Sebastián de Vivanco, el polifonista ignorado

Prácticamente un desconocido para muchos, y eclipsado por la figura de Tomás Luis de Victoria —no solo en el tiempo, al ser contemporáneos, también comparten lugar de origen: Ávila—, Sebastián Vivanco es una de las figuras más importantes de la música española del siglo XVI.

Poco conocemos de la infancia del futuro compositor, salvo que tuvo un hermano, Gabriel, y que cantó en el coro de la catedral, encaminando sus estudios hacia el sacerdocio. Con 25 años, siendo subdiácono, se trasladará a Lérida donde ocupa el cargo de Maestro de Capilla en la catedral, al menos durante poco tiempo, despidiéndole “por ciertas causas justas que no afectan a su honor”. En febrero de 1577, ocupa el maestrazgo en la catedral de Segovia, donde permanecerá durante diez años. En esta etapa fue diácono y ordenado sacerdote en 1581.

sebastian-de-vivanco

Sebastián Vivanco fue cogiendo prestigio en las diócesis, y el cabildo de la catedral de Sevilla le hizo una oferta que no podía rechazar, y a la ofrecida por la diócesis abulense apenas podía compararse. Sin embargo, la incertidumbre y seguramente las ganas de regresar a su ciudad natal, hizo que Vivanco se trasladara a Ávila y tomara posición de su cargo en marzo de 1588.

A pesar de lo poco que se conoce de esta época, si tenemos una descripción detallada del traslado del patrón san Segundo. Además, parece ser que no tenía en gran estima la figura de Tomás Luis de Victoria, al rechazar unos ejemplares de composiciones del maestro, porque “no son a propósito de esta santa iglesia”.

La etapa salmantina de Sebastián Vivanco comienza el 30 de septiembre de 1602, consiguiendo allí sus mayores hitos como músico. Salamanca tenía el aliciente de la universidad, la cual le permitía compaginar sus puestos musicales con los de la catedral. Y será en la diócesis charra donde permanecerá durante el resto de su vida compaginando los puestos de catedrático de música y maestro de capilla. De hecho, no hubiera conseguido estos puestos si no hubiera tenido una graduación académica -de récord- en la Universidad de Ávila, en Santo Tomás, donde obtuvo, tras superar los exámenes pero sin cursar los cursos, el grado de bachiller, licenciado y maestro que le permitieron cobrar el sueldo completo de su cátedra de música, regularizando de esta manera en pocos meses su situación académica.

La obra de Sebastián Vivanco es la más prolífica de todos los maestros salmantinos anteriores al siglo XVIII, encontrándose la mayoría de ellos en tres cantorales polifónicos publicados entre 1607 y 1610: Liber magnificarum, Libro de misas, Libro de motetes, himnos… etc.

El compositor fallece el 25 de octubre de 1622 en Salamanca, enterrado por orden del cabildo en la propia catedral salmantina, un honor y privilegio dado a quien fue y es uno de los más importantes compositores polifonistas de nuestra historia.

Bibliografía

http://www.tomasluisvictoria.es/node/155

http://www.tomasluisvictoria.es/node/1221

https://es.wikipedia.org/wiki/Sebasti%C3%A1n_de_Vivanco

http://musicaesferas-izarraketailargia.blogspot.com/2011/03/sebastian-de-vivanco-el-gran.html

http://www.musicaantigua.com/el-gran-polifonista-olvidado/

Anuncios

El cardenal Diego de Espinosa Arévalo

Diego de Espìnosa nació en septiembre de 1513, en el lugar de Martín Muñoz de las Posadas (Segovia), aunque por aquel entonces pertenecía al obispado de Ávila. Sus padres, de familia noble y pudiente, eran Diego González de Espinosa y Catalina de Arévalo. Estudió en la Universidad de Salamanca licenciándose en Derecho civil y canónigo. Emprendió una carrera profesional que le llevó a ser nombrado como Juez de Apelación en la Curia Arzobispal de Zaragoza, y a través del obispo de Sigüenza Fernando Niño de Guevara fue nombrado Provisor de la diócesis de Sigüenza. Por mediación de este obispo, el rey Felipe II le nombró Oidor en la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid y después Oidor en la Casa de Contratación de Sevilla. Persona válida y capaz, se ganó el favor del rey, quien le designaría como Regente en el Consejo Real de Navarra, y el 3 de mayo de 1562 pasó al Consejo Supremo y Real de Castilla, designado presidente el 10 de agosto de 1565 tras la muerte de su antecesor. Seguir leyendo “El cardenal Diego de Espinosa Arévalo”

Juan Díaz Rengifo

El nombre de Juan Díaz Rengifo es un seudónimo utilizado por el jesuita Diego García Rengifo en su gran obra «Arte poética española con una fertilísima silva de consonantes comunes, propios, esdrújulos y reflejos». Diego García Rengifo fue natural de Ávila, por sus referencias en su Arte poética, cercano a los Condes de Monterrey, y perfecto conocedor de su colegio, al haber estudiado en él. Residió en Salamanca —al menos en 1592—, y conocemos que fue él el autor al conservarse el concierto de impresión de su Arte Poética, firmado por P. Diego García y el impresor Miguel Serrano de Vargas, hallado en el Archivo de Salamanca, y que confirma su autoría.

