Pedro-José Sánchez-Carrascosa Carrión

Pepe, como le conocían en su pueblo, era el hijo del farmacéutico de Manzanares (Ciudad Real). Gracias a la botica y a un pequeño patrimonio de tierras, la familia gozaba de una posición acomodada, lo que permitió al patriarca enviar a su hijo a estudiar a Madrid cuando tenía 10 años, justo cuando muere el rey Fernando VII. Allí, instalado en la casa de su abuelo materno, José Carrión, realiza el Bachillerato y se prepara para continuar la tradición familiar. El joven resulta ser un estudiante brillante, a la vez que un tanto beato, y es admitido en el Colegio de San Fernando para cursar los estudios de farmacia.

Cuando tiene 17 años, abandona momentáneamente sus estudios y vuelve a Manzanares tras el fallecimiento, casi consecutivo, de su abuelo primero, y su padre después. Sería en el pueblo manchego donde prepararía su licenciatura “por libre” y trabajaría como aprendiz en la farmacia familiar que acabaría regentando José Antonio Merino. En su rebotica pasaron gran cantidad de personas influyentes con los que el joven Pepe llegó a tener buena amistad, como con Antonio Cánovas del Castillo, redactor en 1854 del Manifiesto del Manzanares. Durante 14 años el farmacéutico, que sería conocido como «Perico el boticario» o simplemente «Perico», establecería su vida rural en dicha farmacia, afianzando sus conocimientos farmacéuticos.

Una vez que la herencia familiar fue repartida Pepe el Boticario se traslada a Madrid con toda la familia, estableciendo su farmacia en la calle Jacometrezo 32 (uniendo la plaza de Callado con la de Santo Domingo, al lado de Gran Vía). La botica tuvo gran éxito, con una gran y selecta clientela, permitiendo a Pedro-José cultivar sus aficiones, primero relacionadas con la farmacia y después relacionadas con el conocimiento, lo que le llevó a matricularse en la Universidad Central, licenciándose en Teología, y posteriormente en Derecho Civil y Canónico.

Dando un nuevo giro a su vida, Pedro-José Sánchez-Carrascosa decide hacerse sacerdote y seguir la estela de su maestro, Francisco Landeira y Sevilla, nombrado obispo de Cartagena. Fue en esta localidad donde estudia la carrera eclesiástica y es nombrado Provisor de la diócesis, recibiendo los cargos de Fiscal eclesiástico, Provisor y Vicario General. Dando otro giro inoportuno a su vida, renuncia a su cargo e ingresa en la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri (filipenses), en Sevilla, aportando como dote su gran patrimonio tras vender la farmacia de Madrid. Pedro-José fue un gran orador, y tras la epidemia de cólera de 1864 recibe la Cruz de Beneficencia a título personal de Isabel II, tras organizar el hospital frente a la epidemia con gran eficacia. Sin embargo, con la Revolución Gloriosa de 1868, la orden de los filipenses se disuelve y Pedro-José vuelve a Manzanares con su madre, donde permanece hasta 1875 cuando fue invitado a predicar en la novena de la Concepción en Madrid.

Establecido nuevamente en Madrid, retoma su amistad con Cánovas del Castillo, quien quiere concederle el puesto de confesor del joven rey Alfonso XII, cargo para el que no fue elegido, pero Cánovas insistió al nuncio Simeoni para que fuera nombrado con otro cargo de gran distinción, obispo de Ávila, pese a no cumplir las condiciones necesarias. La presión de Cánovas finalmente consiguió su objetivo, esgrimiendo que debía ser elevado a la dignidad episcopal por haber sido el primero en saludar desde el púlpito al advenimiento de Alfonso XII al trono de San Fernando. Y pese a este triunfo de Cánovas, como todos sabemos los favores se pagan, y más en política. Cánovas consiguió este distinguido cargo para su amigo Carrascosa a cambio de algo: debía presentarse a las elecciones como Senador en las Cortes que habían de redactar la Constitución de 1876.

