La muralla de Ávila

La muralla de Ávila es el monumento más representativo de la ciudad. De gran singularidad y belleza, cuenta con un perímetro de 2.516 m., 87 torreones — inicialmente 88, pero uno fue derribado para levantar la capilla de San Segundo a fines del siglo XVI— que lo convierte en el recinto urbano amurallado mejor conservado del mundo. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1985, la muralla es la mejor carta de presentación de Ávila, un magnífico telón de fondo visitado por miles de turistas anualmente y representado en cientos de fotografías, lienzos y películas.

Su origen es objeto de gran controversia entre los historiadores, siempre vinculado a un pasado romano del que si bien se puede constatar la ocupación de la ciudad desde el siglo I a.C., no así la existencia de una cerca hispanorromana sobre la cual se levantaría la actual. De hecho, no se han encontrado evidencias de una base romana en ninguno de sus tramos, lo que lleva a creer que de haber existido una muralla en época imperial no sería más que una mera empalizada con una base de piedra en la base. Solamente se han hallado unas superposiciones de sillares en la puerta del Alcázar, donde se fusionan materiales de tradición indígena y romano, y en la puerta de San Vicente, en la cual se han hallado sendos verracos a cada lado de la zona de paso —uno tallado en la roca, el otro desplazado—, siendo un claro ejemplo de sincretismo entre la tradición vettona y la civilización romana, pero no necesariamente asociados a la muralla, sino como hitos en una zona de paso.  Por tanto, se considera que de haber existido una muralla romana no sería de gran envergadura al tratarse de un pequeño asentamiento sin la categoría de urbe, que debía de pagar tributo considerando extranjeros a sus habitantes y, en cualquier caso, no puede concebirse como el origen de la actual defensa.

Tras el declive del imperio romano, la ciudad de Ávila permaneció poblada, convirtiéndose en una capital de relativa importancia en los siglos VI y VII, bajo dominación visigoda. El cómo se defendió la ciudad frente a las constantes amenazas —principalmente los ataques suevos del siglo V— nos induce a pensar en la organización de un sistema defensivo, siendo de esta época las torres cuadrangulares empotradas en los torreones que flanquean las puertas del tramo oriental. En su construcción reutilizan elementos funerarios romanos, al igual que en los lienzos oriental y meridional, donde se observan gran número de sillares reutilizados, apreciados a simple vista al no coincidir tanto en dimensiones como en disposición, e incluso estelas funerarias del antiguo cementerio romano, localizado en las inmediaciones de la zona de la basílica de San Vicente. Pese a ello, otras evidencias arqueológicas refutan esta hipótesis y consideran que estas primitivas torres deberían enmarcarse a comienzos de la Edad Media, hacia el siglo XI o principios del siglo XII.

Al igual que su origen, el trazado de la muralla no está muy claro, generando, también, un interesante debate: no parece asumible que tuviera el enorme perímetro actual, sino que fuese más reducido en un primer momento —se ha estimado un cerramiento por el oeste en la calle Tres Tazas—, de tal manera que la defensa romana fuese absorbida por la medieval. Hasta el momento, las evidencias arqueológicas no permiten asegurar que el trazado actual, correspondiente con la muralla medieval, fuese el trazado inicial de la probable cerca romana y la defensa visigoda.

Imagen de elviajerofeliz.com
Imagen de elviajerofeliz.com

La repoblación de Ávila, encomendada al conde Raimundo de Borgoña en el año 1088 por parte del rey Alfonso VI, hizo que la ciudad se dotara de un recinto amurallado ante la amenaza de ataques musulmanes, la propia inestabilidad de los reinos de Castilla y de León con continuos enfrentamientos armados que alteraban la seguridad de la población.

La construcción de la muralla medieval, con dos lienzos y relleno interior, fue dirigida por dos maestres de geometría – Casandro, romano, y Florín de Pituenga, francés – según la tradición, y terminada en tan sólo nueve años, lo cual parece poco verosímil. El nuevo trazado es datado hacia mediados y finales del siglo XII, realizada en austero estilo cristiano, pese a la numerosa mano de obra musulmana, aunque si podemos apreciar la huella de alarifes mudéjares en detalles decorativos en las partes altas de los lienzos norte y oeste, además de arquillos realizados en ladrillo, encuadrados en un alfiz.