En 28 de febrero de 1592 años. Escritura de Obligación entre el padre Difego] G[arcía] y Miguel Serrano de Vargas. Sepan quantos esta pública escritura de obligación hieren como yo Miguel Serrano de Bargas, mercader de libros, vecino de esta ciudad de Salamanca, otorgo y conozco por esta presente carta que me obligo por mi persona y bienes de ymprimir e que ymprimire al padre Diego García de la Compañía de Xesús desta ciudad de Sal[aman]ca myll y seiscientos cuerpos del arte poético, el qual tengo de ymprimir en letra de letura y en su cursiba…K

Las razonas que le llevaron a utilizar seudónimo son variadas: quizá porque la iniciativa de publicar la obra vino por par de los propios miembros de la Compañía de Jesús, incluso de sus superiores, a modo de servir de libro de texto en sus colegios. O también porque para su publicación debía pasar una censura de tres especialistas, y podía verse perjudicado por acusaciones de heterodoxia ante el Santo Oficio. O por el contrario, porque su financiación no vino por parte de la Compañía de Jesús, si no de terceros, posiblemente Gaspar de Zúñiga y Acevedo, Conde de Monterrey, al que está dedicada la obra.

Su magna obra Arte poética incluye poesía, donde concede más importancia a la doctrina que al deleite, métrica y un pequeño diccionario de rimas, adelantando un tipo de poesía manierista ingeniosa y artificial, en el que se valoraba la dificultad, lo que llevó a tener cierta importancia en el Barroco. Fue un libro muy popular, con varias reimpresiones hasta mediados del siglo XVIII.

La obra de Rengifo fue tan popular por la incorporación de las silvas que permitían de manera fácil y habilidosa la construcción de rimas: algo tan sencillo como un tipo de diccionario inverso en el que importan, no la primera letra o la palabra o el significado, sino las silabas finales para localizar una rima que se acomode al ripio.

IMG_20180803_105308

Por su importancia y relevancia en el mundo de las letras fue considerado para incluirle en el Monumento a las Grandezas de Ávila, en el apartado de Escritores.

40800050_17836873

Fuentes

DÍAZ RENGIFO, Juan. Arte poetica española con una fertilissima sylva de consonantes comunes, propios, esdruxulos, y reflexos, y un… (1759) 

FERRER, David. Ávila y la literatura del Barroco. Ávila, Monografías literarias, Institución Gran Duque de Alba, 2004.

PÉREZ PASCUAL, Ángel. Juan Díaz Rengifo y su Arte Poética Española.
Ávila: Institución Gran Duque de Alba, 2011

PÉREZ PASCUAL, Ángel.  El verdadero autor del arte poética española (Salamanca, 1592) de Juan Díaz Rengifo y el uso de seudónimos en los escritores jesuítas del Siglo de Oro.

https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_D%C3%ADaz_Rengifo

 

Diego Mexía Felípez Velásquez Guzmán, el valido del valido

La historia tiende a olvidar a aquellos que merecen ser recordados, ya sea por sus descubrimientos, actos, obras o hazañas, y que por diversas circunstancias han caído en el olvido, sin que apenas se les recuerde. Uno de estos personajes es Diego Mexía de Guzmán, militar y político del siglo XVII, mano derecha del conde duque de Olivarsles que, caído en desgracia, apenas se le recuerda, a pesar de su largo expediente al servicio de la Corona española.

Sin embargo, su nombre se recuerda en el Monumento a las Grandezas de Ávila, como hombre ilustre abulense. A pesar de ser descendiente de abulenses —su padre lo fue—, nada hace sospechar una vinculación con la noble villa de Ávila, salvo llevar a la espalda el honor del apellido Dávila. Quiso la suerte, el azar o la casualidad de querer verse rescatado del olvido en este insigne monumento, pese a que pocos le conozcan.

leganes-1

Diego Mexía Velásquez nació alrededor de 1580, sin que se pueda confirmar ni la fecha ni el lugar de nacimiento. Hijo de Diego Velásquez Dávila Messía de Ovando, primer conde de Uceda y Marqués de Loriana, de una rama menor de los Dávila; y de Leonor de Guzmán y Rivera, de una rama segunda de los Guzmán, tía del conde duque de Olivares. Fue educado como era menester, y en 1614 ingresó en la Orden de Santiago, llegando a ser caballero de hábito Trece, una de las dignidades mayores de la orden, reservada para las notorias familias, y Comendador Mayor de León. Debido a las buenas relaciones con su familia, ascendería rápidamente, lo cual le granjería críticas durante toda su vida. Diego es descrito como “una persona afable, de notable inteligencia, una cierta habilidad para los negocios, poseía cualidades administrativas y militares y de buen gusto para el arte, siendo uno de los mecenas más destacados de aquellos tiempos”.

