Archivo de la categoría: Historia

Todo lo referente a cuestiones históricas

Las portadas de la basílica de San Vicente

La basílica de San Vicente es una de las joyas del románico abulense. Pese a que la decoración románica es muy austera, se centra en capiteles y portadas, donde los escultores pueden desarrollar su talento dotando a la piedra de gran expresividad y detallismo.

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Portada meridional

La portada meridional se abre entre contrafuertes que determinan el espacio que sobresale de la portada. Con arcos de medio punto decrecientes, se apoyan sobre las jambas y columnas con capiteles historiados que representan figuras humanas, palomas y felinos afrontados, y un crismón corona la clave.

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Portada meridional. Imagen de Ángel M. Felicísimo

La portada ha sufrido varias modificaciones. La más importante fue la incorporación de figuras decorativas que representan la Virgen y un ángel —situados a la izquierda—, y a la derecha un rey y dos figuras: San Vicente y Sabina, que habían tenido una anterior ubicación dentro del templo. Inicialmente se sabe que había una tercera figura que representaba a Cristeta, pero no se conserva a día a hoy.

La portada norte, similar a la sur pero con decoración más sencilla, se conserva en peor estado al no estar cubierta por un pórtico y sufrir las inclemencias del tiempo.

Portada occidental

La portada principal se abre en el atrio formado entre las dos torres. Representa, al igual que otras portadas del románico, el Juicio Final, de ahí que la portada se sitúe al occidente. Tiene un gran tímpano que se subdivide en otros dos más pequeños, en los que se decora con relieves el ciclo de Lázaro y el rico Epulón. El espacio entre el tímpano y los dos más pequeños estaba decorado con una pintura de hoja de olivo, pero, tras una nefasta restauración a finales del siglo XIX, fue picado creyendo que habría algún relieve. En la primera escena podemos observar como el pobre Lázaro no es admitido en la cena de Epulón, y en la segunda se representa la muerte de ambos personajes y su distinto fin, con una clara finalidad catequética. El parteluz tiene un Cristo en majestad, y a ambos lados se representan los apóstoles, aunque solamente diez, quizá debido a que no se pudo terminar, aunque hay quien dice que también es por falta de espacio. Podemos identificar a San Pedro y San Pablo como las figuras más cercanas a Cristo, y a San Andrés en la antepenúltima columna de la derecha. Las esculturas se van alejando cuanto más alejadas están de las puertas, hasta estar casi exentas, y agrupadas de dos en dos, como si estuvieran conversando.

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Portada occidental. Imagen de Turol Jones, un artista de cojones

En las arquivoltas se decoran con ingenio representando desde una simple decoración con un baquetón de arquillos ciegos, hasta palmeta, con gran clasicismo y al naturalismo, sustituyendo  el círculo geométrico en el que se inscribían por uno formado por sus tallos. En la segunda arquivolta  se decoran hojas enroscadas, y en la rosca interna el escultor desarrolla toda su maestría con centauros, gallos, leones, sirenas, grifos… que parecen aprisionados entre palmetas e inscritos en círculos perlados.

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Detalle portada occidental. Imagen de Trevor Huxham

Un alero remata la portada, donde se representan 26 pequeñas figuras de hombres y mujeres, semivestidas con túnicas de muchos pliegues —según Vila da Vila—, en grupos de dos, que asoman sus cabezas en variadas actitudes.

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Antigua foto del tímpano. Imagen de Sira Gadea

El coro y trascoro de la catedral de Ávila

Coro

La catedral de Ávila, a pesar de contar con un coro realizado en 1407 en madera de nogal ubicado en el actual presbiterio, la costumbre de la época de situar los coros en el centro de la catedral hizo que se sustituyera por uno nuevo. El nuevo coro fue encargado al maestro Cornelio de Holanda en 1535, de madera de nogal a imitación a la sillería de San Benito de Valladolid. Las obras comenzaron en 1539 y se prolongaron hasta 1547, más de una década para terminar una minuciosa obra compuesta por 43 asientos en la sillería alta, y 39 en la baja.

En su realización no solo participó Cornelio de Holanda, también Juan Rodríguez y Lucas Giraldo, discípulos de Vasco de la Zarza, y tras la muerte de Juan (1544), Isidro de Villoldo, quien realizó el revestimiento de los pilares y los remates de mayor calidad de los relieves. En la parte baja de la sillería aparecen unos cuadros enmarcados por columnas —escenas de la vida de varios Santos y una cornisa con filigranas ornamentales—, y en la alta tiene un paño central corrido, dividido en tres cuerpos: un friso con espacios separados por columnas talladas con grutescos y ornamentos; una zona más amplia enmarcada por columnas y paños con figuras de santos y personajes del Antiguo Testamento, de cuerpo entero; y otro friso inferior de las mismas características. Destaca la silla del obispo, con la imagen de San Segundo y el escudo del cabildo representado.

Trascoro

Situado en la parte posterior del coro, en medio de la nave central, de gran calidad artística. Es una renacentista, realizado en piedra caliza entre 1531 y 1536 por Lucas Giraldo y Juan Rodríguez, discípulos del escultor Vasco de la Zarza. El conjunto representa escenas en altorrelieve con detalle de la infancia de Jesús según el evangelio de San Lucas. Compuesto de un zócalo, un segundo cuerpo de tres amplios paneles de la Presentación de Jesús en el templo, la Adoración de los Reyes Magos o Epifanía y el Martirio de los Inocentes. En los espacios enmarcados por las pilastras y en la parte baja, aparecen otros relieves más pequeños que representan la escena de Jesús entre los doctores en Egipto, y en la parte superior, en los tondos, el Abrazo de San Joaquín y Santa Ana y la Visita de la Virgen a Santa Isabel.

En los extremos de la obra presentan un frontis con hornacinas en las que se representan las figuras de San Pedro y San Pablo a la derecha, y las de San Juan Evangelista y San Juan Bautista a la izquierda. El tercer cuerpo es un friso corrido con catorce figuras de ancianos y profetas sentados entre balaustres, identificados mediante filacterias con sus nombres; y la obra se remata con una crestería donde resalta la figura del Padre Eterno bendiciendo, con multitud de grutescos a ambos lados.

El funcionó como altar o capilla de los Reyes, siendo enterrado allí el canónigo Blas Sarafa. La reja fue colocada en 1711 y todavía hoy se conserva. El Cirsto que aparece sobre el arco del trascoro es obra de Vasco de la Zarza, realizado para la Capilla del Cardenal y ubicado en este emplazamiento en 1710.

La magnífica obra renacentista plateresca, denominada “Biblia de piedra”, fue restaurada en 2011, pues tras sufrir severas intervenciones en el siglo XVIII se procedió a eliminar añadiduras (principalmente escayola), óleos, daños y mutilaciones, devolviendo al trascoro el esplendor del siglo XVI.

