La venerable Mari Díaz, la «Virgen penitente de Ávila»

Mari Díaz nació hacia 1495, año arriba, año abajo, en Vita, un pequeño pueblo de la Moraña, en el seno de una familia de labradores acomodados. Hija de Alonso Díaz de Víctor y de Catalina Hernández, tuvieron varios hijos: Francisco, Alonso, Francisca y Mari Díaz. Los padres, cristianos viejos y caritativos, inculcaron los valores de la fe cristiana a su hija, quien lo que tenía lo repartía a los pobres, al mismo tiempo que pasaba todo el día en la iglesia.

Cuando fue doncella la casaron contra su voluntad con un joven de su edad, y ahí es donde las fuentes son poco claras y hay diversidad de opiniones, pues si bien algunos sostienen que no llegaron a ser velados ni jamás cohabitaron, otros dicen que si cohabitaron. Sea como fuere, al poco tiempo de casados, uno de los dos huyó, bien el marido puso pies en polvorosa, bien Mari Díaz. Lo cierto es que se libró del marido y, una vez que sus padres fallecieron, continuó viviendo con humildad en su aldea hasta que tuvo más de 40 años, ejercitándose en obra santas.

Con el tiempo, vino a Ávila para acudir a la contemplación y asistencia a la palabra de Dios y se instaló en una pequeña casita en el barrio de las Vacas, alrededor de año y medio, padeciendo una enfermedad bastante larga, agravada por la pobreza, y ganándose el sustento con el trabajo de sus manos con la aguja. Recibía la visita de personajes relevantes de la ciudad, e incluso uno de ellos, Juan de Santiago, quien descubrió en ella tesoros de virtud, perfección y paciencia, intentó que Mari Díaz fuese una buena maestra para su hija Ana Reyes, mostrándole el camino al cielo, y la llevó a vivir a una casita junto a la suya en la calle Santo Domingo, y allí residió algunos años.

En aquel tiempo comenzó a tratar con Ana Reyes y Santa Teresa de Jesús, con la que trató familiarmente, además de los padres de la Compañía de Jesús, siendo su confesor el padre Juan de Prádanos, el mismo que confesaba a Santa Teresa, la cual hizo que Francisco de Borja la viese y tratase, y aprobó su espíritu. El Padre Prádanos, junto con el rector de la Compañía, acordaron acomodarla entrando al servicio de una viuda importante, Guiomar de Ulloa, a la cual sirvió seis años, frecuentando cuando podía sus ejercicios espirituales.

Guiomar de Ulloa, que vivía muy cerca de San Gil, es la misma que ayudó a Santa Teresa. Mientras estuvo en su casa, Maridiaz tuvo que soportar las burlas de los pajes y criados, que incluso la dejaban sin comida al volver tarde de San Vicente. Tal fue la dedicación de Maridiaz a doña Guiomar, a la que cuidaba como si fuese su esclava, que la acompañaba en sus viajes.

Los padres de la Compañía de Jesús le pudieron licencia para que pudiera habitar en la tribuna de la iglesia de San Millán, donde pasó los últimos nueve años de su vida. Durante este tiempo, Maridiaz pasó cinco años con los Niños de Doctrina y cuatro con los colegiales, si bien aislada de unos y otros en un aposento que se hizo en el coro que tenían las monjas benedictinas a costa de Francisco de Salcedo, done abrieron en él una ventanilla que daba al altar mayor, y desde allí podía asistir al Santísimo Sacramento. Allí, Maridiaz fue atendida por una doncella llamada doña Juana de Vera.

El miércoles 12 de noviembre de 1572, habiendo madrugado para comulgar, al subir a sus aposentos se halló sin fuerzas y tuvieron que ayudarle para subir la escalera. Tuvo fiebre y quiso pasar la enfermedad en el suelo, en suma pobreza. La voz se corrió y fueron muchos los sacerdotes y personas piadosas que fueron a verla a San Millán. La velaron día y noche, hasta que al quinto día la administraron la Extremaunción.