Diego Mexía emprendería una carrera militar donde sumaría grandes éxitos y restaría grandes fracasos, al igual que la monarquía hispánica en una España llena de luces y sombras. Comenzó su andaza militar combatiendo en Flandes desde 1600, donde ejerció como Menino de la archiduquesa Isabel, y tuvo la suerte de salvar la vida al Archiduque Alberto de Austria en la batalla de las Dunas, lo que le valió que fuese nombrado por el archiduque como gentilhombre de su cámara y desde entonces desempeñó puestos relevantes en las batallas contra los holandeses, como la campaña del Palatinado (1620) o la batalla de Juliers (1622), como capitán de caballos y Maestre de Campo junto a Ambrosio de Spínola, quien estableció una relación de padrinazgo con el joven Diego y que posteriormente se convertiría en su yerno. Cuando el Archiduque Alberto de Austria falleció volvió a Madrid gracias al apoyo de su primo el conde duque, valido del rey, convirtiéndose en hombre influyente y acaudalado.

italianos_xvii16
La Rendición de Juliers por Jusepe Leonardo

Ya en Castilla, Diego Mexía fue nombrado gentilhombre de la Cámara de Felipe IV en julio de 1624, nombrado Maestre de Campo General del ejército de Castilla al año siguiente, cooperando en el ataque inglés sobre Cádiz, y acompañaría al rey y a Olivares en su viaje a la Corona de Aragón, nombrándole «tratador» en las Cortes de Aragón de 1626. A todo ello, sumaría el título de Capitán general de la Caballería de Flandes, aunque no se encargaría nunca de ésta función; y después de la Artillería de España.

Por sus servicios, fue recompensado nombrándole miembro del consejo de Estado, y en 1627 se le otorgó el marquesado de Leganés. Fue entonces cuando cambió su nombre por el de Diego Felípez de Guzmán, al igual que Olivares, añadiendo el “Felípez” en honor al rey, para ganarse el favor del soberano y conseguir títulos y rentas.

 

En 1627 se casó con una dama de honor de la reina Isabel de Borgón, Políxena Spínola, hija de Ambrosio Spínola, con una fastuosa dote de doscientos mil ducados, y le fue encargada la titánica tarea de la aceptación de la Unión de Armas por las provincias de Flandes fieles a la monarquía de Felipe IV. Consiguió, con relativa facilidad, la aceptación del proyecto, demostrando sus buenas dotes como político y valedor de otras tareas de mayor envergadura. Fue recompensado con su nombramiento como presidente del Real y Supremo Consejo de Flandes y Borgoña, al considerarle un gran experto en los Países Bajos.

            En febrero de 1630 fue enviado, junto con el marqués de Mirabel, como ayudante del marqués de Aytona, embajador extraordinario en Bruselas ante la infanta Isabel Clara Eugenia, gobernadora de los Países Bajos, sirviendo Diego Mexía como enlace entre Olivares y la infanta. En julio fue nombrado Maestre de Campo General, compartiendo las responsabilidades militares del ejército de Flandes y en septiembre participó en la incursión que se realizó sobre Alemania desde Flandes. En 1634 llegaría a desempeñar el cargo de Gobernador de armas del ejército de Alsacia, con la misión de garantizar el paso del cardenal-infante Fernando a los Países Bajos para que tomara posesión como gobernador, y recuperar las plazas alsacianas, en poder de los protestantes.

      En 1635 fue nombrado gobernador y capitán general del Estado de Milán, teniendo que hacer frente a alianza de los duques de Parma, Mantua y Saboya, apoyados por la Francia del cardenal Richelieu. Pese a solicitar ser relevado de su cargo en Milán, debido a la muerte de su esposa y aduciendo razones de salud, Olivares se lo deniega alegando la falta de buenos hombres. Tras varias vitorias en Italia en 1639, a partir de 1640 fracasó en la toma de la fortaleza de Casale, terminando con una retirada de miles de hombres en el campo de batalla y un gran botín en manos francesas. La derrota fue tan dura que el propio Olivares se vio obligado a retirarse del gobierno de Milán en 1641.

El Marqués de Leganés llegó a la Corte de Felipe IV en septiembre de 1641, y en noviembre le pusieron al mando del ejército de Cataluña para luchar contra los insurrectos catalanes, apoyados por Francia, y pese a algunos éxitos iniciales en Tarragona, la importante derrota en la batalla de Lérida (1642) le hicieron caer en desgracia hasta ser relevado de su cargo en 1643, a la caída de sus protector Olivares.

Pese a la caída de su gran protector, su gran valía hizo que en 1645 fuese puesto al mando del ejército de Extremadura, liderando una ofensiva contra los portugueses, y después fuese nombrado virrey nominal de Cataluña, donde defendió con éxito Lérida (1646), permaneciendo en el cargo hasta 1648.

