De militar y poeta… a sacerdote y capellán de San Segundo

La fama de Lope de Vega como pendenciero y mujeriego es conocida por todos. Pero por pocos es sabido que el Fénix de los Ingenios, después de tener dos esposas, seis amantes y catorce hijos reconocidos… se ordenó sacerdote. Su vida es digna de una novela de aventuras, y a lo largo de su vida estuvo en varias ocasiones por tierras abulenses.

Lope, después de formarse sin título en la universidad de Alcalá de Henares pero sin recibir título alguno, y seguramente continuar sus estudios en la universidad de Salamanca, entró al servicio del Pedro Dávila, el III Marqués de las Navas, como secretario, para ayudarse en sus labores como Mayordomo de Felipe III y comendador de Elche y Castilleja, permaneciendo a su servicio durante cinco años, y al que escribiría su obra «El Marqués de las Navas».

Después de sufrir destierro y cárcel, y amenazas de pena de muerte si reincidía en sus injurias, se alistó en la Gran Armada e incumplió la pena de destierro al pasar por Toledo, y se instaló en Valencia para después entrar al servicio del duque de Alba hacia mediados de 1591 y hasta 1595, visitando durante su estancia Ávila y algunos pueblos de su provincia.

Al servicio del duque de Alba, primero fue gentil hombre de Cámara, después su secretario y cronista literario de sus amores, su favorito y privado. Lope tenía la confianza del duque y le acompañaba en sus viajes por sus estados. Pero a pesar de todo ello, no dejó de ser un criado y asalariado de 400 ducados anuales.

El 12 de agosto de 1594 escribiría «La Comedia de San Segundo» a petición del obispo Jerónimo Manrique de Lara, y que se representó ese mismo año en la festividad de su traslado, estrenada en la catedral, con gran popularidad y que tuvo que repetirse al día siguiente en la Magdalena, poniendo el broche de oro para cerrar las fiestas de San Segundo.

Y sería con el obispo Jerónimo Manrique de Lara, a quien estuvo a su servicio como criado y en su casa de Madrid, con quien tendría una gran relación a lo largo de su vida, a pesar de los devaneos y aventuras juveniles del poeta, la amistad entre el paje y el señor no se rompió nunca. De hecho, el propio Lope estuvo varias veces en Ávila a visitar a su antiguo protector.

Tras una vida agitada, Lope de Vega tuvo una crisis espiritual en la que se arrepentía de sus pecados y decidió ordenarse sacerdote hacia 1613. En el verano de 1616, Lope viene a Ávila y allí se entera que puede optar para conseguir la capellanía de San Segundo, fundada por su amigo Manrique de Lara, aunque por aquel entonces estaba al servicio del duque de Sessa, y no habría vacantes en dicha capellanía hasta 1619. Y el poeta se presentaría en más de siete ocasiones y si no la consiguió en repetidas ocasiones fue debido en parte, en algunas ocasiones a su dejadez en presentar la información obligada, y otras  por no gozar de buena fama en las altas esferas políticas de la Corte, las mismas que no le concederían la plaza de Cronista Real, a pesar de tus reiteradas aspiraciones.

Finalmente, Lope de Vega y Carpio, el Fénix de los Ingenios, obtendría su plaza como capellán de San Segundo en la catedral de Ávila, con una renta de 150 ducados anuales, cuando pudo probar que sirvió a Jerónimo Manrique de Lara en 1574, cuando residía en Madrid y era Inquisidor general, siendo su paje durante 7 u 8 años.

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Victor Clavijo como Lope de Vega en la serie “El Ministerio del Tiempo”

Bibliografía

DELGADO MESONERO, Fernando G. Ávila en la vida de Lope de Vega: Lope Capellán de San Segundo. Ávila, Institución Gran Duque de Alba, 1970.

http://www.diariodeavila.es/noticia.cfm/Provincia/20101018/lope/vega/marques/navas/74F9CC8A-934F-9A87-A1D0FA6941CBE0DF

https://es.wikipedia.org/wiki/Lope_de_Vega

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Diego Mexía Felípez Velásquez Guzmán, el valido del valido

La historia tiende a olvidar a aquellos que merecen ser recordados, ya sea por sus descubrimientos, actos, obras o hazañas, y que por diversas circunstancias han caído en el olvido, sin que apenas se les recuerde. Uno de estos personajes es Diego Mexía de Guzmán, militar y político del siglo XVII, mano derecha del conde duque de Olivarsles que, caído en desgracia, apenas se le recuerda, a pesar de su largo expediente al servicio de la Corona española.