Tal fue la devoción de las gentes de la ciudad que querían despedir y ver a la beata que hubo de poner porteros especiales para impedir la entrada y recibir su bendición. Hizo testamento y pidió que la enterrasen en San Millán, y a Santa Teresa y a sus hijas las mandó dos cruces que tenía y dos sayas viejas. Falleció a los 77 años.

El cadáver de Maridiaz fue amortajado y lo bajaron a la iglesia, donde lo pusieron en unas andas. Todas las cofradías se disputaban la honra de enterrarla, hasta que el Cabildo catedralicio acordó correr con los gastos del sepelio. Doblaron las campanas de la catedral y de casi todas las parroquias y conventos. Fue enterrada, como era su deseo, en la Capilla Mayor de San Millán. Sobre su tumba dos inscripciones junto a dos escudos:

Pretiosa in conspectu Domini

Preciosa es a los ojos del Señor

Mors Sanctorum ejus

La muerte de los justos

15330214975_c16dc68c3d_b
Antiguo Seminario. Capilla de San Millán. Vista desde el coro. Hoy desaparecido. Foto Mayoral Encinar. 22 julio 1955 – Archivo de D. Bernardino Jiménez Jiménez.

Bibliografía

Vida de la Venerable María Díaz (Maridiaz). Ávila, Imprenta Catól. y Encuadernación de Sigirano Díaz, 1914.

http://bibliotecadigital.jcyl.es/es/catalogo_imagenes/grupo.cmd?path=10066618

ARIZ, L. Historia de las grandezas de la ciudad de Auila. Alcalá de Henares, 1607.

http://los4palos.com/tag/mari-diaz/

Anuncios

La conversión paulina del arquitecto real Francisco de Mora

Francisco de Mora fue uno de los más importantes arquitectos españoles de finales del siglo XVI, y como discípulo de Juan de Herrera, uno de los máximos representantes de la arquitectura herreriana. Entre sus obras más importantes, destaca el Palacio ducal de Lerma, su obra maestra, y el convento de Santa Isabel o el Palacio de los Consejos o del duque de Uceda, por destacar algunos de sus proyectos y realizaciones.

Sin embargo, el arquitecto real Francisco de Mora sufriría una «conversión paulina» en torno a la figura de Santa Teresa, la cual va desde el más profundo desinterés al entusiasmo más entregado, que le lleva a costear de su propio bolsillo parte de la iglesia del Convento de San José de Ávila al convertirse en un gran lector y fiel devoto de la Santa abulense, lo que le lleva a alejarse en su obra de las pautas herrerianas para introducir un esquema innovador que vislumbraba algunos rasgos del barroco.

Según cuenta en una carta bajo juramento, Francisco de Mora oyó hablar varias veces de la madre Teresa sin que ello le hiciera interesarse por su figura, como en un viaje a Sevilla en compañía del padre Mariano, a quien Teresa de Jesús le dio el hábito en Pastrana, y en un convento de monjas descalzas de Santo Domingo en Ocaña, donde la priora le regaló un libro escrito de mano de la propia madre Teresa, «Las Moradas», para que lo leyese y aprovechase, cosa que no hizo.

Pero estando en Salamanca hacia 1586, y teniendo conocimiento que el cuerpo de la madre Teresa se hallaba en Alba de Tormes, fue a verlo. Habló con la priora, Inés de Jesús, quien le informó que el cuerpo lo habían trasladado a Ávila, pero que le enseñaría un brazo que conservaban. Se lo enseñó por la ventanilla del comulgatorio, envuelto en tafetán carmesí. A pesar de haber fallecido hacía cuatro años, el brazo parecía vivo. Francisco, en un arrebato y sin que se diesen cuenta, quitó un pedazo del brazo con la uña del tamaño de un garbanzo,  y lo envolvió en un papelito que guardó en un libro de horas, quedando los dedos bañados en óleo. La priora le dio un trozo de la túnica con la que habían enterrado a la Santa y este acontecimiento suscitó en él un deseo de ver con sus propios ojos a Teresa de Jesús.