Fuentes

DE LA HERAS HERNÁNDEZ, Félix. La catedral de Ávila. Ávila, Gráficas Martín, 1981. 2ª ed.

GONZÁLEZ, Nicolás; SOBRINO, Tomás. La catedral de Ávila. León, Everest S.A., 1981.

VV.AA. Catedrales de Castilla y León. Madrid, El Mundo, 2005.

http://www.elnortedecastilla.es/v/20110526/avila/trascoro-catedral-avila-recupera-20110526.html

http://catedralavila.vocces.com/catedral-de-avila-pagina-oficial/el-coro-y-el-trascoro/

https://viajarconelarte.blogspot.com.es/2014/03/la-catedral-de-avila.html

La Virgen de los Reyes Católicos

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El cuadro de la imagen se conserva en el Museo del Prado, aunque no está expuesto al público. Procede del oratorio en el Cuarto Real del Monasterio de Santo Tomás, trasladándose con la Desamortización de 1836 desde Ávila hasta el Museo Nacional de Pintura y Escultura (Museo de la Trinidad) en Madrid. Es un claro ejemplo del goticismo imperante de la época.

Realizado al temple sobre tabla, tiene unas dimensiones de 123 x 112 cm y ha recibido el nombre de «La Virgen de los Reyes Católicos», fijándose su cronología entre 1491 y 1493, datando los trajes, a la moda de 1490, y la edad del príncipe Juan. Su autoría ha sido un tema de gran debate, siendo atribuida a varios autores, denominándose tradicionalmente como Maestro de la Virgen de los Reyes Católicos, aunque últimas investigaciones, como veremos, señalan a dos autores.

La composición del cuadro es la de una sacra conversazione: se representa una estancia con ventanas a través de las cuales se puede contemplar un paisaje de estilo flamenco. El suelo de baldosas y la tarima sobre la que se encuentra el trono de la Virgen presentan una perspectiva algo forzada. Representada en primer plano y en el centro de la composición la Virgen con el Niño. Sentada en un trono de arquitectura gótica, decorado con ángeles músicos que representan la Corte celestial y varias figuras pequeñísimas en hornacinas, la Virgen va vestida con un ostentoso traje rojo y dorado, sosteniendo en brazos al niño Jesús semidesnudo, apenas cubierto por una tela blanca y los brazos doblados de manera imposible.

En un plano inferior, de pie, se sitúan dos santos en hábito dominico: Santo Domingo de Guzmán, a la derecha, y Santo Tomás de Aquino, a la izquierda. Santo Domingo de Guzmán aparece representado como fundador de la orden de los dominicos con un libro —por ser doctor de la Iglesia—, y un lirio —símbolo iconográfico de la Virgen—, por su devoción mariana. Por su parte, Santo Tomás de Aquino representado con un libro por ser también doctor de la Iglesia y una maqueta del monasterio de Santo Tomás por ser la advocación del mismo.

Un plano por debajo, en actitud orante y como donantes, aparecen los Reyes Católicos formando una composición simétrica, Fernando aparece vestido con ropajes similares a los de la Virgen, e Isabel con ricos ropajes dorados y ocres. En el momento de la representación los reyes rondarían en torno a los cuarenta años, de lo que se deduce que los retratos son idealizados y no verídicos.

Junto a los reyes aparecen dos de sus hijos. Al lado de Fernando aparece el príncipe Juan, ataviado con ricos ropajes y también actitud orante, representada como un niño; y la infanta Isabel, la primogénita, junto a la reina Isabel, cuya figura es la única retratada de perfil, lo que dificulta conocer sus rasgos faciales y que ha llevado a dudas sobre a quién personifica.

Detrás de la reina y junto a la infanta Isabel, aparece representada una figura masculina con una espada en el pecho, símbolo de su martirio, a quien se ha identificado con Pedro de Arbués, Inquisidor de Aragón y asesinado en 1485, pero también se ha tratado de relacionar con San Pedro de Verona, asesinado por hereje y representado con el cuchillo y la herida abierta en la cabeza, quien para algunos aparece como Pedro Mártir de Anglería, humanista y confesor de la reina, al estar justo a su lado. La intención de representar a la Inquisición —y a Torquemada— es la de afianzar la imagen de los Reyes Católicos como valedores de la defensa de la fe católica, expulsando a los herejes (judíos y musulmanes).

Junto al rey Fernando aparece fray Tomás de Torquemada, confesor de los Reyes Católicos e Inquisidor General de Castilla y Aragón. Su rostro aparece representado con arrugas en la frente y sin estar idealizado, quizá en un intento de representarle de manera fehaciente, porque la tabla formó parte de la capilla funeraria del propio Torquemada: la pintura estuvo situada sobre el sepulcro del inquisidor y el retratarle tendría una función de prestigio y memorial, al perpetuarse su figura como una guía ejemplar a los miembros de la comunidad dominica.

¿Quién fue su autor?

La autoría de «La Virgen de los Reyes Católicos», siempre se ha atribuido a los mejores pintores de finales del siglo XV en Castilla: Pedro Berruguete —según Carderera—, Michel Sittow —según Cruzada Villaamil y Pedro de Madrazo—, Melchor Alemán, Diego de la Cruz, y maestros anónimos como el Maestro de Santa Cruz, el Maestro de Miraflores o el Maestro de Ávila —del que cronológicamente le separan unos treinta años, por lo que no resulta convincente esta hipótesis—, o alguien del taller o círculo de Fernando Gallego, el Maestro Bartolomé o el Maestro de Osma. Demasiados autores para una magnífica pintura que ante la disparidad de opiniones tradicionalmente se conoce como el Maestro de la Virgen de los Reyes Católicos.

Las hipótesis que cobran más fuerza en pos de atribuir su autoría, al identificarse la mano de al menos dos pintores distintos al encontrarse gran diversidad en el estilo y el dibujo, serían Fernando Gallego, al encontrarse similitudes con su obra Bendiciendo a Cristo; y el maestro Bartolomé, con semejanzas en su obra Virgen de la Leche. Ambos artistas trabajaron juntos en el retablo de la catedral de Ciudad Rodrigo (entre 1486 y 1491). A todo esto se suma la investigación realizada por la profesora y epigrafista de la UAM Alicia M. Cantó (28/06/2016), quién ha descubierto  dos firmas escondidas en distintos lugares de la tabla —posiblemente tres firmas—, que se corresponderían a éstos dos pintores. Pendientes de ésta investigación, la Virgen de los Reyes Católicos todavía guarda muchos secretos, que nos serán desvelados a raíz de nuevas investigaciones, pero mientras, sigamos deleitándonos ante la magnífica pintura.