Con la muerte del heredero al trono español, el propio rey Felipe le escribe informándole del suceso y resaltando la importancia de la misión que tenía encomendada: el sitio de Fraga, realizando la retirada con gran orden y salvando gran parte de sus efectivos en Balaguer. A su vuelta a Madrid, Diego Mexía recibió el título de teniente de Campo del Rey de los ejércitos de España, un gran privilegio al alcance de muy pocos: representar la persona del rey en todo lo relacionado con la guerra, autorizándole a poder ordenar y nombrar cargos y oficios de guerra en nombre del rey.

Nuevamente, fue enviado a la frontera con Portugal, donde sufriría otro fracaso en su nuevo intento de reconquistar Olivenza en 1648. Las campañas de finales de la década de los cuarenta fueron para Leganés de suerte incierta y padeció todas las penurias de la crisis en la cual había entrado la monarquía desde 1640, dirigiendo un ejército de Extremadura cada vez menos abastecido.

En los últimos años de su vida, cambió la Presidencia del Consejo de Flandes por el Consejo de Italia, cargo de mayor prestigio social y político con el que puso fin a su actividad pública, hasta su muerte en febrero de 1655.

 

Fuentes

ARROYO MARTÍN, Francisco. El marqués de Leganés, apuntes biográficos. Espacio, tiempo y forma. Serie IV, Historia Moderna, nº 15, 2002, pgs. 145-186

https://es.wikipedia.org/wiki/Diego_Mexía_Felípez_de_Guzmán

http://ancienhistories.blogspot.com.es/2015/12/la-caballeria-de-flandes-y-sus.html

http://www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-moderna/ascenso-caida-del-marques-leganes

 

 

Pedro La Gasca, obispo de Palencia y Sigüenza (III)

«Era muy pequeño de cuerpo, con extraña hechura, que de la cintura abajo tenía tanto cuerpo como cualquiera hombre alto y de la cintura al hombro no tenía una tercia. Andando a caballo parecía aún más pequeño de lo que era porque todo era piernas; de rostro era muy feo, pero lo que la naturaleza le negó de los dotes del cuerpo se los dobló en los del ánimo… pues redujo un Imperio, tan perdido como estaba el Perú, al servicio de su Rey”.

Inca Garcilaso de la Vega

1252-9-valentin-carderera-1847-boceto-y-retrato-pedro-de-la-gasca-biblioteca-nacional-espana

Tras volver del Perú, donde había pacificado la región terminando con la rebelión de Gonzalo Pizarro, Pedro La Gasca fue nombrado obispo de Palencia por el emperador Carlos V, al quedar vacante la mitra tras el fallecimiento de Luis Cabeza de Vaca, maestro del propio emperador. Pidió que le consagraran obispo antes de embarcarse hacia Alemania, donde tenía que ir a encontrarse con el Emperador para darle cuenta de su Real Servicio en el Nuevo Mundo, consagrándole obispo de Vich, Juan Tormo en Barcelona (17 de mayo de 1552). Ocho días después, partió rumbo a Génova, donde estuvo alojado tres días en la casa de Andrea Doria, y desde allí partió hacia Tortona y Milán, parando en casa de Juan de Luna, y reuniéndose en Mantua con el príncipe Felipe, a quién describió su expedición. En Trento le recibieron los prelados españoles que estaban en el Concilio de Trento, en Volcán le saludó el príncipe Maximiliano, pasó por Inskbruk y el 12 de agosto entró en Augusta.

En la ciudad alemana se encontró con el emperador Carlos V, el cual, a pesar de estar convaleciente de gota, le recibe en su cámara donde le detalla largamente su pacificación del Perú. Entre las distinciones con las que Carlos quiso premiar a su vasallo, le concede en su escudo, que constaba de dos cuarteles, el de la derecha un león entre cuatro castillos y en el de la izquierda los trece roeles, sostenidos por dos genios, se añadiese seis banderas, tres por el lado con la letra P y en medio de ellas una anda con la inscripción: « Caesari restitutis Perú Regnis Tiranorum spolia».

Después de muchos agasajos, encomio y admiraciones recibidas, La Gasca retornó a España, comprando antes un tríptico que regaló «a su pueblo el Barco, por haber sido allí bautizado», del pintor flamenco Brujas, maestro de Van Eyck. El accidentado retorno duró hasta el 25 de marzo de 1553, cuando ocupó su silla episcopal en Palencia. Desde entonces y hasta el 19 de agosto de 1561, gobernó la diócesis palentina, hasta que el rey Felipe le promovió para ocupar la diócesis de Sigüenza, puesto que ocupa hasta su muerte, acaecida el 10 de noviembre de 1567. A pesar de tener gran influencia en la Corte y su consejo era bien valorado, poco se dejaba ver por ella, solamente cuando sus deberes pastorales se lo imponían. Cuando alguien le comentaba por qué no se dejaba ver con más frecuencia por la Corte, respondía, tajante: « Los que tienen sagradas obligaciones que cumplir no pueden ni deben gastar el tiempo pavoneándose por los palacios del César».