Francisco partió entonces a Ávila, y tanto empeño y deseo tenía en llegar y ver el cuerpo de Teresa que incluso los criados no podían seguir su ritmo. Sería entonces —según Mayoral Fernández—, al pasar sobre el puente sobre el río Adaja, cuando la mula en la que viajaba tropezó y él, al llevar la pierna encima del arzón de la silla, el pie izquierdo en el estribo y el guardasol en la mano, cayó del lado izquierdo quedando colgado del arzón de la silla durante más de cincuenta pasos, pero sorprendentemente, y sin saber cómo, Francisco puso el pie en el suelo sin lastimarse y, aunque entonces no reparó, se dio cuenta que fue la madre Teresa de Jesús quién le favoreció.

Cuando fue al monasterio de San José, la priora María de San Jerónimo le dijo que era imposible ver el cuerpo, pues estaba en el Capítulo muy encerrado. Francisco, desconsolado, pidió que le abrieran la iglesia, y era tan pequeña que el arquitecto se afligió. Le preguntó a la priora por el nicho que estaba con reja debajo de la del coro, y le dijo que era para poner el cuerpo de la Santa Madre. De ahí Francisco de Mora sacó la planta y todo lo demás de la iglesia, del nicho.

Francisco prosiguió su viaje a El Escorial, donde estaba el Rey Felipe y la Infanta, y le dio la reliquia que había arrebatado de la madre Teresa, y al dar cuenta al Rey de su viaje, y enseñándole la traza que había sacado de la iglesia, le dijo que la guardara, cosa que hizo el arquitecto durante veintidós años.

Desde entonces, Francisco de Mora fue un gran devoto de la madre Teresa de Jesús, hasta el punto de leer sus libros impresos, como los todavía no impresos, como «Las Fundaciones», el cual obró un «pequeño milagro» con un criado suyo, un vizcaíno llamado Domingo, pues al sufrir un gran dolor de muelas y sacársele una de ellas, le llamó Francisco y le dijo que se pusiera de rodilla y tuviera mucha fe. Mostrándole el libro de las Fundaciones, le dijo que aquel libro había sido escrito por la mano de una gran santa, y que le curaría. Apenas le aplicó el libro en la parte del dolor, el vizcaíno le dijo: Señor, no me duele. Y ya no le dieron más.

Pero el destino haría que la madre Teresa de Jesús se cruzaría una vez en la vida de Francisco de Mora. Llegó a sus manos una carta escrita de puño y letra por la madre Teresa, y esas letras se las ponía encima del estómago cuando tenía frío en invierno. Además, supo que Francisco Guillamas, maestro de la Cámara del Rey, estaba realizando una capilla en el convento de San José de Ávila, y le pidió limosna para su realización. Al deberle el arquitecto 600 ducados, acordó abonarle la mitad y el resto enviárselo a las monjas del convento de San José.

A través de su confesor, Francisco de Mora supo que las obras que estaba realizando Guillamas no iban bien, pues pretendía realizar la cubierta de madera, en lugar de bóveda, y no dudó en hablar con el noble —que se encontraba enfermo—, y su mujer. Francisco de Mora se trasladó a Ávila y al llegar al convento de San José vio que sobre lo viejo habían levantado paredes de piedra seca y barro, llegando ya la obra cerca de poner los maderos para la bóveda. Habló con los oficiales, las monjas y la priora, Isabel de Santo Domingo, y les dijo que se encomendaran a Dios. El arquitecto estuvo tres días realizando plantas, perfiles y monteas, con tres capillas más de las que ya estaban realizadas, dejando dos: la realizada por Teresa de Jesús y donde está enterrado un hermano suyo; y otra donde está enterrado el clérigo Julián, confesor y compañero en las fundaciones de Teresa. Estas dos capillas, junto con la que estaba realizando Francisco Guillamas, hacían un total de seis.