FUENTES

https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/la-virgen-de-los-reyes-catolicos/6be8122a-7cc8-4438-b16d-15d1a03be0eb

http://www.foroxerbar.com/viewtopic.php?t=3140

https://www.uam.es/ss/Satellite/es/1242652962055/1242699679028/articulo/articulo/La_celebre_tabla_%E2%80%9CLa_Virgen_de_los_Reyes_Catolicos%E2%80%9D_del_Prado_saldra_por_fin_del_anonimato.htm

https://www.academia.edu/26,598972/La_celebre_tabla_Virgen_de_los_Reyes_Catolicos_del_Prado_saldra_por_fin_del_anonimato_noticia_junio_2016_4

http://www.cromacultura.com/1-dia-1-obra-de-arte-la-virgen-de-los-reyes-catolicos/

Pedro La Gasca, obispo de Palencia y Sigüenza

«Era muy pequeño de cuerpo, con extraña hechura, que de la cintura abajo tenía tanto cuerpo como cualquiera hombre alto y de la cintura al hombro no tenía una tercia. Andando a caballo parecía aún más pequeño de lo que era porque todo era piernas; de rostro era muy feo, pero lo que la naturaleza le negó de los dotes del cuerpo se los dobló en los del ánimo… pues redujo un Imperio, tan perdido como estaba el Perú, al servicio de su Rey”.

Inca Garcilaso de la Vega

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Tras volver del Perú, donde había pacificado la región terminando con la rebelión de Gonzalo Pizarro, Pedro La Gasca fue nombrado obispo de Palencia por el emperador Carlos V, al quedar vacante la mitra tras el fallecimiento de Luis Cabeza de Vaca, maestro del propio emperador. Pidió que le consagraran obispo antes de embarcarse hacia Alemania, donde tenía que ir a encontrarse con el Emperador para darle cuenta de su Real Servicio en el Nuevo Mundo, consagrándole obispo de Vich, Juan Tormo en Barcelona (17 de mayo de 1552). Ocho días después, partió rumbo a Génova, donde estuvo alojado tres días en la casa de Andrea Doria, y desde allí partió hacia Tortona y Milán, parando en casa de Juan de Luna, y reuniéndose en Mantua con el príncipe Felipe, a quién describió su expedición. En Trento le recibieron los prelados españoles que estaban en el Concilio de Trento, en Volcán le saludó el príncipe Maximiliano, pasó por Inskbruk y el 12 de agosto entró en Augusta.

En la ciudad alemana se encontró con el emperador Carlos V, el cual, a pesar de estar convaleciente de gota, le recibe en su cámara donde le detalla largamente su pacificación del Perú. Entre las distinciones con las que Carlos quiso premiar a su vasallo, le concede en su escudo, que constaba de dos cuarteles, el de la derecha un león entre cuatro castillos y en el de la izquierda los trece roeles, sostenidos por dos genios, se añadiese seis banderas, tres por el lado con la letra P y en medio de ellas una anda con la inscripción: « Caesari restitutis Perú Regnis Tiranorum spolia».

Después de muchos agasajos, encomio y admiraciones recibidas, La Gasca retornó a España, comprando antes un tríptico que regaló «a su pueblo el Barco, por haber sido allí bautizado», del pintor flamenco Brujas, maestro de Van Eyck. El accidentado retorno duró hasta el 25 de marzo de 1553, cuando ocupó su silla episcopal en Palencia. Desde entonces y hasta el 19 de agosto de 1561, gobernó la diócesis palentina, hasta que el rey Felipe le promovió para ocupar la diócesis de Sigüenza, puesto que ocupa hasta su muerte, acaecida el 10 de noviembre de 1567. A pesar de tener gran influencia en la Corte y su consejo era bien valorado, poco se dejaba ver por ella, solamente cuando sus deberes pastorales se lo imponían. Cuando alguien le comentaba por qué no se dejaba ver con más frecuencia por la Corte, respondía, tajante: « Los que tienen sagradas obligaciones que cumplir no pueden ni deben gastar el tiempo pavoneándose por los palacios del César».

Pedro La Gasca mandó edificar la iglesia de la Magdalena de Valladolid, a la que dotó de una renta de 225.000 maravedís, construyendo enfrente una casa donde vivirían los trece capellanes. El motivo que le llevó a fundar esta iglesia lo expresa en la escritura fundacional, fechada en Sigüenza el 6 de septiembre de 1567:

Nos, D. Pedro Lagasca, Obispo y Señor de Sigüenza, Obispo que fuimos de Palencia, del Consejo de S.M., fundamos y edificamos la Iglesia de la Magdalena de Valladolid y la dotamos para suplir las faltas que tuvimos en celebrar sobre todo en tiempos de N. S. el Emperador Carlos V, en la visita de los tribunales del Reino de Valencia y en la defensa de aquel Reyno, y de las islas de Mallorca, Menorca e Ibiza, y cuando en 1542 atacó el turco con el francés, y en la ida al Perú; y así que en más de ocho años casi no dijimos misa (no nos atrevimos) aunque teníamos las licencias para no caer en irregularidad.

E incluso pidió y obtuvo del papa Pio IV una bula (de 14 de octubre de 1564) para que en la iglesia de la Magdalena se dijeran dos misas cada mes mediante el rito mozárabe, pues como decía el propio La Gasca, «De tanta devoción y uso en España y en tiempo de las persecuciones dentre los cristianos, y porque no hay razón que oficio tan antiguo caiga en olvido».

La iglesia de la Magdalena fue el lugar escogido para el descanso eterno de Pedro La Gasca, donde fue enterrado. En su majestuosa fachada, a los pies del templo, preside el escudo en piedra más grande del mundo del propio clérigo. En su interior, concretamente en el centro de la nave (inicialmente se encontraba en la capilla mayor, pero fue trasladado a mediados del siglo XX) se encuentra el sepulcro, realizado en jaspe y alabastro, del escultor Estebán Jordá. El obispo La Gasca aparece representado con los atributos episcopales: libro en la mano, capa pluvial, mitra y cetro, en actitud yacente de reposo tranquilo, con la inscripción a los pies «accepit regnum decoris et diadema speciei de manu Domini» (recibió un glorioso reino y una hermosa corona de mano del Señor. Sab. V, 16).

La persona de Pedro La Gasca estuvo ligada a la villa de Barco de Ávila, donde su familia tenía posesiones y se conserva la llamada «Casa de los Gasca», situada antiguamente en la Plaza de los Vados. Lamentablemente, fue derribado en los años 70 para construir  las oficinas de la Caja de Ahorros de Ávila, salvándose únicamente la portada, ubicadas actualmente en la entrada del patio del C.E.P. Juan Arrabal.

Otros sitios que recuerdan la figura de Pedro La Gasca, o Lagasca, como se mantiene en numerosos sitios, es en los callejeros, tanto de la villa de Barco de Ávila, Ávila o Madrid.