Pedro La Gasca mandó edificar la iglesia de la Magdalena de Valladolid, a la que dotó de una renta de 225.000 maravedís, construyendo enfrente una casa donde vivirían los trece capellanes. El motivo que le llevó a fundar esta iglesia lo expresa en la escritura fundacional, fechada en Sigüenza el 6 de septiembre de 1567:

Nos, D. Pedro Lagasca, Obispo y Señor de Sigüenza, Obispo que fuimos de Palencia, del Consejo de S.M., fundamos y edificamos la Iglesia de la Magdalena de Valladolid y la dotamos para suplir las faltas que tuvimos en celebrar sobre todo en tiempos de N. S. el Emperador Carlos V, en la visita de los tribunales del Reino de Valencia y en la defensa de aquel Reyno, y de las islas de Mallorca, Menorca e Ibiza, y cuando en 1542 atacó el turco con el francés, y en la ida al Perú; y así que en más de ocho años casi no dijimos misa (no nos atrevimos) aunque teníamos las licencias para no caer en irregularidad.

E incluso pidió y obtuvo del papa Pio IV una bula (de 14 de octubre de 1564) para que en la iglesia de la Magdalena se dijeran dos misas cada mes mediante el rito mozárabe, pues como decía el propio La Gasca, «De tanta devoción y uso en España y en tiempo de las persecuciones dentre los cristianos, y porque no hay razón que oficio tan antiguo caiga en olvido».

La iglesia de la Magdalena fue el lugar escogido para el descanso eterno de Pedro La Gasca, donde fue enterrado. En su majestuosa fachada, a los pies del templo, preside el escudo en piedra más grande del mundo del propio clérigo. En su interior, concretamente en el centro de la nave (inicialmente se encontraba en la capilla mayor, pero fue trasladado a mediados del siglo XX) se encuentra el sepulcro, realizado en jaspe y alabastro, del escultor Estebán Jordá. El obispo La Gasca aparece representado con los atributos episcopales: libro en la mano, capa pluvial, mitra y cetro, en actitud yacente de reposo tranquilo, con la inscripción a los pies «accepit regnum decoris et diadema speciei de manu Domini» (recibió un glorioso reino y una hermosa corona de mano del Señor. Sab. V, 16).

La persona de Pedro La Gasca estuvo ligada a la villa de Barco de Ávila, donde su familia tenía posesiones y se conserva la llamada «Casa de los Gasca», situada antiguamente en la Plaza de los Vados. Lamentablemente, fue derribado en los años 70 para construir  las oficinas de la Caja de Ahorros de Ávila, salvándose únicamente la portada, ubicadas actualmente en la entrada del patio del C.E.P. Juan Arrabal.

Otros sitios que recuerdan la figura de Pedro La Gasca, o Lagasca, como se mantiene en numerosos sitios, es en los callejeros, tanto de la villa de Barco de Ávila, Ávila o Madrid.

Bibliografía

CARVAJAL GALLEJO, I. (1981): Don Pedro de Lagasca pacificador del Perú. Caso único en la Historia. Esbozo de estudio biográfico. Coloquios históricos de Extremadura.

GARCILASO DE LA VEGA, Inca (1617): Historia General del Perú o Segunda Parte de los Comentarios Reales.

FUENTE ARRIMADAS, Nicolás de la (1925): Fisiografía e historia del Barco de Ávila. Senén Martín, Ávila.

LÓPEZ HERNÁNDEZ, Francisco (2004): Personajes abulenses. Caja de Ávila, Ávila, pgs 349-351

RAMÍREZ DE ARELLANO, Carlos (1870): El licenciado Pedro de La-Gasca, estudio biográfico. Revista de España. Tomo XV (58)

SAN MARTÍN PAYO, Jesús (1992): Don Pedro La Gasca (1551-1561). Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses (63): 241-328.

Webgrafía

https://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_de_la_Gasca#Obra_escrita

http://www.santamariadeloscaballeros.com/personajes.asp

http://www3.uah.es/cisneros/carpeta/galpersons.php?pag=personajes&id=78

http://pueblosoriginarios.com/biografias/lagasca.html

http://www.alcaldesvcentenario.org/index.php?option=com_content&view=article&id=107&Itemid=100

http://los4palos.com/2014/04/08/un-escudo-en-pucela-y-una-tarea-en-peru/

Pedro de La Gasca, Pacificador del Perú (II)

El Licenciado Pedro de La Gasca fue nombrado Presidente de la Audiencia del Perú el 16 de febrero de 1546 con la difícil tarea de pacificar el Perú, que se hallaba en el más absoluto caos tras la sublevación de Gonzalo Pizarro, aceptando tras imponer una serie de condiciones:

“No marcharía al Perú sin que el Emperador le diese poder llano y absoluto, como si fuera el César, para nombrar los cargos que vacaren, separar incluso al virrey, perdonar cualquier clase de delitos cometidos y que se cometieren hasta la rendición del Perú, no solo de oficio, sino contra instancia de parte. No quiero sueldo ni recompensa de especie alguna; con mis hábitos y mi breviario espero llevar a cabo la empresa que se me confía. No quiero más que mi sustento y el de mis acompañantes y pido que se nombre persona que reciba e invierta el dinero y así no se crea que me guía la codicia”.