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El obispo Carrascosa no llegaría la diócesis abulense hasta el 15 de marzo de 1876, meses después de su nombramiento, ocupado en los homenajes que recibía por tierras manchegas. Y cumpliendo con el encargo de Cánovas, resultó elegido como senador por Ávila. En el momento de redactar la Constitución, presentó un discurso defendiendo la tolerancia práctica de los no católicos. Pero su intervención fue interpretada como un claro apoyo al gobierno. Toda la prensa liberal difundió elogios y felicitaciones a Carrascosa, presentándole como un tipo perfecto de moderación frente a todo el episcopado intransigente.

Cargado de energías, el obispo de Ávila se dedica totalmente a su diócesis, comenzando con una visita pastoral a todos los pueblos, desplazándose a caballo, donde confirmaba, confesaba, visitaba enfermos, recibía a las autoridades y a los vecinos, repartía limosna… en unas ceremonias calcadas de unas localidades a otras, incluyendo largos sermones, incluso de 7 cuartos de hora en alguna ocasión. La visita pastoral concluiría en la zona de Oropesa (actualmente en Toledo), dirigiéndose a Madrid en tren para tardar menos en desplazarse a la capital abulense. A finales de 1877, deja la diócesis para desplazarse a Manzanares, donde fallece su madre.

En abril de 1878, vuelve a la diócesis abulense a retomar la visita pastoral, esta vez por el norte: Arévalo, Olmedo y Adanero. Poco después viaja a Roma para hacer personalmente la visita “ad limina” y llevar en mano el informe minucioso de su diócesis, recibido por el nuevo papa León XIII, hasta en cinco ocasiones.

Nuevamente en Ávila, acompañó al rey por la provincia, para después caer gravemente enfermo, trasladándose a Madrid para recuperarse, prolongándose en una ausencia que se convertirá en definitiva. Según el nuncio Juan Calttani, el obispo Carrascosa había perdido la cabeza, daba señales de enajenamiento mental y estaba terriblemente preocupado por haber llegado a obispo sin tener mérito y sin instrucción eclesiástica, sintiendo la conducta que tuvo en las Cortes cuando se aprobó la ley sobre tolerancia de cultos, al mismo tiempo que se resentía del desprecio del clero y los fieles de la diócesis. Llega rechazar la cruz pectoral, el anillo, las ropas moradas y se quejaba de lo mucho que le pesaba la mitra. La enfermedad del obispo se llevó en secreto, a pesar de todas las opiniones y comentarios que suscitó.

Pedro-José nunca recuperaría la estabilidad mental necesaria para regresar a la diócesis abulense. Los médicos, a modo de tratamiento le recomendaron viajar, cambiar de lugar para olvidar las preocupaciones. A finales de 1881 y durante el siguiente año, Carrascosa viajará a Barcelona, Lérida, París, Londres, donde fue huésped de los cardenales Manning y Newman durante varios meses, ayudándoles en sus predicaciones y componiendo versos. En Amberes asistió al cardenal Deschamps y confirmó al hijo del cónsul español. De camino a París, le llama la reina Isabel II para confiarle la delicada gestión de reconciliarle con su marido, el rey consorte Francisco. Además, desde la curia querían que dimitiera, y más cuando corrió el rumor que quería nombrar obispo auxiliar al secretario Luis González. Incluso el propio Papa le envía una carta instándole a presentar su dimisión.

Tras muchas presiones, Pedro-José Sánchez-Carrascosa Carrión firma su renuncia el 15 de noviembre de 1881 en Roma, aunque su estancia allí se prolongaría al complicarse los trámites de la renuncia al no contemplarse una pensión a un obispo dimisionario. Sus últimos años los pasó en su Manzanares natal, donde ayudó al cura de la comarca. Allí, con el título de obispo de Zoara, asiste a un milagro de la Virgen. Murió el 6 de julio de 1896 y a petición propia fue enterrado en la iglesia parroquial de Manzanares.

Después de conocer a este entrañable personaje, vemos a Pedro-José como un erudito, un ilustrado formado en varias ramas de conocimiento, desde farmacia como tradición familiar como derecho civil y eclesiástico por vocación, al que su vida cambió drásticamente al mezclarse en la política y ya fuese de manera directa o indirecta.