Bibliografía

CARVAJAL GALLEJO, I. (1981): Don Pedro de Lagasca pacificador del Perú. Caso único en la Historia. Esbozo de estudio biográfico. Coloquios históricos de Extremadura.

GARCILASO DE LA VEGA, Inca (1617): Historia General del Perú o Segunda Parte de los Comentarios Reales.

FUENTE ARRIMADAS, Nicolás de la (1925): Fisiografía e historia del Barco de Ávila. Senén Martín, Ávila.

LÓPEZ HERNÁNDEZ, Francisco (2004): Personajes abulenses. Caja de Ávila, Ávila, pgs 349-351

RAMÍREZ DE ARELLANO, Carlos (1870): El licenciado Pedro de La-Gasca, estudio biográfico. Revista de España. Tomo XV (58)

SAN MARTÍN PAYO, Jesús (1992): Don Pedro La Gasca (1551-1561). Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses (63): 241-328.

Webgrafía

https://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_de_la_Gasca#Obra_escrita

http://www.santamariadeloscaballeros.com/personajes.asp

http://www3.uah.es/cisneros/carpeta/galpersons.php?pag=personajes&id=78

http://pueblosoriginarios.com/biografias/lagasca.html

http://www.alcaldesvcentenario.org/index.php?option=com_content&view=article&id=107&Itemid=100

http://los4palos.com/2014/04/08/un-escudo-en-pucela-y-una-tarea-en-peru/

Pedro de La Gasca, Pacificador del Perú

El Licenciado Pedro de La Gasca fue nombrado Presidente de la Audiencia del Perú el 16 de febrero de 1546 con la difícil tarea de pacificar el Perú, que se hallaba en el más absoluto caos tras la sublevación de Gonzalo Pizarro, aceptando tras imponer una serie de condiciones:

“No marcharía al Perú sin que el Emperador le diese poder llano y absoluto, como si fuera el César, para nombrar los cargos que vacaren, separar incluso al virrey, perdonar cualquier clase de delitos cometidos y que se cometieren hasta la rendición del Perú, no solo de oficio, sino contra instancia de parte. No quiero sueldo ni recompensa de especie alguna; con mis hábitos y mi breviario espero llevar a cabo la empresa que se me confía. No quiero más que mi sustento y el de mis acompañantes y pido que se nombre persona que reciba e invierta el dinero y así no se crea que me guía la codicia”.

Estas condiciones causaron admiración y asombro en el Consejo de Indias, y ante su insistencia para que alterara sus condiciones, el licenciado insinuó que renunciaría al cargo, además de escribir al Emperador su deseo de volver a España tan pronto como acometiese la misión encomendada: “Como tengo por cierto que no se pretende desterrarme de mi Patria, en cuanto consiga lo necesario para la pacificación del Perú, pido llevar licencia y aún esperar otra, para volverme a España”. Tras pasar dos días con su madre en Barco de Ávila para despedirse de ella, el 26 de mayo de 1546 embarcó en Sanlúcar de Barrameda acompañado de su hermano Juan y del caballero abulense Alonso de Alvarado, y el 27 de julio llegaba a Nombre de Dios (Panamá).

El recibimiento al desembarcar no fue, ni mucho menos, cordial. Sembrado de gritos, amenazas y  burlas por su apariencia, la única respuesta del Licenciado fue mostrar buen semblante. Desde el primer momento comenzó a poner en práctica el plan que había elaborado: sosegar y pacificar a todos, e incluso conceder el perdón por los desórdenes cometidos al estar autorizado a ello. Su gran labor diplomática no tardó en mostrarse, ganando a su causa el general Pedro de Hinojosa y los demás jefes de la armada pizarrista, quienes fueron perdonados por su rebeldía y la promesa de nuevas encomiendas de indios. Más tarde se le unieron otros rebeldes pizarristas como Sebastián de Benalcázar, Pedro de Valdivia, el oidor Pedro Ramírez, el contador Juan de Cáceres y Lorenzo de Aldana. Por algo diría el Maestro de Campo Francisco de Carvajal “que las mañas y palabras del clérigo eran más de temer que las lanzas del Rey de Castilla”.

El mismo Gonzalo Pizarro intuía, a través de las ministras que intercambió por La Gasca y las noticias que de él tenía, que bajo la apariencia de hombre modesto se ocultaba un poder moral más fuerte que el de todos sus soldados cubiertos de acero, pues actuando silenciosamente frente a la opinión pública, minaba toda fuerza y poder, ratificado por el rebelde Juan de Acosta que llegó a decir “este cura del cayadillo es mucho más de temer que un ejército”. Además, el levantamiento del capitán Diego Centeno, que conquista Cuzco, supone otro frente para Pizarro, pero éste mantiene su empeño, y condena a muerte a La Gasca, Hinojosa y Aldama.

Al fracasar su intento de buscar una solución pacífica al conflicto de los rebeldes pizarristas, el presidente La Gasca no pierde un instante. Reúne y equipa sus tropas, colocándolas en los lugares más estratégicos para vencer a los rebeldes, y en abril de 1547 parte de Panamá con una flota de dieciocho navíos y unos dos mil soldados veteranos con buen armamento, desembarcando en el puerto de Manta (Ecuador), y continuando su marcha por los Andes, donde tienen que atravesar precipicios y nieve, hasta acampar en el valle de Xaquisaguana, donde le esperaba el ejército de Gonzalo Pizarro.

Antes de comenzar la batalla cerca de Cuzco, el 9 de abril de 1548, La Gasca ofrece nuevamente el perdón a los rebeldes para que depusieran las armas, pero no tiene prisa por comenzar la campaña: contaba con que parte de las fuerzas de pizarristas se pasaran a su bando, como así fue (desertaron el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega y el oidor Diego Vásquez de Cepeda), y en recibir apoyos desde Guatemala, Popayán y Chile.

Prácticamente, no hubo batalla. Los efectivos rebeldes se fueron pasando al ejército realista y Gonzalo Pizarro, viéndose casi solo, preguntó a su lugarteniente Juan de Acosta: “¿Qué haremos?”, a lo que le contesta, furioso: “Arremeter al enemigo y morir como romanos”. Pero Pizarro, reconociendo su derrota, le replica: “Mejor es morir como cristianos” y adelantándose, entrega su espada a Juan de Berrio Villacencio, presentando su rendición. Al ser conducido ante el presidente La Gasca, le hizo una respetuosa inclinación, y éste le preguntó, con severidad, por qué había puesto al país en esta situación, levantándose en armas contra el Emperador, por qué había asesinado al Virrey Blasco Núñez Vela, usurpado el gobierno y rechazado las ofertas de perdón que le había ofrecido en repetidas ocasiones. Gonzalo Pizarro trató de justificarse vanamente, sin que ello convenciera al Presidente de la Audiencia del Perú.

