilitación.

Finalmente, tras años de obras, la Biblioteca Posada de la Feria abrió sus puertas en enero de 1997, y desde entonces permanece abierta para el préstamo y estudio, atendido por grandes profesionales.

Debo añadir que en esta biblioteca he pasado horas desde la adolescencia, leyendo y estudiando, llegando a considerarla una segunda casa. Mando desde aquí un saludo a los trabajadores que están y han estado en la Posada de la Feria: Teresa, Javi, Eulogio, Bea, Beatriz, Michel, Gemma, Rufino, y tantos otros. Todos vosotros sois parte de la Posada de la Feria y sin vuestro trabajo la biblioteca no sería lo mismo. Gracias por todo.

Ávila. Plaza de la Feria. Posada del Tio Goriche.

Ávila. Plaza de la Feria.

Ávila. "Casa de labriegos en el arrabal". Posada del Tio Goriche, plaza de la Feria.

Ávila. Posada de la Feria.

Ávila. Plaza y posada de la Feria.

Ávila. Plaza de la Feria.

Pedro de La Gasca, hombre de letras (I)

Nació en el lugar de Navarregadilla, perteneciente a Santa María de los Caballeros (Ávila), hacia 1493, siendo bautizado en la iglesia parroquial de Barco de Ávila a los nueve días de su nacimiento. Sus padres pertenecían a una familia de hidalgos acomodados próxima al cardenal Cisneros. Su padre, Juan Jiménez de Ávila García, era descendiente de los Cimbrones y García extremeños, primo del Cardenal Cisneros y Señor de Navarregadilla; y su madre María González Dávila Gasca, bisnieta del caballero castellano Gil González Dávila, Señor de Puente del Congosto (Salamanca).

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Boceto y retrato de Pedro La Gasca. Valentín Carderera (1847)

Los primeros años de su vida los pasa en Barco de Ávila, pero debido a las circunstancias familiares (enfermedad de su padre), Pedro es llevado a vivir a Puente del Congosto con su abuelo materno, Pedro García Gasca, señor de la villa. No habiendo en la villa “dómine” que se encargara de su enseñanza, a los diez años vuelve a El Barco de Ávila, donde estudió Humanidades con el Bachiller Minaya, en compañía de sus hermanos: Juan, Francisco y Diego. Durante varios años se formó con el Bachiller, el cual, complacido de la inteligencia de su discípulo, aconsejó a sus padres que le llevaran a Salamanca a continuar sus estudios de la carrera eclesiástica, a la cual se veía llamado.

Poco tiempo estaría el joven estudiante en Salamanca, pues al ir su padre a consultar a un médico la dolencia crónica que padecía, su mal se agravó y hubo de ser trasladado en una silla de manos de Salamanca a Navarregadilla, donde murió poco después (1513). Diego González Dávila, hermano de su padre, fue a Barco a consolar a su cuñada y a poner en orden los asuntos familiares, y contentado de la inteligencia de sus sobrinos Pedro y Diego, los llevó consigo a la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares, donde Pedro estudió durante once años, manifestándose como un alumno sagaz, intrépido, enérgico y fidelísimo al Rey, como demostró luchando en el bando realista en la guerra de las Comunidades. Tras realizar excelentes exámenes, fue el segundo alumno que se graduó  con el título de Maestro en Artes y el primero en conseguir el título de Maestro en Teología, con aplauso unánime de profesores y alumnos.

Desde que se graduó en Alcalá, Pedro de La Gasca firmó siempre como el «Licenciado La Gasca», sin adoptar nunca los apellidos que le correspondían, Jiménez de Ávila y García y González Dávila, al igual que sus hermanos. Quizá adoptara este apellido al elegir los apellidos que más le gustaban, como era costumbre, por afinidad a la familia materna o considerarlo de mayor abolengo que el Ximénez de Ávila.

Posteriormente pasa a estudiar en Salamanca Derecho Civil y Eclesiástico, pese a su frustrada idea de realizarlo en Italia (invadida por Francisco I) dio probadas muestras de su prudencia, sagacidad, tacto y energía que le granjearon la admiración de todos. Por su valía es nombrado Rector de la Universidad de Salamanca (en el curso de 1528-1529), y Vice-escolástico, cargos que simultaneaba con el de Subcolector Apostólico, elegido por el Nuncio Pogio. El acierto con el que desempeñó su cargo en la Universidad se plasmó en los Estatutos que él mismo realizó y que se mantuvieron durante muchos años. Fue elegido Rector del Colegio de San Bartolomé en dos ocasiones, donde se licenció en Cánones (1531).