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Bibliografía

SOBRINO CHOMÓN, Tomás. Episcopado abulense, siglo XIX. Ávila, Institución Gran Duque de Alba, 1990.

http://www.campodemontiel.es/index.php?view=article&catid=73:off-topic-el-mundo-exterior&id=206:carta-abierta-al-obispo-de-ciudad-real&tmpl=component&print=1&page=

https://www.todocoleccion.net/manuscritos-antiguos/1877-carta-obispo-avila-pedro-jose-sanchez-carrascosa-carrion~x42847863

https://josemunozvillaharta.blog/2017/02/16/1887-un-fausto-suceso-una-curacion-por-intercesion-de-la-virgen-de-la-paz/

http://www.elsevier.es/es-revista-farmacia-profesional-3-articulo-perico-el-boticario-X0213932414617233

http://www.senado.es/web/conocersenado/senadohistoria/senado18341923/senadores/fichasenador/index.html?id1=586

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El cardenal Diego de Espinosa Arévalo

Diego de Espìnosa nació en septiembre de 1513, en el lugar de Martín Muñoz de las Posadas (Segovia), aunque por aquel entonces pertenecía al obispado de Ávila. Sus padres, de familia noble y pudiente, eran Diego González de Espinosa y Catalina de Arévalo. Estudió en la Universidad de Salamanca licenciándose en Derecho civil y canónigo. Emprendió una carrera profesional que le llevó a ser nombrado como Juez de Apelación en la Curia Arzobispal de Zaragoza, y a través del obispo de Sigüenza Fernando Niño de Guevara fue nombrado Provisor de la diócesis de Sigüenza. Por mediación de este obispo, el rey Felipe II le nombró Oidor en la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid y después Oidor en la Casa de Contratación de Sevilla. Persona válida y capaz, se ganó el favor del rey, quien le designaría como Regente en el Consejo Real de Navarra, y el 3 de mayo de 1562 pasó al Consejo Supremo y Real de Castilla, designado presidente el 10 de agosto de 1565 tras la muerte de su antecesor. Seguir leyendo “El cardenal Diego de Espinosa Arévalo”

Pedro La Gasca, obispo de Palencia y Sigüenza (III)

«Era muy pequeño de cuerpo, con extraña hechura, que de la cintura abajo tenía tanto cuerpo como cualquiera hombre alto y de la cintura al hombro no tenía una tercia. Andando a caballo parecía aún más pequeño de lo que era porque todo era piernas; de rostro era muy feo, pero lo que la naturaleza le negó de los dotes del cuerpo se los dobló en los del ánimo… pues redujo un Imperio, tan perdido como estaba el Perú, al servicio de su Rey”.

Inca Garcilaso de la Vega

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Tras volver del Perú, donde había pacificado la región terminando con la rebelión de Gonzalo Pizarro, Pedro La Gasca fue nombrado obispo de Palencia por el emperador Carlos V, al quedar vacante la mitra tras el fallecimiento de Luis Cabeza de Vaca, maestro del propio emperador. Pidió que le consagraran obispo antes de embarcarse hacia Alemania, donde tenía que ir a encontrarse con el Emperador para darle cuenta de su Real Servicio en el Nuevo Mundo, consagrándole obispo de Vich, Juan Tormo en Barcelona (17 de mayo de 1552). Ocho días después, partió rumbo a Génova, donde estuvo alojado tres días en la casa de Andrea Doria, y desde allí partió hacia Tortona y Milán, parando en casa de Juan de Luna, y reuniéndose en Mantua con el príncipe Felipe, a quién describió su expedición. En Trento le recibieron los prelados españoles que estaban en el Concilio de Trento, en Volcán le saludó el príncipe Maximiliano, pasó por Inskbruk y el 12 de agosto entró en Augusta.

En la ciudad alemana se encontró con el emperador Carlos V, el cual, a pesar de estar convaleciente de gota, le recibe en su cámara donde le detalla largamente su pacificación del Perú. Entre las distinciones con las que Carlos quiso premiar a su vasallo, le concede en su escudo, que constaba de dos cuarteles, el de la derecha un león entre cuatro castillos y en el de la izquierda los trece roeles, sostenidos por dos genios, se añadiese seis banderas, tres por el lado con la letra P y en medio de ellas una anda con la inscripción: « Caesari restitutis Perú Regnis Tiranorum spolia».