Pasado este tiempo, volvió a hablar con las monjas y les dijo: «Madres, esta iglesia se ha de echar por tierra toda y se ha de hacer de nuevo, conforme á esta traza, porque va errada, y es menester que se alargue más, ya que no se pueden ensanchar, y que se le haga un pórtico muy hermoso, y la bóveda lo mejor que se pudiere, y no de madera». Les propuso muchas cosas, como si hubiera dinero, y todas les respondieron que estaban de acuerdo, salvo la priora que reparó y dijo «¿que de donde se ha de hacer eso, que no hay una blanca?». Y el arquitecto, en tono guasón y lleno de entusiasmo, le respondió: «Madre, no tenga cuidado, que Dios proveerá; y si no, venderemos un par de monjas».

Francisco de Mora volvió a la Corte y pidió dinero al Rey y a los nobles —no siempre consiguiéndolo—, y poniendo parte de su bolsillo para realizar el convento de San José de Ávila tal y como lo conocemos a día de hoy, viendo colmada la devoción de un arquitecto que llegó a tener una gran devoción por Teresa de Jesús, tras caerse de la mula en que viajaba, y cruzarse con la Santa abulense en numerosas ocasiones.

Fuente

Escritos de Santa Teresa, Vol. 2 pp.  381-386

La capilla de Santa Teresa en la mezquita-catedral de Córdoba

La capilla de Santa Teresa de la Mezquita-Catedral de Córdoba (España), también conocida como capilla del Cardenal Salazar o como capilla del Tesoro, se encuentra situada al lado del mihrab y fue fundada en 1697 por el cardenal Pedro de Salazar Gutiérrez de Toledo, que fue Cardenal de la Santa Cruz de Jerusalén y obispo de Córdoba entre los años 1686 y 1706. Era un auténtico admirador y devoto de Santa Teresa de Jesús y por ello creó, en honor de nuestra santa abulense, la capilla más hermosa de la Mezquita-Catedral, que también habría de albergar sus restos mortales, así como las obras más valiosas del tesoro de la catedral. El cardenal no llegó a ver finalizadas las obras de la capilla de Santa Teresa, pues falleció en 1706, y aunque las obras de construcción de la capilla finalizaron en el año 1703, su total dotación no se finalizó hasta el año 1712.

A la capilla se accede a través de una portada realizada con mármol de color negro y rojo. La portada está formada por un arco de medio punto, y está enmarcada por dos columnas dóricas que se asientan sobre altos basamentos. En la cornisa quebrada de la portada de la capilla se localiza el escudo del Cardenal Salazar.

La planta de la capilla es de forma octogonal y está cubierta por una cúpula gallonada, dividida en plementos por medio de abundantes yeserías. El tambor de la cúpula está horadado por ocho ventanales. En alzado presenta grandes pilastras, intensamente ornamentadas con yeserías, que sostienen ocho arcos de medio punto.

Además de la gran portada principal, hay dos pequeñas puertas realizadas en mármol; la situada a la izquierda comunica con una habitación rectangular, que se halla a su vez dividida en dos espacios por medio de una portada manierista realizada a comienzos del siglo XVII, en la que se encuentra expuesto de forma permanente el Tesoro de la Mezquita-Catedral. La puerta del lado derecho permite el acceso a la cripta.

El frente principal de la capilla está ocupado por el altar de Santa Teresa, con un retablo neoclásico de estuco; el sagrario tiene un relieve en bronce dorado que representa la Piedad, obra del artista italiano Virgilio Castelli, y fue traído desde Roma por el Cardenal Salazar; en la hornacina principal se encuentra la imagen de Santa Teresa, obra de José de Mora, realizada hacia el año 1705. En esta encontramos a la santa escribiendo, y parece escuchar la voz divina a través de los susurros de una paloma, que representa al espíritu santo, posada en su hombro derecho. Por encima de la imagen de Santa Teresa, sobre la cornisa, hay un tondo con un relieve que representa a Dios Padre.

Sobre las puertas que conducen al Tesoro y a la cripta hay sendos lienzos que representan a la Inmaculada Concepción y a la Asunción, procedentes ambos de la escuela granadina, y realizados en el último tercio del siglo XVII.