La justicia aplicada a los rebeldes fue un ejemplo para todos, nombrándose un tribunal que aplicase la ley, y en el que Pedro La Gasca no quiso intervenir. Los cabecillas Gonzalo Pizarro y Francisco de Carvajal fueron sentenciados a muerte, y otros muchos fueron condenados a azotes, destierro, trabajo en galeras y confiscación de sus bienes.

Terminaba la guerra, el presidente se dedicó a gobernar. Realizó el Reparto de Guaynarima (16 de agosto de 1548), distribuyendo encomiendas entre los soldados, dejando a muchos insatisfechos. Sentó sobre bases firmes y permanentes la autoridad real, realizando un ordenamiento racional y económicamente la explotación de las minas, saneó la hacienda pública y organizó la contabilidad, aumentando la recaudación y aliviando el peso de los contribuyentes. Por todo ello fue aclamado en Lima como «Padre restaurador y pacificador del Perú».

Pedro de La Gasca consideró que su misión había terminado y consideró volverse a España. Su partida produjo gran estupor entre los indios, quienes llevaron a apreciarle y le mostraron su agradecimiento ofreciéndole gran cantidad de plata, que no aceptó. Los colones españoles, al despedirle en el navío (27 de enero de 1550), le llevaron como regalo 50.000 castellanos de oro. A ello, el presidente les dijo: «No lo acepto. He venido a pacificar el Perú y a servir al Rey y no quiero deshonrarme con un acto que empañaría mi pureza de conciencia y mis intenciones».  Desde Nombre de Dios, partió hacia España el 24 de mayo de 1550, llegando a Sanlúcar el 14 de septiembre y desembarcando en Sevilla el 24, aclamado por la muchedumbre y depositando en la Casa de Contratación el Tesoro que traía consigo, llegando igual que se fue, con la misma sotana, brevario y cayado.

El Emperador Carlos V escribió a Pedro La Gasca desde Augusta (Alemania) en términos de mucho reconocimiento: «Y puede ser cierto que lo que se ofreciere, tenemos siempre memoria de vos como lo merecéis». Le ordenó que fuera a verle, como así lo establecía el Real Servicio, junto con gran cantidad de oro y plaza. También le recomendaba que antes de emprender el viaje fuese a Barco de Ávila a abrazar a su madre, con la que pasó casi un mes.

 

La Posada de la Feria

Hace 20 años, se inauguraba la Biblioteca Municipal Posada de la Feria. Situada en la zona sur de Ávila, bajo el arrabal de Santiago y cerca de la plaza del Rollo, está ubicada en un edificio que data de 1558, conocido por el nombre de «La Posada del Tío Goriche», y que mantuvo su uso como venta hasta comienzos del siglo XX, conservando su estructura primigenia hasta su abandono, condenando al inmueble a un estado de ruina.

Tras varias décadas de abandono, el Ayuntamiento de Ávila consideró recuperar y rehabilitar el espacio, quizá tras poner de manifiesto el valor de la posada como ejemplo de arquitectura popular por parte del arquitecto municipal Armando de los Ríos en “Cuaderno de Arquitectura” (1987), y que años más tarde se haría cargo del proyecto de rehabilitación.

Finalmente, tras años de obras, la Biblioteca Posada de la Feria abrió sus puertas en enero de 1997, y desde entonces permanece abierta para el préstamo y estudio, atendido por grandes profesionales.

Debo añadir que en esta biblioteca he pasado horas desde la adolescencia, leyendo y estudiando, llegando a considerarla una segunda casa. Mando desde aquí un saludo a los trabajadores que están y han estado en la Posada de la Feria: Teresa, Javi, Eulogio, Bea, Beatriz, Michel, Gemma, Rufino, y tantos otros. Todos vosotros sois parte de la Posada de la Feria y sin vuestro trabajo la biblioteca no sería lo mismo. Gracias por todo.

Ávila. Plaza de la Feria. Posada del Tio Goriche.

Ávila. Plaza de la Feria.

Ávila. "Casa de labriegos en el arrabal". Posada del Tio Goriche, plaza de la Feria.

Ávila. Posada de la Feria.

Ávila. Plaza y posada de la Feria.

Ávila. Plaza de la Feria.

Pedro de La Gasca, hombre de letras (I)

Nació en el lugar de Navarregadilla, perteneciente a Santa María de los Caballeros (Ávila), hacia 1493, siendo bautizado en la iglesia parroquial de Barco de Ávila a los nueve días de su nacimiento. Sus padres pertenecían a una familia de hidalgos acomodados próxima al cardenal Cisneros. Su padre, Juan Jiménez de Ávila García, era descendiente de los Cimbrones y García extremeños, primo del Cardenal Cisneros y Señor de Navarregadilla; y su madre María González Dávila Gasca, bisnieta del caballero castellano Gil González Dávila, Señor de Puente del Congosto (Salamanca).

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Boceto y retrato de Pedro La Gasca. Valentín Carderera (1847)

Los primeros años de su vida los pasa en Barco de Ávila, pero debido a las circunstancias familiares (enfermedad de su padre), Pedro es llevado a vivir a Puente del Congosto con su abuelo materno, Pedro García Gasca, señor de la villa. No habiendo en la villa “dómine” que se encargara de su enseñanza, a los diez años vuelve a El Barco de Ávila, donde estudió Humanidades con el Bachiller Minaya, en compañía de sus hermanos: Juan, Francisco y Diego. Durante varios años se formó con el Bachiller, el cual, complacido de la inteligencia de su discípulo, aconsejó a sus padres que le llevaran a Salamanca a continuar sus estudios de la carrera eclesiástica, a la cual se veía llamado.

Poco tiempo estaría el joven estudiante en Salamanca, pues al ir su padre a consultar a un médico la dolencia crónica que padecía, su mal se agravó y hubo de ser trasladado en una silla de manos de Salamanca a Navarregadilla, donde murió poco después (1513). Diego González Dávila, hermano de su padre, fue a Barco a consolar a su cuñada y a poner en orden los asuntos familiares, y contentado de la inteligencia de sus sobrinos Pedro y Diego, los llevó consigo a la recién fundada Universidad de Alcalá de Henares, donde Pedro estudió durante once años, manifestándose como un alumno sagaz, intrépido, enérgico y fidelísimo al Rey, como demostró luchando en el bando realista en la guerra de las Comunidades. Tras realizar excelentes exámenes, fue el segundo alumno que se graduó  con el título de Maestro en Artes y el primero en conseguir el título de Maestro en Teología, con aplauso unánime de profesores y alumnos.

Desde que se graduó en Alcalá, Pedro de La Gasca firmó siempre como el «Licenciado La Gasca», sin adoptar nunca los apellidos que le correspondían, Jiménez de Ávila y García y González Dávila, al igual que sus hermanos. Quizá adoptara este apellido al elegir los apellidos que más le gustaban, como era costumbre, por afinidad a la familia materna o considerarlo de mayor abolengo que el Ximénez de Ávila.