La muralla marcará la jerarquía y las funciones de los distintos espacios de la ciudad. Mientras en los arrabales se desarrollaban las labores artesanales y agrícolas, junto con otras actividades industriales, en el interior se desenvolvían las actividades institucionales y gran parte de la actividad comercial y de servicios. Durante los siglos XII y XIII, la muralla fue testigo de un gran desarrollo urbanístico de la ciudad, en la que se construyeron la Catedral, el Alcázar, el palacio episcopal y la mayor parte de los templos románicos, además de casonas palaciegas, próximas a los paramentos defensivos de la muralla, con materiales precarios como mampostería.

El perfeccionamiento de las técnicas ofensivas en el medievo — técnicas de asalto, lanzamiento de proyectiles, etc.— exigió dotar de nuevos elementos defensivos — foso y contrafoso, puentes levadizos, matacanes, barbacana, antemuralla… — siendo la reforma más notable el cimorro de la catedral, en la segunda mitad del siglo XV, cuando la cabecera se completa con un triple adarve almenado y matacán corrido, que acentúan el carácter defensivo de la fortaleza, junto con el Alcázar, hoy desaparecido.

La gran labor constructiva del siglo XVI, coincidiendo con la época de mayor esplendor político, económico y demográfico de la ciudad, determinó un auge en las actividades constructoras —tanto pública como privada— que llevó al reemplazo de las precarias casonas palaciegas medievales por palacios renacentistas de las grandes familias nobiliarias. A este siglo tan fructífero le siguió un largo periodo de decadencia como fue el siglo XVII y parte del XVIII, limitando las intervenciones constructivas en la muralla a reparaciones de urgencia, y marcado por la ausencia de la nobleza —emigrada a la Corte buscando cargos en la Administración—, al aumento de la presión fiscal y la sucesión de epidemias que llevarán a una paralización de las actividades económicas y a una profunda recesión de la ciudad.

Progresivamente, la muralla va perdiendo su carácter defensivo aunque adquiere cierto protagonismo en conflictos puntuales como la Guerra de la Independencia (1701-1703), en la cual no se interviene directamente en la contienda pero se tapian algunas puertas y se fortalecen sus muros; y la Guerra de la Independencia (1808-1814), a pesar de no impedir la invasión de las tropas napoleónicas al mando del mariscal Lefèvre.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, la muralla comienza a tener una función contemplativa, buscando una recuperación idealizada del monumento, libre de adosamientos excepto de las arquitecturas monumentales, pasando a ser apreciado y admirado como monumento histórico, ganando la batalla a aquellos sectores que la consideraban un freno al desarrollo urbano y abogaban por su derribo tal y como se estaba haciendo en algunas ciudades europeas, gracias al empeño del Ayuntamiento y a su declaración como Monumento Nacional (24 de marzo de 1884).

La muralla de Ávila ha sido el escenario elegido para multitud de películas nacionales e internacionales, siendo Ávila un «destino de película» gracias a la monumentalidad de sus lienzos, contribuyendo a difundir el rico patrimonio histórico de la ciudad. Entre las numerosas producciones que tienen la muralla como telón de fondo, señalamos «Orgullo y Pasión» (1957) con Cary Grant, Frank Sinatra y Sofía Loren; «Campanadas a medianoche» (1965), de Orson Welles; la serie «Teresa de Jesús» (1984), con Concha Velasco en el papel principal; «Los señores del acero» (1985), de Paul Verhoeven; o «La sombra del ciprés es alargada» (1990), adaptación homónima de la obra de Miguel Delibes, ambientada en las calles de Ávila.

El visitante de la ciudad de Ávila puede deleitarse con la belleza de su muralla realizando un recorrido a lo largo de sus más de tres kilómetros de perímetro exterior, en los que puede contemplar, además de su grandeza, multitud de lugares pintorescos de entrañable belleza, como el Jardín de Prisciliano, el lienzo norte o el paseo del Rastro, además de palacios renacentistas, vestigios de otro tiempo, y los templos románicos que rodean la muralla, como si de un cinturón espiritual se tratara.

A través sus nueve puertas, el visitante recorrerá las calles de una ciudad protegida por su muralla, y si decide recorrer su adarve —dividido en dos tramos visitables, 1.700 metros en total—, podrá contemplar, desde una posición privilegiada, entre cumbres y torres, la majestuosidad de una muralla orgullo de los abulenses y que invitamos a imaginar, soñar y descubrir.