Estas condiciones causaron admiración y asombro en el Consejo de Indias, y ante su insistencia para que alterara sus condiciones, el licenciado insinuó que renunciaría al cargo, además de escribir al Emperador su deseo de volver a España tan pronto como acometiese la misión encomendada: “Como tengo por cierto que no se pretende desterrarme de mi Patria, en cuanto consiga lo necesario para la pacificación del Perú, pido llevar licencia y aún esperar otra, para volverme a España”. Tras pasar dos días con su madre en Barco de Ávila para despedirse de ella, el 26 de mayo de 1546 embarcó en Sanlúcar de Barrameda acompañado de su hermano Juan y del caballero abulense Alonso de Alvarado, y el 27 de julio llegaba a Nombre de Dios (Panamá).

 

El recibimiento al desembarcar no fue, ni mucho menos, cordial. Sembrado de gritos, amenazas y  burlas por su apariencia, la única respuesta del Licenciado fue mostrar buen semblante. Desde el primer momento comenzó a poner en práctica el plan que había elaborado: sosegar y pacificar a todos, e incluso conceder el perdón por los desórdenes cometidos al estar autorizado a ello. Su gran labor diplomática no tardó en mostrarse, ganando a su causa el general Pedro de Hinojosa y los demás jefes de la armada pizarrista, quienes fueron perdonados por su rebeldía y la promesa de nuevas encomiendas de indios. Más tarde se le unieron otros rebeldes pizarristas como Sebastián de Benalcázar, Pedro de Valdivia, el oidor Pedro Ramírez, el contador Juan de Cáceres y Lorenzo de Aldana. Por algo diría el Maestro de Campo Francisco de Carvajal “que las mañas y palabras del clérigo eran más de temer que las lanzas del Rey de Castilla”.

El mismo Gonzalo Pizarro intuía, a través de las ministras que intercambió por La Gasca y las noticias que de él tenía, que bajo la apariencia de hombre modesto se ocultaba un poder moral más fuerte que el de todos sus soldados cubiertos de acero, pues actuando silenciosamente frente a la opinión pública, minaba toda fuerza y poder, ratificado por el rebelde Juan de Acosta que llegó a decir “este cura del cayadillo es mucho más de temer que un ejército”. Además, el levantamiento del capitán Diego Centeno, que conquista Cuzco, supone otro frente para Pizarro, pero éste mantiene su empeño, y condena a muerte a La Gasca, Hinojosa y Aldama.

Al fracasar su intento de buscar una solución pacífica al conflicto de los rebeldes pizarristas, el presidente La Gasca no pierde un instante. Reúne y equipa sus tropas, colocándolas en los lugares más estratégicos para vencer a los rebeldes, y en abril de 1547 parte de Panamá con una flota de dieciocho navíos y unos dos mil soldados veteranos con buen armamento, desembarcando en el puerto de Manta (Ecuador), y continuando su marcha por los Andes, donde tienen que atravesar precipicios y nieve, hasta acampar en el valle de Xaquisaguana, donde le esperaba el ejército de Gonzalo Pizarro.

Antes de comenzar la batalla cerca de Cuzco, el 9 de abril de 1548, La Gasca ofrece nuevamente el perdón a los rebeldes para que depusieran las armas, pero no tiene prisa por comenzar la campaña: contaba con que parte de las fuerzas de pizarristas se pasaran a su bando, como así fue (desertaron el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega y el oidor Diego Vásquez de Cepeda), y en recibir apoyos desde Guatemala, Popayán y Chile.

Prácticamente, no hubo batalla. Los efectivos rebeldes se fueron pasando al ejército realista y Gonzalo Pizarro, viéndose casi solo, preguntó a su lugarteniente Juan de Acosta: “¿Qué haremos?”, a lo que le contesta, furioso: “Arremeter al enemigo y morir como romanos”. Pero Pizarro, reconociendo su derrota, le replica: “Mejor es morir como cristianos” y adelantándose, entrega su espada a Juan de Berrio Villacencio, presentando su rendición. Al ser conducido ante el presidente La Gasca, le hizo una respetuosa inclinación, y éste le preguntó, con severidad, por qué había puesto al país en esta situación, levantándose en armas contra el Emperador, por qué había asesinado al Virrey Blasco Núñez Vela, usurpado el gobierno y rechazado las ofertas de perdón que le había ofrecido en repetidas ocasiones. Gonzalo Pizarro trató de justificarse vanamente, sin que ello convenciera al Presidente de la Audiencia del Perú.