Sin embargo, su nombre se recuerda en el Monumento a las Grandezas de Ávila, como hombre ilustre abulense. A pesar de ser descendiente de abulenses —su padre lo fue—, nada hace sospechar una vinculación con la noble villa de Ávila, salvo llevar a la espalda el honor del apellido Dávila. Quiso la suerte, el azar o la casualidad de querer verse rescatado del olvido en este insigne monumento, pese a que pocos le conozcan.

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Diego Mexía Velásquez nació alrededor de 1580, sin que se pueda confirmar ni la fecha ni el lugar de nacimiento. Hijo de Diego Velásquez Dávila Messía de Ovando, primer conde de Uceda y Marqués de Loriana, de una rama menor de los Dávila; y de Leonor de Guzmán y Rivera, de una rama segunda de los Guzmán, tía del conde duque de Olivares. Fue educado como era menester, y en 1614 ingresó en la Orden de Santiago, llegando a ser caballero de hábito Trece, una de las dignidades mayores de la orden, reservada para las notorias familias, y Comendador Mayor de León. Debido a las buenas relaciones con su familia, ascendería rápidamente, lo cual le granjería críticas durante toda su vida. Diego es descrito como “una persona afable, de notable inteligencia, una cierta habilidad para los negocios, poseía cualidades administrativas y militares y de buen gusto para el arte, siendo uno de los mecenas más destacados de aquellos tiempos”.

Diego Mexía emprendería una carrera militar donde sumaría grandes éxitos y restaría grandes fracasos, al igual que la monarquía hispánica en una España llena de luces y sombras. Comenzó su andaza militar combatiendo en Flandes desde 1600, donde ejerció como Menino de la archiduquesa Isabel, y tuvo la suerte de salvar la vida al Archiduque Alberto de Austria en la batalla de las Dunas, lo que le valió que fuese nombrado por el archiduque como gentilhombre de su cámara y desde entonces desempeñó puestos relevantes en las batallas contra los holandeses, como la campaña del Palatinado (1620) o la batalla de Juliers (1622), como capitán de caballos y Maestre de Campo junto a Ambrosio de Spínola, quien estableció una relación de padrinazgo con el joven Diego y que posteriormente se convertiría en su yerno. Cuando el Archiduque Alberto de Austria falleció volvió a Madrid gracias al apoyo de su primo el conde duque, valido del rey, convirtiéndose en hombre influyente y acaudalado.

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La Rendición de Juliers por Jusepe Leonardo

Ya en Castilla, Diego Mexía fue nombrado gentilhombre de la Cámara de Felipe IV en julio de 1624, nombrado Maestre de Campo General del ejército de Castilla al año siguiente, cooperando en el ataque inglés sobre Cádiz, y acompañaría al rey y a Olivares en su viaje a la Corona de Aragón, nombrándole «tratador» en las Cortes de Aragón de 1626. A todo ello, sumaría el título de Capitán general de la Caballería de Flandes, aunque no se encargaría nunca de ésta función; y después de la Artillería de España.

Por sus servicios, fue recompensado nombrándole miembro del consejo de Estado, y en 1627 se le otorgó el marquesado de Leganés. Fue entonces cuando cambió su nombre por el de Diego Felípez de Guzmán, al igual que Olivares, añadiendo el “Felípez” en honor al rey, para ganarse el favor del soberano y conseguir títulos y rentas.

 

En 1627 se casó con una dama de honor de la reina Isabel de Borgón, Políxena Spínola, hija de Ambrosio Spínola, con una fastuosa dote de doscientos mil ducados, y le fue encargada la titánica tarea de la aceptación de la Unión de Armas por las provincias de Flandes fieles a la monarquía de Felipe IV. Consiguió, con relativa facilidad, la aceptación del proyecto, demostrando sus buenas dotes como político y valedor de otras tareas de mayor envergadura. Fue recompensado con su nombramiento como presidente del Real y Supremo Consejo de Flandes y Borgoña, al considerarle un gran experto en los Países Bajos.