Extracto de la Conferencia “Santa Teresa, viaje desde el Renacimiento hasta nuestros días”, de Teresa Jiménez Hernández, en el ciclo de conferencias, “Ávila en Teresa

Imágeneshttp://www.artencordoba.com/

Los Cuatro Postes

En la Edad Media era tradición, o costumbre, situar en la entrada de las ciudades pequeños humilladeros o cruces como una muestra de piedad por parte del pueblo y para su fomento entre los viajeros. En Ávila, ciudad medieval y castellana, todavía hoy podemos contemplar alguno de ellos, como el situado a las afueras de la misma, en la carretera de Salamanca, y que tiene una gran tradición y afluencia de turistas al tratarse del mirador por antonomasia de la ciudad, desde donde se puede contemplar una magnífica panorámica de la ciudad: los Cuatro Postes.

avilacuatropostesnochepw

Su construcción fue realizada por Francisco de Arellano, maestro de cantería, quien participara en la cabecera de la iglesia del monasterio de Santa Ana o la cabecera de la iglesia de San Juan, hacia 1566. La iniciativa para la edificación fue por parte del Consistorio abulense, representada por el corregidor Rodrigo Dávila.

La estructura del monumento es muy simple: levantado sobre un pódium, con cuatro columnas dóricas que soportan un entablamento recorrido por una inscripción, hoy casi borrada, relativa al año de su construcción. En el frente, una cartela muestra el escudo de la ciudad y, aunque el plano inicial se proyectó un tejadillo a cuatro aguas, quizá nunca se realizó. En el centro, la imagen de San Sebastián, santo al que estaba consagrado el humilladero pues, recordemos, la ermita de San Segundo, inicialmente, estaba consagrada a éste santo, pero el hallazgo de los restos del obispo cambiaron la advocación de la iglesia, trasladándose el culto a San Sebastián a este emplazamiento, aunque actualmente la figura del centro, sobre una peana, es una cruz.

Leyendas

Tradicionalmente, se ha relacionado este humilladero con dos hechos, difícilmente contrastables, que pueden denominarse, incluso, leyendas.

En 1157, para agradecer el fin de una epidemia de peste que asolaba Ávila, sus habitantes hicieron una romería a la ermita de Narrillos de San Leonardo, quedando la ciudad desguarecida, cosa que fue aprovechada por una hueste musulmana para asaltar la villa y huir con lo que pudieron robar. Al enterarse de lo sucedido, los regidores Nuño Rabia y Gómez Acedo organizan una partida para perseguir a los asaltantes, dividiendo las tropas en dos grupos. Tras alcanzar a los musulmanes y derrotarles, la partida al mando de los corregidores volvió a la ciudad, descubriendo, para su asombro, que la otra hueste de jinetes había retornado antes, cerrando sus puertas y haciéndose con el control de la misma. Les exigían una parte del botín incautado a los musulmanes para poder entrar en Ávila.

La magnitud del conflicto fue tal que hasta el propio rey, Sancho III de Castilla, tuvo que intervenir, presentándose ante los muros de la ciudad amurallada, expulsando a los “usurpadores”, sancionándolos a vivir extramuros y quitándolos cualquier privilegio que pudieran tener. El Concejo abulense acordó repetir la romería anualmente, siendo el humilladero de los Cuatro Postes descanso para las autoridades según unos, y monumento para conmemorar éste desagradable acontecimiento, según otros.

Y no podía faltar Santa Teresa en la historia de este monumento. Según se cuenta, fue en este lugar donde la pequeña Teresa de Cepeda y su hermano Rodrigo fueron encontrados por su tío cuando huían “a tierra de moros” para evangelizar y morir como mártires. Y años después, según cuenta la tradición, sería en este lugar donde Teresa de Jesús, mirando hacia Ávila y sacudiéndose las sandalias, se le atribuye la frase que, posiblemente, nunca pronunciara, y tan tristemente célebre: “De Ávila, ni el polvo”.

los_cuatro_postes

Fuentes

Santa Teresa, patrona de España

Seguramente, por todos es sabido que el patrón de España es el apóstol Santiago, quién predicó la palabra de Dios por tierras tan occidentales como la península Ibérica y fue sepultado en la catedral de Santiago de Compostela. Pero seguro que la mayoría de ustedes desconocen que el nombramiento como patrón es compartido con la figura de una santa: Teresa de Jesús.