La justicia aplicada a los rebeldes fue un ejemplo para todos, nombrándose un tribunal que aplicase la ley, y en el que Pedro La Gasca no quiso intervenir. Los cabecillas Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal fueron sentenciados a muerte, y otros muchos fueron condenados a azotes, destierro, trabajo en galeras y confiscación de sus bienes.

Terminaba la guerra, el presidente se dedicó a gobernar. Realizó el Reparto de Guaynarima (16 de agosto de 1548), distribuyendo encomiendas entre los soldados, dejando a muchos insatisfechos. Sentó sobre bases firmes y permanentes la autoridad real, realizando un ordenamiento racional y económicamente la explotación de las minas, saneó la hacienda pública y organizó la contabilidad, aumentando la recaudación y aliviando el peso de los contribuyentes. Por todo ello fue aclamado en Lima como «Padre restaurador y pacificador del Perú».

 

Pedro de La Gasca consideró que su misión había terminado y consideró volverse a España. Su partida produjo gran estupor entre los indios, quienes llevaron a apreciarle y le mostraron su agradecimiento ofreciéndole gran cantidad de plata, que no aceptó. Los colones españoles, al despedirle en el navío (27 de enero de 1550), le llevaron como regalo 50.000 castellanos de oro. A ello, el presidente les dijo: «No lo acepto. He venido a pacificar el Perú y a servir al Rey y no quiero deshonrarme con un acto que empañaría mi pureza de conciencia y mis intenciones».  Desde Nombre de Dios, partió hacia España el 24 de mayo de 1550, llegando a Sanlúcar el 14 de septiembre y desembarcando en Sevilla el 24, aclamado por la muchedumbre y depositando en la Casa de Contratación el Tesoro que traía consigo, llegando igual que se fue, con la misma sotana, brevario y cayado.

El Emperador Carlos V escribió a Pedro La Gasca desde Augusta (Alemania) en términos de mucho reconocimiento: «Y puede ser cierto que lo que se ofreciere, tenemos siempre memoria de vos como lo merecéis». Le ordenó que fuera a verle, como así lo establecía el Real Servicio, junto con gran cantidad de oro y plaza. También le recomendaba que antes de emprender el viaje fuese a Barco de Ávila a abrazar a su madre, con la que pasó casi un mes.

 

Pedro de La Gasca, hombre de letras (I)

Nació en el lugar de Navarregadilla, perteneciente a Santa María de los Caballeros (Ávila), hacia 1493, siendo bautizado en la iglesia parroquial de Barco de Ávila a los nueve días de su nacimiento. Sus padres pertenecían a una familia de hidalgos acomodados próxima al cardenal Cisneros. Su padre, Juan Jiménez de Ávila García, era descendiente de los Cimbrones y García extremeños, primo del Cardenal Cisneros y Señor de Navarregadilla; y su madre María González Dávila Gasca, bisnieta del caballero castellano Gil González Dávila, Señor de Puente del Congosto (Salamanca).

1252-9-valentin-carderera-1847-boceto-y-retrato-pedro-de-la-gasca-biblioteca-nacional-espana
Boceto y retrato de Pedro La Gasca. Valentín Carderera (1847)

Los primeros años de su vida los pasa en Barco de Ávila, pero debido a las circunstancias familiares (enfermedad de su padre), Pedro es llevado a vivir a Puente del Congosto con su abuelo materno, Pedro García Gasca, señor de la villa. No habiendo en la villa “dómine” que se encargara de su enseñanza, a los diez años vuelve a El Barco de Ávila, donde estudió Humanidades con el Bachiller Minaya, en compañía de sus hermanos: Juan, Francisco y Diego. Durante varios años se formó con el Bachiller, el cual, complacido de la inteligencia de su discípulo, aconsejó a sus padres que le llevaran a Salamanca a continuar sus estudios de la carrera eclesiástica, a la cual se veía llamado.

Poco tiempo estaría el joven estudiante en Salamanca, pues al ir su padre a consultar a un médico la dolencia crónica que padecía, su mal se agravó y hubo de ser trasladado en una silla de manos de Salamanca a Navarregadilla, donde murió poco después (1513). Diego González Dávila, hermano de su padre, fue a Barco a consolar a su cuñada y a poner en orden los asuntos familiares, y contentado de la inteligencia de sus sobrinos Pedro y Diego, los llevó consigo a la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares, donde Pedro estudió durante once años, manifestándose como un alumno sagaz, intrépido, enérgico y fidelísimo al Rey, como demostró luchando en el bando realista en la guerra de las Comunidades. Tras realizar excelentes exámenes, fue el segundo alumno que se graduó  con el título de Maestro en Artes y el primero en conseguir el título de Maestro en Teología, con aplauso unánime de profesores y alumnos.

Desde que se graduó en Alcalá, Pedro de La Gasca firmó siempre como el «Licenciado La Gasca», sin adoptar nunca los apellidos que le correspondían, Jiménez de Ávila y García y González Dávila, al igual que sus hermanos. Quizá adoptara este apellido al elegir los apellidos que más le gustaban, como era costumbre, por afinidad a la familia materna o considerarlo de mayor abolengo que el Ximénez de Ávila.