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La muralla de Ávila (y sus múltiples usos)

Ay, qué murallas tan altas,

Ay, que remanso de nieve,

Ay, qué niña tan bonita

dichoso el que se la lleve

(Jota popular)

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Nuestra muralla es el emblema, orgullo y pasión de nuestra ciudad. Con casi tres kilómetros de recorrido, nueve puertas y 87 torreones, todos los abulenses nos sentimos identificados con el monumento, construida en tiempos remotos para la defensa de nuestros antepasados y la llevamos en el corazón exportando y proyectando su imagen a cada rincón del planeta, ya sea a través de reproducciones en miniatura, nombres de comercios, empresas, logos, el Murallito o manifestaciones artísticas y/o fotográficas, pues si de algo podemos presumir, es que la muralla queda estupenda en fotos y cuadros, en cualesquiera de sus lienzos, sobre todo cuando nieva y sale en la televisión abriendo informativos.

La muralla se configura como un gran cinturón que abraza a la ciudad hasta casi asfixiarla, una obra magnífica que nos ha llegado hasta hoy con un aspecto inmejorable, rejuveneciendo a cada año que pasa, siendo un joyero extraordinario que guarda en su interior un casco antiguo que todavía es un diamante por pulir, pero pese a toda la afluencia masificada de turistas que claman por sus subir a sus muros… ¿cuántos de vosotros, abulenses, habéis subido a la muralla?

No nos cansamos de admirarla, eso está claro, pero si subir a ella y por ello pocos lo hacemos, solamente cuando es absolutamente necesario, como cuando unos vienen amigos de otra ciudad y les explicamos o inventamos la ciudad desde las alturas, o cuando queremos ligar y buscamos un lugar idílico y romántico donde pasear con nuestra pareja – y que no tenga escapatoria –.  De hecho, no conozco todavía a ningún abulense que salga a dar una vuelta “por el adarve de la muralla” y mucho menos el increíble caso de dos conocidos que se encuentran arriba por casualidad. Hago constar que la entrada para los abulenses es gratuita, si llegan a cobrarnos… pues eso, que suban los turistas, nosotros ya lo tenemos todo muy visto.

Como testigo mudo e inmóvil de la ciudad, la muralla ha visto el devenir de su historia y su uso ha sido transformado con el paso de los siglos, pasando de fortaleza que evitaba ser asaltada por huestes de bárbaros, a usos turísticos y recreativos. Todo niño abulense que se precie ha jugado en el paseo de El Rastro a subirse a las piedras junto a la muralla bajo atentas observaciones del peligro que ello conllevaba y haciendo caso omiso de ellas seguro que ha podido comprobar la veracidad de estas advertencias, luciendo inclusive algún recordatorio cutáneo del lugar. Éstos niños, cosas que tiene el tiempo, crecen y pasan a ser ellos los que den e impongan la prohibición de subirse a las piedras – “En esa piedra me caí yo” – a sus hijos, sobrinos y animales de compañía, creando un bucle infinito que pasa de padres a hijos por los siglos de los siglos.

 Pero si hay algo que nos gusta a los abulenses son los espectáculos pirotécnicos en la muralla, aunque digamos que siempre es lo mismo. De hecho, es lo que esperamos, año tras año, el día de la Virgen del Pilar y el día de la Santa con gran ilusión. Bueno, quizá con ilusión no, pero es algo que todo abulense de pro espera ver, ya sea desde el recinto ferial, Fuentebuena o los Cuatro Postes. Durante el espectáculo pirotécnico – y musical –, es típico que durante los cohetes artificiales simulen que incendian la muralla y siempre, por regla general, tradición o estupidez, hay alguien que dice: ¿y si la incendian de verdad? Seguro que lo han oído. Eso y ¿ya no hay fuegos artificiales en el Grande? Donde también era tradición que la ceniza cayera sobre algunos afortunados abulenses que clamaban al cielo bendiciendo tal suerte.

Además, y para no movernos de nuestro fotogénico lienzo norte, con su hierbecita verde, su espadaña y sus humedades, cuando nieva se transforma en una improvisada pista de culoesquí, donde centenares de nosotros acudimos a participar en una multitudinaria guerra de bolas de nieve, hacemos ángeles y muñecos de nieve o nos tiramos por la loma a velocidad endiablada sobre improvisados trineos, plásticos o rodando hasta dar con nuestros huesos en el helado suelo acabando exhaustos, calados y con leves signos de hipotermia pero felices, pues la felicidad se compone de pequeñas cosas como estas.