            En febrero de 1630 fue enviado, junto con el marqués de Mirabel, como ayudante del marqués de Aytona, embajador extraordinario en Bruselas ante la infanta Isabel Clara Eugenia, gobernadora de los Países Bajos, sirviendo Diego Mexía como enlace entre Olivares y la infanta. En julio fue nombrado Maestre de Campo General, compartiendo las responsabilidades militares del ejército de Flandes y en septiembre participó en la incursión que se realizó sobre Alemania desde Flandes. En 1634 llegaría a desempeñar el cargo de Gobernador de armas del ejército de Alsacia, con la misión de garantizar el paso del cardenal-infante Fernando a los Países Bajos para que tomara posesión como gobernador, y recuperar las plazas alsacianas, en poder de los protestantes.

      En 1635 fue nombrado gobernador y capitán general del Estado de Milán, teniendo que hacer frente a alianza de los duques de Parma, Mantua y Saboya, apoyados por la Francia del cardenal Richelieu. Pese a solicitar ser relevado de su cargo en Milán, debido a la muerte de su esposa y aduciendo razones de salud, Olivares se lo deniega alegando la falta de buenos hombres. Tras varias vitorias en Italia en 1639, a partir de 1640 fracasó en la toma de la fortaleza de Casale, terminando con una retirada de miles de hombres en el campo de batalla y un gran botín en manos francesas. La derrota fue tan dura que el propio Olivares se vio obligado a retirarse del gobierno de Milán en 1641.

El Marqués de Leganés llegó a la Corte de Felipe IV en septiembre de 1641, y en noviembre le pusieron al mando del ejército de Cataluña para luchar contra los insurrectos catalanes, apoyados por Francia, y pese a algunos éxitos iniciales en Tarragona, la importante derrota en la batalla de Lérida (1642) le hicieron caer en desgracia hasta ser relevado de su cargo en 1643, a la caída de sus protector Olivares.

Pese a la caída de su gran protector, su gran valía hizo que en 1645 fuese puesto al mando del ejército de Extremadura, liderando una ofensiva contra los portugueses, y después fuese nombrado virrey nominal de Cataluña, donde defendió con éxito Lérida (1646), permaneciendo en el cargo hasta 1648.

Con la muerte del heredero al trono español, el propio rey Felipe le escribe informándole del suceso y resaltando la importancia de la misión que tenía encomendada: el sitio de Fraga, realizando la retirada con gran orden y salvando gran parte de sus efectivos en Balaguer. A su vuelta a Madrid, Diego Mexía recibió el título de teniente de Campo del Rey de los ejércitos de España, un gran privilegio al alcance de muy pocos: representar la persona del rey en todo lo relacionado con la guerra, autorizándole a poder ordenar y nombrar cargos y oficios de guerra en nombre del rey.

Nuevamente, fue enviado a la frontera con Portugal, donde sufriría otro fracaso en su nuevo intento de reconquistar Olivenza en 1648. Las campañas de finales de la década de los cuarenta fueron para Leganés de suerte incierta y padeció todas las penurias de la crisis en la cual había entrado la monarquía desde 1640, dirigiendo un ejército de Extremadura cada vez menos abastecido.

En los últimos años de su vida, cambió la Presidencia del Consejo de Flandes por el Consejo de Italia, cargo de mayor prestigio social y político con el que puso fin a su actividad pública, hasta su muerte en febrero de 1655.

 

Fuentes

ARROYO MARTÍN, Francisco. El marqués de Leganés, apuntes biográficos. Espacio, tiempo y forma. Serie IV, Historia Moderna, nº 15, 2002, pgs. 145-186

https://es.wikipedia.org/wiki/Diego_Mexía_Felípez_de_Guzmán

http://ancienhistories.blogspot.com.es/2015/12/la-caballeria-de-flandes-y-sus.html

http://www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-moderna/ascenso-caida-del-marques-leganes

 

 

La Bandera del Regimiento de Voluntarios de Ávila

Pese a que Claudio Sánchez-Albornoz lamentaba que durante la Guerra de Independencia en Ávila “ni una sola heroicidad, ni un solo acto que haga de los abulenses de aquella época dignos descendientes del Ávila medieval”, si hubo resistencia a los franceses, como el Regimiento de Voluntarios de Ávila, que tuvo un papel muy importante en la defensa de Ciudad Rodrigo.

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La Bandera del valiente Batallón de Voluntarios de Ávila, el símbolo más importante del destacamento, se perdió durante el asedio y tras la disolución de la compañía, estuvo durante cien años estuvo perdida, apareciendo en el Archivo Municipal de Madrid y fue trasladada a Ávila con los máximos honores militares.