El nombramiento de Teresa de Jesús como patrona de España se remonta a las Cortes de 1617, donde el procurador general de la orden de los Carmelitas Descalzos mandó un memorial pidiendo a los diputados que tomaran a Teresa de Jesús “por su patrona y abogada en nombre de sus reinos y ciudades”, quizá en un intento de acelerar su canonización, pues todavía era beata. Surgiendo una agria polémica entre quién debería ser el patrón, si Santiago o Teresa, el rey Felipe III comunicaba en septiembre de 1618 que “S.M. por justas causas mandaba que el recibirla por patrona y hacer por ello fiestas cesase de todo punto hasta que S.M. mandase otra cosa”.   

En 1622, Teresa de Jesús fue canonizada como santa, y en las Cortes de 1626 volvieron a declarar a Santa Teresa patrona de España, a petición del rey Felipe III, seguramente por petición del conde duque de Olivares, muy devoto de la santa, siendo el título confirmado por el papa Urbano VIII en una Breve fechada el 21 de julio de 1627 “para recivir por patrona de España a la Santa Madre Teresa de Jesús” pero “sin perjudicar, innovar ni disminuir en manera alguna al patronato del Apóstol Santiago”. Esto supuso un enfrentamiento entre los santiaguistas y teresistas en las que el papado revocó el nombramiento a Santa Teresa, para no avivar más la polémica sobre el patronato.

El 3 de septiembre de 1811 se realizó una petición del restablecimiento del patronato o copatronato de Santa Teresa, a expensas de Antonio Larrazábal, diputado del reino de Guatemala, y la comisión que se encargó del asunto estableció que no era necesario un nuevo nombramiento de Santa Teresa como patrona de España, sino decretar que tuviera efecto el nombramiento realizado en las Cortes de 1617 y 1626.

El 27 de junio de 1812, las Cortes aprobaron el dictamen de la comisión y de nuevo la santa de Ávila se unió al patronazgo de Santiago sobre las Españas. Y el 28 de julio de ese mismo año, día en que se firma el decreto de proclamación de las Cortes de Cádiz, Santa Teresa es, hasta el día de hoy, patrona de España.

In laud’m S. Teresiae

Hispaniarum Patronae

Hymnus.

En alabanza de S. Teresa

Patrona de las Españas

Himno.

Gentis Hispanas gloria,

Sponsa Cristi amabilis,

Sanctae que prolis ínclitae

Mater, et lux clarissima.

Cum te Patronato clamitent

Et milites, et praesides,

Cunctaque Natio Hispánica,

Per te favores impetrent.

Tu bella cum nos cingerent,

Qumvis non visa in praelio,

In coelo nobis adderas

Ad robur, et axilium,

Jam Hispani ad hostilia

Tanquam leones ibimus,

Simulque jam clamabimus

Jacóbum,  et Teresiam,

Tu, cum á Christo audieris

Meam zelabis gloriam,

Dá nobis hostes vincere,

Qui fidem Cristi vulnerant,

Jesu, tibi sit gloria,

Qui per preces Teresiae

Hic nos á malis liberas ,

Donans aeterna guadia. Amen

Gloria de nuestra España ,

Virgen de Cristo amable,

Y de una santa prole

luz clarisíma y Madre:

Pues te aclaman Patrona

Jueces, y militares,

Y la nación entera.

Por ti fabor alcancen.

Oprimidos dé guerra,

Aunque acá no baxaste,

Desde el Cielo nos dabas

Fuerza y valor bastante.

Como fieros leones.