Después de muchos agasajos, encomio y admiraciones recibidas, La Gasca retornó a España, comprando antes un tríptico que regaló «a su pueblo el Barco, por haber sido allí bautizado», del pintor flamenco Brujas, maestro de Van Eyck. El accidentado retorno duró hasta el 25 de marzo de 1553, cuando ocupó su silla episcopal en Palencia. Desde entonces y hasta el 19 de agosto de 1561, gobernó la diócesis palentina, hasta que el rey Felipe le promovió para ocupar la diócesis de Sigüenza, puesto que ocupa hasta su muerte, acaecida el 10 de noviembre de 1567. A pesar de tener gran influencia en la Corte y su consejo era bien valorado, poco se dejaba ver por ella, solamente cuando sus deberes pastorales se lo imponían. Cuando alguien le comentaba por qué no se dejaba ver con más frecuencia por la Corte, respondía, tajante: « Los que tienen sagradas obligaciones que cumplir no pueden ni deben gastar el tiempo pavoneándose por los palacios del César».

Pedro La Gasca mandó edificar la iglesia de la Magdalena de Valladolid, a la que dotó de una renta de 225.000 maravedís, construyendo enfrente una casa donde vivirían los trece capellanes. El motivo que le llevó a fundar esta iglesia lo expresa en la escritura fundacional, fechada en Sigüenza el 6 de septiembre de 1567:

Nos, D. Pedro Lagasca, Obispo y Señor de Sigüenza, Obispo que fuimos de Palencia, del Consejo de S.M., fundamos y edificamos la Iglesia de la Magdalena de Valladolid y la dotamos para suplir las faltas que tuvimos en celebrar sobre todo en tiempos de N. S. el Emperador Carlos V, en la visita de los tribunales del Reino de Valencia y en la defensa de aquel Reyno, y de las islas de Mallorca, Menorca e Ibiza, y cuando en 1542 atacó el turco con el francés, y en la ida al Perú; y así que en más de ocho años casi no dijimos misa (no nos atrevimos) aunque teníamos las licencias para no caer en irregularidad.

E incluso pidió y obtuvo del papa Pio IV una bula (de 14 de octubre de 1564) para que en la iglesia de la Magdalena se dijeran dos misas cada mes mediante el rito mozárabe, pues como decía el propio La Gasca, «De tanta devoción y uso en España y en tiempo de las persecuciones dentre los cristianos, y porque no hay razón que oficio tan antiguo caiga en olvido».

La iglesia de la Magdalena fue el lugar escogido para el descanso eterno de Pedro La Gasca, donde fue enterrado. En su majestuosa fachada, a los pies del templo, preside el escudo en piedra más grande del mundo del propio clérigo. En su interior, concretamente en el centro de la nave (inicialmente se encontraba en la capilla mayor, pero fue trasladado a mediados del siglo XX) se encuentra el sepulcro, realizado en jaspe y alabastro, del escultor Estebán Jordá. El obispo La Gasca aparece representado con los atributos episcopales: libro en la mano, capa pluvial, mitra y cetro, en actitud yacente de reposo tranquilo, con la inscripción a los pies «accepit regnum decoris et diadema speciei de manu Domini» (recibió un glorioso reino y una hermosa corona de mano del Señor. Sab. V, 16).

La persona de Pedro La Gasca estuvo ligada a la villa de Barco de Ávila, donde su familia tenía posesiones y se conserva la llamada «Casa de los Gasca», situada antiguamente en la Plaza de los Vados. Lamentablemente, fue derribado en los años 70 para construir  las oficinas de la Caja de Ahorros de Ávila, salvándose únicamente la portada, ubicadas actualmente en la entrada del patio del C.E.P. Juan Arrabal.

Otros sitios que recuerdan la figura de Pedro La Gasca, o Lagasca, como se mantiene en numerosos sitios, es en los callejeros, tanto de la villa de Barco de Ávila, Ávila o Madrid.

Bibliografía

CARVAJAL GALLEJO, I. (1981): Don Pedro de Lagasca pacificador del Perú. Caso único en la Historia. Esbozo de estudio biográfico. Coloquios históricos de Extremadura.

GARCILASO DE LA VEGA, Inca (1617): Historia General del Perú o Segunda Parte de los Comentarios Reales.

FUENTE ARRIMADAS, Nicolás de la (1925): Fisiografía e historia del Barco de Ávila. Senén Martín, Ávila.