2015-11-18 12.10.45 (2)La bandera, de paño de tafetán blanco, cruzado por la Cruz de Borgoña o Aspa de San Andrés, en tono rojo, retamando los cabos de ella, de modo alternativo, el castillo que tiene por blasón la ciudad de Ávila y un león rampante de color blanco, fileteado con trencilla negra. En el  espacio superior, entre los brazos de la cruz y en fingida cinta ondeante, figura la inscripción en mayúsculas latinas: POR FERNANDO VII VOLUNTARIOS DE ÁVILA.


El “
recibimiento y entrega de la bandera del Regimiento de Voluntarios de Avila” al ayuntamiento por parte del consistorio de Madrid queda constatado en un documento que actualmente se encuentra expuesto en el Ayuntamiento de Ávila, y al que se acompaña una crónica periodística del acta.

La trascripción del documento es la siguiente:

En la ciudad de Ávila, hoy 24 de junio de 1911, siendo las 11 de la mañana, se reunieron en el Palacio Consistorial, bajo la presidencia del ilustrísimo señor don Juan De Mora y Garzón, gobernador civil de esta provincia, el Excmo Ayuntamiento de esta capital, compuesto por los señores don Bonifacio de paz Herrera, alcalde presidente; don Guillermo Hernández de la Magdalena, don Ramón Cenalmor Lorenzo, don Félix José González Oteo y don Alfonso Arangüena Álvarez, tenientes de alcalde; don Senén Martín Díaz, don Isidro Mulero Merino, don Lope Santo Domingo Gutiérrez, don Juan Guerras Valseca, don Joaquín Muñoz Sánchez Albornoz y don Bartolomé Yáñez Jiménez, regidores, y el Excmo. Señor don Manuel de Foronda y Aguilera, regidor honorario y cronista de esta ciudad, con objeto de ir a la estación del ferrocarril, punto designado para recibir al representante del Excmo. Ayuntamiento de Madrid encargado de conducir a esta capital la bandera del regimiento VOLUNTARIOS DE ÁVILA en la Guerra de la Independencia, que ha estado depositada en el Archivo Municipal de la Villa y Corte, desde la disolución del expresado regimiento.

Puesto en marcha el Excmo. Ayuntamiento, precedido de heraldos y maceros, llegó a la citada estación, donde esperaban nutridas representaciones del Ejército, de la Magistratura del clero, de las Órdenes Religiosas y de diferentes sociedades obreras, constituidas en esta capital. en el andén de la citada estación se hallaba, convenientemente formada, la Compañía de Alumnos de la Academia de Administración Militar, en cumplimiento de lo prevenido en la Real Orden de 10 de junio del presente año, cuyo literal contexto es el siguiente:

Hay un sello en seco, que dice:

Ministerio de la Guerra.

“Excmo. Sr.:

El señor ministro de la Guerra dicho hoy al capitán general de la primera Región lo siguiente:

Accediendo a lo solicitado por el alcalde presidente del ayuntamiento de Ávila, el rey (que Dios guarde) se ha servido lo siguiente: Primero: Se tributarán honores militares a la bandera que perteneció al Regimiento de Voluntarios de aquella ciudad, cuando la lleve el citado ayuntamiento, en atención a que, bajo tan gloriosa enseña, lucharon heroicamente los mencionados voluntarios durante la guerra de la Independencia, por cuyo motivo ostenta la corbata de la Real y Militar orden de San Fernando. – Segundo: El día veinticuatro del mes actual, al ser trasladada dicha bandera desde el ayuntamiento de esta Corte al de la referida ciudad, asistirán con armas al recibimiento de la misma, los profesores y alumnos de la academia de Administración Militar, escoltándola, hasta el momento de quedar depositada en la mencionada corporación.- De la Real Orden comunicada por dicho Sr. Ministro lo trasladó a V.E. para su conocimiento.

Dios guarde a V.E. muchos años. Madrid, diez de junio de mil novecientos once. – El subsecretario.- Enrique de Orozco.- Rubricado.- Sr. Alcalde-Presidente del Ayuntamiento de Ávila.

Los cohetes y bombas anunciaron la llegada del tren, descendiendo del mismo el Ilmo. Sr., Don Rafael de Reynot, teniente de alcalde del distrito de Buenavista, de Madrid, que, en representación de aquel Excmo. Ayuntamiento y seguido del oficial administrativo del mismo don Adolfo Monfledo Gómez-Camaleño, y de los dos ugieres, fueron recibidos por la corporación municipal de esta ciudad, previa presentación que a la misma hizo el señor de Foronda, que fue el que inició la devolución de la bandera.