Posteriormente pasa a estudiar en Salamanca Derecho Civil y Eclesiástico, pese a su frustrada idea de realizarlo en Italia (invadida por Francisco I) dio probadas muestras de su prudencia, sagacidad, tacto y energía que le granjearon la admiración de todos. Por su valía es nombrado Rector de la Universidad de Salamanca (en el curso de 1528-1529), y Vice-escolástico, cargos que simultaneaba con el de Subcolector Apostólico, elegido por el Nuncio Pogio. El acierto con el que desempeñó su cargo en la Universidad se plasmó en los Estatutos que él mismo realizó y que se mantuvieron durante muchos años. Fue elegido Rector del Colegio de San Bartolomé en dos ocasiones, donde se licenció en Cánones (1531).

Acabados sus estudios, fue ordenado sacerdote comenzando su carrera eclesiástica en la propia Salamanca, pero la influencia del cardenal Juan Pardo de Tavera le lleva a ser nombrado Juez Metropolitano en la Catedral de Toledo y Vicario en Alcalá de Henares (1537). Sería en el propio Toledo donde conoce personalmente a Carlos V, el cual le favorece y autoriza para que se haga cargo de un difícil proceso de sacrilegio en Valencia que el Consejo de la Inquisición que no acertaba a resolver, nombrándole Oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición, teniendo que abandonar el resto de sus cargos. Tras más de dieciocho meses de laboriosa investigación, entregó todo el proceso minuciosamente ordenado y resuelto a justicia, lo que le valió la admiración de los varones del Consejo de la Inquisición, e incluso la del propio emperador Carlos, quien le llamó a su cámara para oírle personalmente todo lo referente al caso.

Su primer cargo político fue el de Visitador de los Tribunales, Justicia y Hacienda de todo el Reino  de Valencia en 1541, a petición de las Cortes de Monzón, un cargo reservado a los allí nacidos. Durante estos años (1542-1545), Pedro de La Gasca se dedicó a comprobar la labor de los funcionarios, la recaudación de impuestos y el respeto a los poderes reales, así como aplicar los juicios de residencia a los ministros de justicia y ocuparse del adoctrinamiento de los moros, adquiriendo durante su desempeño un notable conocimiento de las funciones gubernativas.

A pesar de ser un hombre de letras, las circunstancias hicieron que La Gasca mostrara que debajo de su hábito sacerdotal había también un valiente guerrero, heredero de los antepasados de su familia. En 1543 se tuvo constancia, de manera secreta, que el corsario otomano Barbarroja y los franceses planeaban desembarcar y saquear las costas valencianas y la islas baleares. El pánico cundió entre los caballeros que intentaban organizar la defensa, con Fernando de Aragón (viudo de Germana de Foix), duque de Calabria y Virrey de Valencia, a la cabeza, pero aparece en escena Pedro La Gasca, echándoles en cara su cobardía y mostrando que era posible una defensa fortificando las playas e islas con los medios de los que disponían. El plan se traza según las exigencias de La Gasca y los intentos de Barbarroja de desembarcar son duramente rechazados por las defensas realizadas, obligando a los berberiscos a desistir de sus intentos de asaltar las costas levantinas.

Pedro de La Gasca es aclamado como un hombre providencial, volviendo a Castilla en 1545.

Las noticias de revueltas sucedidas en Perú, con la rebelión de Gonzalo Pizarro, sublevado contra las Leyes Nuevas y el gobierno del virrey Blasco Núñez Vela, muerto en la batalla de Añaquito, hizo que se reuniera en el verano de 1945 el Consejo de Indias con el príncipe Felipe (el Emperador se encontraba en Alemania) para adoptar una solución al conflicto. Entre los miembros del Consejo estaban los cardenales Tavera y Laoisa, el obispo de Sigüenza (Consejo Real de Castilla), el presidente de la Chancillería y varios nobles, debatiéndose entre dos posturas: la de enviar a un ejército para reducir la rebelión por la fuerza, y poner a un militar con experiencia al mando; y la de enviar a un hombre de letras, negociador, que consiguiera la obediencia por la vía de la persuasión y los halagos. Se optó por la segunda opción, y parece ser que fue el propio Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, quien propuso el nombre de Pedro La Gasca como la persona más capacitada para encomendarle la difícil tarea, diciéndole al príncipe Felipe: “Señor, Gasca tiene aún más carácter y energía que yo”.

Tras mandar un emisario al Emperador para darle cuenta de lo sucedido y acordado por el Consejo de Indias, Carlos V, orgulloso con el desempeño de La Gasca en los asuntos encomendados anteriormente, no solo aprueba su nombramiento, sino que escribió de su puño y letra una carta (fechada el 17 de septiembre de 1545) manifestándole su complacencia por su nombramiento como Presidente de la Audiencia del Perú, estableciendo que abandonase todos sus cargos  y realizase su salida hacia el Perú lo más pronto posible.