LÓPEZ HERNÁNDEZ, Francisco (2004): Personajes abulenses. Caja de Ávila, Ávila, pgs 349-351

RAMÍREZ DE ARELLANO, Carlos (1870): El licenciado Pedro de La-Gasca, estudio biográfico. Revista de España. Tomo XV (58)

SAN MARTÍN PAYO, Jesús (1992): Don Pedro La Gasca (1551-1561). Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses (63): 241-328.

Webgrafía

https://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_de_la_Gasca#Obra_escrita

http://www.santamariadeloscaballeros.com/personajes.asp

http://www3.uah.es/cisneros/carpeta/galpersons.php?pag=personajes&id=78

http://pueblosoriginarios.com/biografias/lagasca.html

http://www.alcaldesvcentenario.org/index.php?option=com_content&view=article&id=107&Itemid=100

http://los4palos.com/2014/04/08/un-escudo-en-pucela-y-una-tarea-en-peru/

El traslado de los restos de San Segundo

Escultura_Juan_de_JuniEn 1519, mientras se realizaban unas obras en la ermita de San Sebastián y Santa Lucía, apareció un sepulcro con la inscripción “Sanctus Secundus”, y rápidamente fue atribuido a San Segundo, considerado el primer obispo de Ávila y uno de los siete varones apostólicos ordenados por San Pedro que vinieron a España para continuar la predicación de Santiago y San Pablo. La ermita fue rebautizada con el nombre de San Segundo, fue restaurada y se acordó que sus restos fueran depositados en un lugar más noble como es la catedral, pese a la oposición de la cofradía.

Las dificultades con los restos del santo fueron muchas, siendo guardados en un arca de tres llaves en poder de la cofradía, el cabildo y el ayuntamiento – la llave estaba en posesión de don Suero del Águila –. El permiso para trasladar los restos había sido concedido por el papa León X el 26 de enero de 1520. J En 1573 los restos se trasladaron dentro de la misma iglesia, a un sepulcro nuevo sobre el que se colocó una magnifica escultura labrada en alabastro por Juan de Juni.

El 11 de marzo de 1594, domingo, por iniciativa del obispo Jerónimo Manrique de Lara, se realiza la traslación de los restos de San Segundo, teniendo el concejo una destacada actuación en los acontecimientos, y que fue una de las manifestaciones más multitudinarias de la historia de la ciudad. Fue una fiesta sin igual. Hubo una procesión en la que participaron todos los vecinos: trompetas, atabales, niños de doctrina, pendones de los pueblos, hermandades y cofradías, cruces alzadas, prelados de las órdenes, coro de música de ministriles y cruces de todo el Obispado de Ávila, clérigos, arciprestes, capellanes, cabildos, coros de música, etc. E incluso mandaron una invitación a Felipe II, que se excusó por motivos de salud. La procesión fue de la catedral a la ermita, por la puerta del Carmen, hasta la puerta del Adaja, subiendo por la Rúa de los Zapateros haciendo sendas paradas en la ermita de San Esteban y el Mercado Chico hasta llegar a la catedral.

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También hubo representaciones teatrales, como “La Comedia de San Segundo”, escrita por Lope de Vega, música y danzas, corridas de toros, juego de cañas y artificios de fuego. Se empedraron y acondicionaron las calles a tal efecto por donde iba a pasar la procesión. Se pusieron blasones, dalmáticas y doseles. Uno en el Mercado Chico lucía las armas de los Villena, Pachecos, Acuñas, Toledos y Enríquez. No faltaron los bustos relicarios en los altares del itinerario procesional (infinidad de reliquias sagradas). Incluso representación alegóricas como la de la idolatría en el arco triunfal, diseño por el cabo de artillería de S.M. Vicente Tabornino, de origen siciliano, que representó ésta metáfora en la venida de San Segundo a Ávila y cuya imagen fue quemada en medio del regocijo popular.

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Los restos del santo fueron depositados en el altar de la capilla mayor, hasta que se terminaron las obras de una capilla propia, la de San Segundo, construida a tal efecto por el arquitecto Francisco de Mora y continuada por los maestros Francisco Martín y Cristóbal Jiménez – y para la cual derribaron un cubo de la muralla –, siendo definitivamente trasladados el 2 de marzo de 1615 en un acto de gran solemnidad.