Una escolta, con la bandera de la Academia de la Administración Militar, pasó al andén y, entre ella, el Sr. reynot, ostentando la enseña de los VOLUNTARIOS DE ÁVILA, se colocó al frente del ayuntamiento y a los acordes de la marcha real, y con las armas presentadas, comenzaron los honores debido a tan glorioso pendón.

Puesta en marcha la comitiva, de la que formaban parte un piquete de la Guardia Civil, seguido del Orfeón Teresiano Abulense, los niños de las escuelas públicas y privadas, con sus profesores y bandera, yendo a continuación numerosas representaciones de las entidades mencionadas al principio de esta acta, siguió por las calles de Isaac Peral, Duque de Alba, travesía del Colegio, plaza del Alcázar, en la cual, y al pasar por delante del monumento de Santa Teresa de Jesús, el señor Reynot rindió la bandera, saludando a tan ilustre abulense y entrando después por el arco del Alcázar, siguió por las calles de Zendrera, Tomás Pérez y Reyes Católicos, hasta la plaza de la Constitución, y, situadas delante de la puerta principal del palacio consistorial, desfiló la compañía de Caballeros Alumnos de la Academia de Administración MIlitar, en columna de honor.

Acto continuo, el piquete de dicha Academia, con su bandera, subió hasta el salón de actos del ayuntamiento y, depositando la bandera de los voluntarios en el mismo, se retiró el piquete con el de la Academia.

El Ilmo. Sr. Representante del ayuntamiento de Madrid hizo entrega de la gloriosa enseña, después de haber pronunciado un brillante discurso, en el que hizo la historia del Regimiento de Voluntarios de Ávila, que peleó en Ciudad Rodrigo tiñendo con su sangre la bandera bajo cuyos pliegues se cobijaron.l El sr. Paz, en otro elocuente discurso, significó la expresión de su gratitud al ayuntamiento de Madrid, y al Sr. Reynot en particular, por haber accedido a la solicitud de la corporación municipal de Ávila y añadió que se consideraba relevado de historiar los heroicos hechos de los valientes hijos de Ávila después de lo dicho por el Sr. Reynot. El Sr,. Gobernador Civil, en elocuentes frases, dijo que, como representante del gobierno de Su Majestad, se asociaba, en nombre de la provincia, al justo homenaje que en este acto se tributaba a los heroicos hijos de la misma, que ofrecieron generosamente sus vidas en holocausto de la Independencia Nacional y terminó felicitando al Sr. Reynot por el acierto con que ha desempeñado el honroso cometido que le ha sido confiado y al ayuntamiento de Ávila por el buen éxito que ha obtenido que le ha sido confiado y al ayuntamiento de Ávila por el buen éxito que ha obtenido en sus gestiones para obtener la devolución de la bandera cuya entrega acaba de hacerse; con lo cual se dio por terminado el acto, después de haberse mostrado al público, desde el balcón, la gloriosa bandera, que fue saludada con estruendosa ovación y entusiastas vivas a Su Majestad al Rey, al Ejército y a los ayuntamientos de Madrid y Ávila, extendiéndose esta acta, que firman los señores expresados en el ingreso de la misma, de todo lo cual, yo el infraescrito secretario, certifico.

Juan de Mora…………………………….. (Firmas).

y J. Manzano (Firma).- Con ilustraciones en color, escudo de España, escudo de Ávila, bandera de voluntarios y letra capitular con imagen de la Santa.

Una reproducción de la Bandera del Regimiento de Voluntarios de Ávila preside el salón de plenos del Ayuntamiento de Ávila, junto con la bandera y el escudo de la ciudad de Ávila, y es sacada en procesión el día del Corpus Christi, llevada por el concejal más joven del consistorio.

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La bandera original ha sido cedida por el Ayuntamiento de Ávila al Archivo General Militar tras su restauración para su exposición, donde se puede contemplar en el palacio de Polentinos ese paño que representa la heroicidad, que alimentada por unos valores y una ideología, llevó a un grupo de abulenses a los campos de batalla para hacer frente al ejército más potente que había en aquel histórico momento.

P.D. Pido disculpas por las fotografías de la entrada, pero las condiciones para fotografiar las banderas y el documento no son las mejores, tanto en el Ayuntamiento como en el Archivo General Militar.