Acabados sus estudios, fue ordenado sacerdote comenzando su carrera eclesiástica en la propia Salamanca, pero la influencia del cardenal Juan Pardo de Tavera le lleva a ser nombrado Juez Metropolitano en la Catedral de Toledo y Vicario en Alcalá de Henares (1537). Sería en el propio Toledo donde conoce personalmente a Carlos V, el cual le favorece y autoriza para que se haga cargo de un difícil proceso de sacrilegio en Valencia que el Consejo de la Inquisición que no acertaba a resolver, nombrándole Oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición, teniendo que abandonar el resto de sus cargos. Tras más de dieciocho meses de laboriosa investigación, entregó todo el proceso minuciosamente ordenado y resuelto a justicia, lo que le valió la admiración de los varones del Consejo de la Inquisición, e incluso la del propio emperador Carlos, quien le llamó a su cámara para oírle personalmente todo lo referente al caso.

Su primer cargo político fue el de Visitador de los Tribunales, Justicia y Hacienda de todo el Reino  de Valencia en 1541, a petición de las Cortes de Monzón, un cargo reservado a los allí nacidos. Durante estos años (1542-1545), Pedro de La Gasca se dedicó a comprobar la labor de los funcionarios, la recaudación de impuestos y el respeto a los poderes reales, así como aplicar los juicios de residencia a los ministros de justicia y ocuparse del adoctrinamiento de los moros, adquiriendo durante su desempeño un notable conocimiento de las funciones gubernativas.

A pesar de ser un hombre de letras, las circunstancias hicieron que La Gasca mostrara que debajo de su hábito sacerdotal había también un valiente guerrero, heredero de los antepasados de su familia. En 1543 se tuvo constancia, de manera secreta, que el corsario otomano Barbarroja y los franceses planeaban desembarcar y saquear las costas valencianas y la islas baleares. El pánico cundió entre los caballeros que intentaban organizar la defensa, con Fernando de Aragón (viudo de Germana de Foix), duque de Calabria y Virrey de Valencia, a la cabeza, pero aparece en escena Pedro La Gasca, echándoles en cara su cobardía y mostrando que era posible una defensa fortificando las playas e islas con los medios de los que disponían. El plan se traza según las exigencias de La Gasca y los intentos de Barbarroja de desembarcar son duramente rechazados por las defensas realizadas, obligando a los berberiscos a desistir de sus intentos de asaltar las costas levantinas.

Pedro de La Gasca es aclamado como un hombre providencial, volviendo a Castilla en 1545.

Las noticias de revueltas sucedidas en Perú, con la rebelión de Gonzalo Pizarro, sublevado contra las Leyes Nuevas y el gobierno del virrey Blasco Núñez Vela, muerto en la batalla de Añaquito, hizo que se reuniera en el verano de 1945 el Consejo de Indias con el príncipe Felipe (el Emperador se encontraba en Alemania) para adoptar una solución al conflicto. Entre los miembros del Consejo estaban los cardenales Tavera y Laoisa, el obispo de Sigüenza (Consejo Real de Castilla), el presidente de la Chancillería y varios nobles, debatiéndose entre dos posturas: la de enviar a un ejército para reducir la rebelión por la fuerza, y poner a un militar con experiencia al mando; y la de enviar a un hombre de letras, negociador, que consiguiera la obediencia por la vía de la persuasión y los halagos. Se optó por la segunda opción, y parece ser que fue el propio Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, quien propuso el nombre de Pedro La Gasca como la persona más capacitada para encomendarle la difícil tarea, diciéndole al príncipe Felipe: “Señor, Gasca tiene aún más carácter y energía que yo”.

Tras mandar un emisario al Emperador para darle cuenta de lo sucedido y acordado por el Consejo de Indias, Carlos V, orgulloso con el desempeño de La Gasca en los asuntos encomendados anteriormente, no solo aprueba su nombramiento, sino que escribió de su puño y letra una carta (fechada el 17 de septiembre de 1545) manifestándole su complacencia por su nombramiento como Presidente de la Audiencia del Perú, estableciendo que abandonase todos sus cargos  y realizase su salida hacia el Perú lo más pronto posible.