Posteriormente pasa a estudiar en Salamanca Derecho Civil y Eclesiástico, pese a su frustrada idea de realizarlo en Italia (invadida por Francisco I) dio probadas muestras de su prudencia, sagacidad, tacto y energía que le granjearon la admiración de todos. Por su valía es nombrado Rector de la Universidad de Salamanca (en el curso de 1528-1529), y Vice-escolástico, cargos que simultaneaba con el de Subcolector Apostólico, elegido por el Nuncio Pogio. El acierto con el que desempeñó su cargo en la Universidad se plasmó en los Estatutos que él mismo realizó y que se mantuvieron durante muchos años. Fue elegido Rector del Colegio de San Bartolomé en dos ocasiones, donde se licenció en Cánones (1531).

Acabados sus estudios, fue ordenado sacerdote comenzando su carrera eclesiástica en la propia Salamanca, pero la influencia del cardenal Juan Pardo de Tavera le lleva a ser nombrado Juez Metropolitano en la Catedral de Toledo y Vicario en Alcalá de Henares (1537). Sería en el propio Toledo donde conoce personalmente a Carlos V, el cual le favorece y autoriza para que se haga cargo de un difícil proceso de sacrilegio en Valencia que el Consejo de la Inquisición que no acertaba a resolver, nombrándole Oidor en el Consejo de la Suprema Inquisición, teniendo que abandonar el resto de sus cargos. Tras más de dieciocho meses de laboriosa investigación, entregó todo el proceso minuciosamente ordenado y resuelto a justicia, lo que le valió la admiración de los varones del Consejo de la Inquisición, e incluso la del propio emperador Carlos, quien le llamó a su cámara para oírle personalmente todo lo referente al caso.

Su primer cargo político fue el de Visitador de los Tribunales, Justicia y Hacienda de todo el Reino  de Valencia en 1541, a petición de las Cortes de Monzón, un cargo reservado a los allí nacidos. Durante estos años (1542-1545), Pedro de La Gasca se dedicó a comprobar la labor de los funcionarios, la recaudación de impuestos y el respeto a los poderes reales, así como aplicar los juicios de residencia a los ministros de justicia y ocuparse del adoctrinamiento de los moros, adquiriendo durante su desempeño un notable conocimiento de las funciones gubernativas.

A pesar de ser un hombre de letras, las circunstancias hicieron que La Gasca mostrara que debajo de su hábito sacerdotal había también un valiente guerrero, heredero de los antepasados de su familia. En 1543 se tuvo constancia, de manera secreta, que el corsario otomano Barbarroja y los franceses planeaban desembarcar y saquear las costas valencianas y la islas baleares. El pánico cundió entre los caballeros que intentaban organizar la defensa, con Fernando de Aragón (viudo de Germana de Foix), duque de Calabria y Virrey de Valencia, a la cabeza, pero aparece en escena Pedro La Gasca, echándoles en cara su cobardía y mostrando que era posible una defensa fortificando las playas e islas con los medios de los que disponían. El plan se traza según las exigencias de La Gasca y los intentos de Barbarroja de desembarcar son duramente rechazados por las defensas realizadas, obligando a los berberiscos a desistir de sus intentos de asaltar las costas levantinas.

Pedro de La Gasca es aclamado como un hombre providencial, volviendo a Castilla en 1545.

Las noticias de revueltas sucedidas en Perú, con la rebelión de Gonzalo Pizarro, sublevado contra las Leyes Nuevas y el gobierno del virrey Blasco Núñez Vela, muerto en la batalla de Añaquito, hizo que se reuniera en el verano de 1945 el Consejo de Indias con el príncipe Felipe (el Emperador se encontraba en Alemania) para adoptar una solución al conflicto. Entre los miembros del Consejo estaban los cardenales Tavera y Laoisa, el obispo de Sigüenza (Consejo Real de Castilla), el presidente de la Chancillería y varios nobles, debatiéndose entre dos posturas: la de enviar a un ejército para reducir la rebelión por la fuerza, y poner a un militar con experiencia al mando; y la de enviar a un hombre de letras, negociador, que consiguiera la obediencia por la vía de la persuasión y los halagos. Se optó por la segunda opción, y parece ser que fue el propio Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, quien propuso el nombre de Pedro La Gasca como la persona más capacitada para encomendarle la difícil tarea, diciéndole al príncipe Felipe: “Señor, Gasca tiene aún más carácter y energía que yo”.

Tras mandar un emisario al Emperador para darle cuenta de lo sucedido y acordado por el Consejo de Indias, Carlos V, orgulloso con el desempeño de La Gasca en los asuntos encomendados anteriormente, no solo aprueba su nombramiento, sino que escribió de su puño y letra una carta (fechada el 17 de septiembre de 1545) manifestándole su complacencia por su nombramiento como Presidente de la Audiencia del Perú, estableciendo que abandonase todos sus cargos  y realizase su salida hacia el Perú lo más pronto posible.

 

La iglesia de San Andrés

La iglesia de San Andrés está situada extramuros de la ciudad de Ávila, a pocos metros de la basílica de San Vicente, en el barrio de los canteros. Fue construida en el segundo cuarto del siglo XII, entre el 1130 y 1160, pese a que para algunos autores la consideran la más antigua y levantada hacia el 1100, mientras que para otros es posterior al arranque de las obras en San Vicente y San Pedro. Al igual que otros templos abulenses, la primera referencia documental la encontramos en la carta del cardenal Gil Torres en 1250. Sus reducidas dimensiones (29,75 m. de longitud interior, 15,65 m. de anchura y 11,45 m. de altura máxima en la nave central) hacen que se erigiera en pocos años, lo que se manifiesta al observar una gran unidad en el estilo constructivo, de románico pleno. Durante el devenir de los siglos se ha ido transformando tanto el interior como el exterior (sacristía, espadaña, armadura…), siendo intervenida en varias ocasiones (años 30 y 60 del siglo XX principalmente), con distinta fortuna.

 

El templo tiene una sencilla planta de tres naves, con triple cabecera, sin crucero, con una capilla mayor con arquerías murales ciegas con decoración y formas de clara influencia del norte peninsular (en concreto, del segundo maestro de San Isidoro de León). La capilla absidal de la Epístola cuenta con un arco polilobulado, de clara influencia islámica, al igual que algunos capiteles e impostas, o la propia cubierta de madera, solución utilizada habitualmente en el ámbito islámico. Las actuales cubiertas fueron reemplazadas ene l siglo XV. La torre, de sección cuadrada, tiene tres cuerpos, cada uno en progresión más pequeña, el primero de granito y el resto de arenisca, siendo el campanario una reforma de los años 60.