Ávila no se puede entender sin su muralla, y debemos seguir reclamando su figura y su importancia, ya sea con actividades como “abrazar la muralla” – en un esfuerzo colectivo de abulensidad –, consolidarla como muro de las lamentaciones, acantonarnos toda la ciudad tras sus muros y proclamar la independencia o realizar un Gran Hermano abulense, amenazar con derribarla para darnos cuenta de su valor histórico, moral y sentimental o explotarla como reclamo del próximo film de Almodóvar.

Sea como fuere los abulenses no podemos escapar ni del embrujo ni del encanto de nuestra muralla, pero no debemos olvidar que si aún sigue en pie es porque no tuvimos dinero para tirarla.

El relato anterior forma parte del libro “El mundo según los abulenses” (2015), éxito superventas en la Feria del Libro abulense y que nos sirve para presentar el éxito que ha supuesto este año su segunda parte “El mundo según los abulenses Vol. 2” (2016) en el cual se sigue la temática abulense en tono de humor compuesto por relatos de los miembros de la Asociación Cultural de Novelistas La Sombra del Ciprés.

El Pozo de la Nieve

En el lienzo norte de la muralla de Ávila, concretamente adosado al cubo 38, existió, desde principios del siglo XVI hasta la segunda mitad del siglo XX, un pequeño edificio, de propiedad municipal, que sirvió de nevera para la ciudad: el Pozo de la Nieve.

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Debido a su situación al norte permanecía la mayor parte del día a la sombra, convirtiéndose en un sitio ideal para este menester. El procedimiento era sencillo: en invierno se guardaba la nieve en el pozo, se amasaba y se cubría posteriormente con pieles, manteniéndose el lugar fresco para que aguantara la nieve durante todo el año y se iba sacando según fuera la demanda. E incluso en los años 50 del siglo XX, como señala Serafín de Tapia, el Café Pepillo ofrecía en julio horchata helada gracias a esta nieve.

La muralla de Ávila, pese a tener una buena colección de fotografías desde el siglo XIX, apenas ha quedado constancia del citado pozo de la nieve salvo en media docena de estampas, hoy recogidas en avilas.es. La llegada del frigorífico llevó al desuso del inmueble, y añadido al mal estado en el que encontrarían las instalaciones llevó a su demolición. El único testigo que queda del Pozo de la nieve es la señal que dejó el tejado de la casa en la muralla y que estuvo a punto de desaparecer como consecuencia de la última restauración de la muralla el año pasado.

Como se puede ver en la imagen de 2011, se puede ver la marca más o menos uniforme, con un tono blanquecino similar al color de la argamasa de la propia muralla, mientras que en la foto de 2014, posterior a la restauración, la línea de la antigua casa se ha exagerado en exceso para que resalte, y el color es muy distinto al de la argamasa, y distinto del que tenía hace unos años.

Para continuar con el juego de las semejanzas y las diferencias, también encontramos adosados al cubo 38 dos principio de arcos, pues según creí leer en algún sitio, tenía estructurada abovedada (aunque no he podido confirmarlo). Con la restauración se ha extraído la argamasa y sustituida por una nueva, limpiando las impurezas y dejando ver bien la alineación de las piedras que componen los muros, dando una apariencia de muro prácticamente nuevo y que muy posiblemente no lo haya tenido nunca, dando la impresión de una falsa realidad.

La novedad y aprovechando la restauración, se procedió a la excavación de la casa del Pozo de la Nieve, a cargo de la empresa de arqueología Castellum Coop., pues si bien se demolió, sólo se hizo superficialmente, y se han podido constatar la estructura de los cimientos, formados por muros de piedra y ladrillo. Se ha procedido a la reconstrucción parcial de los muros para dejarlos al aire libre y que los restos sean visibles y visitables. Para ello se ha procedido a poner una valla alrededor de la antigua estructura donde en un futuro (espero que cercano), se instale un panel informativo que expliquen el Pozo de la Nieve, pues seguro que más de uno desconoce su existencia. La única pena es que al estar en una zona de difícil acceso turístico quede relegado a un segundo plano, aunque si se podrá contemplar desde una perspectiva elevada desde lo alto de la muralla por los visitantes y abulenses.