 

La iglesia de San Andrés

La iglesia de San Andrés está situada extramuros de la ciudad de Ávila, a pocos metros de la basílica de San Vicente, en el barrio de los canteros. Fue construida en el segundo cuarto del siglo XII, entre el 1130 y 1160, pese a que para algunos autores la consideran la más antigua y levantada hacia el 1100, mientras que para otros es posterior al arranque de las obras en San Vicente y San Pedro. Al igual que otros templos abulenses, la primera referencia documental la encontramos en la carta del cardenal Gil Torres en 1250. Sus reducidas dimensiones (29,75 m. de longitud interior, 15,65 m. de anchura y 11,45 m. de altura máxima en la nave central) hacen que se erigiera en pocos años, lo que se manifiesta al observar una gran unidad en el estilo constructivo, de románico pleno. Durante el devenir de los siglos se ha ido transformando tanto el interior como el exterior (sacristía, espadaña, armadura…), siendo intervenida en varias ocasiones (años 30 y 60 del siglo XX principalmente), con distinta fortuna.

 

El templo tiene una sencilla planta de tres naves, con triple cabecera, sin crucero, con una capilla mayor con arquerías murales ciegas con decoración y formas de clara influencia del norte peninsular (en concreto, del segundo maestro de San Isidoro de León). La capilla absidal de la Epístola cuenta con un arco polilobulado, de clara influencia islámica, al igual que algunos capiteles e impostas, o la propia cubierta de madera, solución utilizada habitualmente en el ámbito islámico. Las actuales cubiertas fueron reemplazadas ene l siglo XV. La torre, de sección cuadrada, tiene tres cuerpos, cada uno en progresión más pequeña, el primero de granito y el resto de arenisca, siendo el campanario una reforma de los años 60.

La fábrica está constituida por aparejo cuasi isódomo, de granito ocre y ripio, alzado sobre un zócalo de grandes sillares de granito de sobre un metro de altitud, al igual que otros templos románicos abulenses. Las portadas se sitúan a mediodía y poniente, mientras que en el muro norte permanece cegada una puerta gótica que daba paso a la sacristía, hoy desaparecida. En el caso de la portada oeste, se sitúa entre la torre y dos machones de sillares de granito, bajo una pequeña ventana, y protegido por un pequeño tejaroz que sobresale un pie. La portada, en arco de medio punto, está rodeado de una imposta ajedrezada con cuatro arquivoltas decrecientes, que descansan sobre columnas cortadas, y sus capiteles se decoran con hojas y animales fantásticos: grifo, paloma y arpía, muy deteriorados. La decoración se completa con un baquetón y una roseta de ocho puntas inscritas en un círculo en cada una de sus dovelas.

En la portada sur, donde inicialmente existieron dos portadas, las columnas y capiteles se conservan en mejor estado, distinguiéndose dos leones agachados, pero el arco externo está constituido por piezas lisas. Una espadaña clásica en ladrillo, que recuerda a la de Santa María de la Cabeza, corona la portada, mientras que en la portada norte continúa desnuda, con un diminuto vano.

De la cabecera se deduce que no tuvo un plan definido de construcción, dando como resultado distintos tipos de ábsides. Mientras que el central es muy profundo —y con arquerías murales—, los dos laterales son meras hornacinas, principalmente el de la Epístola, con el arco polilobulado relacionado con San Isidoro de León. En el exterior tiene una arquería ciega, con dos arcos sobre columnas, con capiteles historiados en un estado de conservación bastante pésimo. Bajo las ventanas y arquerías existe una cornisa de tres baquetas, sobre la cual se sitúa una imposta ajedreada.

En el interior, la capilla mayor continúa la misma estructura que el exterior, repitiendo los vanos ciegos y arquerías, pero con unos capiteles historiados, de gran calidad y con un gran repertorio de motivos diferentes. Las bóvedas de cañón y horno se abren tras un arco triunfal y un arco fajón sobre columnas ménsulas. El ábside lateral izquierdo tiene u altar barroco; y el lateral derecho el ya citado con el arco con cinco lóbulos sobre capiteles sin columna. En el resto del templo, arcos doblados apoyados en pilares cruciformes separan las naves.