La fábrica está constituida por aparejo cuasi isódomo, de granito ocre y ripio, alzado sobre un zócalo de grandes sillares de granito de sobre un metro de altitud, al igual que otros templos románicos abulenses. Las portadas se sitúan a mediodía y poniente, mientras que en el muro norte permanece cegada una puerta gótica que daba paso a la sacristía, hoy desaparecida. En el caso de la portada oeste, se sitúa entre la torre y dos machones de sillares de granito, bajo una pequeña ventana, y protegido por un pequeño tejaroz que sobresale un pie. La portada, en arco de medio punto, está rodeado de una imposta ajedrezada con cuatro arquivoltas decrecientes, que descansan sobre columnas cortadas, y sus capiteles se decoran con hojas y animales fantásticos: grifo, paloma y arpía, muy deteriorados. La decoración se completa con un baquetón y una roseta de ocho puntas inscritas en un círculo en cada una de sus dovelas.

En la portada sur, donde inicialmente existieron dos portadas, las columnas y capiteles se conservan en mejor estado, distinguiéndose dos leones agachados, pero el arco externo está constituido por piezas lisas. Una espadaña clásica en ladrillo, que recuerda a la de Santa María de la Cabeza, corona la portada, mientras que en la portada norte continúa desnuda, con un diminuto vano.

De la cabecera se deduce que no tuvo un plan definido de construcción, dando como resultado distintos tipos de ábsides. Mientras que el central es muy profundo —y con arquerías murales—, los dos laterales son meras hornacinas, principalmente el de la Epístola, con el arco polilobulado relacionado con San Isidoro de León. En el exterior tiene una arquería ciega, con dos arcos sobre columnas, con capiteles historiados en un estado de conservación bastante pésimo. Bajo las ventanas y arquerías existe una cornisa de tres baquetas, sobre la cual se sitúa una imposta ajedreada.

En el interior, la capilla mayor continúa la misma estructura que el exterior, repitiendo los vanos ciegos y arquerías, pero con unos capiteles historiados, de gran calidad y con un gran repertorio de motivos diferentes. Las bóvedas de cañón y horno se abren tras un arco triunfal y un arco fajón sobre columnas ménsulas. El ábside lateral izquierdo tiene u altar barroco; y el lateral derecho el ya citado con el arco con cinco lóbulos sobre capiteles sin columna. En el resto del templo, arcos doblados apoyados en pilares cruciformes separan las naves.

A partir del siglo XX se acometieron varias restauraciones, excesivas en su mayoría de la mano de Arenillas Álvarez, que afectaron y transformaron los muros y portadas, así como la torre, superponiéndole un vasto campanario. Tras la última restauración, acometida entre 2008 y 2010 por la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León, se han solventado problemas estructurales y humedades, devolviendo parte del esplendor inicial del templo.

El 23 de junio de 1923 es declarado Monumento Nacional.

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Fuentes

Enciclopedia del románico pgs. 173-180

https://es.wikipedia.org/wiki/Iglesia_de_San_Andr%C3%A9s_(%C3%81vila)

http://www.arteguias.com/iglesia/sanandresavila.htm

http://www.arquivoltas.com/24-Avila/02-AvilaSAndres.htm

http://www.fundacionpatrimoniocyl.es/textos01.asp?id=517&bmbi=BI

http://www.avilaturismo.com/es/galeria/item/36-iglesia-de-san-andr%C3%A9s

El cenotafio de los Santos Mártires Vicente, Sabina y Cristeta

El cenotafio de los Santos Mártires Vicente, Sabina y Cristeta, en la basílica de San Vicente en Ávila, es una de las joyas de la escultura románica funeraria española. Está situado en el transepto del templo, a un lado del brazo sur, con forma de nave de templo basilical y protegido por un baldaquino del siglo XV levantado sobre cuatro columnas, con tejadillo a dos aguas en la zona central y otros dos a un solo agua en los laterales, decorados con escamas y un San Miguel en la cúspide. En él están representados los escudos de las máximas autoridades civiles y eclesiásticas de la época: Castilla y León, el Papa, la catedral y el obispo don Martín Vilches.

La autoría del cenotafio es atribuida al maestro Fruchel, de origen borgoñón, el mismo que diseñó el trazado actual de la catedral de Ávila. Una obra maestra realizada hacia finales del siglo XII que, a día de hoy, y tras una profunda restauración, se puede contemplar la policromía original al haber sido retirada una capa de pintura blanquecina que la cubría (2007).

La zona central o parte alta del cenotafio está decorado con diez escenas, cinco por cada lado, que representan el juicio, martirio y muerte de los Santos. Comienza el relato en el ángulo nororiental en dirección opuesta a las agujas del reloj. En la zona inferior y en los cuatro ángulos se representan los doce apóstoles, agrupados de manera par, salvo en la cara que está representada la Epifanía. En los laterales de la zona inferior emergen cuatro arquillos polilobulados con capiteles y columnas perfectamente tallados. Sobre cada columna del interior, se levantan tres figuras —una por cada columna—, como conocidas como «ora et labora».

En el frontal anterior, orientado hacia el altar, observamos una Epifanía o adoración de los Reyes Magos (donde faltan los Apóstoles): el rey Melchor, arrodillado, ofrece su presente mientras Gaspar y Baltasar esperan tras él. La Virgen, sedente y coronada, sostiene al niño sobre su rodilla izquierda, girado hacia el rey. A la izquierda de la Virgen aparece un San José con pose ausente, con la cara apoyada en la palma de su mano izquierda y la derecha sobre un bastón en forma de tau.

En la parte posterior del cenotafio contemplamos un Pantocrátor flanqueado por dos de los tetramorfos: el águila de San Juan y el toro de San Lucas. Debajo, un doble vano trilobulado y, entre ambos, la rosa juradera, sostenida por un atlante a modo de columna. La rosa es dorada, perforada en el centro de sus pétalos y centrada entre dos arcos trebolados con radios distintos. Cabe destacar que esta rosa juradera era una de las tres en toda Castilla, junto a San Isidoro de León y Santa Gadea en Burgos, destinados a tal fin.

Fuentes

RUIZ AYÚCAR, Eduardo. Sepulcros artísticos de Ávila. Ávila, Institución Gran Duque de Alba, 1985.

http://roble.pntic.mec.es/~jvelayos/pagsvic.html

http://viajarconelarte.blogspot.com.es/2013/03/avila-ii-san-vicente-i-cenotafio-de-los.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Cenotafio_de_los_santos_Vicente,_Sabina_y_Cristeta

El último abulense de Filipinas

Hacia 1899, en el pueblo de Aldeavieja (Ávila), sus vecinos dedicaron una misa a uno de sus vecinos destinado como soldado de segunda en Filipinas, interpretando la ausencia de noticias como un desenlace funesto. Sorprendentemente, Domingo Castro Camarena seguía vivo, y regresó. Fue uno de los «los últimos de Filipinas», superviviente del Sitio de Baler, resistiendo durante casi un año los ataques de los filipinos sublevados, meses después de haber perdido la guerra.