Iremos ya al combate,

Y Santiago, y Teresa

Clamaremos constantes;

Y pues Cristo te dixo

Que su gloria celases,

Alcánzanos victoria

De los que la fe ultrajen.

Jesús, á ti la gloria,

Que nos libras de males

Por Teresa , y concedes

Los gozos celestiales. Amen

Fuentes

Fernández Fernández, Maximiliano. “Ávila en la guerra de la Independencia” en VV.AA. Ávila durante la guerra de la Independencia. Ávila, Institución Gran Duque de Alba, 2010 pgs. 173-175

Thompson, Irving A.A., “La cuestión de la autoridad en la controversia sobre el Patronato de Santa Teresa de Jesús” en De Re Publica Hispaniae: una vindicación de la cultura política en los reinos ibéricos en la primera modernidad / coord. por Francisco José Aranda Pérez, José Damiâo Rodrigues, 2008, pgs. 293-320

Los pájaros y la iglesia de Santa Teresa

Supongo que muchos de vosotros habéis visto la película de Los Pájaros de  Alfred Hitchcock, producida en 1963, pero también es posible que no todos conozcan un detalle de esta película. En la escena donde los niños salen corriendo de la escuela Potters, al fondo, se ve la torre de un campanario y el tejado de un templo. Ésta iglesia se trata, en la realidad, de la parroquia de Santa Teresa de Ávila.

Está situada en el condado occidental de Sonoma en la localidad de Bodega Bay la parroquia se encuentra cercana a la archidiócesis de Santa Rosa y San Francisco, a la que pertenece.

La iglesia debe su nombre a la hermana de los carpinteros navales, Jonh y Jasper O´Farrell, que la construyeron en 1860, y que se la regalaron al Arzobispo Alemany de San Francisco. El arzobispo, en agradecimiento, dedicó la iglesia el día 2 de junio de 1862 a Santa Teresa de Ávila, al llamarse Teresa la hermana de los constructores y donantes.

8479562811_a35097d3ef_c

Photo credit: Don McCullough / CC BY


Extracto de la Conferencia “Santa Teresa, viaje desde el Renacimiento hasta nuestros días”, de Teresa Jiménez Hernández, en el ciclo de conferencias, “Ávila en Teresa“.

Fuente:

Una iglesia de Santa Teresa de Ávila, de película. Diario de Ávila

El éxtasis de Santa Teresa

Una de las representaciones escultóricas más famosas en el mundo entero de Santa Teresa se la debemos a Gian Lorenzo Bernini.

Más que ante una escultura, nos encontramos ante un grupo escultórico realizado en mármol blanco tallado con postizos (varas de madera dorada), realizada por encargo del cardenal Cornaro, para ser colocada donde iría su tumba para la Capilla Cornaro de Santa María de la Victoria de Roma, donde actualmente se encuentra. Está considerada una de las obras maestras de la escultura del alto barroco romano. Retrata la imagen de santa Teresa de Ávila durante el don místico de la transverberación que describe en su Libro de la Vida.

Todo el conjunto fue supervisado y completado por Bernini entre 1647 y 1652 durante el papado de Inocencio X.

Durante este tiempo, Bernini había caído en desgracia debido a que se le relacionó con los gastos excesivos del papado de Urbano VIII (octavo), lo que le privó en gran medida del mecenazgo pontificio, aunado al hecho de que el papa Inocencio dio mayor preferencia al rival artístico de Bernini, Alessandro Algardi.

Debido a esta situación, Bernini estaba disponible para ser contratado por patrones privados, entre ellos, el cardenal veneciano Federico Cornaro, que había elegido la iglesia de Santa Maria della Vittoria de los carmelitas descalzos como su capilla de enterramiento. Puesto que quiería evitar que lo enterrasen en Venecia, ya que su nombramiento como cardenal por el papa Barberini Urbano VIII, realizado mientras su padre Giovanni era dogo, había creado cierto escándalo en su ciudad natal y había generado enfrentamientos dentro de las familias. Federico Cornaro eligió la capilla izquierda de la iglesia, donde previamente se encontraba una representación de San Pablo en éxtasis, que fue reemplazada por esta imagen de Santa Teresa de Jesús, escritora mística, reformadora y primera santa carmelita, y que cuya canonización era reciente.