Sancho Dávila, el Rayo de la Guerra

Hace aproximadamente una década, era un joven estudiante de bachillerato al que empezaba a gustarle la historia. En una de esas clases de Historia, el profesor nos reprochó el desconocimiento que teníamos los jóvenes en particular y los adultos en general por aquellos hombres que forjaron nuestra historia local, y a nosotros aquello nos parecía tan irrelevante como la filosofía, las matemáticas o el análisis sintáctico de frases absurdas. El profesor, dolido por la ignorancia de aquellos párvulos que éramos (y que de alguna manera, seguimos siendo) nos lanzó, emocionándose, la siguiente pregunta que deberíamos de buscar e informarnos: ¿A qué no sabéis qué abulense, hidalgo, militar y clérigo, empezó como un simple soldado y llegó a dirigir importantes batallas en Europa, participó en la batalla de Mülhberg donde cruzó de noche el río, con el cuchillo entre los dientes y acabó muriendo por la coz de una mula  en Portugal habiendo desafiado a la muerte en el campo de batalla en decenas de ocasiones? Su emoción fue inversamente proporcional a nuestras caras y, quizá decepcionado, añadió: está enterrado en la iglesia de San Juan. Puede que la pregunta fuese lanzada sin esperar respuesta, pero la curiosidad me pudo y averigüé quien fue aquel hombre. Al día siguiente, le dije al profesor: El militar fue Sancho Dávila, el rayo de la guerra. Sonrió, y dijo: Si, y soldado del rey.

Retrato de Sancho Dávila

Antón Vázquez Dávila, hijodalgo notorio según costumbre y fuero de España, abulense y comunero que participó en el asedio del a fortaleza de Fuenterrabía, y perteneciente al linaje de Blasco Jimeno (identificado por los seis roeles), contrajo matrimonio con Ana Daza, hija de un hijodalgo notorio de buen casta. Fruto de este matrimonio tuvieron tres hijos, Beatriz, Tomás y Sancho. Este último, nacido hacia 1523 es nuestro protagonista, el mismo que se quedaría huérfano al cumplir los quince años y que emprendería carrera eclesiástica estudiando latín, gramática y humanidades, filosofía, cánones y teología hasta recibir las órdenes menores. Con veinte años, hacia 1544 ó 1545, marchó a Roma, donde emprendería otra carrera menos espiritual y más mundana: la de las armas, al igual que hiciera Cesar Borgia.

Rápidamente, Sancho Dávila entró a formar parte de las tropas del Emperador Carlos V, concretamente de los tercios viejos, y luchó en contra de los rebeldes de la Liga de Smalkalden (Esmalcalda) al mando de Don Fernando Álvarez de Toledo, III Gran Duque de Alba, participando en varias batallas, escaramuzas, celadas y de acciones sorpresa, además de convertirse en un experto en encamisadas, ataques nocturnos efectuados por sorpresa, y la máxima victoria fue en la batalla de Mülhlberg, donde se dio la dificultad de atravesar el caudaloso río y defendido por arcabuceros alemanes. Para ello, diez arcabuceros españoles se desnudaron y cruzaron a nado, con los cuchillos cogidos entre los dientes y bajo los disparos enemigos, hasta donde estaban las barcas enemigas, mataron a los que las custodiaban, se apoderaron de ellas y las llevaron al campamento del emperador, pudiéndose acabar el puente que permitió cruzar a las tropas imperiales. Uno de esos arcabuceros españoles fue Sancho.

Posteriormente, Sancho Dávila luchó contra los turcos en el norte de África, y participó en la toma de Mahdia (1550), regresando a Italia formando parte del tercio de Lombardía y durante el intento de recuperar Metz (1552) quizá fuera donde se conocieran el duque de Alba y Sancho personalmente, entablando una admiración mutua, fidelidad y respeto entre el soldado y el duque que duraría toda la vida, y juntos participarían en las disputas contra el papa Pablo IV y los duques de Guisa. Participó en la defensa de la isla de los Djelves (1560, Gelves), donde caería prisionero, sufriendo cautiverio y liberado un año después, ya durante el reinado de Felipe II. Regresó a su Ávila natal, que abandonaría nuevamente al no ver perspectivas de futuro, marchando a la Corte, donde se encontraba el duque de Alba, quien le convenció de que volviese a servir nuevamente, nombrándole capitán ordinario de infantería y un sueldo de 50.000 maravedíes, encomendándole la misión de inspeccionar las defensas y fortalezas de la costa del reino de Valencia, labor que desempeñó con eficacia, pero rápidamente fue nombrado Castellano de Pavía (1562), lugar estratégico de todo el Milamesado porque su control aseguraba dominar Italia. Por tanto, ser castellano en esta importante plaza era un oficio de gran responsabilidad y el cargo lo ocupará hasta el verano de 1567, cuando vuelve a formar parte del ejército expedicionario que se reunía en el norte de Italia para ir a los Países Bajos a través de los Alpes al mando del duque de Alba.