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Los «Últimos de Filipinas» posando con el general Despujol a su llegada a Barcelona

Domingo Castro Camarena nació en Aldevieja el 13 de mayo de 1877, uno de los cinco hijos del matrimonio formado por José, de origen gallego, y Blasa, vecina de Aldevieja. Medía 1,66 m., con una cicatriz en la cara que intentaba ocultar con una poblada barba, ganándose la vida como cantero, al igual que su padre. Se ignoran las razones que le llevaron a alistarse como voluntario en el ejército hasta el final de la revuelta, quizá creyendo, al igual que la opinión pública, que el conflicto estaba próximo a su fin, y así cobrar las doscientas pesetas como prima de alistamiento voluntario.

El 23 de abril de 1897 emprende el viaje a Madrid en ferrocarril, y lo continúa hasta Barcelona, partiendo el 20 de mayo a bordo del correo de vapor Covadonga rumbo a Manila. Estuvo algunos meses en la guarnición de la Perla de Oriente, como era conocida Manila, y después enviado al municipio de Aliaga en auxilio de una pequeña guarnición de sesenta efectivos que estaba sufriendo ataques por parte de sublevados indígenas. Más tarde se sabe que estuvo en la provincia de Capiz hasta finales de 1898, desconociendo las acciones militares en las que intervino o siquiera lo acontecido en aquellos meses, donde adquiriría experiencia bélica en combate. Tras dos meses de descanso en Manila, el día 10 de febrero fue destinado a Baler, formando parte de un destacamento de cincuenta soldados que compondrían su guarnición. Partió a bordo del vapor Compañía de Filipinas, llegando a Baler el día 12.

El comienzo del Sitio a Baler comenzó el 27 de junio de 1898, prolongándose hasta el 2 de junio de 1899, meses después de la pérdida de soberanía española sobre Filipinas, en favor de los Estados Unidos de América. Durante la duración del asedio, las tropas españolas permanecieron atrincheradas en la iglesia de San Luis de Tolosa, rechazando tajantemente las ofertas de rendición, hasta que la falta de alimentos les obligaron a terminar con su feroz resistencia, y comprobar a través de unos periódicos la realidad de la derrota española en la guerra. El balance del asedio se saldó con 19 muertos: doce por beriberi, tres por disentería; dos por fuego enemigo y dos fusilados.

A pesar de conocer muy bien lo sucedido en el sitio de Baler, prácticamente se ignora la intervención de Domingo Castro Camarena durante todo el sitio. Al igual que el resto compañeros, sufrió hambre, aislamiento y también beriberi, enfermedad causada por malnutrición padeciendo fatiga intensa y lentitud, permaneciendo tres o cuatro meses enfermo (posiblemente de septiembre a diciembre, según su propia declaración), y no fue herido por los disparos de los sitiadores ni herido de gravedad. La no inclusión de su nombre entre los más destacados según el teniente Martín Cerezo, nos induce a pensar que no realizó ningún acto de valentía ni heroicidad digna de mención, limitándose a sobrevivir, aunque si se posicionó como partidario a no rendirse.

Tras su rendición, los 33 supervivientes no fueron hechos prisioneros, sino trasladados a Manila para su repatriación. Sería en este trayecto cuando el propio Domingo Castro, encargado de trasladar la documentación, equipaje, munición y acta de capitulación, fue atacado por unos bandidos (tulisanes), robándole todo lo que llevaba consigo dejándole maniatado en un árbol hasta que pudo ser rescatado, sin que se pudiera recuperar nada excepto el acta de capitulación.

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Los «33 de Filipinas», posando tras llegar a Manila. Domingo Castro, nº 30

Los «33 de Filipinas» llegaron a Manila (8 de julio de 1899), donde prestaron declaración de lo sucedido, haciéndose la fotografía superior, único testimonio que tenemos del soldado abulense. El 29 de julio partieron a España en el vapor Alicante, llegando a Barcelona el 1 de septiembre, donde fueron pocos los que acudieron a recibirles. Tras la visita obligada al general Despujol partieron rumbo a Madrid para visitar el Ministerio de la Guerra, donde le concedieron a cada soldado dos cruces de plata al Mérito Militar con distintivo rojo, y una pensión vitalicia de 7,5 pesetas anuales como reconocimiento a su heroísmo. Después, cada soldado partió a su pueblo natal.

Una vez licenciado, Domingo Castro estaría poco tiempo en Aldeavieja, quizá padeciendo estrés post-traumático, secuelas del beriberi, ansiedad, e incluso rechazo social y resentimiento, lo que debió de ocasionarle dificultades en su vuelta a la vida diaria. Poco tiempo después se trasladaría a Madrid, donde mantendría amistad con Marcelo Adrián Obregón, compañero en Baler. La reducida pensión vitalicia hace que solicite el ingreso en cuerpos militares (Regimiento de Infantería Reserva de Montenegrón nº 84, Regimiento de Reserva de Monforte, nº 110, Lugo) y policiales, en el Cuerpo de Carabineros de Infantería, destinándole a la Comandancia de Algeciras (Cádiz), donde recibe instrucción para comenzar el servicio activo.

La historia de Domingo Castro Camarena se diluye en el anonimato a partir de 1908, desconociendo más detalles sobre su vida más allá de esta fecha, ignorando cualquier detalle de su vida civil e incluso la fecha de su fallecimiento, sumiendo su figura en un aletargado olvido ante el desinterés de sus contemporáneos, hasta la actualidad, cuando no fue hasta el I Centenario del Sitio de Baler cuando en su pueblo natal le dedicaron una calle para tratar de honrar su memoria.

Ahora, con el lanzamiento de la película «Los últimos de Filipinas» (Salvador Calvo, 2016), tenemos una magnífica oportunidad de rescatar del olvido y de connotaciones ideológicas este pasaje de la historia de España, donde un grupo de soldados resistieron durante casi un año un asedio en unas pésimas condiciones, dando su vida por una guerra que no comprendían y que ya no existía, marcándoles para el resto de su vida, sin recompensarles ni reconocerles cómo se debiera tal gesta, si ésta es la palabra adecuada que mejor calificaría el sitio de Baler. Y recordemos, también, al «último abulense de Filipinas», el desconocido Domingo Castro Camarena.

FUENTES

MARTÍN RUIZ, Juan Antonio (2013): Apuntes biográficos sobre un abulense defensor de Baler (Filipinas): Domingo Castro Camarena. Cuadernos abulenses, nº 42, pgs. 209-226.