Se completó en 1652 costando la por entonces exorbitante suma de 12.000 escudos.

La obra representa el éxtasis o transverberación de Santa Teresa basado en sus propios escritos. Según ellos, en un arrebato místico, sintió cómo un ángel se le aparecía en sueños y le atravesaba el pecho con una flecha de amor divino que le provocó una sensación de dolor y gozo simultáneo que la dejó desfallecida y suspendida en el aire, levitando sobre las nubes.

El tema es típico del Barroco, tanto por su idea propagandística y visual de las emociones religiosas, como por su actualidad en ese momento. Bernini, como otros autores, se hace eco del hecho y, utilizando la propia bula, crea una nueva iconografía en donde buscará transmitir, de forma emocional, el concepto abstracto del éxtasis para hacerlo entendible por el pueblo.

La obra supera propiamente lo escultórico para convertirse en un verdadero escenario en donde se mezcla arquitectura, escultura, pintura y luz. La capilla, de forma cuadrada, tiene en sus dos paredes laterales sendos relieves que representan a miembros de la familia Cornaro. Se asoman a una especie de palco teatral desde el cual observan el milagro.

Al fondo se encuentra el grupo principal, encerrado en un altar de formas curvilíneas. Sobre él se encuentra, pintado y con nubes de estuco, una representación de la Gloria en la que se abre un gran ventanal que derrama luz cenital sobre la capilla. El espectador entra, de esta manera, dentro de la obra, es rodeado e incluido en ella, tomando un papel activo. Bernini concibió todo el conjunto desde ese punto ideal que ocuparía el fiel, controlando de esta manera su visión.

3

En el grupo central, el autor consigue transmitir un fuerte dinamismo a través del cruce de diagonales, formando un aspa. Se puede observar una línea imaginaria que va desde la cabeza del ángel hasta el pie de la santa, cruzándose con otra generada por el cuerpo recostado de Santa Teresa.  Resultando un grupo abierto, con un fuerte movimiento de los ropajes que contribuye a transmitir una sensación de agitación, reforzada, por la sensación de inestabilidad provocada por la falta de apoyo de los personajes, suspendidos en el aire.

Esta misma sensación de movimiento podemos verla reflejada en la actitud del ángel que, con su flecha, mirada, y su gesto de levantar el ropaje, nos lleva en la dirección de la acción, hacia el cuerpo de la santa.

La luz de la composición está muy estudiada y trabajada por Bernini, está dirigida desde la zona superior (luz cenital), y se va derrama y envolviendo toda la escena, creando una verdadera sensación de aparición milagrosa al espectador. Los rayos de madera dorada que acentúan la sensación anteriormente descrita, sirviendo, además, como simbolismo de lo divino.

Las distintas superficies esculpidas están tratadas con un verdadero virtuosismo, dando un aspecto casi real de las texturas que semejan blandas en las carnes y duras y con cuerpo en los ropajes de la Santa y livianas pegadas al cuerpo del ángel. Esto lo consigue tratando la superficie con un mayor o menor pulido, que dará un distinto aspecto a las partes al reflectar la luz sobre la obra.

Las figuras consiguen transmitir los sentimientos. Bernini consigue que la Santa exprese su éxtasis con los ojos cerrados y la boca entreabierta, en un estado lánguido de su cuerpo desmayado que nos revela su mano. Frente a este estado de pérdida de consciencia, la fuerte expresividad de las telas y paños flotantes, consiguen plasmar de forma plástica la agitación y temblor del momento. En contraste con esta figura, encontramos al ángel que con sus gestos ofrece un contrapunto de serenidad que acentúa más el estado de la santa.


Extracto de la Conferencia “Santa Teresa, viaje desde el Renacimiento hasta nuestros días”, de Teresa Jiménez Hernández, en el ciclo de conferencias, “Ávila en Teresa“.