En Flandes fue maestre de campo de los tercios españoles bajo el mando de Álvarez de Toledo, el cual había sofocado la revuelta y derrotado a los rebeldes en el campo de batalla en batallas como Dalen, Goes, Flesinga, Borsele, Reimerswaal o Mook, pero en 1574 se produjo el llamado Saqueo de Amberes, en el que se amotinaron las tropas españolas, a las que se les adeudaban treinta y siete pagas, y que supuso el detonante para la sublevación del resto de provincias de Flandes que aún permanecían leales a Felipe II. Esto se conoce con el nombre de Furia Española. Sancho participó en estos acontecimientos, regresando a España en 1577, estableciéndose en la Corte con su hijo, pues quedó viudo hacía unos años. Fue recibido por Felipe II, que le nombró Capitán General de la Costa del Reino de Granada (1578).

El destino quiso que una vez más el fiel soldado Sancho fuera a la batalla una vez, y fue con la crisis sucesoria portuguesa (1580), en la que Felipe II envió al duque de Alba para hacer prevalecer sus derechos dinásticos y acceder a la corona portuguesa frente al otro pretendiente, Antonio, prior de Crato. Cuentan que el rey preguntó al duque de Alba cuánta gente necesitaría para la empresa de Portugal y que Alba le contestó que veinte mil hombres, pero que, si le acompañaba Sancho Dávila, tal vez con diez mil bastara. Dicho y hecho, Sancho participaría en la contienda portuguesa y en la definitiva Batalla de Alcántara, en donde se alzaría como vencedor el bando felipista, y supondría la anexión de Portugal a la Corona Hispánica.

Sancho permaneció en Portugal unos años más, y a finales de 1582 moriría su estimable y admirado amigo Fernando Álvarez de Toledo. Felipe II abandonaría Lisboa y volvería a la Corte y nombraría a Sancho “por la aprobación y satisfacion que tengo de vuestra persona”, como maestre de campo general de toda la gente de guerra que quedaba en el país, con competencia “así en lo que toca a la justicia, execución y administración de ella como el alojamiento y otras cosas al dicho cargo anexas y concernientes”, lo que parecía la culminación de su carrera militar. Poco ejerció este cargo, pues tres meses después de su nombramiento, recibió la coz de una mula en un muslo, que le conduciría a la muerte tres días más tarde, el 8 de junio de 1583. Sus restos fueron llevados a hombros de sus soldados y expuestos en la iglesia de San Francisco en Lisboa, y de allí fueron trasladados a la capilla mayor de la iglesia de San Juan de Ávila, por orden de su hijo Fernando Dávila.

Aquel profesor, del que aprendí mucho más de lo que pone en los libros, investigó más sobre la figura de este abulense, y acabó publicando un libro, del cual he extraído lo anterior expuesto. Escrito a modo de histobiografía, a lo Fernández Álvarez, es un magnífico texto entretenido y que embelesa al lector. Sancho Dávila, soldado del rey, de Gonzalo Martín García y publicado por la Institución Gran Duque de Alba, resulta imprescindible para conocer la figura del militar. Para ir acabando, les dejo una síntesis del autor sobre la figura del personaje en cuestión:

“Sancho Dávila era un soldado valeroso. En muchas ocasiones había cabalgado al frente de la vanguardia del ejército y había participado en un sinfín de encuentros armados, escaramuzas y encamisadas. Había combatido en mar y en tierra, en el agua y en el barro, en asedios a ciudades y en campo abierto. Había arriesgado su vida muchas veces. Y, sin embargo, murió de resultas de la patada que le dio en el muslo un caballo al que estaba viendo herrar en la ciudad de Lisboa. Paradojas”.

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Medallón de Sancho Dávila en el Pabellón de San Martín en la Plaza Mayor de Salamanca. – Wikipedia