A partir del siglo XX se acometieron varias restauraciones, excesivas en su mayoría de la mano de Arenillas Álvarez, que afectaron y transformaron los muros y portadas, así como la torre, superponiéndole un vasto campanario. Tras la última restauración, acometida entre 2008 y 2010 por la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, se han solventado problemas estructurales y humedades, devolviendo parte del esplendor inicial del templo.

El 23 de junio de 1923 es declarado Monumento Nacional.

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Fuentes

Enciclopedia del románico pgs. 173-180

https://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_de_San_Andr%C3%A9s_(%C3%81vila)

http://www.arteguias.com/iglesia/sanandresavila.htm

http://www.arquivoltas.com/24-Avila/02-AvilaSAndres.htm

http://www.fundacionpatrimoniocyl.es/textos01.asp?id=517&bmbi=BI

http://www.avilaturismo.com/es/galeria/item/36-iglesia-de-san-andr%C3%A9s

El cenotafio de los Santos Mártires Vicente, Sabina y Cristeta

El cenotafio de los Santos Mártires Vicente, Sabina y Cristeta, en la basílica de San Vicente en Ávila, es una de las joyas de la escultura románica funeraria española. Está situado en el transepto del templo, a un lado del brazo sur, con forma de nave de templo basilical y protegido por un baldaquino del siglo XV levantado sobre cuatro columnas, con tejadillo a dos aguas en la zona central y otros dos a un solo agua en los laterales, decorados con escamas y un San Miguel en la cúspide. En él están representados los escudos de las máximas autoridades civiles y eclesiásticas de la época: Castilla y León, el Papa, la catedral y el obispo don Martín Vilches.

La autoría del cenotafio es atribuida al maestro Fruchel, de origen borgoñón, el mismo que diseñó el trazado actual de la catedral de Ávila. Una obra maestra realizada hacia finales del siglo XII que, a día de hoy, y tras una profunda restauración, se puede contemplar la policromía original al haber sido retirada una capa de pintura blanquecina que la cubría (2007).

La zona central o parte alta del cenotafio está decorado con diez escenas, cinco por cada lado, que representan el juicio, martirio y muerte de los Santos. Comienza el relato en el ángulo nororiental en dirección opuesta a las agujas del reloj. En la zona inferior y en los cuatro ángulos se representan los doce apóstoles, agrupados de manera par, salvo en la cara que está representada la Epifanía. En los laterales de la zona inferior emergen cuatro arquillos polilobulados con capiteles y columnas perfectamente tallados. Sobre cada columna del interior, se levantan tres figuras —una por cada columna—, como conocidas como «ora et labora».

En el frontal anterior, orientado hacia el altar, observamos una Epifanía o adoración de los Reyes Magos (donde faltan los Apóstoles): el rey Melchor, arrodillado, ofrece su presente mientras Gaspar y Baltasar esperan tras él. La Virgen, sedente y coronada, sostiene al niño sobre su rodilla izquierda, girado hacia el rey. A la izquierda de la Virgen aparece un San José con pose ausente, con la cara apoyada en la palma de su mano izquierda y la derecha sobre un bastón en forma de tau.

En la parte posterior del cenotafio contemplamos un Pantocrátor flanqueado por dos de los tetramorfos: el águila de San Juan y el toro de San Lucas. Debajo, un doble vano trilobulado y, entre ambos, la rosa juradera, sostenida por un atlante a modo de columna. La rosa es dorada, perforada en el centro de sus pétalos y centrada entre dos arcos trebolados con radios distintos. Cabe destacar que esta rosa juradera era una de las tres en toda Castilla, junto a San Isidoro de León y Santa Gadea en Burgos, destinados a tal fin.

Fuentes

RUIZ AYÚCAR, Eduardo. Sepulcros artísticos de Ávila. Ávila, Institución Gran Duque de Alba, 1985.

http://roble.pntic.mec.es/~jvelayos/pagsvic.html

http://viajarconelarte.blogspot.com.es/2013/03/avila-ii-san-vicente-i-cenotafio-de-los.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Cenotafio_de_los_santos_Vicente,_Sabina_y_Cristeta